En algún rincón desconocido, en un tiempo imposible de medir, nació una existencia.
No estaba viva ni muerta. No era hombre ni bestia, ni pertenecía a la materia o a alguno de los elementos que hoy sostienen la creación. Era una entidad tan intangible como un sueño, tan ambigua como su propia forma. A ese primer suspiro de la nada se le dio un nombre:
La Energía de Origen.
De ella nacieron el espacio, el tiempo y la materia.
Se dice que el primer ser pensante tomó forma cuando una fracción casi imperceptible de aquella energía se fundió con la materia. Aquel ser sería conocido mucho tiempo después como Oraron, el primer dios y el artífice del mundo de Lost.
Pero ese instante no ocurrió de inmediato.
Antes de toda creación, Oraron carecía de voluntad, propósito o deseo. Era una conciencia suspendida en la inmensidad, incapaz incluso de preguntarse por su propia existencia. Mientras permanecía inmóvil, incontables estrellas nacían y se extinguían en el universo. Para él, sin embargo, nada de aquello era tiempo; era apenas el mismo silencio prolongándose sin fin.
Hasta que una anomalía quebró esa quietud.
En algún lugar del cosmos, una explosión de la Energía de Origen estremeció el vacío. Por primera vez, la conciencia de Oraron reaccionó. No comprendió lo ocurrido, pero sintió algo. Y aquel fugaz instante se convirtió en el primer indicio de que estaba vivo.
Poco a poco nació en él un pensamiento.
Luego una idea.
Después, una intención.
Como una chispa encendida en la penumbra, comenzó a vivir su propia eternidad.
Aún unido a la Energía de Origen, Oraron era el todo. Pero, igual que un hilo que termina por desgastarse con el roce, su conciencia comenzó a desprenderse de esa inmensidad. Hasta que, en un instante imposible de señalar, dejó de ser el todo para convertirse en uno.
Entonces conoció el vacío.
Y, con él, la necesidad de encontrar respuestas.
Cada respuesta daba origen a una nueva pregunta, y cada pregunta lo alejaba un poco más de aquella energía matriz. Sin advertirlo, comenzaba a convertirse en alguien distinto de aquello que alguna vez fue.
Llegó un momento en que empezó a percibir imágenes, sonidos, aromas y luces. Eran fragmentos de la Energía de Origen que aún habitaban en él, ecos de aquello que alguna vez fue y que ya jamás volvería a existir de la misma manera.
Entonces imaginó.
Se imaginó como una semilla.
Como un árbol.
Como un océano.
Como un mundo entero.
Y, al final, eligió la forma de un ser humano.
Cuando abrió los ojos, Lost apareció frente a él.
En ese instante comprendió cuál era el mayor regalo que la Energía de Origen le había concedido... o quizás el que él mismo se había otorgado: la libertad de existir como un individuo dentro del todo.
Todo cuanto imaginaba tomaba forma ante sus ojos.
Movido por aquella revelación, se entregó a explorar los ecos que aún habitaban en su interior. Cada imagen, cada sensación y cada pensamiento que emergía desde la Energía de Origen se convertían en una nueva posibilidad. Así, con el paso de un tiempo imposible de medir para cualquier ser mortal, fueron naciendo los primeros doce dioses, aquellos que más tarde serían conocidos como los Doce Primordiales.
Sin embargo, Oraron también descubrió una verdad inevitable.
Su existencia comenzaba a desvanecerse.
No era una muerte.
Era un regreso.
La Energía de Origen que le había permitido ser un individuo empezaba a disiparse. Poco a poco dejaba de ser uno para volver a formar parte del todo; un estado donde no existían voluntad, pensamientos ni conciencia.
Comprendió entonces que, si deseaba que Lost perdurara, alguien debía ocupar su lugar.
Por ello creó a los Doce Primordiales.
A diferencia de él, ellos no dependían directamente de la Energía de Origen. Sus cuerpos se desgastaban con el tiempo, necesitaban alimentarse y, aunque sus vidas se extendían mucho más allá de toda comprensión mortal, no eran eternos.
Oraron les transmitió todo cuánto había aprendido durante su interminable existencia.
Junto a ellos dio forma a montañas, mares y bosques. Creó bestias, criaturas semihumanas y, finalmente, a los mortales: seres mucho más frágiles que un dios, bendecidos y condenados por la brevedad de sus vidas.
A ellos les concedió un regalo que los Primordiales aún desconocían.
Las emociones.
Mientras los dioses observaban el mundo con una serenidad absoluta, los mortales reían, lloraban, amaban, odiaban, temían y soñaban. Aquella fugacidad convertía cada instante de sus vidas en algo irrepetible.
Cuando sintió que el final de su existencia se acercaba, Oraron terminó de moldear el mundo.
Por encima de todas las cosas levantó el reino de los dioses.
Oronea.
Desde allí, los Primordiales velarían por todo cuanto existía... bajo sus pies.
Cuando sintió que el instante de su regreso al todo estaba próximo, Oraron reunió a los Doce Primordiales.
Durante un largo silencio los contempló.
Frente a él permanecían inmóviles. Ninguno comprendía aún el peso de la despedida.
Entonces habló.
—Ustedes no son inmortales. Sin embargo, sus vidas durarán millones de veces más que las de aquellos que habitan este mundo. Obsérvenlos. Aprendan de ellos. Vivan junto a ellos. Y, por encima de todo, protejan cuanto existe.
Su voz era serena, pero encerraba una solemnidad imposible de ignorar.
—El último fragmento de memoria que recibí de la Energía de Origen me reveló una verdad. Existen otros seres como yo más allá de este universo... y también existen entidades semejantes a ustedes.
Los Primordiales permanecieron en silencio.
—Aunque nacieron desprovistos de emociones, comienzo a percibir que algo está cambiando en algunos de ustedes. El amor. El odio. El afecto. El rencor. La envidia...
Oraron hizo una breve pausa.
—Los mortales sienten porque sus vidas son breves. Cada día perdido es un día que jamás recuperarán. Su final da valor a cada decisión que toman.
La luz que formaba su cuerpo comenzó a oscilar con mayor intensidad.
—Pero ustedes...
Por primera vez, su voz dejó entrever una duda.
—Ustedes vivirán durante eras. Y desconozco en qué puede convertirse una emoción cuando echa raíces en un corazón destinado a contemplar el paso de los milenios.
El silencio volvió a llenar la cámara.
Después de unos instantes, Oraron continuó.
—Yo los creé para proteger este mundo. Sin embargo, del mismo modo en que yo nací, otros pudieron haber nacido con un propósito completamente distinto.
La luz que envolvía su silueta comenzó a desprender pequeñas partículas cian que ascendían lentamente.
—Antes de desaparecer dejaré tras de mí el último remanente de la Energía de Origen. Dentro de ella he depositado un único pensamiento latente. Si algún día Lost se encuentra al borde de la destrucción, esa energía tomará la forma de aquello que ustedes imaginen.
La calma desapareció de su voz.
Por primera vez hablaba como el creador.
—Escúchenme bien.
Esto no es una petición.
Es una orden.
Cada una de mis palabras está impregnada de una voluntad capaz de destruirlos si deciden desobedecerla.
Solo recurran a esa fuerza cuando este mundo se encuentre al borde de su final.
Nunca antes.
Nunca por ambición.
Nunca por orgullo.
Los Doce Primordiales inclinaron la cabeza.
—Así será.
Oraron cerró lentamente los ojos.
—Ahora márchense.
No regresen...
hasta dentro de unos cuantos miles de años.
Los Doce Primordiales abandonaron la cámara en silencio.
En el centro del recinto, Oraron permaneció sentado en la posición de loto. Su figura carecía de rostro; era apenas una silueta antropomórfica formada por una luz blanca, tenue y difusa.
Y esperó.
Nadie sabe cuánto tiempo transcurrió.
Quizá miles de años.
Quizá apenas un instante para un dios.
Hasta que el silencio llegó a su fin.
Un retumbar profundo sacudió los cimientos de Oronea. La inmensa bóveda donde descansaba Oraron tembló con violencia, y las enormes puertas de la cámara se abrieron lentamente.
Los Doce Primordiales regresaron.
Ninguno pronunció una palabra.
Sabían que la espera había terminado.
Aquel que les había dado la existencia ya no estaba.
En el lugar donde antes permanecía la silueta de Oraron no quedaba rastro alguno de su forma. Solo una pequeña esfera de luz cian flotaba inmóvil sobre el suelo, irradiando una calma imposible de describir.
Era el último vestigio de la Energía de Origen.
El último pensamiento de su creador.
Durante largo tiempo, ninguno de los Primordiales se atrevió a acercarse.
Permanecieron inmóviles, contemplando aquella luz eterna mientras el peso de la ausencia comenzaba a instalarse entre ellos.
Entonces, una de las doce figuras dio un paso al frente.
Lenoria.
Sus ojos permanecían fijos sobre el fulgor cian.
En su interior, donde solo debía existir una serenidad absoluta, algo comenzó a cambiar.
Fue apenas una vibración.
Una sensación tan tenue que ni ella misma habría podido nombrarla.
Mientras sus hermanos permanecían inmóviles, aquella anomalía echó raíces en el silencio.
Una chispa.
Pequeña.
Casi imperceptible.
Pero suficiente para desafiar el paso de los milenios.
Nadie podía imaginar que, algún día, aquella diminuta chispa daría origen a un fuego capaz de cambiar el destino del mundo.
Fin del capítulo.
