Se alejó despacio, con la espalda mucho más erguida que al llegar. Ellian la siguió con la mirada. Sabía muy bien que aquella conversación no resolvía sus problemas de golpe, pero al menos había sembrado en ella algo que nadie más se había atrevido a darle: esperanza y fortaleza. Sin embargo, aquel momento de calma no duró mucho. Una voz que conocía muy bien lo llamó por su nombre.
—Ellian. Era una voz masculina, serena y firme. Su hermano mayor, Noah, se acercó con pasos tranquilos y, con total naturalidad, lo alzó en brazos, apartándolo suavemente de allí.
—Eres demasiado joven para estar socializando tanto tiempo con una señorita —dijo Noah con calma, aunque en su tono se notaba una ligera firmeza que no admitía discusión.
—Hermano Noah… ¿por qué me llevas así? —preguntó Ellian, inclinándose un poco hacia él mientras lo sostenía
—. Parece como si hubiera hecho algo malo. Noah soltó una pequeña sonrisa al escuchar su protesta.
—Porque todavía eres un niño —respondió sin dejar de caminar, mirándolo de reojo
—Y quiero que sigas siéndolo el mayor tiempo posible. Ellian frunció levemente el ceño, como si aquella respuesta no lo convenciera del todo, pero prefirió quedarse en silencio. En el fondo, comprendía perfectamente lo que su hermano intentaba hacer. Noah quería protegerlo. Una sensación cálida y tranquila se instaló en su pecho. Entre ellos siempre había sido así: se cuidaban, se entendían sin necesidad de decir demasiadas palabras. Eso es exactamente lo que yo debería decirte a ti, hermano, pensó Ellian en silencio, observando el perfil serio de Noah. Pero sabía muy bien que su hermano mayor jamás aceptaría que nadie lo cuidara a él. Mientras se alejaban por el salón, Noah no pudo evitar recordar el rostro de la niña que dejaban atrás. Aquel rubor en sus mejillas, esa mezcla de valentía y tristeza que brillaba en sus ojos… era una imagen difícil de ignorar. Pero Noah conocía demasiado bien cómo funcionaba el mundo de la nobleza. Los hijos de familias importantes dejan de ser niños demasiado pronto. Si las cosas seguían su curso habitual, algún día, y no muy lejano, alguien sugeriría un compromiso. Entonces empezarían las lecciones estrictas: etiqueta, deberes de caballero, política, alianzas, responsabilidades… todo lo que un futuro heredero debía aprender antes de llegar a la edad adecuada. Noah frunció el ceño con determinación. No permitiría que eso le ocurriera a Ellian tan pronto. Su hermano todavía era un niño. Y en sus ojos, lo seguiría siendo durante mucho, mucho tiempo más.
—Hermano, ya puedo caminar solo, ¿sabes? —murmuró Ellian, con un tono de leve molestia fingida. Noah dejó escapar una risa suave.
—Lo sé. Y sin embargo, no lo soltó. —Para ti quizá ya eres casi un hombre —añadió con calma, acomodándolo mejor entre sus brazos
— pero para mí sigues siendo el pequeño al que cargaba cuando apenas podías sostener la cabeza. Ellian volvió a fruncir el ceño, ahora con más énfasis.
—¡Eso fue hace años! —Tal vez —respondió Noah, con una sonrisa tierna y lejana
— Pero para mí, cada momento contigo es valioso. Varias señoritas que se encontraban cerca habían observado toda la escena en silencio. Sus miradas acompañaron a los hermanos Kafgert mientras se alejaban juntos por el salón. Entre ellas empezaron a intercambiar comentarios en voz baja y miradas curiosas. En la nobleza era costumbre ver rivalidades entre hermanos: disputas silenciosas por herencias, títulos, poder o influencia. Era raro ver algo distinto. Pero en aquellos dos no había rastro de enemistad, ni siquiera de competencia. Al contrario. La forma segura y afectuosa en que Noah sostenía a Ellian, y la naturalidad con la que el menor le hablaba sin miedos ni formalidades, dejaban claro algo que muy pocas familias nobles podían presumir: entre los hermanos Kafgert existía una relación sincera, leal y profunda. Cerca de una de las mesas, un pequeño grupo de nobles observaba con atención, sosteniendo copas de vino mientras conversaban en voz baja, evaluando lo que veían.
—Qué relación tan… inusual —comentó uno de ellos, con una ligera sonrisa pensativa.
—¿Inusual? —replicó otro, alzando una ceja con escepticismo. El primero bebió un pequeño sorbo antes de responder, sin dejar de mirar hacia donde habían desaparecido los hermanos.
—Los hermanos demasiado unidos suelen volverse… muy problemáticos cuando crecen. Se respaldan entre sí, se protegen… y eso los hace difíciles de mover o de vencer. Hubo un breve silencio entre ellos, mientras cada uno daba su propia interpretación. Entonces un tercer noble dejó escapar una risa suave, restando importancia al asunto.
—Bueno… esperemos que cuando el menor crezca un poco más, sea consciente de su lugar y de lo que se espera de él. En otro rincón, una niña pequeña de cabello rubio y ojos azules brillantes observaba todo con una atención fija. Tiró de la manga de su padre con entusiasmo, señalando directamente hacia donde estaba Ellian.
—Papá, ¡ese! ¡Yo quiero tenerlo! —dijo con voz clara, como si acabara de descubrir el juguete más fascinante del mundo. El hombre siguió la dirección de su dedo, y en cuanto reconoció a los Kafgert, su expresión se tensó de inmediato.
—No —respondió con calma, pero con una firmeza absoluta. La niña lo miró, confundida y sin entender la negativa. —¿Por qué? El padre bajó ligeramente la voz, inclinándose hacia ella para que nadie más escuchara. —Porque no puedes acercarte a ellos. No es conveniente. La niña volvió a mirar hacia Ellian, con esa obstinación propia de la infancia.
—Pero papá… yo lo quiero. El hombre suspiró con paciencia, intentando explicárselo sin asustarla.
—Puedo presentarte a cualquier otro joven noble de esta sala si lo deseas. Cualquiera. Pero esos dos… no son personas con las que nosotros podamos acercarnos ni jugar. La niña lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Por qué? Yo deseo tenerlo. El padre guardó silencio un instante, eligiendo con cuidado las palabras que diría a continuación.
—Porque nuestra familia entera podría perecer si intentáramos involucrarnos demasiado con ellos —dijo en un susurro cargado de seriedad
—Ellos cuentan con el apoyo más fuerte del emperador… y su padre es el propio hermano de Su Majestad. Son intocables. No son personas con las que podamos meternos. La niña se quedó callada unos segundos, procesando aquellas palabras.
—Lo entiendo —respondió finalmente, con una calma inesperada en alguien tan pequeña. Pero cuando su padre apartó la mirada para saludar a otro caballero, ella volvió a girar la cabeza y observó a Ellian a lo lejos, grabando su imagen en su memoria. Una pequeña sonrisa extraña, retorcida y llena de intención, apareció en sus labios.
—Entonces… es exactamente por eso que lo quiero más —susurró para sí misma, sin que nadie la oyera. La fiesta finalmente llegó a su fin. Uno a uno, los carruajes comenzaron a abandonar la residencia, llevándose consigo el eco de la música, las risas diplomáticas y las conversaciones cuidadosamente calculadas que habían llenado la noche. La familia Kafgert tampoco tardó en retirarse. Todos estaban agotados. Durante toda la velada apenas habían probado bocado. Ser el centro de atención de la nobleza significaba algo muy simple: hablar, sonreír, escuchar rumores, responder saludos y mantener la compostura impecable durante horas interminables. Comer era lo último en lo que habían podido pensar. Dentro del carruaje que los llevaba de regreso al palacio, el ambiente era muy distinto al del salón de baile. El silencio resultaba cómodo, casi liberador. Ronan, siempre atento y previsor, ya había tenido en cuenta el cansancio del viaje. Había mandado preparar refrescos fríos y colocado almohadas suaves para que pudieran descansar durante el trayecto.
—He dado la orden de que el baño esté listo en cuanto lleguemos —informó con tranquilidad, su voz siempre serena y eficiente
— Y la cocina ya está preparando la cena ligera que pidieron. Se acercó primero a Ellian y, con la naturalidad de quien lo había cuidado desde que era un bebé, limpió con delicadeza el rastro de sudor de su frente. Luego acomodó ligeramente el cuello de su ropa y, sin decir una palabra innecesaria, pasó un pañuelo limpio a Noah.
—Gracias, Ronan —dijo Ellian con sinceridad, mirándolo con aprecio. Noah también asintió, dejando ver una pequeña sonrisa de cansancio y gratitud.
—Siempre eres demasiado atento con nosotros —comentó Ellian, con una sonrisa tranquila. Noah lo miró de reojo desde su asiento, apoyando el comentario con un leve gesto de cabeza, como si aquella fuera una verdad que no necesitaba explicación. Ronan, por su parte, solo inclinó ligeramente la cabeza, aceptando el agradecimiento con la misma discreción y lealtad que siempre lo caracterizaban. El carruaje siguió avanzando entre las calles oscuras, llevándolos de vuelta a su hogar, donde la seguridad y el calor de su mundo privado los esperaban.
