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Chapter 14 - capitulo 14

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Diría que dormí, pero la verdad es que no conseguí pegar un ojo en toda la noche.

Tampoco es que lo necesitara demasiado, pero aun así… el cansancio mental sí se estaba haciendo notar. Me pasé la mano por la cara con un gesto pesado, como si así pudiera borrar de una vez todo lo que había pasado anoche.

—Qué espanto… —murmuré, soltando el aire lentamente—. Vaya giro dramático. Cuando decía que no tenía motivación no me refería a esto

Negué con la cabeza y me levanté de la cama necesito una ducha con agua fria

Fui al baño y me metí bajo una ducha fría.

El golpe del agua me terminó de despertar de un solo jalón. Si ya estaba despierto, ahora estaba demasiado despierto. El frío me recorrió el cuerpo entero y me arrancó el último resto de pesadez que todavía tenía pegado después de la noche anterior.

—Perfecto, Tiago… —murmuré con una media sonrisa cansada mientras el agua caía—. Querías algo que hacer… pues toma.

Me quedé un momento bajo la ducha, dejando que el agua helada me despejara la cabeza. Después de todo lo de ayer, lo último que necesitaba era seguir dándole vueltas al asunto con la cara pegada a la almohada. Así no iba a sacar nada en claro.

Cuando terminé, salí del baño, me vestí con lo primero que encontré y fui directo a la cocina.

Nada elaborado.

Algo simple.

Comí rápido, sin complicarme demasiado, y luego guardé lo que quedaba. La mañana seguía avanzando allá afuera con esa calma absurda que tienen los días en los que el mundo parece no saber lo que pasó la noche anterior.

A través de la ventana vi el cielo despejado, la luz suave del sol, el aire fresco moviendo apenas algunas hojas. Los carros pasaban por la autopista con ese rumor constante que a esta hora sonaba casi tranquilo, casi soportable.

Estiré los brazos por encima de la cabeza y solté el aire despacio.

—Bueno… el asunto de ayer ya quedó zanjado —dije para mí mismo mientras caminaba hacia la puerta—. Lo pasado, pasado.

Salí de casa y empecé a caminar.

La calle estaba en su rutina de siempre. Gente con prisa. Otros con sueño. Algunos ya ocupados con sus cosas como si nada hubiera cambiado. Yo me mezclé con todo eso sin llamar la atención, con la misma cara de siempre, esa mezcla rara entre alguien que no tiene apuro y alguien que probablemente sí debería tenerlo.

Fui a la universidad para mis clases matutinas.

Nada emocionante.

Tomé apuntes, escuché lo justo, fingí interés en algunos momentos y en otros simplemente dejé que el tiempo pasara. Las horas avanzaron hasta las tres de la tarde entre profes hablando, estudiantes cansados y ese ambiente de rutina que ya empezaba a parecerme familiar.

Después me fui a la biblioteca a trabajar.

Bueno… "trabajar".

En realidad era más bien ir a perder el tiempo de forma organizada, pero seguía siendo trabajo, así que no me quejaba demasiado. Además, no era un mal lugar. Silencioso, ordenado, sin demasiadas distracciones. Un sitio donde podía sentarme, hacer lo que me tocaba y dejar que el resto del mundo siguiera su curso.

Qué gran trabajo, por cierto.

Llenar horas.

Ordenar libros.

Mirar el reloj avanzar con una paciencia insultante.

Pero al menos era tranquilo.

Y por ahora, después de todo lo que había pasado, la tranquilidad no sonaba nada mal.

Hay que día más relajado —murmuré, recostándome en la silla y mirando al techo—. Hasta se me olvidó lo de ayer… aunque, he de admitirlo, fue emocionante.

—¿Verdad que fue emocionante? —dijo una voz desconocida, divertida.

Me sobresalté tanto que casi me fui al suelo con la silla.

—¡Su puta madre! —solté al caer de lado—. Pero qué…

Miré a los lados, con el corazón dándome un golpe seco en el pecho. No había nadie. Ni en el mostrador, ni entre las mesas, ni detrás de las estanterías. Solo el silencio de la biblioteca y ese aire extraño que se había colado de golpe en la sala.

Entonces miré hacia la ventana.

Los parasoles parecían haberse teñido de un azul suave, como si la luz del exterior se hubiera roto y cambiado de color. Chasqueé la lengua, molesto, y volví a poner la silla en su sitio con un movimiento seco.

—Suspirar con fastidio—. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no aparezcas así? ¿Lo haces a propósito, maldito?

Una risa con eco sonó por toda la biblioteca, rebotando entre los pasillos y las mesas vacías. Me irritó todavía más.

Me arrodillé por un segundo para estabilizar la silla, la levanté y volví a sentarme, esta vez cruzando los brazos detrás de la nuca, intentando recuperar la calma aunque ya había perdido la poca dignidad que me quedaba.

—Ya deja de jugar, Dios, y aparece. ¿Qué haces aquí? Dijiste que no nos volveríamos a ver.

—No dije que no nos volveríamos a ver nunca —respondió la voz, con un tono divertido—. Me despedí. Además… ¿no me extrañaste?

Solté una risa seca, mirando al frente con expresión cansada.

—Déjame ver… no. Ni un poco.

Hubo otra pausa, como si del otro lado estuviera sonriendo.

—Y bien —seguí, bajando un poco la voz—. Más vale que tengas una buena explicación, porque lo de ayer es imposible. No me vas a decir que una criatura así existe en este universo.

La respuesta llegó como una risa suave, casi amable, atravesando otra vez las paredes de la biblioteca.

—Existen muchas cosas que no has visto todavía.

Entrecerré los ojos.

—Eso no cuenta como explicación.

—Para ti, quizá no.

Apoyé un codo sobre la mesa y me incliné apenas hacia adelante.

—No me vengas con frases misteriosas. Ayer casi termino metido en una cacería infernal con una bruja podrida, niños secuestrados y una casa ardiendo. Hoy apareces de la nada como si nada. Así que sí, esta vez sí necesito respuestas.

La voz no respondió de inmediato.

El silencio se alargó apenas lo suficiente para ponerme nervioso otra vez.

Luego llegó, tranquila, casi burlona:

—¿De verdad quieres saber qué fue eso?

—Sí.

—Entonces tendrías que aceptar primero que no fue un error.

Fruncí el ceño.

—¿Un error? ¿A qué te refieres?

—A que no apareció por accidente. Ni por casualidad. Ni porque sí.

Me quedé quieto.

La biblioteca seguía en silencio alrededor de nosotros, pero ya no era un silencio normal. Se sentía pesado. Como si el aire también estuviera escuchando.

—…Explícate mejor —dije al fin.

La voz soltó un suspiro muy leve.

—Lo que viste anoche ya estaba creciendo desde antes de que llegaras. Solo que tú fuiste lo suficientemente rápido para cortarlo de raíz.

—¿Cortarlo de raíz? —repetí, con una mueca—. Eso suena muy bonito para decir "le pegué hasta dejarla hecha polvo".

—Y funcionó.

Rodé los ojos.

—Sí, bueno, de nada por el servicio.

La risa volvió, breve.

—Esa criatura no era un caso aislado, Tiago. Y lo que había dentro de esa casa no era lo único que existe en este mundo.

Me quedé mirando al frente.

Por un segundo, el ruido lejano de una página pasando me pareció demasiado normal para la conversación que estaba teniendo.

—Entonces… —dije despacio—, ¿me estás diciendo que hay más de esas cosas?

—Te estoy diciendo que siempre las hubo.

Silencio.

Apreté un poco la mandíbula.

—Genial.

—Y que, si sigues viviendo como hasta ahora, tarde o temprano te las volverás a encontrar.

—Eso ya no me parece tan genial.

La voz pareció divertirse otra vez.

—No todo lo que te pasa tiene que gustarte.

—Qué sabio.

—Lo sé.

Me froté la cara con una mano y solté un suspiro largo. Por más absurdo que sonara, no sentía que me estuviera tomando el pelo. Eso era lo peor. Porque cuando Dios hablaba así, como si estuviera eligiendo cuidadosamente cada palabra, era porque venía algo serio.

Muy serio.

—Entonces dime algo útil —dije por fin—. ¿Qué era exactamente?

Hubo una pausa más corta.

—Una de muchas.

Fruncí el ceño.

—Eso no ayuda.

—No tenía que ayudarte. Solo responderte.

—Qué consideración tan bonita

las ganas que tengo de drale una paliza a este tipo son increibles

—Te estás acostumbrando a mi estilo.

—No, me estoy irritando con tu estilo.

Otra risa suave.

Apoyé la espalda en la silla y miré el techo otra vez, tratando de respirar con normalidad. A mi alrededor, los estantes, las mesas y las lámparas seguían en su sitio. Todo parecía ordinario. Demasiado ordinario para alguien que acababa de hablar con una voz divina en medio de una biblioteca.

—Así que… —murmuré—. ¿Esto es una advertencia?

—Llámalo como quieras.

—¿Y por qué ahora?

—Porque empezaste a notar cosas.

Esa respuesta me dejó callado.

La voz continuó, más baja esta vez, como si ya no necesitara jugar.

—Porque sobreviviste lo suficiente como para ver que este mundo no está tan vacío como parece. Y porque ahora ya no podrás fingir que lo que hiciste ayer fue solo una mala noche.

Miré mis manos..los recuerde de aller pasaron por mi mente 

Tragué saliva.

—Entonces sí había más de lo que vi.

—Siempre lo hay.

—Qué consuelo.

—No vine a consolarte.

—Ya me estaba quedando claro.

Hubo un silencio breve y cómodo, de esos que solo son cómodos porque uno no sabe qué más decir. Luego volví a oír esa voz, ahora casi juguetona otra vez:

—Pero al menos puedo decirte algo más.

—Ajá.

—No estás haciendo tan mal las cosas.

Levanté una ceja.

—¿Eso fue un cumplido?

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

La risa del otro lado volvió a sonar tenue, extendiéndose por la biblioteca como una corriente invisible.

Yo exhalé despacio, todavía con la vista fija al frente.

—Bueno… —murmuré—. Ya que estás aquí, podrías haber elegido un sitio menos raro para aparecer.

—No me decepciones, Tiago. Sabes que esto te gusta un poco.

Chasqueé la lengua.

—No me gusta nada.

—Claro.

—En serio.

—Por supuesto.

Rodé los ojos otra vez, pero ya no estaba tan molesto. Más bien resignado. Ese tipo de resignación que aparece cuando entiendes que discutir con alguien así es inútil, pero igual lo haces por costumbre.

Me acomodé en la silla y miré alrededor de la biblioteca una vez más.

Nadie parecía haberse dado cuenta de nada.

Qué conveniente y sospechoso..

—Está bien —dije por fin, bajando la voz—. Si vas a seguir apareciendo así, al menos dímelo antes.

—¿Y arruinar la sorpresa?

—Sí.

—Imposible.

—Sabía que ibas a decir eso.

La voz no contestó.

Esta vez, en vez de risa, sentí algo más parecido a una despedida. Leve. Casi amable.

Y eso fue suficiente para ponerme alerta otra vez.

—Oye —dije, enderezándome un poco—. ¿Te vas ya?

—Por ahora.

—Qué alivio.

—No te acostumbres a estar tranquilo.

—Tú tampoco ayudes.

Otra vez ese sonido suave, como una sonrisa que no se ve pero se entiende.

—Cuídate, Tiago.

Y luego nada.

El azul en las ventanas se desvaneció poco a poco, devolviendo la biblioteca a su color normal. Las sombras volvieron a ser sombras. El silencio, silencio.

Me quedé inmóvil varios segundos, mirando el punto vacío donde había sentido aquella presencia.

Luego solté el aire despacio y me dejé caer un poco en la silla.

—Genial —murmuré para mí mismo—. Ahora sí me dejó con más preguntas que respuestas…

Apoyé la espalda en la silla y solté un suspiro largo, mirando al techo como si ahí arriba fuera a aparecer la explicación escrita con letras enormes.

—Hay que ser Aristóteles para entender al tipo… —murmuré, frotándome la frente—. No entendí ni la mitad.

Lo único que se me quedó clavado en la cabeza fue eso: hay más brujas en el mundo desde hace mucho tiempo.

Listo.

Tal cual.

Y, sinceramente, eso le agregaba bastante más sabor a la salsa de mi vida.

Porque claro… como si no tuviera suficientes problemas, ahora también había que sumar el detalle de que este mundo tenía más criaturas raras escondidas por ahí. No era solo vampiros, cambia formas y toda la parafernalia sobrenatural que ya conocía por la "trama" de Crepúsculo. No. Al parecer había más cosas llevaban tiempo moviéndose sin que nadie normal se enterara.

Me quedé quieto un segundo, pensando en la casa incendiada, en los símbolos, en los niños, en esa cosa maldita con piel gris y ojos vacíos.

Entonces empecé a atar cabos.

Ahora que lo pienso… ¿cómo fue que secuestraron a esos niños?

Solo se me ocurrían dos posibilidades.

La primera: tráfico de personas.

La segunda: que no fueran secuestrados como tal… sino que fueran huérfanos, y alguien los hubiera "adoptado".

Lo cual, siendo sinceros, sonaba menos terrible solo porque la palabra era más bonita. Pero en la práctica, si esa bruja los estaba criando, el resultado era igual de enfermizo....segun el estado de los niños el tiempo en que los encontre al tiempo de suma mas de un mes como minimo si mucho

Crucé los brazos y me incliné un poco hacia adelante, pensativo.

—Si fue una adopción… —murmuré en voz baja—, la razón es simple.

Hice una pausa.

—Es el estado psicológico y emocional en el que los encontré.

Analicé la escena otra vez en mi mente, como si la estuviera viendo desde afuera.

Los niños no parecían vacíos.

Asustados, sí. Traumatizados, también. Pero no rotos del todo.

No tenían esa mirada hueca que a veces queda cuando alguien ya perdió por completo la esperanza. Seguían llorando, temblando, aferrándose entre ellos, pero todavía había algo ahí dentro. Un resto de reacción. Un resto de humanidad. Como si una parte de ellos siguiera esperando que alguien los sacara de ese lugar.

Si hubieran sido víctimas de una trata de personas, probablemente la cosa habría sido peor.

No siempre, pero muchas veces…

La gente rota por completo deja de reaccionar. Se apaga. Se convierte en un cascarón.

Y estos niños… no estaban así.

No del todo.

—Así que… —murmuré, mirando de reojo la mesa frente a mí— tal vez no sea una trata.

Me quedé pensándolo un momento más.

La lógica era simple, aunque la conclusión siguiera siendo horrible.

Si los había "adoptado", entonces probablemente los tenía allí desde hacía tiempo. Tal vez ella misma los había atrapado, o quizá los había recogido por alguna otra razón enferma que no quería ni imaginar

Y eso me daba todavía más mala espina.

Porque una bruja que secuestra niños ya es una cosa.

Pero una bruja que los mantiene cerca por dias… mal asunto 

Solté una risa breve, sin humor.

—No sé si eso es bueno o malo… pero al menos me cuadra más que los haya "criado" por algun ritual para alguna pocion rara

Apoyé un codo sobre la mesa y me quedé mirando mis propias manos.

Y si había algo más de esas criaturas rondando por ahí, entonces lo que había pasado esa noche no era un caso aislado. Era una puerta. Una maldita puerta a algo más grande.

—Claro… —murmuré con fastidio—. Justo lo que necesitaba.

Me recosté otra vez en la silla y cerré los ojos unos segundos.

Si ese era el nivel de cosas raras que existían fuera de la historia principal… entonces tendría que empezar a prestar mucha más atención.

A mi entorno.

El simple pensamiento me dejó una sensación incómoda en la nuca

—Tic en el ojo… —murmuré, sintiendo cómo se me tensaba la expresión—. Si existen las brujas de Hansel y Gretel… no significa que no existan cazadores.

Negué con la cabeza inmediatamente.

—No, no… eeso ya sería pensar demasiado —me incliné hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio—. ¿Qué sigue? ¿Una organización secreta que se encarga de eliminarlas para mantener el equilibrio del mundo?

Me quedé en silencio un segundo.

Parpadeé.

—…

Golpeé el escritorio de repente.

—¡AHHHH! —solté, frustrado—. ¡¿Por qué eso suena lógico?!— frotándome la cara—. Genial. Ahora hasta mi cerebro quiere hacerme problemas.

Un par de estudiantes levantaron la mirada desde sus libros. Uno incluso frunció el ceño.

Les hice un gesto rápido como diciendo todo bien.

Mentira.

Nada estaba bien.

—Ya… ya… —murmuré, pasándome una mano por la cara—. Me estoy adelantando demasiado.

Me dejé caer hacia atrás en la silla, mirando el techo con una mezcla de fastidio y resignación con la sensación de que cada respuesta solo abría dos preguntas más. Eso ya empezaba a volverse molesto.

Suspire

Me incorporé por completo, empujando la silla hacia atrás.

—Genial… ahora también tengo que considerar eso.

Suspiré largo....Tenía sentido.

Demasiado.

Si existían criaturas así, no era descabellado pensar que alguien —o algo— se encargara de cazarlas. De mantenerlas bajo control. De evitar que el mundo normal se enterara.

Y si eso era cierto…

—…entonces lo de ayer no pasó desapercibido —murmuré.

Eso me hizo incorporarme de golpe.

—Mierda.

La casa.

El incendio.

El desastre.

Me pasé una mano por el rostro.

—Bueno… ya qué —dije, levantándome de la silla—. Toca investigar otra vez.

No tenía sentido seguir dándole vueltas aquí sentado. Si quería entender algo, mejor mirar con mis propios ojos. Tal vez se me había escapado algún detalle..Porque si alguien más estaba metido en esto, necesitaba saberlo antes de que ellos supieran de mí....Caminé directo al baño, más por inercia que por necesidad. 

Levanté la mirada hacia el espejo.

—Muy bien… —murmuré, observando mi reflejo—. Segundo round.

Mis ojos se veían más serios.

Más atentos.

Ya no era solo curiosidad.

Ahora era precaución.

Cerré el grifo de un golpe seco.

—Vamos a ver qué quedó de esa casa… —dije, girando para salir—. Y si alguien más ya metió las manos ahí.

.Entré directo al cubículo, cerré la puerta y me quedé un segundo inmóvil.

El silencio del lugar me resultó extrañamente útil.

Respiré hondo.

Luego me concentré.

No hubo destello espectacular ni ruido raro. Solo esa pequeña sensación de cambio, como si el espacio alrededor de mí se doblara un instante.

Y entonces me teletransporté.

El mundo se deshizo por una fracción de segundo.

Y cuando volvió a acomodarse…

Ya estaba allí.

En el lugar de mi pequeño encuentro.

La casa seguía en pie, aunque "en pie" era decir mucho. La estructura estaba marcada por el humo, el fuego y el desastre de la noche anterior. Algunas partes seguían ennegrecidas. Otras estaban resquebrajadas. El ambiente todavía conservaba ese olor rancio a madera quemada, ceniza y algo más que no quería nombrar demasiado pronto.

Me quedé quieto unos segundos, observando.

Todo seguía demasiado silencioso.

Demasiado vacío.

Como si el lugar estuviera esperando algo… o como si yo fuera el único idiota lo bastante atrevido como para volver.

—Bueno… —murmuré en voz baja—. adelante

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