Cherreads

Chapter 61 - Capitulo 59

LUCÍA.

Nunca imaginé que amar a alguien implicara este tipo de dolor.

Tenía la cabeza apoyada en su hombro, la mano entrelazada con la suya, y sin embargo, me sentía como si estuviera sujetando algo que podía deshacerse entre mis dedos en cualquier momento. Como si una parte de él ya estuviera a medio camino de desaparecer.

Cuando dijo esas palabras, cuando pronunció esa maldita promesa que nos pedía hacer... sentí que algo en mí se quebraba.

¿Cómo podía pedirme eso? ¿Cómo podía pedirnos eso… a mí?

Lo miré, y por un segundo, lo vi diferente. No como el hombre que amo. No como el padre de mi hijo. Sino como alguien que ha vivido cosas que yo no podría imaginar. Como alguien que ya se había preparado para morir. No en cuerpo, sino en presencia. En existencia.

Y me aterró.

No porque no entendiera sus razones. Las entendía perfectamente. Él no hablaba desde el egoísmo, hablaba desde el sacrificio. Desde el amor más torcido y profundo que puede tener alguien que ha sido forzado a ser fuerte todo el tiempo.

Pero yo… yo ya no quería amar a alguien que pensara que tenía que desaparecer para salvarnos.

—No te voy a dejar ir. Ni viva ni muerta —le dije, y lo abracé como si con eso pudiera amarrarlo al presente, a esta sala, a esta familia, a mí.

Sentí cómo sus brazos me envolvían, temblando apenas, como si también él estuviera conteniendo algo. Lágrimas, miedo… o el impulso de convencerse a sí mismo de que tenía razón.

Pero no la tenía.

—Tienes que dejar de pensar que el amor se demuestra desapareciendo —susurré contra su cuello—. Porque el verdadero amor no se va. Se queda. Lucha. Aunque tiemble. Aunque duela.

Él no respondió. Solo me sostuvo con más fuerza.

Los demás estaban en silencio, pero yo sabía que todos estaban igual. Rotos. Enojados. Asustados. Nadie quería volver a perderlo.

Yo, menos que nadie.

—¿Sabes lo que siento cada mañana cuando despierto y estás ahí? —le pregunté sin soltarlo—. Siento que gané una pelea que ni siquiera sabía que estaba peleando. Porque te tengo. Porque estamos aquí. Porque frijolito crecerá con su papá.

Deslicé una mano sobre su pecho, justo donde sentía su corazón latir con fuerza.

—No nos quites eso. No te lo quites a ti mismo. No otra vez.

Él bajó la cabeza, sus labios sobre mi cabello, y exhaló tan hondo que sentí cómo su pecho temblaba contra el mío.

—No sabes cuánto quiero quedarme —susurró—. Pero a veces… tengo miedo de que lo que soy se lleve todo lo que amo.

—Entonces no lo enfrentes solo —le dije—. Deja que te cuidemos también. Deja que nosotros seamos los que planeen por ti esta vez. Déjate caer. Déjate querer.

Se quedó en silencio, pero su abrazo cambió. Ya no era solo fuerte. Era vulnerable. Como si finalmente estuviera permitiéndose, por primera vez, no ser el fuerte en la sala.

Y en ese instante, supe que no se iba a ir.

No hoy.

No sin pelear.

Y yo iba a estar allí, a su lado, en cada paso. Aunque el pasado lo persiguiera, aunque el mundo se desmoronara… yo iba a estar allí.

Porque ese es el tipo de amor que se queda.

El silencio se sentía denso, como una niebla pesada que nos envolvía a todos en esa sala. Aún tenía su cabeza apoyada contra la mía, y su respiración era lo único que escuchaba, agitada, temblorosa, casi culpable.

Pero no estábamos solos.

Escuché una silla rechinar, y luego pasos lentos. Cuando levanté la vista, vi a Emily, su madre, acercándose con los ojos vidriosos, pero firmes. Esa mujer siempre me ha parecido hecha de una mezcla rara entre ternura y acero. Se arrodilló frente a nosotros, con una mano temblorosa sobre la pierna de su hijo.

—Hijo… —dijo, apenas con voz—. No nos pidas eso. No otra vez.

Evan cerró los ojos con fuerza, como si escucharla le doliera más que todo lo que yo le había dicho.

—Mamá…

—No, déjame hablar —interrumpió ella, acariciando su rodilla con una dulzura que rompía el alma—. Te vi irte una vez. Te vi quedarte en la oscuridad, creyendo que era lo correcto. Y te esperé. Años. En silencio. Con el corazón hecho pedazos.

Apretó los labios antes de seguir, respirando hondo para contenerse.

—Y ahora que volviste, ahora que te veo sonreír, que escucho tus pasos por esta casa, que mi nieto viene en camino… ¿de verdad quieres que me quede aquí mirándote desaparecer con una sonrisa falsa solo porque crees que es lo mejor?

Mi pecho se encogió. Lo miré, y su expresión se quebraba más con cada palabra de ella.

—No tienes que protegernos de ti —dijo, con lágrimas ya rodando por sus mejillas—. Solo tienes que dejar que te amemos como eres. Incluso con tus miedos. Incluso con tus heridas.

Entonces fue Robert quien se levantó. Alto, de brazos cruzados, la mandíbula tensa, los ojos fijos en su hijo como si le estuviera viendo por primera vez con claridad.

—Yo no hablo tan bonito como tu madre —dijo con voz grave—, pero te voy a decir algo. Nunca te lo dije cuando eras niño, y quizás debí hacerlo más seguido.

Todos se quedaron en silencio.

—Estoy orgulloso de ti, carajo —continuó—. Incluso cuando pensabas que no valías nada. Incluso cuando creías que no merecías este hogar. Estoy orgulloso del hombre que eres. Pero si haces esta pendejada… si vuelves a irte con esa maldita idea de que estás haciendo lo correcto… entonces habrás fallado en lo único que realmente importa: quedarte cuando más te necesitan.

Evan levantó la mirada hacia él. Sus labios temblaban, como si cada palabra le calara hondo.

Y entonces Thomas, su hermano, soltó una risa nerviosa desde el otro lado del sofá.

—Wow… eso fue dramático hasta para ti, papá —dijo con una sonrisa temblorosa, pero con los ojos rojos.

—No jodas, Thomas —masculló Robert.

—Lo siento —dijo él, limpiándose una lágrima—. Pero si alguien iba a hacer un discurso de "te quiero pero te voy a romper la madre si te vas", tenía que ser tú. Clásico.

Todos rieron un poco. Una risa rota. Humana.

—Ey, idiota —dijo Emma, su hermana, sentada en el brazo del sillón—. No puedes deshacerte de nosotros así. Ya tengo planes para consentir a mi sobrino hasta que se convierta en un mini monstruo. Vas a tener que lidiar con eso.

Se acercó también, y sin decir más, abrazó a su hermano por la espalda. Todos lo rodeamos. Uno a uno.

Un montón de gente rota, pero aferrada al mismo hombre que pensó que tenía que cargarlo todo solo.

El silencio que siguió fue algo que no sabría describir. Ya no había gritos, ni acusaciones, ni palabras llenas de dolor. La habitación estaba cargada de una calma tensa, un equilibrio precario entre los que quedaban marcados por lo que acababa de suceder y aquellos que querían reconstruir lo roto.

Evan estaba sentado en el sofá, sus ojos ya secos pero aún brillando con la huella de las lágrimas. Su respiración era más tranquila, aunque su cuerpo seguía tenso, como si se preparara para lo que viniera. Yo me quedé allí, a su lado, mi mano todavía sobre su hombro, ofreciendo una conexión que a veces no requería palabras.

Thomas fue el primero en mover algo. Había vuelto a cruzarse de brazos, pero su mirada ya no era tan dura. Al menos no como al principio. Aun así, me di cuenta de que la preocupación seguía rondando por sus ojos, y el leve tic en su mandíbula no desaparecía del todo.

—Vas a estar bien, ¿verdad? —dijo, su voz más suave, pero todavía con una pizca de enojo, como si la molestia no hubiera desaparecido por completo.

Evan asintió, pero no dijo nada. El peso de las palabras de su padre aún le rondaba. Yo no quise interrumpir, dejé que fuera su familia quien ocupara ese espacio.

Fue Emily, la madre de Evan, quien finalmente rompió la quietud de la sala con una voz firme, pero cálida.

—¡Ya basta! —dijo, de pie, con una mano en la cadera—. Ya basta de suposiciones, de discursos, de planes de desaparecer de la nada. La comida está lista. Y no quiero escuchar más de esto. No hoy. Estamos juntos. Y hoy, solo vamos a cenar como familia. ¿Está claro?

Sus palabras, tan sencillas, pero llenas de autoridad, calaron profundo. En la casa reinaba la tensión, pero su voz fue como un ancla, trayéndonos de nuevo a la realidad. Todos sabíamos que ella tenía razón. El caos emocional debía esperar un poco. Era hora de tomar aire, de respirar.

Robert, aún de pie, dejó escapar un suspiro largo, casi cansado. Sabía que había sido mucho. La pelea, las emociones desbordadas, el dolor palpable. Pero, al igual que Emily, parecía estar buscando algo simple, algo que los uniera sin tantas complicaciones.

—Vamos —dijo, caminando hacia la cocina—. No quiero que nadie me falle cuando hay carne en la mesa. Y Evan, ya basta de actuar como si fueras el único con cicatrices. Todos tenemos las nuestras.

Lo miré a él por un segundo, y no pude evitar sonreír un poco. Era su manera de mostrar cariño, de sanar con humor. Evan, aún callado, sonrió levemente, aunque sabía que aún tenía mucho en qué pensar.

Me volví hacia Emma, que estaba en el sillón, observando a todos con una mezcla de frustración y ternura. Era como si tuviera algo que decir, pero no encontraba las palabras.

—Vas a estar bien, ¿verdad? —le pregunté suavemente.

Ella me miró, sus ojos brillando un poco. No estaba llorando, pero había algo en su mirada que decía que entendía perfectamente lo que Evan había vivido, a su manera.

—Lo estoy… pero a veces desearía que este maldito mundo no fuera tan complicado —respondió, encogiéndose de hombros. Luego se levantó con una sonrisa torcida—. Vamos a comer. Ya basta de dramas. Si me aguanto otro discurso de "te quiero pero tienes que quedarte aquí", creo que vomitaré.

La risa de todos, aunque agotada, fluyó libremente, como un pequeño respiro entre las tensiones. Nos levantamos todos y nos dirigimos a la mesa. La comida estaba lista, y como bien había dicho Emily, ese momento de calma se merecía ser vivido.

—¿Estás bien? —le pregunté en un susurro, mientras todos comenzaban a servirse.

Evan no respondió de inmediato. Solo miró su plato, sus manos ligeramente temblorosas mientras tomaba el tenedor.

—Sí —dijo, con un hilo de voz, casi imperceptible—. Solo… no sé por dónde empezar.

No le presioné más.

Todos parecían intentar hacer que el ambiente fuera más llevadero, como si los nervios se desvanecieran con cada bocado. Pero aún había algo pesado en el aire, algo que no terminaba de soltarse.

Mientras servíamos, Emily se acercó a mí con una sonrisa cálida, pero sus ojos brillaban con una mezcla de comprensión y preocupación.

—Lucía, cariño… —dijo, con suavidad, mientras se inclinaba hacia mí—. Sabía que no te iba a sentar bien toda esta comida, especialmente con esas náuseas que has estado teniendo. Así que preparé algo especial para ti y para Frijolito.

Mis ojos se abrieron ligeramente al escucharla.

—No tenías que hacerlo, Emily —respondí, un poco sorprendida por su gesto. No quería parecer que no valoraba su esfuerzo, pero sentía que me estaba sobreprotegiendo.

Emily sonrió con ternura, un brillo reconociendo algo en mí que no había dicho en voz alta.

—Lo sé, cariño. Pero sé cómo son esas náuseas. No es fácil lidiar con ellas. Así que preparé algo suave, pero lo suficientemente bueno para que lo disfrutes. Quiero que te sientas cuidada, como la familia que eres ahora. Y ese pequeño en tu pancita necesita su ración también.

Me sentí profundamente conmovida por sus palabras, pero más aún por el gesto en sí. Había algo en su tono, en cómo me miraba, que me hacía sentir que, aunque no fuera de sangre, me había ganado un lugar en su corazón.

Evan, que me había estado observando en silencio, miró hacia su madre con una sonrisa que, aunque breve, me llenó de calma.

—Gracias, mamá —dijo él, casi en un susurro, como si realmente apreciara todo lo que ella hacía por nosotros.

Emily asintió con una sonrisa, una sonrisa que parecía ser la respuesta a todo lo que no se había dicho en los últimos días. Luego se apartó, guiándome hacia una mesa pequeña donde había una sopa ligera con arroz, un par de tortillas recién hechas y un poco de puré de papas.

—Es algo sencillo, pero sé que lo que menos necesitas ahora son los sabores pesados. Solo quiero que te sientas bien —dijo mientras me servía, colocando la cuchara en mi mano con un toque gentil.

La forma en que se preocupaba por mí, por Frijolito, me hizo sentir más cerca de esta familia de lo que jamás hubiera imaginado. A veces, esas pequeñas cosas… esos detalles que nadie tiene que hacer, pero que surgen de la bondad, me daban la sensación de estar en el lugar correcto.

Me senté junto a la mesa, probando la sopa que había preparado. Estaba ligera, reconfortante, y la primera cucharada me hizo sentir mejor, mucho mejor de lo que había estado en todo el día.

Evan se acercó a mí, tomando una silla para sentarse a mi lado. Su mirada era suave, diferente a la del principio de la noche, y aunque aún parecía distante, había algo en su postura que me hacía sentir que, poco a poco, comenzaba a abrirse.

—Te cuidas mucho, mamá —comentó con un pequeño guiño hacia su madre—. No creo que me hayas hecho esto cuando era niño.

Emily soltó una risa suave, mirando a su hijo con cariño.

—No me acuerdo de haberte visto tan preocupado cuando ibas con la barriga vacía —respondió, bromeando, pero sin perder la ternura en su voz—. Todos tenemos nuestros momentos, ¿verdad?

La risa flotó en el aire por un instante, haciéndome olvidar las tensiones de antes. Era como si esta familia, a pesar de las cicatrices y las heridas no cerradas, supiera cómo cuidarse a su manera. Como si el amor, aunque imperfecto, aún estuviera presente, como una red que los mantenía unidos.

Thomas miró a Evan y luego a mí, con un leve levantamiento de ceja, antes de añadir en tono más ligero:

—Oye, no te olvides de que ese "Frijolito" también tiene una buena cantidad de expectativas. No va a dejarte descansar, ¿eh?

Todos reímos de nuevo. Las sonrisas de la familia parecían haberse restaurado, aunque de forma frágil, pero cada vez más real.

Evan no respondió inmediatamente, pero su expresión fue la que más me sorprendió. Había algo genuino en su rostro, algo de aceptación, de apertura.

—Vamos a tener que acostumbrarnos a eso, ¿verdad? —dijo finalmente, como si se estuviera convenciendo a sí mismo de que sí, ser padre era algo que valía la pena.

Mi corazón dio un vuelco al escuchar esas palabras. Sabía que para Evan, todo esto era nuevo, incluso aterrador. Pero lo que había dicho, esa pequeña aceptación, me hizo creer que, tal vez, todo iba a estar bien.

—Sí —respondí, mirando sus ojos con suavidad—. Vamos a tener que hacerlo juntos.

—Ya me imagino la cara de medio mundo en la reunión del fin de semana —soltó de pronto Robert, apoyando su tenedor en el plato con una sonrisa burlona—. Primero, ven a Evan después de ocho años desaparecido y luego se enteran que regresó… con un hijo en camino. Y con una mujer ocho años mayor que él.

Todos voltearon a verlo con sorpresa contenida, y Thomas fue el primero en reírse.

—¡Vaya forma de resumirlo! —dijo, llevándose una mano al estómago—. Nada más faltó que dijeras que llegó en helicóptero.

Emily, que estaba bebiendo agua, casi se atraganta.

—¡Robert! —lo regañó entre risas, dándole un golpe en el brazo con la servilleta—. ¡No digas esas cosas así tan de golpe!

—¿Qué? ¡Es la verdad! —se defendió él, fingiéndose inocente—. Tú sabes cómo son. Va a haber drama, chismes, y más de uno lo va a envidiar. Yo si tuviera veinte años menos y esa suerte…

—¡Te callas! —saltó Emily, dándole otro golpe mientras todos estallaban en carcajadas.

Emma apenas podía respirar de la risa.

—¡Ay no! ¡Papá diciendo que quiere la vida de Evan! ¡Qué horror!

—¡No dije eso! —gruñó Robert entre risas——.Dije que lo van a envidiar. ¡Hay una diferencia!

Thomas asintió, divertido.

—Sí, la diferencia es que tú ya estás viejo y casado, y él apenas va empezando su telenovela personal.

—¡Gracias, Thomas, por recordarme mi edad! —respondió Robert con falsa ofensa.

Emily resopló.

—Más te vale que no empieces con eso en la reunión o yo misma te aviento el postre en la cara.

Evan solo se rió bajito, agachando la cabeza.

—No va a ser tan dramático... —intentó decir.

—¡Oh, por favor! —saltó Emma—. Te desapareciste ocho años. ¡OCHO! A estas alturas te imaginaban en otro país o metido en una secta.

—Y ahora vuelves con una embarazada —añadió Robert—. Eso es como final de temporada de serie. Falta que digan que eres millonario en secreto.

Lucía solo reía, un poco nerviosa pero divertida.

—Podrías decirles que me secuestraste. Tal vez así me dejen en paz con lo de la edad.

—No, mejor di que te lo encontraste en una caja de cereal —bromeó Emily—. ¡Sorpresa! Viene con antojos incluidos.

Thomas levantó su vaso en tono de brindis.

—¡Por los escándalos familiares! Y por Frijolito, claro, la verdadera estrella del drama.

—¡Salud! —respondieron todos al unísono entre risas.

El ambiente era tan cálido que por un momento, el caos del pasado parecía solo eso: pasado.

El sol de enero apenas calentaba lo suficiente para no congelarnos, pero el jardín trasero estaba lleno de vida. Las risas, los pasos sobre el césped medio seco, el vapor de las tazas de café y té que todos sosteníamos en las manos. Me recargué más contra Evan, sentada sobre sus piernas como si fuera lo más normal del mundo, mientras le hacía pequeñas trenzas en el cabello. Se dejaba hacer sin decir nada, solo jugueteando con mis dedos cada tanto.

Thomas estaba sentado en una de las sillas plegables, con una bufanda gruesa alrededor del cuello y su típica expresión de "me aguanto, pero tengo frío". Emma, con su chamarra acolchonada rosa pálido, tenía los pies metidos dentro de una cobija como si fuera un burrito humano.

—¿Y tú en qué año vas ya, Thomas? —preguntó Evan, mientras me apoyaba la barbilla en el hombro.

Thomas alzó la ceja, como si no supiera si bromear o responder en serio.

—Cuarto. Si todo va bien, me gradúo a mediados del siguiente año —respondió finalmente—. Aunque entre proyectos, prácticas y los profesores con cara de villanos de caricatura… quién sabe.

—Ah, claro, ingeniería mecánica, ¿no? —Evan asintió—. Me acuerdo que de chicos siempre destrozabas mis carritos para ver cómo funcionaban.

—Y tú llorabas como si se hubiera muerto un cachorro —rió Thomas—. ¡Yo te los arreglaba mejor!

—Me los dabas sin llantas, eso no cuenta como arreglar.

Emma soltó una carcajada desde su sillón envuelto en manta.

—¡Drama! ¿Y ahora vas a preguntar cuándo termino mis prácticas, hermanito?

—Justamente eso iba a hacer —dijo Evan, con una media sonrisa—. ¿Cuándo terminas tus prácticas en el hospital pediátrico?

—En marzo —respondió Emma, estirándose como si eso solo de pensarlo la cansara—. Y si sobrevivo, puede que duerma una noche completa en abril.

—Pues si quieren festejar algo, ya saben, me dicen —agregó Evan, mientras entrelazaba sus dedos con los míos, justo donde yo acababa de terminarle una trencita—. Y no duden en pedirme lo que necesiten. Ya les dije que tengo dinero.

Thomas lo miró, arqueando una ceja.

—¿Otra vez con eso? Mira que ahora suenas como Sugar Brother.

Evan bufó una risa, pero no soltó mi mano.

—No es presunción. Es solo que puedo hacerlo. Me lo gané, y me hace feliz usarlo para ustedes.

Emma no perdió la oportunidad de meter su cuchara.

—Bueno, si tanto insistes, quiero una cama más grande. De esas que parecen colchones de nube, ¿sabes? Cuando termine las prácticas quiero dormir más de dos horas al día sin sentir que me morí.

Solté una risita, aún jugando con su cabello.

—Créeme, esas dos horas van a parecer vacaciones cuando trabajes en un hospital real. Lo digo por experiencia.

—Sí, claro, tú y tus historias de guardias eternas —Emma hizo un gesto dramático—. No sé si admirarte o internarte.

—Haz las dos —le dije, sonriendo.

Thomas se estiró y suspiró con fuerza.

—Si alguien consigue una cama nueva, yo también quiero. Pero antes… una cafetera decente. La mía se rompió y ahora dependo del café de la facultad. Es como tomar alquitrán caliente.

—Eso suena a suicidio lento —soltó Evan con una carcajada.

—Literalmente —dijo Emma.

—Entonces lo dicho —insistió Evan, mientras me acariciaba la pierna con cariño—. Me avisan. No importa si soy el menor, igual quiero cuidar de ustedes como se debe.

Miré a Emma y Thomas. Sus rostros eran una mezcla de burla y afecto. Ellos lo conocían, sabían que Evan no hablaba por hablar. No le gustaba presumir, jamás lo había hecho. Pero ahora tenía la posibilidad de ofrecer algo más que buenas intenciones, y estaba decidido a hacerlo.

Me incliné hacia él y le di un pequeño beso en la mejilla, justo al lado de una de las trenzas.

—Frijolito va a tener un papá exagerado —murmuré, sólo para él.

—Frijolito se lo merece —me respondió, bajito—. Y tú también.

Y ahí, rodeados del frío, los comentarios absurdos, las risas, sentí que poco a poco, algo en mí volvía a estar bien.

Seguía sentada en sus piernas, tan cómoda como si ese lugar me perteneciera por derecho. Le acariciaba el cabello con cuidado, jugando con las pequeñas trencitas mientras nuestras respiraciones se mezclaban en el aire frío. Evan no decía nada, sólo me mantenía cerca, como si le costara dejarme de tocar aunque fuera un segundo.

Escuché el crujido de la puerta trasera y giré un poco la cabeza. Vi a Emily y Robert salir con charolas llenas de bebidas calientes. El aroma a chocolate y café me golpeó de inmediato, haciéndome sonreír.

—¿Hora del recalentado líquido? —bromeó Thomas desde su lugar, mientras se levantaba para ayudar a su madre.

—Siempre hay hora para algo caliente —respondió Emily, con ese tono dulce y práctico que la caracterizaba.

Cuando se acercó a nosotros, me tendió una taza, con un gesto amable, y luego se sentó frente a mí, cubriéndose mejor con su bufanda.

—Lucía —dijo de repente—, ¿estás segura de que está bien que estés tanto tiempo fuera de Nueva York? ¿Con tu trabajo y todo eso?

Le di un trago lento a la taza. El chocolate estaba perfecto. Me acomodé mejor sobre Evan, sintiendo cómo sus brazos me envolvían con más fuerza, como si le preocupara que esa pregunta fuera el inicio de algo.

—Estoy bien —respondí con calma—. Ya le dije al hospital que estoy de "voluntaria" con mi padre en Carolina del Norte. Saben que él es médico militar, así que no hicieron muchas preguntas. Mientras envíe los supuestos reportes de campo, todo seguirá bien.

Emily alzó una ceja, claramente sorprendida.

—¿Estás... engañando al hospital?

Me encogí de hombros con una pequeña sonrisa.

—Es por una buena causa. No quiero estar lejos ahora. Y mucho menos cuando venga la famosa reunión de los Callahan.

—Esa reunión será un caos, te lo advierto —murmuró Robert, sentándose al lado de su esposa.

—Exactamente por eso quiero estar aquí —reí bajito—. No me voy a perder la cara de todos cuando vean a Evan después de ocho años y además... se enteren de que seremos padres.

Noté cómo Evan bajaba un poco la cabeza, su mentón tocando mi hombro. Sabía que aún se estaba acostumbrando a todo esto. A nosotros. A estar de nuevo en su casa. Con su gente. Con... familia.

—Tampoco quiero dejarlo solo —continué, esta vez mirando directamente a Emily—. Mucho menos cuando llegue el momento de regresar a Nueva York. Después de todo lo que ha pasado... no quiero que tenga que despedirse otra vez.

Evan hizo un leve sonido, casi inaudible. Como si mi voz tocara alguna fibra sensible en él. Lo entendía. Sabía lo que le costaba pensar en irse de nuevo.

—Si él quiere —dije suavemente, apoyando mi cabeza en la suya—, podemos mudarnos aquí. Pido un cambio de hospital, y ya. Chicago no está mal. No me dolería dejar Nueva York si eso significa que él puede seguir viendo a su familia. Después de ocho años... merece algo mejor.

Evan levantó la cabeza, sus ojos negros y preciosos, se encontraron con los míos. Negó con una expresión entre preocupada y agradecida.

—Lucía, eso es... demasiado. Tú tienes tu vida allá. Tu trabajo. Tus amistades. No quiero que lo dejes todo solo por mí.

Le acaricié la mejilla con la punta de los dedos, con ternura.

—Por ti... lo que sea. Y lo digo en serio. Además, si estamos hablando de cosas prácticas... mi futuro esposo tiene bastante dinero —dije eso último en tono burlón, alzando una ceja—. Así que puede comprar una casa y listo, ¿no?

Todos se rieron, incluso Robert, que negó con la cabeza divertido.

—Ya salió la interesada —bromeó.

—¿Viste? —le dije a Evan, riendo—. Ya lo asumieron. Y no puedes negar que te encantaría ver a Frijolito corriendo por este jardín algún día.

Evan no dijo nada al principio. Solo me miró como si no pudiera creer que estuviera ahí, que esto fuera real. Luego, finalmente, sonrió. Esa sonrisa suya, pequeña, íntima, que hacía que todo a mi alrededor se calmara.

—Sí —susurró—. Me encantaría.

More Chapters