La primera sensación fue el dolor. No era particularmente intenso, pero sí lo suficientemente molesto como para hacerle consciente de que volvía a poseer un cuerpo.
Un cuerpo físico. Con terminaciones nerviosas y todo.
La mujer frunció el ceño antes de atreverse a abrir los ojos.
Lo primero que vio fue un cielo grisáceo y deprimido. Lo segundo, una superficie de ladrillos húmedos a escasos centímetros de su rostro.
Permaneció inmóvil.
Parpadeó una vez.
Dos veces.
Después giró la cabeza con extrema lentitud.
Un contenedor de basura metálico y oxidado. Unas cuantas cajas de cartón completamente empapadas. Una bolsa negra de residuos medio abierta.
Y, a juzgar por el hedor agrio que impregnaba el ambiente, una descomposición considerable de desperdicios.
—No puede ser.
Intentó incorporarse de golpe, pero un mareo repentino la obligó a detenerse. Se llevó una mano a la frente, maldiciendo en voz baja, y esperó pacientemente hasta que el mundo dejó de dar vueltas.
Estaba en un callejón.
Un callejón marginal y bastante sucio, para ser precisos.
—¿En serio? —susurró mirando al cielo—. ¿Ni siquiera un parque o un banco bonito?
Miró su ropa. Seguía llevando exactamente las mismas prendas con las que recordaba haber muerto. Su chaqueta estaba ligeramente húmeda por el rocío del suelo y tenía un par de manchas de polvo, pero no parecía haber sufrido daños estructurales.
Se palpó los brazos, el abdomen y las piernas con incredulidad.
No había heridas.
Tampoco rastro de sangre.
Se llevó dos dedos al costado del cuello.
Un pulso.
Débil, acompasado, pero indudablemente presente.
Después, con cierta timidez, colocó una mano sobre su pecho izquierdo.
Su corazón latía.
La mujer permaneció en absoluto silencio durante unos largos segundos.
—Estoy viva.
Una sonrisa involuntaria, estúpida pero incontenible, se dibujó en sus labios.
Estaba viva.
Había muerto, había despertado en un limbo blanco, discutido con una interfaz que parecía necesitar urgentemente una actualización de software y había sido enviada al azar a otro universo.
Y ahora volvía a respirar.
Aunque fuera entre la basura.
La sonrisa se desvaneció tan rápido como había llegado.
—Genial. Absolutamente genial.
Se puso de pie con algo de dificultad, sacudiéndose el polvo y los restos de suciedad de la ropa.
Las reglas de supervivencia básica dictaban sus siguientes pasos: Lo primero era averiguar dónde estaba exactamente. Lo segundo, en qué época temporal se encontraba. Y lo tercero...
Bueno, todavía no sabía cuál era el tercer punto, pero con suerte involucraría encontrar un baño decente. O una ducha. Definitivamente necesitaba una ducha.
Salió del callejón y desembocó en una avenida moderadamente transitada. Los edificios a su alrededor se alzaban imponentes, las aceras estaban llenas de peatones apresurados y los automóviles circulaban con una familiaridad urbana que le produjo una extraña y reconfortante sensación de alivio.
Al menos había civilización.
Observó los escaparates de las tiendas, los semáforos parpadeantes y los enormes anuncios luminosos en las fachadas.
Todo parecía completamente normal.
Demasiado normal.
Una mujer pasó junto a ella hablando con total despreocupación por su teléfono móvil. Un hombre cruzó la calle sosteniendo un vaso de cartón humeante con café. Un autobús urbano se detuvo con un suspiro hidráulico en la parada más cercana.
La vida continuaba su curso. Como si ella no acabara de cruzar la línea entre la muerte y el multiverso hacía apenas unos minutos.
—Muy bien —se dijo a sí misma en un susurro—. Mantengamos la calma. No entremos en pánico todavía.
Se quedó quieta un momento, observando los alrededores en busca de alguna pista geográfica.
Un gigantesco letrero metálico situado sobre la fachada de un edificio corporativo capturó de inmediato su atención.
STARLING CITY.
La mujer se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra una pared invisible.
Volvió a leer el letrero de arriba a abajo.
Después miró los taxis amarillos de la calle.
Y finalmente regresó la vista al enorme nombre rotulado en letras capitales.
No.
No, no, no. Debe ser una broma de mal gusto.
Se acercó corriendo hasta la entrada del edificio, inspeccionando cada letra para asegurarse de que su mente no le estuviera jugando una mala pasada debido al trauma.
Pero ahí seguía, inamovible.
STARLING CITY.
La mujer se quedó congelada en el sitio.
Conocía ese nombre a la perfección. Por supuesto que lo conocía; había elegido ese universo en la lista precisamente porque era el único de los dos primeros que identificaba con claridad.
—No puede ser verdad... —murmuró llevándose una mano a la boca.
Una risa nerviosa y ligeramente histérica escapó de su garganta.
Lo había logrado. Había aterrizado exactamente en uno de los mundos que conocía.
—Bueno... —intentó consolarse—. Al menos no elegí The 100. Imagínate lidiar con radiación y caníbales el primer día.
Guardó silencio un segundo. — Aunque tampoco sé qué demonios eran los otros dos animes.
Exhaló un suspiro pesado. Definitivamente, no era el momento para crisis existenciales sobre cultura pop.
Un leve y familiar destello azul apareció de repente en su campo de visión periférica.
La mujer se tensó de inmediato, adoptando una postura defensiva.
Una ventana translúcida se desplegó justo frente a sus narices.
[ TRANSFERENCIA DIMENSIONAL COMPLETADA. ]
[ Bienvenido al universo ARROW. ]
La mujer miró fixamente la interfaz flotante, sintiendo cómo la vena de su sien comenzaba a palpitar. —¡Tú!
[ Conexión establecida. ]
—¡¿Dónde demonios te habías metido?!
[ Transferencia completada correctamente. ]
—¡Eso ya lo sé, idiota! ¡Te estoy preguntando dónde estabas durante el salto!
[ El sistema permaneció en modo de ahorro de energía durante el proceso de transferencia. ]
—¿Y no se te ocurrió avisarme antes de mandarme al vacío?
[ Función no disponible. ]
Cerró los ojos con fuerza.
Inspiró profundamente.
Los volvió a abrir.
—Voy a necesitar un nivel de paciencia francamente búdico para soportarte todos los días.
[ Comentario registrado. ]
—Olvídalo. Necesito información urgente.
[ Aguardando consulta. ]
—¿Dónde estoy exactamente?
[ Ubicación: Starling City, Estados Unidos. ]
—Bien. Eso ya lo descubrí yo solita mirando el cartel de enfrente. ¿Qué año es?
[ Información no disponible. ]
La mujer se quedó mirando la pantalla con cara de incredulidad absoluta. — Dime que es una broma.
[ ¿Puede reformular su consulta? ]
—No voy a reformular nada. Quiero saber el maldito año en el que estamos.
[ Función no disponible. ]
Se pasó ambas manos por el rostro, frustrada. — Fantástico. ¿Y la fecha exacta al menos?
[ Información no disponible. ]
—¿La hora del día?
[ 14:37. ]
La mujer bajó la mirada hacia su muñeca desnuda. — Al menos eso sí puedes responderlo con precisión milimétrica.
[ Confirmado. ]
—¿Y qué hay de mi identidad legal? ¿Tengo documentos de identidad? ¿Una dirección fija? ¿Un número de seguro social o algún registro en este maldito país?
La interfaz parpadeó con un parpadeo lento y burlón.
[ Verificando información del usuario... ]
Un segundo después, una nueva ventana emergente se superpuso a la anterior.
[ INFORMACIÓN DEL USUARIO ]
Nombre: [Datos corruptos]
Identidad local: No registrada.
Documentación: No disponible.
Residencia: No asignada.
Estado: Transferencia provisional.
La mujer leyó cada línea con una mezcla creciente de pánico y desesperanza. Luego levantó la vista hacia el aire vacío. — Espera un momento. ¿Cómo que no tengo identidad local? ¡Soy una persona fantasma!
[ El usuario no se encuentra registrado en ninguna base de datos gubernamental o privada de este mundo. ]
—¿Y cómo demonios se supone que voy a sobrevivir, comer o conseguir un lugar donde dormir?
[ El usuario puede proceder con absoluta normalidad. ]
—¿Con normalidad? ¿Tienes la más remota idea de lo difícil que es conseguir trabajo, alquilar un apartamento o abrir una cuenta bancaria sin un maldito documento de identidad?
[ Información no disponible. ]
—¿Y cómo voy a conseguir esos documentos por mi cuenta?
[ Función no disponible. ]
La mujer se quedó petrificada, mirando la interfaz con una expresión homicida. — Quiero volver a casa.
[ Mundo de origen no disponible por el momento. ]
—¡YA LO SÉ, MALDICIÓN!
Un par de transeúntes que pasaban por allí se giraron al escuchar el grito, mirándola con desconfianza y apartándose disimuladamente.
La mujer cerró la boca de golpe, puso una sonrisa forzada y fingió estar hablando sola a través de unos auriculares invisibles.
No tenía auriculares. Ni teléfono. Ni un centavo en los bolsillos.
Maravilloso.
[ ¿Desea consultar el estado de sus habilidades actuales? ]
La mujer desvió la mirada de nuevo hacia las letras luminosas. — Sí. Hazlo. Al menos dime qué demonios se supone que puedo hacer para no morir de hambre.
[ Consultando habilidades... ]
[ HABILIDADES DEL USUARIO ]
Resurrección: Activa.
[Información bloqueada]
[Información bloqueada]
[ No se han detectado cambios en las habilidades disponibles. ]
La mujer frunció el ceño con fastidio. — Y dime, gran sistema supremo, ¿cómo funciona exactamente la maldita resurrección?
[ El usuario regresará automáticamente a la vida después de experimentar un evento de cese vital. ]
—Sí, eso ya lo deduje yo solita. ¿Hay algún tipo de límite de usos?
[ Información no disponible. ]
—¿Puedo morir de vieja y simplemente volver a ponerme joven?
[ Información no disponible. ]
—¿Qué pasa si me incineran en un crematorio? ¿Resucito en forma de cenizas flotantes?
[ Información no disponible. ]
—¿Y si me cortan la cabeza?
[ Información no disponible. ]
La mujer se quedó en absoluto silencio, procesando la macabra línea de preguntas. — ¿Sabes qué? Prefiero no averiguarlo de forma empírica.
[ Decisión altamente razonable. ]
—¡Vaya! ¿Así que a veces sí puedes emitir juicios inteligentes?
[ Confirmado. ]
La mujer apretó los labios con fuerza, conteniendo las ganas de golpear el aire.
No voy a discutir con un trozo de código.No voy a discutir con un trozo de código.
—Dime una última cosa... ¿Puedes al menos darme algo de dinero inicial? No lo sé, ¿un billete falso, un bug en el cajero automático?
[ Función no disponible. ]
Cerró los ojos un instante. — Por supuesto que lo es.
Sin previo aviso, la interfaz se desvaneció, evaporándose en el aire como si nunca hubiera estado allí.
La mujer se quedó parpadeando frente al espacio vacío. — Te odio con toda mi alma.
[ Sentimiento no correspondido. ]
La ventana reapareció solo para arrojar esa última línea y volver a apagarse al instante. — ¡¿PUEDES DEJAR DE APARECER Y DESAPARECER CUANDO TE DA LA GANA?!
[ Conexión finalizada. ]
La mujer se quedó sola en medio de la acera, contemplando el aire con una mezcla de ira y resignación.
—Juro que el día que entienda cómo funciona este sistema, lo voy a desinstalar a golpes... Aunque, técnicamente, yo ya esté muerta.
Se frotó las sienes con exasperación, sintiendo que el dolor de cabeza amenazaba con regresar.
Tenía problemas infinitamente más urgentes que discutir con un software sarcástico.
Por ejemplo, conseguir algo de comer. O encontrar un lugar seguro donde pasar la noche antes de que oscureciera.
Alzó de nuevo la vista hacia la calle.
Un autobús público pasó rugiendo frente a ella, seguido de cerca por un elegante sedán negro de cristales tintados. Al otro lado de la avenida, en una gigantesca pantalla publicitaria LED, la ciudad entera parecía celebrar el lanzamiento de una nueva iniciativa tecnológica corporativa:
QUEEN CONSOLIDATED.
El apellido resonó en su mente como una campana.
Se quedó mirando fijamente el logotipo de la empresa familiar de los Queen.
Las ruedas de su cabeza empezaron a girar a toda velocidad. Si se encontraba en Starling City, significaba que existía una alta probabilidad de que Oliver Queen anduviera rondando por ahí.
O tal vez no. Todo dependía de en qué punto exacto de la cronología de la serie había caído.
¿Estaba en los años previos al regreso del vigilante? ¿Había naufragado el Queen's Gambit recientemente? ¿O Oliver ya llevaba tiempo disparando flechas con capucha verde en los callejones oscuros?
Y ese era, precisamente, el núcleo del problema: la ignorancia absoluta sobre el calendario.
Bajó la mirada hacia el suelo, pensativa.
—A ver, recapitulemos... —murmuró para sí misma—. Oliver Queen desapareció cinco años tras el naufragio de su yate familiar. Su padre murió en el mar. Y, eventualmente, él regresó convertido en una máquina de matar con capucha.
Hizo una mueca de desagrado.
Había visto la serie en su momento, por supuesto, pero la memoria humana era frágil y nadie retiene cada fecha exacta, cada subtrama de la mafia o cada villano de temporada a menos que sea un fanático obsesivo.
—Solo le pido al universo que, por favor, Oliver todavía no esté dedicándose a acribillar criminales en los tejados —susurró con genuina preocupación—. Aunque, pensándolo bien, tampoco me apetece cruzarme con él en ninguna de sus versiones sociópatas.
En ese instante, la bocina estridente de un coche sonó a pocos centímetros de la acera, haciéndola dar un respingo del susto.
—¡Lo siento, iba a cruzar por el paso de cebra! —exculpó levantando la mano en señal de disculpa.
Se apartó un par de pasos del borde y respiró hondo.
Muy bien. Las reglas del juego estaban claras.
Prioridad 1: Averiguar la fecha exacta y el año en curso.
Prioridad 2: Conseguir dinero de forma legal (o semi-legal) para no mendigar.
Prioridad 3: Encontrar un refugio donde dormir que no huela a basura.
Prioridad 4: Descubrir cómo diablos opera la maldita habilidad de resurrección sin tener que experimentar una muerte dolorosa de prueba.
Prioridad 5: (Pendiente de asignar).
Se acomodó las solapas de la chaqueta, echó a andar con paso firme y se mezcló entre la multitud anónima de la gran ciudad.
No tenía identidad, ni un centavo en los bolsillos, ni un solo conocido en todo el multiverso.
Pero seguía respirando.
Y, por el momento, eso tendría que ser más que suficiente.
