El aire dentro de la fisura no circulaba. Era una masa densa, húmeda y helada que olía a vegetación podrida, azufre estancado y a la tierra negra que se desprendía lentamente de las paredes de roca.
Apretado contra el fondo de la cavidad, Ryuusei sentía cómo la temperatura de la superficie de piedra le atravesaba la ropa empapada, calándole directo en los huesos de la espalda. Cada exhalación que salía de sus labios se condensaba al instante en una nube espesa de vapor que tardaba segundos en disiparse en la penumbra. Sus dedos, entumecidos por el barro helado que llenaba el suelo del foso, habían perdido casi por completo la sensibilidad; cuando intentó mover la mano izquierda para acomodar el cuerpo, el dolor de la corteza de la piel levantada en la palma apenas le llegó como un cosquilleo distante y punzante.
A su lado, pegada a su pecho como si intentara desaparecer dentro de su chaqueta, Aiko no dejaba de temblar. No era un temblor lejano o controlado; su pequeño cuerpo convulsionaba en espasmos rítmicos y violentos, producto de la primera fase de una hipotermia severa. Sus labios, apretados contra la tela sucia de Ryuusei, tenían un matiz morado y sus dientes chocaban entre sí con un chasquido sordo que el muchacho intentaba amortiguar envolviéndola con ambos brazos.
Ryuusei inclinó el rostro, pegando la mejilla a la cabeza de la niña. La piel de la pequeña estaba peligrosamente fría al tacto y cubierta por una capa fina de sudor helado mezclado con barro.
—Resiste... por favor, resucita un poco de calor... —le susurró Ryuusei al oído, y su propia voz le sonó frágil, rasposa y ahogada por el pánico reprimido.
En el espacio reducido de medio metro de ancho donde los cinco permanecían amontonados, la retirada de la adrenalina inmediata de la huida trajo consigo el verdadero peso de las lesiones físicas.
En la parte intermedia de la grieta, recostada torpemente sobre el musgo helado, Sakura ahogó un gemido de agonía entre los dientes apretados. Su rostro, manchado de hollín y sangre seca, estaba completamente pálido. Con las dos manos libres, la chica intentaba sostenerse el muslo derecho por encima de la articulación, pero cualquier rozamiento accidental de su bota contra el suelo de piedra le provocaba una descarga eléctrica de dolor que le recorría la espina dorsal.
La rodilla de Sakura, deformada por el choque violento contra la raíz durante la retirada en el claro, se había inflamado hasta alcanzar casi el doble de su tamaño normal. La tela del pantalón estaba tensa sobre la piel amoratada, caliente al tacto en comparación con el aire helado de la fosa.
—No... no se mueve —musitó Sakura, y un hilo de saliva con sangre le corrió por la comisura de los labios mientras intentaba contener el llanto—. Está fuera del encaje... o partida por dentro. No puedo apoyarla.
Lumin, atascado justo enfrente de ella con la espalda pegada a la pared de roca y el hombro sangrante apoyado en la tierra, intentó estirar el brazo para ayudarla, pero la estrechez de la grieta le impedía inclinarse con libertad. Sus ojos cansados, hundidos en cuencas oscuras debajo de sus cejas canosas, reflejaban una impotencia profunda. En el mundo de arriba, antes de que el Limbo destruyera las jerarquías y dejara a todos al nivel de un humano común, una lesión articular habría sido reparada en minutos mediante canalizaciones biológicas o medicina básica de la 1ra hasta la 6ta generación. Aquí, sin embargo, la anatomía no tenía atajos ni alivio mágico: un menisco destrozado o un hueso fracturado equivalía a una amputación funcional en medio de una zona de caza.
Fue Daichi quien rompió la inmovilidad del momento.
Deslizándose con lentitud entre el barro para no golpear la pierna herida de Sakura, el muchacho de la katana se arrodilló a su lado. Su rostro, surcado por líneas de cansancio y lodo seco, no mostraba la distancia fría de quien evalúa a un caído, sino una serenidad concentrada y profundamente humana.
—Tranquila, Sakura —le dijo Daichi en un murmullo firme y pausado, colocando una mano sobre su hombro para infundirle estabilidad—. No intentes doblarla. Si fuerzas el tendón ahora, vas a rasgar los vasos por dentro.
—Daichi... no puedo correr —respondió la chica, y su voz tembló, no por cobardía, sino por la humillación brutal de sentirse indefensa—. Si esa cosa vuelve o si tenemos que movernos... soy un lastre. Lo sabes.
Daichi no la interrumpió ni desvió la mirada. Se inclinó un poco más, apoyando una rodilla en el lodo helado, y le habló mirándola directamente a los ojos.
—Nadie va a discutir eso en este momento. Estás herida, nada más —dijo Daichi con una calidez genuina que acalló de golpe el pánico de la chica—. No te vamos a dejar tirada en una fosa para que te pudras. Estamos juntos en esta grieta y vamos a salir juntos de ella.
El tono de Daichi no era el de un líder autoritario ni el de un estratega indiferente; era la presencia de un compañero asentado en la realidad, capaz de ofrecer apoyo cuando el entorno solo ofrecía desesperación.
Daichi giró la cabeza hacia Lumin.
—Lumin, necesito algo rígido y tela seca. Si dejamos esa rodilla suelta, el propio temblor del frío le va a destrozar los ligamentos.
El viejo guerrero no vaciló. Sosteniendo la alabarda entre sus piernas, usó su mano sana para sujetar el borde inferior de su propia túnica de tela gruesa y, aplicándole un tirón seco con los dientes y los dedos, rasgó una tira larga de tres dedos de ancho. Repitió el proceso hasta obtener cuatro vendas improvisadas de paño basto. Luego, sondeó con la mano el suelo de la grieta hasta encontrar una rama gruesa de pino seco, de unos cuatro centímetros de grosor, que había sido arrastrada por el colapso de la tierra. La probó contra su rodilla para comprobar que no estuviera podrida y se la extendió a Daichi.
—Es firme —dijo Lumin, respirando con dificultad—. Servirá para fijar la articulación por el costado exterior.
Daichi tomó la madera y miró a Sakura.
—Va a doler. Muerde la manga de tu chaqueta y no sueltes el aire hasta que termine.
Sakura asintió en silencio. Dobló el puño de su manga izquierda, se lo metió entre los dientes y cerró los ojos con fuerza.
Daichi trabajó con una precisión meticulosa. Apoyó la rama de pino a lo largo del flanco externo de la pierna de Sakura, desde la mitad del muslo hasta rebasar el tobillo. Con un cuidado extremo, evitando aplicar presión directa sobre la masa inflamada de la rodilla, comenzó a envolver las tiras de tela alrededor de la madera y la carne, ajustando los nudos con la tensión justa para inmovilizar la articulación sin cortar por completo la circulación del pie.
Cada vez que el nudo se apretaba, todo el cuerpo de Sakura se tensaba como una cuerda de arco. La chica ahogaba los alaridos contra la tela de su manga, temblando convulsivamente y dejando caer lágrimas gruesas que limpiaban surcos claros en el barro de sus mejillas. Daichi no se apresuró ni perdió la compostura; sujetó el último nudo debajo de la pantorrilla con firmeza y colocó su palma suavemente sobre el tobillo de la chica hasta que los espasmos de dolor comenzaron a ceder.
—Listo —dijo Daichi en voz baja—. La pierna no se va a flexionar. Tendrás que arrastrarla o apoyarte en nosotros, pero el hueso no se va a desplazar más.
Sakura soltó la tela de la boca, dejando escapar una larga exhalación temblorosa. Tenía los labios ensangrentados por la presión de sus propios dientes, pero en sus ojos ya no había el pánico ciego de antes. Miró a Daichi y luego a Lumin, asentiendo con un gesto imperceptible de agradecimiento.
Daichi se giró en el espacio reducido de la cueva y se desplazó hacia el fondo, donde Ryuusei continuaba acurrucado tratando de proteger a la niña.
El muchacho alzó la mirada con desconfianza instintiva cuando vio a Daichi acercarse, apretando a Aiko contra sus costillas. Sin embargo, no encontró en los ojos de Daichi la frialdad calculadora que temía. Daichi se agachó frente a ellos, ignorando que el agua helada del suelo le empapaba los pantalones hasta la cadera, y extendió la mano hacia la cabeza de la pequeña.
Con una torpeza suave, le acomodó a Aiko un mechón de cabello húmedo que le cubría la frente, comprobando el temblor de su piel.
—Lo hiciste bien, Ryuusei —dijo Daichi con voz tranquila, clavando sus ojos oscuros en los del muchacho de catorce años—. No entraste en pánico en el claro. La mantuviste abajo y lograste meterla en esta grieta antes de que esa masa los pisara. Eso fue valentía real.
Ryuusei sintió un nudo en la garganta. Las palabras de Daichi no sonaban a un cumplido vacío ni a una palmadita condescendiente; eran el reconocimiento de un hombre adulto hacia el esfuerzo desesperado de un chico que estaba haciendo todo lo posible por mantener con vida a una niña en mitad de un infierno.
—Tiene... tiene mucho frío, Daichi —alcanzó a decir Ryuusei, y su propia voz traicionó el dolor de sus manos congeladas—. Si nos quedamos aquí mucho tiempo sin movernos, Aiko no va a aguantar la noche.
—Lo sé —asintió Daichi, acomodando su katana a un lado para no lastimar a nadie en el espacio estrecho—. Pero afuera esa cosa sigue cerca. No podemos salir a ciegas en medio de la oscuridad. En cuanto la presión baje, buscaremos un lugar más seco o ropas en los caídos. Aganta un poco más, Ryuusei. Estoy aquí con ustedes. Ninguno de nosotros va a dejar que a esta niña le pase nada.
Daichi extendió su propio brazo largo y rodeó la espalda de Ryuusei, compartiendo el calor corporal que le quedaba en el torso para formar un escudo humano junto al muchacho alrededor del cuerpo de Aiko. Lumin, desde su posición cerca de las piernas de Sakura, estiró su túnica rasgada para cubrir los pies de la chica y la entrada trasera de la fosa.
Por un par de minutos, la frágil calma lograda dentro de la grieta pareció otorgarles un segundo de respiro. La temperatura no subió, pero la cohesión humana del grupo creó una barrera invisible contra la desesperación absoluta.
Sin embargo, el Limbo no concedía treguas prolongadas.
Desde la parte superior del barranco, directamente por encima del techo de raíces y tierra donde se resguardaban, el aire volvió a colapsar.
No hubo un grito ni un aviso previo. El primer indicio de que la amenaza continuaba allí fue un temblor vibratorio que recorrió la pared de roca viva contra la que Ryuusei tenía apoyada la espalda. No era un choque brusco; era una presión física masiva, un peso desmedido situándose justo sobre la orilla de la hondonada.
Thump.
El impacto sordo retumbó directamente sobre sus cabezas.
Una lluvia fina de tierra seca, pequeñas piedras y fragmentos de escarcha se desprendió del techo formado por las raíces del pino muerto, cayendo sobre el cabello de Daichi y el rostro de Ryuusei. El agua helada que goteaba de las estalagmitas de barro se volvió turbia al instante.
Todos los integrantes del grupo se congelaron en sus posiciones. Ryuusei contuvo el aliento de golpe, sintiendo cómo el corazón volvía a martillearle el pecho con una violencia sofocante.
El Ejecutor no se había marchado. La masa grotesca de tres metros de altura se había detenido exactamente sobre la parte superior del corte del terreno, justo sobre la cavidad de la grieta.
A través de las pequeñas aberturas entre los entramados de las raíces congeladas, la poca luz cenicienta que filtraba desde el exterior fue bloqueada por completo. Una sombra densa, ancha y uniforme se proyectó sobre la entrada de la fosa, sumiendo el interior de la cueva en una penumbra casi absoluta.
Se escuchó el sonido de la masa asentándose sobre la escarcha de la orilla: un crujido pesado de tierra cediendo bajo toneladas de peso y el frote desagradable de huesos petrificados ajustándose entre sí.
La criatura no podía verlos dentro de la fisura de medio metro de ancho, pero tampoco continuaba su marcha hacia el valle. Se había detenido en la cima de la pared de tierra, como si un mecanismo interno le indicara que en ese sector del terreno aún existía una discontinuidad acústica o el rastro fresco de calor biológico.
Dentro de la fosa, el silencio se volvió agónico. Nadie se atrevía a respirar con fuerza; Daichi mantuvo la mano firme sobre el hombro de Ryuusei, presionando suavemente hacia abajo para indicarle que no hiciera el menor movimiento. Sakura apretó los dientes contra la tela de su manga para no emitir un solo quejido, y Lumin sostuvo el asta de su alabarda con los nudillos blancos, preparando los músculos para lo inevitable si el techo de tierra llegaba a colapsar bajo el peso de la abominación.
Arriba, en la penumbra del borde del barranco, la masa del Ejecutor comenzó a alterarse.
A través de la trama de raíces petrificadas y bloques de tierra congelada que formaban el techo de la grieta, la luz del amanecer se extinguió por completo. La masa del Ejecutor, posada justo sobre el borde superior del barranco, no realizaba movimientos bruscos, pero la estructura del terreno crujía bajo el peso de toneladas de materia muerta.
El silencio dentro de la cueva se volvió denso, interrumpido únicamente por el goteo constante de agua sucia sobre la espalda de Ryuusei y el chocar incesante de los dientes de Aiko.
De pronto, un sonido húmedo, similar al desgarro de capas gruesas de cuero fresco, resonó en el aire helado.
Ryuusei, con el rostro pegado al suelo húmedo, arriesgó una mirada hacia la entrada de la falla. Entre las fisuras del marco de piedra, a menos de tres metros de distancia, la carne negra y calcificada del torso de la criatura comenzó a contraerse en espasmos grotescos. La masa no producía sangre; en su lugar, del recubrimiento seo de sus costados comenzaron a brotar, con un chasquido sordo de articulaciones forzadas, tres pares de extremidades adicionales.
No eran brazos estructurados como los de un ser humano. Eran apéndices largos, desproporcionados y nudosos, formados por haces de músculo expuesto y huesos delgados y amarillentos que parecían haber sido ensamblados a partir de los restos de múltiples cuerpos. Las extremidades se agitaban en el aire congelado con un temblor descoordinado, buscando puntos de apoyo en las paredes de tierra del barranco.
La prominencia roma que servía de cabeza al Ejecutor se alzó lentamente hacia la copa de los árboles petrificados.
Entonces comenzó el cántico.
De la hendidura oscura que marcaba su garganta no brotó un rugido de bestia ni la llamada de un cazador. Salió una voz. Una cadencia articular, grave, sorda y metódica, pronunciada en una lengua muerta que no poseía estructuras vocales reconocibles para el oído humano. Era un murmullo continuo, compuesto por chasquidos secos de cartílago contra hueso, sibilancias húmedas y tonos de baja frecuencia que hicieron vibrar la pared de roca viva contra la que el grupo tenía apoyadas las espaldas.
El sonido no era fuerte en decibelios, pero su resonancia física dentro de la fosa fue devastadora.
A Ryuusei le atravesó el tímpano una punzada de dolor agudo, acompañada por una oleada instantánea de náuseas que le llenó la boca de saliva amarga. El murmullo parecía golpear directamente la base del cráneo, distorsionando la percepción del equilibrio. A su lado, Aiko dejó escapar un gimoteo ahogado, apretando las manos contra sus orejas con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Daichi... —alcanzó a musitar Sakura, cubriéndose la boca mientras el aire helado en sus pulmones amenazaba con devolverle el estómago.
—No se muevan —respondió Daichi en un hilo de voz, manteniendo su mano sobre la empuñadura de la katana, aunque la sudoración fría en su frente delataba que la vibración acústica le afectaba de la misma manera—. Sigan en el suelo.
Arriba, la cadencia del rezo del Ejecutor alcanzó un punto de presión insostenible. La gran hendidura de su torso se dilató hasta el límite de la masa de tejido seco y, con un sonido denso y nauseabundo de succión, la criatura regurgitó hacia el lodo del barranco.
Tres masas informes cayeron de golpe sobre la capa de escarcha del suelo, produciendo un impacto húmedo.
No eran bloques de tierra. Eram carcasas: entes de tamaño humano, desprovistos por completo de piel, formados por capas de masa muscular roja y grisácea que envolvían tórax deformes y extremidades asimétricas. Sus caras eran superficies lisas de carne expuesta, sin ojos ni nariz, dominadas únicamente por una grieta vertical que servía como cavidad respiratoria.
Al tocar el barro congelado del barranco, las tres sub-entidades no permanecieron inmóviles. Sus articulaciones se reacomodaron con crujidos secos mientras se desplegaban sobre las cuatro extremidades como perros famélicos.
Y entonces, las cavidades de sus rostros se abrieron.
De la garganta de las tres carcasas brotó exactamente la misma oración. Repitieron el cántico guttural de la mole principal con un tono más agudo, metálico y desarmónico, creando una polifonía macabra que retumbó por toda la hondonada. El coro de murmullos se cruzaba en el aire congelado, rítmico e implacable, funcionando como un sonar biológico que rastreaba cualquier resistencia física en el terreno.
Guided por la resonancia de su propio cántico rebotando contra la abertura de la cueva, dos de las carcasas se plegaron sobre el fango y comenzaron a reptar directamente hacia la grieta de medio metro de ancho.
—Vienen hacia acá —dijo Lumin, y su voz no tuvo vacilación alguna.
A pesar del dolor en el hombro y el entumecimiento de sus piernas, el viejo guerrero se desplazó medio metro hacia el frente, interponiéndose entre la boca de la cueva y el resto del grupo. La estrechez de la fisura impedía cualquier maniobra amplia; no había espacio para blandir el filo de una espada ni para girar el asta de una alabarda.
Lumin no intentó atacar. Apoyó la regatón de hierro de la alabarda contra la pared trasera de roca y cruzó el grueso mástil de madera de fresno de forma horizontal sobre el marco de entrada, usando su propio peso corporal y el hombro sano para formar un traba física impenetrable.
La primera carcasa se arrojó contra la abertura.
El impacto del cuerpo desollado contra el asta de madera produjo un sonido húmedo de carne chocando contra fresno denso. La sub-entidad no retrocedió; continuó empujando con sus garras de hueso, intentando colar su cabeza sin piel y su tórax por el espacio de treinta centímetros que quedaba sobre la madera. La criatura no dejó de entonar la oración; su boca abierta rozaba la túnica de Lumin, expulsando un aliento fetido y un rocío de fluido viscoso y helado que le manchó la barba al anciano.
—¡Daichi! —gruñó Lumin, con las venas del cuello hinchadas por la presión de sostener la barra contra la pared—. ¡No puedo cerrarle el paso si sigue empujando!
Daichi no perdió la compostura. Sabiendo que en una grieta de medio metro de ancho una estocada horizontal era imposible, se deslizó por debajo del brazo de Lumin, manteniendo el cuerpo pegado al suelo de barro. Desenvainó solo dos cuartas de acero de su katana, sujetando la empuñadura con ambas manos en una postura de empuje corto y directo.
Con un movimiento preciso y limpio, nacido de la disciplina más elemental, Daichi hundió la punta de la espada directamente a través de la cavidad abierta de la carcasa, atravesándole la garganta por donde salía el rezo.
El acero penetró la masa muscular sin encontrar el obstáculo de un cráneo denso. Se escuchó un chasquido sordo cuando la hoja cortó la estructura interna de las vías respiratorias. El cántico de la criatura se interrumpió de golpe, transformándose en un burbujeo ahogado de fluido saliendo por la hendidura. La carcasa se agitó convulsivamente durante dos segundos y luego su cuerpo quedó flácido, colgado sobre el asta de la alabarda de Lumin como un saco de carne inerte.
Sin embargo, la segunda carcasa no se detuvo. Aprovechando que la primera bloqueaba la parte superior del marco, la entidad se plegó sobre el vientre y se arrastró por el espacio inferior, justo por donde el suelo de la cueva presentaba un desnivel en el barro.
—¡Cuidado abajo! —advirtió Sakura desde el fondo, intentando levantar la daga que le quedaba con la mano temblorosa, pero la inmovilidad de su pierna le impedía inclinarse hacia adelante.
La sub-entidad se deslizó entre las piernas de Lumin como una serpiente de músculo expuesto. Su cuerpo rasgó la tela de los pantalones del gigante mientras su rezo metálico volvía a elevarse en el espacio cerrado de la cueva, haciendo resonar las paredes de roca con una fuerza sofocante.
Daichi intentó retraer la katana para clavarle la hoja, pero la posición inclinada de la criatura sobre el fango le impedía conseguir el ángulo de estocada sin arriesgarse a golpear las piernas de Lumin o a perforar la roca del suelo.
La tercera carcasa, que había permanecido afuera, comenzó a deslizarse inmediatamente detrás de la segunda.
La entidad que había logrado cruzar la barrera de Lumin avanzó de cabeza por el barro del suelo, estirando sus garras nudosas hacia el rincón donde Ryuusei permanecía agazapado. La grieta en su rostro se abrió al máximo, y la polifonía de su cántico retumbó directamente a diez centímetros de la cara de Aiko.
La niña soltó un alarido de terror puro, encogiéndose en el regazo de Ryuusei.
En ese segundo, el cerebro de Ryuusei no procesó tácticas, rangos ni estrategias de combate. El muchacho de catorce años, paralizado hasta ese momento por el frío y la náusea del sonido, sintió que algo dentro de su pecho se quebraba en una descarga de pánico primario y rabia ciega.
No tenía una espada ni la fuerza de un guerrero.
Con un movimiento torpe y desesperado, Ryuusei se lanzó hacia adelante en el fango, interponiendo sus propias piernas entre las garras de la criatura y el cuerpo de Aiko. El impacto de la carcasa contra sus muslos fue pesado y helado, como si le hubieran echado encima un bloque de carne congelada. La criatura intentó erguirse para clavar sus dedos de hueso en las costillas del muchacho, pero Ryuusei, cegado por el terror, rodeó el cuello de la entidad con su brazo izquierdo, trabándole la articulación en un agarre sucio y desesperado sobre el barro.
—¡No la toques! ¡Maldita sea, no la toques! —chilló Ryuusei con la voz desgarrada.
La carcasa agitó sus apéndices, clavándole las uñas amarillentas a Ryuusei en el antebrazo. Las garras le desgarraron la manga de la chaqueta, abriéndole cuatro surcos sangrientos en la carne. El dolor fue agudo y abrasador, pero el frío del ambiente atenuó la hemorragia casi al instante.
Con la mano derecha libre, Ryuusei sondeó a ciegas el suelo de la grieta hasta que sus dedos entumecidos tropezaron con un fragmento de piedra caliza afilada, desgajada de la pared por el colapso inicial. La roca tenía el tamaño de un puño y un borde irregular tan duro como el hierro.
Ryuusei no pensó. Alzó la piedra con ambas manos y la descargó con toda la fuerza de su torso directamente sobre la boca abierta de la criatura.
El golpe produjo un sonido crujiente de cartílago fracturándose. El cántico de la entidad vaciló, pero no se apagó; la grieta de su rostro continuó emitiendo la vibración sorda mientras intentaba liberarse del agarre del muchacho.
Ryuusei volvió a golpear. Una, dos, tres veces.
Mascullaba entre dientes, sollozando de pánico mientras descargaba el bloque de piedra una y otra vez contra el mismo punto de la garganta. La caliza cortó la masa muscular expuesta, triturando las vías respiratorias internas de la carcasa. Un fluido viscoso, amarillo y frío como el hielo, brotó a chorros de la herida, salpicándole a Ryuusei el rostro, los ojos y el cuello, dejándole un sabor metálico y nauseabundo en los labios.
En el noveno impacto, la piedra fracturó la columna vertebral interna de la sub-entidad.
El cántico de la carcasa se apagó de golpe con un último chasquido líquido. El cuerpo desollado se sacudió en un espasmo final y quedó inerte sobre las piernas de Ryuusei, pesando como un saco de lodo helado.
Al mismo tiempo, en la entrada de la fosa, Daichi logró redirigir el filo de su katana. Con una estocada corta y descendente, atravesó el cuello de la tercera carcasa justo cuando intentaba cruzar la barrera de madera de Lumin, silenciando el último rezo en el marco de la cueva.
El silencio que siguió al cese de las oraciones fue brutal, casi doloroso para los oídos golpeados por la vibración.
Ryuusei permaneció echado sobre el barro, jadeando violentamente con el aire helado quemándole la garganta. Tenía el rostro cubierto de pus viscoso y sangre propia, el brazo izquierdo lacerado y los nudillos de la mano derecha destruidos por los impactos de la piedra contra la carne y la roca. La piedra caliza, manchada de fluido amarillo, se le escurrió de los dedos entumecidos y cayó al fango con un sonido sordo.
Aiko, temblando en el rincón, lo miraba con los ojos abiertos de par en par, incapaz de emitir una sola palabra.
Daichi retrajo el acero de la katana, limpiando el hilo de sangre oscura contra la tela de su pantalón antes de enfundar la hoja con un chasquido metálico. El muchacho se giró despacio en la penumbra, mirando a Ryuusei y a la carcasa destruida que yacía sobre sus piernas.
No hubo reprimendas ni discursos. Daichi se acercó, agarró el cadáver desollado de la criatura por los hombros y lo arrastró hacia un lado para liberar el cuerpo de Ryuusei. Luego, con una calma serena, sacó un trozo de tela seca de su bolsillo y le limpió con cuidado el fluido viscoso del rostro al muchacho de catorce años.
—Ya pasó, Ryuusei. Lo lograste —dijo Daichi en un murmullo firme, apoyando su mano sobre la nuca del chico para sostenerle la cabeza mientras este intentaba contener los sollozos de agotamiento físico—. Estás a salvo. La silenciaste a tiempo.
Lumin, apoyado contra la pared de piedra con el asta de la alabarda aún cruzada en la entrada, dejó escapar un suspiro pesado que formó una nube densa de vapor en la penumbra.
Arriba, en el borde del barranco, el Ejecutor principal permaneció inmóvil durante varios segundos. Al haber sido eliminadas las tres carcasas dentro de la grieta y al haber cesado por completo la respuesta acústica de los rezos en el sector, la enorme mole de carne calcificada perdió el vector de rastreo.
Con un chasquido denso de articulaciones reajustándose, la criatura volvió a ponerse en marcha, alejándose lentamente por el borde del valle hacia la niebla distante. Thump. Thump. Thump.
El retumbo de sus pasos comenzó a apagarse progresivamente a la distancia, dejando al grupo sepultado en la penumbra de la fosa, con las manos congeladas, el aire helado en los pulmones y la amarga certeza de haber sobrevivido un minuto más en el infierno del Limbo.
El peso de los pasos del Ejecutor fue atenuándose gradualmente en la distancia hasta convertirse en una pulsación subterránea cada vez más tenue, para luego extinguirse por completo.
El silencio que volvió a ocupar la hondonada no trajo paz; trajo la densa y pesada revelación del esfuerzo físico acumulado. Dentro de la grieta, nadie habló durante varios minutos. El único sonido era el silbido irregular del aire entrando y saliendo por los pulmones de Ryuusei, mezclado con el chasquido del agua helada que continuaba filtrándose desde las raíces del techo sobre el barro del suelo.
Ryuusei permanecía sentado con las espaldas apoyadas contra la pared de roca, con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos fijos en la penumbra. En su boca persistía un amargor fétido, una mezcla del fluido viscoso de la carcasa que le había salpicado la cara y el sabor metálico de su propia sangre, proveniente de un labio partido por la tensión. El antebrazo izquierdo le ardía en cuatro líneas paralelas donde las garras de la criatura le habían desgarrado la ropa y la piel; el frío ambiental, aunque prevenía una hemorragia copiosa, volvía el dolor de la herida agudo y punzante, como si le hubieran incrustado fragmentos de vidrio bajo la carne.
A su lado, Aiko continuaba inmóvil, abrazada a sus rodillas. Sus temblores ya no eran convulsionantes, sino breves e intermitentes, signo alarmante de que su cuerpo comenzaba a perder la capacidad natural de generar calor. Tenía la mirada fija en el cadáver de la criatura que Daichi había apartado hacia un rincón, cuyas formas desolladas comenzaban a rigidezarse bajo la temperatura bajo cero.
Daichi fue el primero en romper la inmovilidad.
Guardó la katana con cuidado para que el broche de la vaina no hiciera ruido y se desplazó hasta la entrada de la fosa. Con precaución extrema, asomó el rostro entre el entramado de raíces y el marco de piedra, escudriñando el exterior. La luz del alba finalmente había penetrado la capa superior de la niebla, tiñendo el barranco de un tono grisáceo y plomizo.
—Se ha ido —dijo Daichi en un murmullo bajo, volviéndose hacia el grupo—. La mole principal descendió hacia la cuenca del río. El camino está despejado, pero no podemos quedarnos en esta fosa ni un minuto más. La temperatura va a seguir bajando y el suelo húmedo nos va a congelar las piernas.
Lumin asintió con pesadez. El anciano desenganchó el asta de su alabarda de la pared de roca y retiró la túnica que cubría la entrada. Tenía la barba manchada de escarcha y el rostro surcado por el agotamiento, pero sus ojos mantenían una firmeza sobria.
—Hay que sacar a Sakura primero —dijo Lumin, ajustándose la correa de la alabarda a la espalda—. La grieta es demasiado estrecha para que pueda maniobrar sola con la pierna inmovilizada.
Daichi se aproximó a Sakura, arrodillándose en el barro junto a ella. La chica tenía el rostro pálido y sudoroso, con las pestañas pegadas por la condensación. Aunque la rama de pino y las tiras de tela mantenían la articulación rígida, el simple acto de intentar mover la cadera le provocaba un dolor que le hacía apretar los dientes hasta hacer sangrar sus encías.
—Voy a pasar mi brazo por tu espalda, Sakura —le explicó Daichi con voz pausada y constante, eliminando cualquier rastro de prisa que pudiera causarle pánico—. Tú solo preocúpate por mantener la pierna derecha estirada. Todo el peso lo voy a llevar yo. Lumin te sostendrá desde el frente para evitar que te resbales en la salida.
—Puedo... puedo intentar empujar con la izquierda —alcanzó a decir Sakura, con la voz ahogada por la fiebre del traumatismo.
—No te esfuerces más de lo necesario —respondió Daichi con calidez—. Confía en nosotros.
Con una coordinación metódica y limpia, Daichi la levantó del suelo con suavidad, utilizando la fuerza de sus piernas para no tambalearse en el barro resbaladizo. Lumin, desde el exterior del marco de piedra, tomó a Sakura por los hombros en cuanto el torso de la chica asomó por la abertura, ayudándola a cruzar la estrechez de la roca sin que la pierna entablillada tropezara contra los bordes filosos.
Cuando Sakura estuvo afuera, apoyada de espaldas contra la pared externa del barranco, Daichi regresó al fondo de la cavidad para ayudar a los dos más jóvenes.
Se agachó frente a Ryuusei y le examinó el antebrazo herido. Sin emitir un juicio ni mostrar desagrado por la sangre y el fluido viscoso que cubrían al muchacho, Daichi tomó la cantimplora de cuero que llevaba al cinto —aún con un resto de agua no congelada— y derramó un hilo fino sobre las heridas del brazo de Ryuusei, limpiando la suciedad del lodo y las bacterias de la criatura. Luego, usando una tira limpia de su propia manga interna, le envolvió el brazo con firmeza, asegurando el nudo sobre la muñeca.
—Eso evitará que la tela roce con el aire frío —dijo Daichi, mirando fijamente a Ryuusei—. Ponte de pie, chico. Necesito que cuides los espaldas de Aiko mientras salimos.
Ryuusei asintió en silencio. Se incorporó con dificultad; las articulaciones de sus rodillas estaban tan rígidas por la humedad que emitieron un crujido seco. Tomó a Aiko de la mano, sintiendo los dedos de la niña diminutos e inermes entre los suyos, y la guió paso a paso hacia la luz gris de la entrada.
Al salir de la fisura, el aire del exterior les golpeó el rostro como una bofetada helada.
El barranco, sumido en la penumbra tenue de la mañana, presentaba una estampa macabra. El suelo de tierra negra y raíces estaba cubierto por una capa fina de escarcha cristalina que brillaba con matices opacos bajo el cielo plomizo. A lo largo del cauce seco de la hondonada yacían los restos del grupo que había sido alcanzado por el Ejecutor durante la persecución del capítulo anterior.
Los cuerpos no estaban simplemente muertos; estaban destrozados. La mole de tres metros los había aplastado contra las rocas con una fuerza implacable, dejando carcasas humanas deformadas, con ropas desgarradas y capas de sangre que se habían congelado sobre la tierra formando placas de color púrpura oscuro.
Aiko ahogó un gemido y pegó el rostro contra la espalda de Ryuusei para no mirar. Ryuusei tragó saliva, sintiendo que el estómago se le contraía de nuevo.
En un mundo regido por el orden común, la visión de semejante carnicería habría exigido un momento de duelo o solemnidad. Pero allí, reducidos a la condición de humanos ordinarios sin acceso a las canalizaciones o mejoras de la 1ra hasta la 6ta generación, la supervivencia imponía una lógica brutal y desprovista de sentimentalismos: la logística elemental era la diferencia entre la vida y la muerte.
—Necesitamos abrigo y calzado —dijo Lumin, avanzando con paso lento entre los restos del grupo caído, con la vista fija en el suelo—. Si seguimos con la ropa húmeda de barro, ninguno de nosotros llegará al mediodía. El frío del viento en terreno abierto nos va a paralizar los músculos.
Daichi asintió, compartiendo la misma prioridad sobria.
—Ryuusei, quédate con Sakura y Aiko junto a la pared de roca —ordenó Daichi sin perder la compostura—. Lumin y yo revisaremos lo que quedó útil. No nos demoraremos.
Los dos hombres se desplegaron por el terreno del barranco con una pragmática resignación. No había profanación en sus actos, sino una necesidad primaria de supervivencia.
Daichi se inclinó junto a uno de los fallecidos —un hombre alto que vestía un abrigo grueso de piel de venado con forro de lana, el cual no había sufrido rasgaduras graves en la parte superior del torso—. Con manos cuidadosas y respetuosas, Daichi desabrochó las hebillas de cuero, retiró la prenda pesada y comprobó que el interior estuviera seco. Continuó buscando hasta encontrar un par de botas de cuero alto con suela reforzada que no estaban destrozadas por los impactos.
Lumin, por su parte, se encargó de recolectar cantimploras de metal, dos zurrones de lona con raciones secas de pan duro y carne salada que no se habían echado a perder, y un cuchillo de caza de hoja ancha con su respectiva funda de cuero, el cual entregó inmediatamente a Daichi.
Tras cinco minutos de búsqueda minuciosa en el páramo helado, Daichi regresó hacia la pared donde aguardaban los demás.
Se acercó a Aiko y le desplegó el abrigo de piel sobre los hombros. La prenda era enorme para la estructura física de la niña, pero el forro interno de lana atrapó al instante el escaso calor corporal que le quedaba en el torso. Daichi le ajustó las mangas doblándolas hacia arriba y le abrochó la tira del cuello para protegerle la garganta del viento.
—Ponte esto, Aiko —dijo Daichi, esbozando una sonrisa tenue y genuina por primera vez en toda la mañana—. Es pesado, pero te va a mantener caliente.
La pequeña envolvió las solapas de piel alrededor de su pecho, sintiendo el alivio casi inmediato de la lana seca contra su piel. Miró a Daichi con los ojos empañados y asintió con la cabeza en un gesto mudo de gratitud.
Luego, Daichi se volvió hacia Ryuusei. Le entregó un par de botas de cuero seco que había recuperado de uno de los caídos jóvenes, junto con una cantimplora llena de agua limpia.
—Cambiate las botas, Ryuusei. Las tuyas están empapadas y tienen la suela rota —le dijo Daichi, señalando el calzado del chico—. Si se te congelan los dedos de los pies, no vas a poder caminar cuando tengamos que ascender por la loma.
Ryuusei no discutió. Se sentó sobre una roca seca, se retiró el calzado destrozado por el barro y se calzó las botas de piel. El cuero firme y el recubrimiento interno seco le devolvieron de inmediato una sensación de estabilidad que había olvidado desde el inicio de la purga. Bebió un sorbo largo de la cantimplora, limpiándose el resto del fluido amargo de la cavidad bucal, y le pasó el agua a Aiko para que bebiera también.
Mientras tanto, Lumin le acomodó una manta de lana gruesa a Sakura alrededor de la cintura, asegurándose de que la pierna inmovilizada no quedara expuesta a la corriente de aire que descendía por el barranco.
—¿Cómo te sientes, Sakura? —preguntó Lumin, ajustando el nudo de la manta.
—El dolor es constante... pero la pierna no se mueve —respondió la chica, mirando la estructura de madera fijada a su muslo—. Puedo avanzar si me apoyan. No voy a retrasar el paso.
—No tienes que disculparte por estar herida —intervino Daichi, colocándose al lado izquierdo de la chica y pasando el brazo resistente de Sakura sobre su cuello—. Nos iremos turnando. Lumin y yo llevaremos tu peso. Ryuusei abrirá camino con la vista y cuidará a Aiko.
El grupo terminó de organizarse en silencio. Se habían transformado. Ya no eran las víctimas aterradas que huían a ciegas por el bosque en medio de la noche; la dura prueba de la fosa y la pérdida de sus facultades especiales los había forzado a estructurarse como una unidad de supervivencia donde la responsabilidad de cada integrante estaba claramente definida.
Daichi y Lumin se colocaron a los lados de Sakura, sosteniéndola con firmeza por el torso para que la pierna derecha de la chica permaneciera suspendida a un par de centímetros del suelo, permitiéndole avanzar a zancadas lentas pero continuas con la pierna sana. Ryuusei tomó la delantera a un par de metros de distancia, caminando junto a Aiko y manteniendo la mano sobre la empuñadura del cuchillo de caza que Daichi le había confiado para proteger el frente.
Salieron del cauce del barranco y comenzaron a ascender por una pendiente suave de tierra congelada que conducía hacia la cresta de la colina.
Al llegar a la cima de la loma, el paisaje del Limbo se desplegó ante ellos en toda su desoladora e inmensa magnitud.
El bosque se extendía por kilómetros hacia el horizonte, cubierto por un manto uniforme de niebla gris y escarcha. A lo lejos, entre las copas de los árboles muertos, la vista permitía divisar las siluetas distantes de otras dos moles de Ejecutores desplazándose a paso lento por el fondo de los valles, buscando ciegamente entre los desfiladeros.
Sin embargo, lo que detuvo el paso del grupo fue la visión del cielo.
Suspendidas en la atmósfera cenicienta, las grandes estructuras luminosas que registraban el estado del entorno mostraban las cifras globales del terreno con una claridad impersonal y despiadada.
Los números brillaban con un tono carmesí tenue sobre la bruma.
De los 12,476 participantes que habían ingresado inicialmente al terreno de la purga, el marcador ambiental indicaba ahora una cifra catastrófica: 842 supervivientes.
Más de once mil personas habían sido eliminadas durante las primeras horas de la cacería, aplastadas por las abominaciones o caídas en los enfrentamientos desordenados por el pánico inicial.
—Menos de un millar... —musitó Lumin, contemplando los números distantes con una sombra de pesar en sus facciones maduras—. La primera fase ha barrido a casi la totalidad de la población del sector.
Daichi mantuvo la mirada fija en las cifras y luego recorrió con los ojos el contorno del valle desierto. La atmósfera del bosque ya no registraba el estruendo de las estampidas masivas ni los gritos de agonía de la noche anterior. El entorno había caído en un silencio sepulcral, una quietud pesada y amenazante donde cada crujido de rama seca o cada ráfaga de viento sobre las rocas resonaba con una nitidez absoluta.
—Esto cambia la naturaleza del peligro —dijo Daichi en voz baja, ajustando el agarre sobre el costado de Sakura para mantenerla estable—. Las bestias grandes seguirán patrullando los fondos de los valles, pero los ochocientos que quedan vivos ya no van a correr a ciegas.
Ryuusei se giró desde el frente, mirando a Daichi con expresión interrogante.
—¿A qué te refieres? —preguntó el muchacho.
Daichi clavó sus ojos oscuros en el horizonte helado, donde la bruma se espesaba sobre la entrada de los desfiladeros.
—A que los que sobrevivieron a la noche no son los más débiles ni los más afortunados —respondió Daichi con una serenidad sombría—. Son los que supieron esconderse, los que supieron matar o los que no dudaron en sacrificar a otros para seguir respirando. A partir de este momento, Ryuusei, las bestias de tres metros no son lo único que debemos temer. Los pocos humanos que quedan en este bosque matarán por esta cantimplora de agua o por el par de botas que llevas puestas.
Ryuusei apretó la mano de Aiko y nudillos de su mano derecha se tensaron sobre el cuero de las botas secas. Miró hacia la niebla que cubría el sendero inferior, comprendiendo el peso absoluto de las palabras de Daichi.
