El aire en la aldea de Vaelen no olía a podredumbre, como esperaba. Olía a ozono, ceniza y tierra quemada. Las casas estaban vacías, las puertas abiertas de par en par, como si sus habitantes hubieran huido de algo que no dejaba huellas. Solo quedaban los restos del ritual: un círculo de sal negra y obsidiana astillada, y en el centro, una estela cubierta de grietas que palpitaban con una luz enfermiza.
Lyra se detuvo en el umbral, con la lanza baja pero lista. —No toques eso —advirtió, voz ronca—. Los cronistas dicen que esa piedra corrompe la sangre de quien la mira. Pero el Núcleo dentro de su pecho ya latía al unísono con ella. No era una advertencia. Era un reconocimiento .Shadow extendió la mano. En el instante en que sus dedos rozaron la superficie fría, el mundo se desvaneció.
Hace miles de años, Eterna no era más que un yelmo de guerra. Los ecos de las batallas retumbaban sin cesar; el olor a sangre y ceniza impregnaba valles y mares, asfixiando a reinos enteros. Solo existía una ley: el más fuerte sobrevivía. Demonios, elfos, enanos y humanos se desgarraban por cada palmo de tierra, cada veta de maná, cada aliento de poder. Hasta que el cielo se partió. No fue un rayo, ni un trueno. Fue un silencio absoluto que precedió a una caída. Un ser descendió de las alturas, envuelto en un aura frenética y tenebrosa que doblaba la realidad a su paso. No habló. No pidió sumisión. Solo existió. Y su mera presencia reescribió las reglas del mundo.Los antiguos lo llamaron… el Dios de las Sombras. Pero no trajo destrucción. Trajo equilibrio.La magia que fluía de él no era veneno. Era el hilo que unía la vida y la muerte, la creación y el olvido. Hasta que los vencedores de la Primera Guerra la llamaron "maldita". Hasta que quemaron los templos, prohibieron los nombres y enterraron la verdad bajo edictos y espadas.
Cuando abrió los ojos, estaba de rodillas en la ceniza. Lyra lo sujetaba por el hombro, su rostro pálido bajo la luz gris del amanecer.—¿Qué viste? —preguntó, con voz contenida.Shadow miró sus manos. La piel aún temblaba, pero por primera vez, la oscuridad que fluía por sus venas no se sentía como una condena. Se sentía como… memoria.—No era magia negra —murmuró—. Era el balance del mundo. Alguien la llamó maldita solo porque no supo controlarla. O porque le convenía que así fuera. Lyra frunció el cejo, pero no soltó su agarre. —Si dices eso en la capital, te quemarán antes de que termines la frase.—Lo sé —respondió él, poniéndose en pie—. Por eso no hablaré. Observaré. Aprenderé las reglas de este reino. Y cuando llegue el momento… sabré a quién juzgar. Un viento frío barrió la aldea. Entre los escombros, un estandarte medio carbonizado se alzó por un segundo: el emblema de la Casa Valtorius, una de las grandes familias fundadoras del Imperio.
Shadow lo reconoció de los foros. De los mapas. De las partidas donde los clanes más ricos compraban victorias con oro y favores.Pero aquí, en este mundo real, ese estandarte no significaba riqueza. Significaba que la conspiración ya había echado raíces.Y él era la única espada capaz de cortarlas.
