El día era gélido. Un cielo gris plomo aplastaba el paisaje y la nieve amenazaba con caer en cualquier momento sobre los alrededores de Trimbel.
El Bosque Susurrante poseía tres entradas conocidas, pero la más cercana a la ciudad era un antiguo puente colgante que desafiaba un abismo colosal, dado que el follaje estaba rodeado en su mayor parte por un acantalidado escarpado. Arthur caminaba con extrema precaución; una caída desde aquella altura significaría una muerte instantánea. De vez en cuando desviaba la mirada hacia el fondo del precipicio, pero solo encontraba una densa y profunda oscuridad.
Cuando alcanzó la mitad del trayecto, una ventisca repentina azotó las maderas del puente con violencia, haciéndolo crujir. Casi al mismo tiempo, un rugido ensordecedor descendió desde lo alto, oculto tras las nubes. Arthur alzó la vista, forzando los ojos, pero no logró divisar nada.
Siguió avanzando a paso firme, pero el vendaval regresó con un segundo rugido, esta vez mucho más cerca. Entre la bruma y la nieve, alcanzó a distinguir unas siluetas que cortaban el aire a una velocidad pasmosa. Eran Wyverns de Hielo; sus escamas escarchadas reflejaban la pálida luz del día como si estuvieran hechas de diamantes pulidos. Para evitar ser detectado por los depredadores celestes, Arthur apresuró el paso y cruzó el límite del puente, adentrándose por fin en la protección del Bosque Susurrante.
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Una vez bajo el amparo de los árboles, Arthur extrajo un pergamino del gremio para revisar la información de la zona.
> *«Arañas de cuatro colores, insectos de camuflaje y avistamientos constantes de no muertos. Alta peligrosidad por miasma y toxinas no catalogadas».*
Aunque llevaba pociones antídoto y filtros contra el miasma en su inventario, sabía que no podía confiarse.
—También dice aquí que hace una semana surgieron rumores sobre un no muerto de cuatro coronas... —Arthur resopló, guardando los papeles—. Qué esupidez. ¿Quién habrá sido el idiota capaz de esparcir un rumor así? Es imposible que una criatura de ese calibre exista tan cerca de Trimbel sin que el gremio tenga registros oficiales.
A kilómetros de allí, un repentino escalofrío recorrió la columna vertebral del Lich. Sintió en sus fríos huesos que alguien hablaba de él a la distancia, pero lo descartó como un parpadeo sin importancia y continuó con sus siniestros asuntos.
Arthur analizó la ruta. Según los detalles de la misión, la caravana de suministros de Lerwen se había perdido hacía poco más de una semana mientras utilizaba el llamado Sendero Perdido, un desvío peligroso.
—¿Por qué una caravana de suministros usaría un sendero así? —Arthur se frotó la barbilla—. Quizás el comerciante Lerwen estaba transportando algo de contrabando o de un valor incalculable y no deseaba llamar la atención. Bueno, de nada sirve lamentarse por lo que no investigué en la ciudad. De momento solo me queda ser cuidadoso.
A medida que se adentraba en la espesura, la penumbra se volvió eterna debido al follaje cerrado y a la niebla perenne. Arthur extrajo un cristal de luz de su bolsa para iluminar sus pasos. Existían hechizos básicos para ver en la oscuridad, pero requerían alimentar sus ojos constantemente con maná. Para cualquier mago normal aquello era una tarea sencilla, pero para Arthur, cuyo cuerpo sufría una agonía indescriptible cada vez que movilizaba energía desde su núcleo debido a sus canales mágicos defectuosos, mantener un hechizo activo era un dolor constante. Y él no era un masoquista.
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El Sendero Perdido no tardó en hacer honor a su reputación. Apenas cruzó el umbral, unas enormes patas negras segmentadas rompieron la niebla. Una araña de dos metros de envergadura cayó desde el dosel de los árboles, abalanzándose directamente contra su cabeza.
Arthur mantuvo la cabeza fría y desenvainó sus espadas cortas. Ahora que portaba sus guantes especiales podía ejecutar el *Corte Profano*, pero eso desgastaría la durabilidad del artefacto casi al instante. Optó por un corte doble normal imbuido en pura fuerza física. Sus entrenamientos recientes dieron frutos: cercenó las extremidades de la criatura de dos coronas con presteza, terminando con ella en pocos movimientos.
Conforme avanzaba, el ambiente se volvió asfixiante. Más alimañas comenzaron a rodearlo. Combatir dependiendo puramente de su fuerza física requería un desgaste muscular tremendo. De pronto, notó que sus antebrazos comenzaban a parpadear sutilmente debido a los impactos recibidos al bloquear. Por breves milisegundos, la ilusión de su piel se desvanecía, revelando sus brazos huesudos de no muerto. El hechizo de camuflaje de los guantes se estaba quedando sin energía.
Rápidamente, tomó un cristal de maná puro de su bolsa y lo encajó en la ranura del guantelete derecho. El cristal se disolvió de inmediato, absorbiendo la energía, y la apariencia de su piel volvió a estabilizarse.
Justo cuando estaba por alcanzar el sector estimado de la desaparición, una silueta masiva bloqueó el camino. Una enorme cobra de más de tres metros de largo, con escamas brillantes y flanqueada por docenas de pequeñas víboras venenosas, le siseó con furia. Era una Cobra de tres coronas. Arthur no iba a arriesgarse a una batalla de desgaste.
Decidió que era el momento de usar su carta de triunfo. Ajustó el agarre de su espada derecha, flexionó las rodillas y adoptó una postura de estocada baja. Esperá pacientemente a que la enorme serpiente se lanzara al ataque y, cuando las fauces abiertas estuvieron a menos de dos metros de su rostro, activó los canales del guantelete.
—¡*Corte Profano*! —bramó.
Un haz de luz negra, imbuido de una energía densa y corrupta, salió disparado de la hoja de acero. El ataque partió a la cobra en dos mitades perfectas. La onda de choque residual redujo a las víboras menores a una densa mancha de sangre sobre el suelo.
El ataque fue devastador, pero el precio fue inmediato. La espada cayó de su mano y los grabados de sus guantes se apagaron por completo. El hechizo de camuflaje colapsó y sus brazos volvieron a ser puros huesos blanquecinos.
—Así que solo aguantan un corte a máxima potencia antes de descargarse... —Arthur suspiró, recogiendo su arma mientras sacaba otro cristal para recargar el dispositivo—. Bueno, al menos la energía fluye a través de los circuitos del guante y no por mis canales naturales, evitando el desgarro interno... aunque la salida abrupta de energía desde mi núcleo me siga dejando sin aliento por el dolor.
Ató el valioso cuerpo de la cobra a su equipaje y reanudó la marcha.
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A unos cientos de metros de allí, el silencio de la noche se rompió de forma violenta. El eco del metal chocando y unos gritos desgarradores cortaron el viento. Arthur se agazapó entre la maleza y avanzó en absoluto silencio hacia el origen del ruido.
Cuando apartó unas ramas para observar la escena, el panorama era desolador. Tres cuerpos yacían inertes sobre el fango, rodeados por un charco de sangre carmesí. Eran aventureros de Trimbel; por las placas que colgaban de sus cuellos, eran de rango Plata.
De pie sobre los cadáveres se encontraban cuatro individuos que vestían túnicas de color rojo y negro. Un cuarto cuerpo con el mismo uniforme yacía cerca, demostrando que los aventureros habían logrado llevarse a uno consigo antes de caer. Los cuatro hombres observaban con total indiferencia a la única superviviente del grupo: una joven maga que lloraba de terror, con el rostro cubierto de sangre.
—¿Qué hacemos con ella? —preguntó una de las figuras, limpiando su daga—. Podríamos venderla en el mercado negro. Apuesto a que algún noble pagará una buena suma por una maga.
Una tercera figura intervino de inmediato, con voz tajante:
—No hay tiempo. Debemos concentrarnos en investigar el rastro de la caravana perdida. La Señora Serpiente nos dejó muy claro que debemos cumplir esta tarea sin desvíos.
—Es verdad —secundó el primero, antes de girarse hacia la única silueta que se había mantenido en silencio—. ¿Qué piensas tú, hermana mayor? Eres la líder. Tú decides.
La mujer de túnica roja y negra observó a la chica herida antes de responder con una voz carente de toda empatía:
—Dale el Veneno del Sueño. Déjala que sufra aquí sola. Así vengaremos la muerte del novato que acabamos de perder.
Uno de los subordinados forzó la mandíbula de la joven maga y vertió un líquido viscoso directamente en su garganta. Luego, le propinó un fuerte golpe en el estómago para obligarla a tragar. Sin dedicarle una sola mirada más, las cuatro figuras se difuminaron entre las sombras del follaje, desapareciendo a una velocidad sobrehumana.
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Arthur aguardó agazapado, conteniendo la respiración hasta asegurarse de que se habían marchado por completo. Solo entonces salió de su escondite y se acercó a la joven herida.
Al verla de cerca, el estómago se le dio un vuelco. El efecto del veneno era una pesadilla biológica. Sus ojos, nariz y boca habían comenzado a sangrar profusamente; la toxina estaba destruyendo sus órganos internos desde dentro. El cuerpo de la chica convulsionaba violentamente, presa de un dolor inimaginable.
Rápidamente extrajo una de sus pociones antídoto y vertió el líquido en su boca. Fue inútil. El remedio burbujeó y fue rechazado de inmediato junto a una bocanada de sangre negra; aquella toxina era de una categoría muy superior a cualquier medicina estándar.
Con un último y agónico esfuerzo, la maga enfocó sus ojos inyectados en sangre en Arthur. Sus labios temblaron, dejando salir un ruego que fue un siseo desesperado:
—M-Mátame... por favor...
A Arthur se le congeló la sangre que ya no tenía. Había matado monstruos, incluso cuando arrebato la vida de saline y sus secuaces tenía sí, pero esto... El peso de la empuñadura de su espada nunca se había sentido tan real. Apoyó la punta en el pecho de la chica. Su mano temblaba tanto que el acero tintineó contra la placa de plata de la maga. Cerró los ojos, empujó con fuerza bruta y el temblor cesó. El sutil y final espasmo del cuerpo de la joven viajó por la hoja hasta sus manos antes de extinguirse. Un golpe limpio. Una vida menos. La cruda realidad de este mundo lo golpeó con el frío peso de un cadáver.
Con el corazón apesadumbrado, Arthur se tomó el tiempo de arrastrar los cuerpos de los cuatro aventureros y enterrarlos de manera improvisada bajo las raíces de un gran árbol para que las alimañas no los devoraran.
Mientras cavaba, la impotencia lo consumía. Aquella escena le demostró lo verdaderamente incapaz que era todavía; comprendió la urgencia vital de adquirir conocimientos médicos, de estudiar los diferentes tipos de venenos y cómo contrarrestarlos si quería sobrevivir.
Una vez terminó, guardó su espada y se alejó del lugar a paso rápido, tomando la dirección opuesta a la de los asesinos. Mientras huía, las palabras de los encapuchados resonaron en su mente: «Debemos concentrarnos en investigar el rastro de la caravana perdida».
Arthur apretó los dientes. No solo se enfrentaba a los peligros naturales del Bosque Susurrante; ahora competía contra una organización criminal despiadada que buscaba exactamente lo mismo que él. Si se cruzaba con ellos de nuevo, no habría piedad.
Ajustando el agarre de su equipaje, Arthur apresuró el paso y se internó en la profundidad del Sendero Perdido. La verdadera tormenta apenas comenzaba a gestarse, y el tiempo corría en su contra.
Fin del capítulo.
