LUCIA.
Algo me hizo moverme entre las sábanas.
Sentía calor, pero no el sofocante, sino el cómodo. Ese tipo de calor que sólo se consigue cuando estás completamente segura, completamente a salvo. Me acurruqué un poco más, frotando mi rostro contra la almohada antes de abrir los ojos apenas.
¿Una cama?
Parpadeé varias veces, confundida. Sí, era una cama. Una cómoda, bien hecha y con aroma a suavizante de hotel. ¿Hotel? ¿Cuándo llegué al hotel? ¿Cómo?
Mi cuerpo estaba envuelto en algo más mullido que lo que recordaba haber llevado. Bajé la vista y vi una blusa cómoda, una de esas de mis pijamas favoritas. Bajé un poco más la sábana y… sí, tenía la pijama puesta. Completa. Incluso sin calcetas.
¿Qué…? ¿Cuándo me cambié?
Me incorporé lentamente, mirando alrededor. Era nuestra habitación, claramente. Reconocía la disposición, el aroma, hasta la ligera ventana entreabierta que dejaba entrar algo de la brisa helada de Chicago. Era el hotel, sin duda. Pero lo que me faltaba no era la certeza del lugar… era otra cosa.
—¿Evan? —dije en voz baja, esperando encontrarlo a mi lado.
La cama estaba vacía de su lado. Aún había una ligera hendidura donde había estado acostado.
Me bajé de la cama rápidamente, caminando en silencio hasta el baño. Toqué la puerta con los nudillos.
—¿Amor? ¿Estás ahí?
Esperé. Nada. Abrí la puerta lentamente. Vacío.
Fruncí el ceño. Fui hacia la terraza. Nada.
Mi pecho se apretó. ¿Dónde estás?
Y entonces, lo vi.
Sobre la mesa de noche, justo donde él sabía que lo vería, había una nota. Me acerqué con pasos suaves, y cuando mis dedos la tocaron, sentí como si pudiera escuchar su voz leyéndola.
"Si no me encuentras, no es porque me haya ido. Solo salí a caminar un rato, no pude dormir. No me iré lejos y trataré de regresar temprano. Besitos de tu destruido futuro esposo (aunque aún no hayamos hablado de eso)."
Leí la nota una, dos veces… tal vez más. Mis labios temblaron al sonreír. Ese idiota. Ese hermoso, torpe, amoroso idiota. Me dejaste dormida, me cambiaste sin despertarme y saliste sin hacer ruido, como siempre.
Miré hacia el reloj del celular. Las diez. ¿Las diez? ¿Cómo…?
Recordaba vagamente salir de casa de mis padres. Cinco de la mañana, tal vez. Sí, eso sonaba correcto. Me había quedado dormida en el auto. ¿Todo ese tiempo? ¿Él condujo? ¿Me cambió? ¿Me acomodó en la cama, me besó y se fue?
Volví a mirar la nota.
—Destruido futuro esposo…
Mi corazón latió fuerte. No habíamos hablado de eso… todavía. Pero lo decía como si ya lo sintiera. Como si, en algún rincón de él, ya se hubiera decidido.
Y eso, eso me bastaba por ahora.
Apreté la nota contra mi pecho, cerrando los ojos un momento.
Te voy a regañar cuando regreses… pero primero, te voy a besar hasta que se te olvide el motivo del regaño.
Miré por la ventana.
¿Dónde estarías ahora?
Me cambié rápido, lo más rápido que pude. Un pantalón cómodo, un suéter grueso, zapatos y la bufanda que Evan me regaló hace semanas, esa que decía que hacía juego con mis ojos. Tomé mi celular, la nota porque sí, esa no la iba a dejar ahí y salí del cuarto cerrando con cuidado, todavía peinándome los mechones alborotados con los dedos.
Justo cuando salía, escuché una puerta abrirse a mi izquierda. Era Ana, que salió con una taza de café en la mano, con su cabello suelto y la cara de quien no estaba lista para la vida aún.
—¿Tú también madrugaste? —me dijo en cuanto me vio.
—¿Tú? ¿Por qué estás aquí? —le pregunté levantando una ceja.
Ana tomó un sorbo y señaló con la taza hacia su habitación.
—El hotel le asignó esta habitación a mamá cuando hizo la reserva. Evan también dijo que era coincidencia. Mamá insiste en que no los está vigilando, pero bueno… ya la conoces.
Solté una pequeña risa nasal. Sí, claro, coincidencia.
—¿Has visto a Evan? —le pregunté enseguida.
Ella frunció el ceño, luego se encogió de hombros.
—No. Solo anoche, cuando llegamos. Y por llegaron me refiero a él cargándote como princesa dormida… babeando, por cierto —dijo con media sonrisa burlona—. Nos reímos un poco pero nos quedamos dormidas casi en cuanto nos tiramos a la cama. ¿Por?
Solté un suspiro y saqué la nota del bolsillo de mi suéter, agitándola un poco en el aire.
—Porque no está. Me dejó esto —se la mostré brevemente—. Dice que no podía dormir y salió a caminar, que volvería temprano. Pero ya son más de las diez… y no ha vuelto. No pude seguir durmiendo. Obviamente.
Ana se enderezó un poco.
—¿Y ya intentaste llamarlo?
—No… pero lo haré. Solo… necesitaba saber si tú lo habías visto primero.
Ana me miró con algo que parecía preocupación disimulada.
—Seguro está bien. Solo… ya sabes cómo es. Con todo lo de ayer, necesitaba despejarse. Pero si quieres te acompaño a buscarlo. O mínimo a hacerle FaceTime hasta que conteste por piedad.
—Gracias —le dije con una sonrisa débil.
—Mamá, Sofía y Paula salieron hace como una hora —me dijo Ana mientras caminábamos por el pasillo, con su café en la mano—. Aprovechando que estamos en Chicago y todo eso.
—¿Y tú no fuiste? Si tú eres la que más disfruta gastar dinero en tonterías —le dije arqueando una ceja, medio en broma, medio en serio.
Ana resopló divertida.
—Quise... pero no quise. Me gusta más dormir. Además mamá juró que me va a traer algo. Siempre lo hace.
Solté una risita, aunque el gesto no me duró mucho. Iba pegada al celular, llamando a Evan otra vez. Solo para volver a escuchar lo mismo: el tono de llamada, y nada más. Ni buzón, ni "ocupado", ni siquiera una maldita señal de vida. Nada.
Colgué por tercera vez. Respiré hondo. Me froté los ojos.
Y entonces me cayó el veinte.
—¡Claro! —solté.
Ana me miró confundida.
—¿Qué?
—Que Evan no usa el maldito celular. ¿Para qué demonios se lo compramos si ni siquiera lo usa? ¡Dos meses! ¡Dos meses desde que se lo conseguimos y todavía lo odia! ¡No responde mensajes, no contesta llamadas, ni siquiera lo desbloquea a veces! ¿Qué esperaba yo, que mágicamente hoy sí lo hiciera?
Ana levantó una ceja.
—Bueno… tal vez si le mandas una paloma mensajera con una señal de humo, funcione mejor.
Suspiré, frustrada.
—Esto es tan él…
—Sí —dijo ella, ahora más seria—. Pero también es Evan. No se va a ir. A menos que... no sé, lo obligues a tomarse unas vacaciones mentales. O algo así.
La miré, luego miré mi celular.
—Necesito pensar como él.
—¿Huir del caos y refugiarse en algo silencioso, medio roto y con vistas bonitas?
—Exacto. Necesito encontrar su versión de "refugio". Porque si no se fue a caminar por caminar, entonces fue a encontrar un lugar donde sentir que puede respirar.
Ana me miró, tomando otro trago de café.
—Tú lo conoces. Más que nadie. Si alguien puede encontrarlo, eres tú.
**
Nada.
Nadie lo encontraba.
El auto que Emma le había prestado seguía estacionado en su lugar, bajo la sombra del árbol torcido que daba justo a la entrada lateral del hotel. Así que Evan no lo había tomado.
—¿Dónde diablos estás, niño? —murmuré, con el celular apretado entre los dedos, mi pulgar tamborileando contra la funda mientras miraba a todos lados.
Ana, a mi lado, se encogió de hombros, cruzando los brazos.
—Lamentablemente... no tengo idea de dónde podrías empezar a buscar. Ni pista. Y eso que tú lo conoces más que nadie.
Me quedé en silencio por un momento. Luego, una chispa.
—Tal vez... tengo una idea. Pero no estoy segura —le dije, y empecé a buscar en mis contactos rápidamente. Marqué sin pensarlo demasiado. Si alguien podía ayudar, era él.
Thomas contestó al segundo timbre, su voz medio rasposa pero claramente ya despierto.
—¿Hola, cuñada? ¿Qué te nació por llamar tan temprano? ¿Lucía?
—Buenos días, Thomas —dije sin rodeos—. Evan no está en la habitación. Me dejó una nota diciendo que fue a caminar… pero no ha regresado. Ya van horas. Obviamente no estaría llamando si ya estuviera de vuelta.
—¿Qué? No, no está con nosotros —dijo de inmediato, y por el fondo se oían voces y pasos—. ¿Quieres que revise por acá?
—No creo que esté contigo, por eso te llamo. Necesito saber si hay algún lugar al que Evan pudiera haber ido. Algo de su infancia. Tal vez... no sé, un recuerdo. Un sitio que significara algo para él.
Hubo un momento de silencio.
—Lucía, tú sabes que Evan no recuerda nada de su niñez antes de… bueno, antes de que desapareciera —dijo con voz suave—. No sabría decirte si recuperó algo. Nunca nos lo ha dicho. Pero…
Se oyó un clic, como de una puerta cerrándose detrás de él.
—Pero te puedo dar direcciones de algunos lugares a los que nuestros papás nos llevaban cuando éramos niños. A Emma, a él y a mí. Hay algunos que eran favoritos de Evan, aunque fuera muy pequeño. Tal vez… tal vez algo se le quedó grabado.
—¿Puedes? —pregunté con un suspiro de alivio.
—Claro. Voy a enviarte una lista. Con direcciones. Uno es un parque cerca del lago, le encantaba correr ahí, aunque no se acordara mucho después. Otro es un mirador en la parte vieja, le encantaba la vista. Y hay una cafetería, la vieja "Café Bloom", donde siempre pedía un muffin aunque no le gustaban —rió un poco, con ese cariño nostálgico de hermano mayor—. Por si acaso.
—Gracias, Thomas. De verdad. Ah, y no te preocupes ni hagas que tus papás se preocupen tampoco, ¿sí? Si lo encuentro, te aviso. No es la primera vez que lo hace. Hasta en Nueva York salía a caminar solo como si fuera un fantasma con licencia para desaparecer.
—Lo sé. Pero me avisas, ¿sí?
—Te lo prometo.
Colgué justo cuando Ana me miraba con los ojos entrecerrados.
—¿Y bien?
Le mostré el primer mensaje que acababa de llegar. Thomas ya me había enviado la dirección del parque.
—Tenemos una pista. Tal vez lo recuerde, o tal vez no. Pero si hay una posibilidad de que esté ahí… voy a buscarlo.
—¿Y quieres que te acompañe?
Negué con una leve sonrisa, mientras sacaba la llave del auto de mi bolsillo.
—Quiero que estés aquí, por si vuelve al hotel. Pero si no, te llamo. Y tú le das su regañada primero.
Ana levantó el pulgar.
—Hecho. Pero si no lo encuentras en ese parque, me lanzas un mensaje y nos movilizamos como FBI. ¿Trato?
—Trato.
Y sin perder más tiempo, tomé las llaves, el abrigo, y salí rumbo a un punto del pasado de Evan.
Visité cada lugar.
Todos eran hermosos, con ese aire nostálgico que flotaba incluso sin haber formado parte de esos recuerdos. El parque junto al lago era tranquilo, con el agua brillando al sol y las hojas de otoño acumulándose como alfombra bajo los árboles. El mirador tenía una vista preciosa, como si el cielo y la ciudad se abrazaran desde las alturas. La cafetería "Café Bloom" todavía existía, y aunque ya no vendían los mismos muffins, encontré uno de frambuesa que tenía buena pinta.
Había un puesto de comida callejera justo al lado. No perdí el tiempo. Me compré algo que Thomas había mencionado una especie de rollo dulce con canela y nuez y lo fui comiendo mientras caminaba entre cada punto.
—Buen provecho, frijolito —murmuré con cariño, acariciándome el vientre aún plano—. Según tu tío Thomas, esto era lo que tu papi comía cuando era niño. Así que tú también vas a tener que aprender a amar la canela, ¿eh?
Llegué al último lugar con una mano aún ocupada con un pedazo de comida. Me lo metí en la boca mientras salía del auto, estirándome un poco. Caminé por la zona, mirando con atención, deteniéndome junto a bancos, farolas y árboles, pero...
Nada.
Ni un rastro.
Me rasqué la cabeza con resignación y un suspiro largo, hasta que mis ojos se fijaron en una mujer mayor sentada en una banca, con una bolsa de pan para los patos y una mirada paciente.
Me acerqué.
—Disculpe... ¿vio a un chico por aquí hace poco? Unos diecinueve años, cara cansada, ojos oscuros, cabello negro, algo largo... algo guapo.
Ella me miró de reojo, levantando una ceja.
—¿Algo guapo?
—Vale... muy guapo. Con pose de emo deprimido, por si ayuda.
La mujer soltó una risa suave.
—Extrañamente sí. Hace una hora o dos. Caminaba solo. Se sentó a hablar conmigo un rato, preguntó por el lugar, se notaba perdido pero educado. Luego se fue.
—¿Le dijo hacia dónde iba?
La mujer asintió, pensativa.
—Dijo algo raro... que iba a donde su historia empezó. Como si fuera algún protagonista de una historia de tragedia —rió—. Un chico extraño, pero dulce.
Le agradecí de inmediato, casi con una reverencia rápida, y regresé al auto mientras mi mente empezaba a trabajar.
—¿Dónde su historia empezó...? —murmuré.
Lo pensé un segundo más... y saqué el celular. Marqué a Thomas sin dudar.
—¿Hola de nuevo? —dijo al contestar—. ¿Alguna suerte?
—No lo encontré —dije con rapidez—. Pero una mujer sí lo vio. Habló con él. Dijo que Evan le mencionó que iba a "donde su historia empezó".
Hubo un silencio.
Y luego, como si nuestros cerebros se conectaran por un segundo, ambos lo dijimos al mismo tiempo:
—La primaria.
—Sí. ¿Tienes la dirección? —Pregunte.
—Te la envío ya —dijo—. No estoy seguro si te dejarán entrar, pero quizá... no sé, tal vez él está solo ahí cerca. No creo que quiera que lo vean.
—Gracias, Thomas. Te aviso en cuanto sepa algo.
Y justo cuando colgaba, vibró el mensaje. Ahí estaba. La dirección.
—Muy bien, frijolito —susurré, encendiendo el auto con decisión—. Vamos por tu trágico, precioso, desmemoriado papá.
Manejé por las calles de Chicago con cuidado, pero sin perder tiempo. El tráfico no estaba tan pesado, y aun así, mis pulgares golpeaban el volante con un ritmo impaciente. Era algo que había visto a Evan hacer cuando manejaba: ese golpeteo ansioso con los dedos, como si fuera una batería invisible. Supongo que me estaba contagiando de sus mañas.
Después de unos quince minutos, doblé en una calle con árboles viejos a los lados y ahí estaba. La escuela.
La primaria.
Estacioné al otro lado de la acera, bajando del auto con el corazón apretado. Podías escuchar la vida en las risas de los niños jugando, en los pasos corriendo, en los chillidos agudos de quien se tropezaba. Un grupito leía junto a una banca, otro jugaba fútbol con una botella de plástico.
Y entonces… sentí mariposas en el estómago.
Me imaginé a frijolito corriendo por ese patio algún día. Pequeño, torpe, alegre. Tal vez se tropezaba igual, y yo me moría de amor desde lejos.
—Ayyyy, qué lindo —murmuré, llevándome las manos al vientre—. Ya quiero que nazcas, frijolito. Pero tienes que decir "mamá" primero, ¿eh? Primero mamá que papá. Yo te llevo en mi vientre, yo me lo voy a merecer, por ley universal.
Caminé directo al portón principal. Había dos guardias, uno tomando nota en una libreta y el otro revisando que nadie ajeno entrara.
—Disculpen… estoy buscando a un chico de unos diecinueve años, cara cansada, cabello negro, medio largo, ojos oscuros… muy guapo, con aire de tragedia.
Uno de los guardias levantó la cabeza.
—¿Lo conoce?
—Es mi pareja. Y el papá de mi hijo. Bueno, futuro hijo. No sabíamos dónde estaba y ahora creemos que está aquí.
El guardia se miró con el compañero, luego asintió.
—Sí, está aquí desde hace una hora más o menos. Dijo que estudió aquí cuando era niño, y quería entrar a ver. Al principio no lo íbamos a dejar pasar, pero luego preguntó por una profesora... y resulta que ella lo reconoció. Casi se desmaya de la impresión, llorando y todo. Dijo que sí, que lo conoce. Lo dejamos pasar.
Mi pecho se llenó de algo indescriptible: alivio, ternura, miedo.
—¿Puedo pasar? —pregunté, con la voz un poco más suave—. Por favor. No sabíamos dónde estaba. Solo quiero verlo.
El guardia me examinó un segundo, tal vez viendo los nervios escritos en mi cara. Luego asintió con una media sonrisa.
—Está bien. Pase. Está con la profesora en el ala oeste, en la parte vieja del edificio. La sala 3, creo.
—Gracias... gracias de verdad.
Crucé el portón sintiéndome como si cruzara un umbral invisible. Uno donde los recuerdos y las historias no dichas flotaban en el aire. El corazón me latía con fuerza.
Ya casi.
Caminé por el patio de juegos como si flotara, mis ojos se llenaban con la imagen de los niños correteando, chillando, riendo sin preocupaciones. Uno se tropezó y se levantó como si nada. Otro gritó el nombre de su amigo como si fuera una emergencia.
—Ayyy, los niños… —murmuré con una sonrisa apretada—. Frijolito, creces muy rápido, ¿eh? Ya sal, ya… ya te quiero ver. No me hagas esperar tanto.
Entré al edificio, donde el murmullo de voces bajaba de intensidad y era reemplazado por sonidos más tranquilos: tizas contra el pizarrón, murmullos de lectura, pasos suaves. Algunos niños estaban de pie frente a sus asientos, leyendo en voz alta; otros dibujaban. Me quedé observando un segundo, hasta que un intendente, una mujer mayor con bata azul y expresión amable, se cruzó por el pasillo.
—¿La sala 3? —pregunté, con voz casi temerosa.
Ella sonrió como si ya supiera a quién buscaba y señaló el camino.
—Pasillo derecho, hasta el fondo. A la izquierda. Hay un grupo de maestros ahí, no se va a perder.
—Gracias.
Seguí sus indicaciones, sintiendo cómo el corazón me latía más fuerte con cada paso. Los pasillos olían a papel viejo y desinfectante, igual que las escuelas de mi infancia. Había algo reconfortante y aterrador en eso.
Doblé a la izquierda y me detuve.
La puerta estaba entreabierta. Desde ahí podía verlos.
Varios adultos estaban reunidos dentro: mujeres, algunos hombres, todos con el aire inconfundible de maestros. Algunos tenían los ojos brillosos, con lágrimas corriéndoles silenciosamente por las mejillas mientras miraban hacia el centro del salón.
Y en medio de todos ellos… estaba Evan.
Mi Evan.
Con una taza de café en la mano, sentado en una pequeña silla para niños, y riendo con ellos. La expresión en su rostro era suave, abierta, casi feliz. Su risa era real, de esas que nacen desde lo más profundo del pecho. Una mujer a su lado, de cabello gris, voz temblorosa pero viva, dijo algo entre lágrimas que lo hizo sonrojarse hasta las orejas. Todos se rieron, y él bajó la mirada con esa sonrisa torpe que tanto me gustaba.
Me quedé quieta, al borde de la puerta entreabierta, sin atreverme a hacer ruido. Mis manos acariciaban mi vientre por costumbre, como si frijolito pudiera sentir lo que mi corazón estaba sintiendo en ese momento.
La voz de la mujer mayor, temblorosa pero llena de emoción, rompió el murmullo general.
—Cuando tus padres llegaron preguntando por ti… todos nos destrozamos —dijo, limpiándose una lágrima que rodaba por su mejilla—. La policía vino, también muchos otros… buscaron por todas partes. Se hicieron investigaciones por meses… pero no hubo ni una sola pista.
Yo tragué saliva con fuerza.
—Instalamos cámaras por toda la escuela, en cada rincón. Se crearon sistemas, se cambiaron políticas. Todo, todo para que nunca más le pasara eso a otro niño. Y aún así… te seguíamos buscando. Aunque muchos se rindieron, otros no… cada año alguien llamaba a tus padres. En tu cumpleaños. En cada fecha especial. Todos queríamos saber de ti. Todos.
Mi garganta se apretó. Sentí mis ojos humedecerse, y solo me apreté más el vientre.
—¿Dónde estuviste todo este tiempo, Evan? ¿Qué te pasó? —preguntó alguien más, con la voz apenas audible por la emoción contenida.
Evan suspiró, bajando un poco la mirada.
—Estuve en muchas partes… Me secuestraron y me mandaron… no sé ni a dónde. —Se encogió de hombros, con esa expresión de resignación que solo alguien que ha hecho las paces con su dolor puede tener—. Los que me rescataron piensan que fue una red de tráfico de personas. Supongo que es probable.
—¿Y por qué no volviste? —preguntó otro profesor.
—El trauma… bloqueó todo. Mis recuerdos. No sabía quién era. No podía volver si ni siquiera sabía de dónde venía. Solo… aparecí un día. En una habitación oscura. Con mucha gente. Sin saber nada.
Las expresiones de todos cambiaron. Dolor. Tristeza. Impotencia.
—¿Y cuándo volviste? ¿Cómo fue?
Evan asintió despacio.
—Volví a Estados Unidos hace poquito más de tres meses. Y apenas hace unas semanas me reencontré con mis padres… con mis hermanos. Incluso con Roxana, Jolie, y los papás de ellas, Raúl y Marcela.
Me llevé una mano a la boca. No sabía que ya los había visto a todos.
—Todavía no me han declarado oficialmente como "encontrado"… apenas estoy empezando a vivir esto. A recuperar mi vida. Paso a paso.
—¿Y qué haces ahora con tu vida? —preguntó un hombre, el único que no parecía contener las lágrimas.
Evan sonrió suavemente.
—Estoy recuperándome. Poco a poco. Pero también… estoy creando una nueva vida.
—¿Cómo que creando? —preguntó la señora, extrañada.
—Sí —dijo Evan, con un brillo especial en la mirada que no podía ver pero sí imaginar—. Hace dos meses conocí a una mujer estupenda. Increíblemente hermosa… aunque tiene el temperamento de un dios griego mal dormido. Es sarcásticamente dulce, y… lo mejor: es ocho años mayor que yo.
—¡¿Ocho años?! —soltaron algunos, sorprendidos.
—Sí, prácticamente me lleva como si fuera una mamá joven… —rió—. Pero no lo es. Es… es mi todo.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho. Me cubrí la boca con ambas manos, incapaz de procesar lo que acababa de decir.
—¿Y cómo se llama esa mujer maravillosa? —preguntó otra profesora, sonriendo de oreja a oreja.
—Lucía. Es enfermera. Y… ella me ayudó a reencontrarme con mi familia. A reconstruirme. Es… una bendición. —Hizo una pausa, luego suspiró con una sonrisa—. Y lo mejor de todo… es que estamos esperando un hijo.
Los murmullos aumentaron, las expresiones se transformaron en asombro y ternura.
—¿Un hijo? —repitió alguien.
—Sí. Apenas seis semanas… Pero ese pequeño bebé es todo para mí. Así como ella lo es. No tengo palabras para describir lo que siento.
Mis ojos ya no aguantaron. Las lágrimas rodaron por mis mejillas sin pedir permiso. Lo que sentía no cabía en mi pecho. Amor. Orgullo. Dolor. Esperanza. Todo a la vez.
—Tienes que traerla —dijo uno de los maestros, con entusiasmo—. Queremos conocer a esa mujer. A Lucía.
Apreté los labios para no reír llorando. Respiré hondo. Era mi turno.
—Esa mujer… —Evan hizo una pausa, bajando un poco la taza de café mientras su sonrisa se ampliaba con picardía— está justo ahora del otro lado de esa puerta.
Hubo un segundo de silencio.
¿Eh?
¿¡Qué!?
Me congelé, los ojos bien abiertos, el corazón se detuvo un instante y luego se lanzó en picada, como si se hubiera tirado desde un quinto piso directo a mi estómago.
¿Cómo...?
¡¿Cuándo me vio?!
¡No volteó en ningún momento!
¡Ni siquiera levantó la mirada hacia la puerta!
—¿Qué? ¿En serio? —preguntó la señora, girando hacia la entrada con una mezcla de asombro y emoción.
—¿¡Ya está aquí!? —preguntó un profesor, parándose de inmediato.
—¿¡Por qué no entra!? —dijo una mujer, aplaudiendo como si fuéramos un número musical.
Yo…
Yo estaba paralizada.
¿Cómo sabía?
¿Fue un instinto? ¿Una corazonada? ¿Puso rastreadores en mis calsones?
No. No. Cálmate Lucía.
Pero me puse nerviosa. Un calor me subió desde el cuello hasta las orejas, como cuando me descubren comiéndome el chocolate que escondí del refri. Quise retroceder, pero mis pies no respondieron. Frijolito dio una vuelta dentro de mí como si también se hubiera sorprendido.
Entonces escuché la voz de Evan otra vez, más suave, más directa.
—Pasa, amor. Quiero que los conozcas. Ellos… también fueron mi familia.
Sentí un nudo en la garganta. Respiré hondo. Muy hondo.
Y di un paso adelante, apareciendo en el marco de la puerta.
Los profesores voltearon hacia mí, algunos se pusieron de pie, otros sonrieron con ternura, y en medio de todos, Evan… ese idiota hermoso que de alguna forma sabía que estaba ahí, me miraba como si yo hubiera sido el sol que llevaba ocho años esperándolo para salir.
—Hola… —dije con una sonrisa temblorosa, mientras mi voz me traicionaba por la emoción—. Soy Lucía. Y… bueno, yo también quiero conocerlos.
