Cap 4:El Arte de Lavar el Botín
La noche siguiente
La luna flotaba sobre Lugunica como una moneda vieja. Ni bonita ni fea, como todo en este reino.
Aún me sorprende saber que en este mundo exista la luna. Estando en un isekai, lo mínimo que uno espera es ver más de tres soles como en Tatooine o la ausencia misma de la luna. Este mundo no es la Tierra.
Las luces de los barrios bajos eran débiles y parpadeaban como si les costara mantenerse encendidas. Alguien tiene que pagar el recibo de la luz, sí o sí.
Felt caminaba con las manos en los bolsillos. Su andar ligero hacía que las sombras se movieran al ritmo de su coleta. Saltaba por las paredes; parecía inquieta. Rom iba detrás, cargando un barril que habría aplastado a cualquier otro hombre.
Y yo... bueno, en mi caso solo trataba de no parecer el novato del grupo, aunque por dentro me temblaban las piernas. El robo de hoy no era nada comparado con mis viejos atracos. Esto era un nivel intermedio, más complicado de lo usual.
Felt iba dentro del barril por orden de Rom. Sí, ya sé que es un cliché, pero teníamos que intentarlo. Si le sirvió al pirata de goma, ¿por qué a mí no?
—Así que el objetivo es una caravana del gremio de comerciantes mágicos —murmuré.
—Exacto —dijo Felt sin girar la cabeza—. Son unos bastardos ricos que se creen intocables. Guardan cristales mágicos y artefactos menores. Nada que a alguien como nosotros le haga daño tener.
—«A alguien como nosotros». Me encanta cómo lo dices, como si ser ladrona fuera una profesión legítima.
—Lo es, si sobrevives lo suficiente para hacer fama y zamparte un filete de carne jugoso —respondió Felt con una sonrisa que era mitad orgullo y mitad desafío.
Rom soltó un gruñido bajo.
—Basta de charla. Falta poco.
Avanzamos por las calles, que se estiraban como cicatrices por lo dañadas que estaban. Les faltaba mantenimiento. Los barrios bajos están tan abandonados que parece que va a salir un nahual.
Las calles bajas del distrito comercial de Lugunica siempre huelen a pan viejo, óxido metálico y a un miedo palpable en los habitantes. El tipo de miedo que solo se siente cuando sabes que, si das un paso en falso, alguien te pisa la cabeza para robarte los zapatos, la mochila o la clásica «ya te la sabes: celular y cartera». Bueno, quiero pensar que aquí no es tan así.
Esa noche, el aire era espeso, pero no por la niebla ni por la magia, sino por la tensión que se respiraba.
A esas horas solo quedaban mendigos y comerciantes borrachos; las ventanas se cerraban al vernos pasar. Nadie quería saber lo que haríamos. En Lugunica, la ignorancia era una forma de respeto, una forma de vivir en paz.
Nos detuvimos detrás de una carreta abandonada. Desde ahí se veía el almacén del gremio: grande, cuadrado, con guardias armados que lucían más aburridos que alertas.
Suena similar, ¿cierto? ¿Qué es esto, mi mágico México? ¿Latam? De dónde me suena esto... hmmm.
Felt se agachó y dibujó un pequeño mapa en la tierra con la punta de su cuchillo.
—Oye, gato de hielo —murmuró, girando apenas la cabeza—. ¿Seguro que lo tienes todo claro?
—Primero: ya te dije que no me llames así. Pero sí —reajusté mi capa—. Tú distraes a los guardias del callejón, Rom levanta la compuerta y yo saco el cofre antes de que el jefe del gremio se dé cuenta. Fácil.
—Ningún robo es «fácil», niño —gruñó Rom, bajando la voz—. Si te trabas, corres. No te pongas de héroe.
Sí, claro... pero decirlo era más fácil que hacerlo.
El objetivo era una caravana mercante del gremio de distribuidores de cristales mágicos. Uno de los pocos cargamentos que no iba custodiado por caballeros, sino por mercenarios baratos. Ideal para un robo rápido... en teoría.
—Oigan, repitan por última vez con quiénes tratamos.
—Esos hombres armados son mercenarios de un grupo llamado la Orden de Od Laguna.
—Esos tipos son unos lunáticos. No son el Culto de la Bruja, adoran a otro dios de mierda como el Dragón. Vamos a romperles la ilusión y a hacernos con unas cuantas monedas de plata.
—¿Culto de la Bruja? ¿Qué es eso?
—Es una mala broma... ¿Cómo que no lo sabes? Te lo explico luego, niño.
El callejón donde nos ocultamos tenía un aroma a cerveza amarga y basura podrida. Desde ahí podía ver el edificio principal del gremio: una especie de almacén cuadrado con dos puertas y un balcón donde un tipo barrigón fumaba sin preocupación.
—Bien —susurró Felt—. En cuanto el gordo se meta, nos movemos. Rom, ya sabes qué hacer.
El gigante asintió. Con un leve movimiento de hombro, rompió el candado de la puerta trasera. Ni un sonido. Ni un quejido del metal. Tenía más precisión que un francotirador.
—Adentro, rápido —dijo Rom.
Felt se deslizó como una sombra; yo fui detrás, tratando de no hacer ruido con los zapatos.
El almacén olía a incienso barato y madera húmeda. Sin duda era un caso de fanáticos religiosos, y de los molestos. Recuerdo haber pasado por esto en la iglesia de mi comunidad: se oían gritos y blasfemias, apestaba a pescado y alcohol. Cuando crecí, oí que era posible que el padre fuera un pederasta. Tuve suerte; quizá por eso no me gustaba estar en la iglesia.
Eso sin mencionar a esos dos bastardos... Aún no puedo creer que me hayan apuñalado ese hijo de perra de Cedric y el puto de Reed. Me pregunto qué onda con ellos ahora, sabiendo que cambié mi ruta.
Había cofres alineados en tres filas. Uno de ellos —según la información que Felt había conseguido de un borracho— contenía fragmentos de cristales mágicos sin procesar, muy valiosos en el mercado negro.
—Tercera fila, cuarto cofre —Felt se acercó con una tenue luz que nos alumbraba—. Lo abrimos, sacamos lo que podamos y nos largamos.
Me agaché, saqué un pequeño gancho que había improvisado con una horquilla (sí, una maldita horquilla de Felt) y lo introduje en la cerradura.
—¿Sabes hacerlo? —preguntó ella, cruzando los brazos.
—Vi muchos videos de cerrajería en internet y he hecho esto con máquinas de dulces —respondí sin pensar.
—¿Qué es «interne» y «maquina»?
—Nada, olvídalo.
El clic sonó suave, pero claro. Abrí el cofre y la luz reflejó el brillo azulado de los cristales mágicos.
—Parecen joyas y valen mucho más que mi vida.
—Valen más que la vida de los tres —añadió Felt—. Sin duda nos ganaremos mucho dinero.
—Vamos, mete todo lo que puedas en la bolsa y adentro al barril.
Ambos agarramos metias y cristales mágicos a montones, buscando vaciar por completo el cofre. Parecíamos los mapaches de cualquier caricatura promedio de mi mundo. Divertido e hilarante de oír, pero peligroso en la práctica.
Pero el destino, como siempre, decidió ponerse creativo. Desde el pasillo de afuera se escucharon pasos. Varios. Pesados.
Y una voz ronca dijo:
—¡Oí algo en el almacén! ¡Vamos, rápido!
Maldición.
Rom giró hacia nosotros con el ceño fruncido.
—Llévense lo que puedan. Yo los detendré.
Antes de que pudiéramos protestar, el gigante tomó un barril vacío y lo lanzó contra la pared, haciendo un estruendo enorme. La puerta se abrió de golpe y tres guardias entraron.
—¡Ahí está! ¡El gigante de los barrios bajos!
Rom sonrió de lado.
—Viejos tiempos...
Mientras los guardias intentaban rodearlo, Felt me empujó.
—¡Vamos, Kino! ¡Por la ventana!
Saltamos por una pequeña abertura que daba a un callejón lateral. Aterrizamos sobre cajas, rodamos y seguimos corriendo. Los gritos de Rom resonaban detrás: golpes, madera rota y el rugido del gigante haciendo su magia sin magia.
Corrimos varios metros antes de que Felt se detuviera en seco.
—¡Espera, el camino al bazar está cerrado! ¡Vamos por el puente lateral!
El puente era estrecho y resbaladizo, lleno de tablones viejos que chirriaban. Abajo, el canal de desecho de Lugunica olía a todo menos a agua limpia. A mitad del cruce, una flecha pasó rozando mi oreja.
—¡Nos siguen! —grité.
Felt sacó un cuchillo y lanzó una piedra con precisión quirúrgica: dio justo en la frente del arquero.
—Y ya no nos siguen —dijo con una sonrisa.
Llegamos al otro lado del puente y doblamos por una calleja. El corazón me latía como un tambor. No sabía si estaba emocionado o al borde del colapso.
Rom nos alcanzó minutos después, cubierto de polvo y con una sonrisa orgullosa.
—Heh... los viejos huesos aún sirven.
Felt lo miró con una mezcla de orgullo y fastidio.
—Nos hiciste preocupar, viejo.
—Y tú me hiciste correr, mocosa. Estamos a mano.
Me senté en el suelo, respirando agitadamente. La bolsa de cristales seguía intacta. Los tres nos quedamos un rato en silencio, escuchando únicamente el ruido lejano del mercado nocturno. No era la primera vez que lo hacíamos; ya llevábamos varias semanas en esto.
No solo sobrevivir... sino ganar.
Pero en el fondo, algo me inquietaba. Esto no iba a durar; era solo temporal. Es algo que todos se dicen, pero en nuestra situación actual es imposible siquiera dudarlo. Cada robo era más arriesgado, cada golpe más grande, cada peligro mayor. Rom estaba envejeciendo, Felt confiaba demasiado en su velocidad y yo... bueno, yo apenas sabía qué demonios hacía.
Y ahí, mientras los dos descansaban, sentí algo nuevo dentro de mí. No solo adrenalina, sino precaución y cálculo. Una pequeña voz que me decía: «Esto funcionó, pero pudo salir mejor».
Empecé a repasar mentalmente todo lo que habíamos hecho mal: los tiempos, la ruta, la distracción. Había huecos en el plan, y si queríamos seguir con vida, teníamos que llenarlos.
—Oye, Kino —dijo Felt, limpiándose las manos—. Tienes esa mirada otra vez. La de cuando planeas algo estúpido.
—No es estúpido —dije—, pero sí peligroso.
—Ajá. Dilo.
—Necesitamos más gente.
—¿Más? ¿No te bastan mis piernas y los músculos del abuelo?
—No esta vez. Si seguimos así, en el siguiente robo uno de nosotros no volverá. ¿Has visto todas las armas que usaban esos cabrones? Seguro no usaron magia porque si no se jodían las cosas que nos llevábamos.
Rom abrió un ojo.
—No está equivocado. Cada golpe es más grande, y la suerte se desgasta, mocosa.
—Tch... —Felt chasqueó la lengua—. ¿Y de dónde vas a sacar «más gente»? No hay muchos con dedos ligeros y cerebro en los barrios bajos.
—Necesitamos más personas para llenar rápido las bolsas; necesitamos un ojo vigía, no podemos depender del señor Rom todo el tiempo. Necesitamos a alguien más que sepa pelear, porque si nos agarran no la contamos nosotros dos, Felt —sonreí fingiendo confianza—. Buscaré. Hay quienes viven peor que nosotros. Ladrones, exsoldados, magos caídos... gente que no tiene nada que perder.
Felt se cruzó de brazos, mirándome con curiosidad.
—Hablas como si fueras a armar una banda.
—De hecho, no suena a mala idea.
Lo he estado meditando durante mucho tiempo, y para eso me memoricé varias cosas que suceden en las calles de Lugunica. Se me ocurrió a quiénes podemos tener de nuestro lado.
—Y bien, muchacho, ¿qué tienes pensado? —preguntó Rom—. Porque aunque puedas usar magia, necesitas mejorar. No digo que seas inútil, pero no bastan mis pocos conocimientos. Tal vez si mi compañera estuviera aquí te enseñaría, pero ella pereció en batalla.
—¿Era una gigante?
—No, una elfa. Una antigua camarada de batalla; murió hace años —Rom habló con cierta nostalgia y melancolía—. Además, aunque el bastón es una buena arma cuerpo a cuerpo —ya que lo comprobé con unas cajas y madera...
—Ay... y conmigo... —Felt se sobaba la cabeza al recordar el golpe que Rom le dio por desobedecer una orden.
—Ejem... y lo poco que te ayudé con esa magia no va a durar si nos enfrentamos a otros magos. El bastón es útil, pero no es nada comparado con un arma cortante como una lanza, una daga o un cuchillo.
—Señor Rom, ¿podría ayudarme a encontrar un maestro de magia? Quiero usar mi magia con más maestría.
—Lo intentaré, pero no prometo nada. Es difícil hallar gente dispuesta a enseñar, en especial si estás en la ruina.
Grumble...
—Oh, si tienes el estómago vacío...
—Ja, ja. No es gracioso. ¡Me muero de hambre, Kino!
—Señor Rom, ¿con esto alcanza para una despensa de comida?
—Sí, pero si no queremos llamar la atención de las autoridades, será mejor que seamos discretos con los cristales. Tendrán que aguantar hasta mañana; tal vez un robo pequeño pueda asegurar eso.
Lavado de dinero. Eso debe ser. La precaución de Rom es lo más prudente en este caso. No queremos atraer gente malintencionada o a cualquier guardia metiche.
—Señor Rom, ¿podríamos usar un poco de dinero?
—No, niño. Es mejor guardarlo para alguna emergencia; además, ese es tu dinero. Ese dinero no nos incumbe.
—Insisto, ustedes han hecho tanto por mí en estas semanas y creo que sería bueno comer algo que ya no esté seco.
—Hum, ojalá fuera sencillo, pero nadie vende así la comida en este reino.
Aun si eso pide, no quiero ver a Felt pasar hambre. Es una niña que necesita comida para crecer y no quedarse pequeña. Mañana, después del atraco, buscaré comida y un buen maestro. Y claro, buscaré reclutas para nuestro bienestar.
Volvimos con más precaución a los barrios bajos.
Las bolsas estaban vacías; echamos todos los cristales en el barril que Rom traía en los brazos. Aún me parece una lástima que no hayamos podido hacer el truco de la persona en el barril de nuevo. Quería intentarlo.
Dejando de lado mis fantasías, guardamos el botín en el almacén. Ayudé a Felt a mover los muebles y a Rom a acomodar rápidamente el barril de metias y piedras mágicas.
—La única parte que detesto de este trabajo... —Felt respiraba agitadamente mientras trataba de recuperar el aliento tras ayudar a cargar varios de los recipientes. Terminamos separando las metias en un cofre y las piedras mágicas en el barril.
—Ja, ¿ya te cansaste con tan poco?
—¡No estoy cansada, ya me aburrí! —gritó Felt enseñando los dientes.
—Meh, no es nada del otro mundo. Estas cosas son grandes; peor sería si fueran pequeñas, ahí sí entendería la flojera.
—¡Demonios, esta cosa no termina!
—¿Cómo van con eso? —Rom volteó a vernos mientras movía varias cosas para acomodar las nuevas adquisiciones.
—Todo listo. Hemos acomodado nuestra parte.
—Bien, siéntense, la cena está servida.
En la mesa se podían ver unos pases de fruta. La comida, aunque algo deforme, se veía apetecible; la cena sin duda iba a ser deliciosa.
Los tres nos sentamos a comer. Felt mordía el pastel de fruta aún caliente y se quemaba la boca, pero no paraba de comer por lo delicioso que estaba. Rom, por su lado, partía raciones grandes en los platos con un tenedor.
Les había enseñado a hacer esta receta. Solo fue cuestión de robar los alimentos, conseguir un poco de dinero y... ¡tarán! Un delicioso postre como los que mi madre solía hacer. Pobres sí, pero tenemos clase. Ja, quién lo diría: mis conocimientos de cocina han hecho que comamos bien.
—Señor Rom, ahora que estamos sin el infortunio de otros, ¿sabe qué personas son de confianza por estos lados? Lo digo en serio, tenemos que encontrar a más gente que nos ayude.
—Hmmm... —Rom puso la mano en la barbilla—. Define «personas de confianza». Hallar gente así en estos barrios es como hallar una aguja en un pajar.
—Sí, lo sé. No pido mucho, solo que sean dóciles y fáciles de tratar. Gente que no mate, cobardes; nada de daño, solo que sean rápidos y astutos.
Felt, sin dejar de comer, se me acercó y me dio un puñetazo amistoso en el brazo:
—Ahh, hermano, pides milagros. En una cloaca todos se matarían por un trozo de pan. Bastamos tú y el anciano. Con nosotros tres es suficiente —sonrió con la boca llena, dándole igual cualquier etiqueta.
—Ojalá fuera así, pero si queremos dar golpes mejores...
—En las calles de Lugunica tenemos este dicho: cada quien está por su cuenta. Además, confiar en la gente incorrecta solo puede provocar apuñaladas por la espalda y, de paso, podrías quedar como perro muerto en la calle. Pero sí hay unos individuos que son como los describes, aunque son de mal genio y vienen siempre juntos. Podría ser un problema, pero si sigues practicando tu magia con mis pocas instrucciones, podría funcionar. Ahora hay que prepararnos para que salga bien la situación que deseamos.
La cena en el bazar continuó y se notaba un ambiente cálido que se diferenciaba de las frías calles de Lugunica. Una comida en la mesa y la fogata eran lo único que necesitaba en este momento para no pensar en cómo volver a mi mundo.
Días después
Los murmullos de la capital se mezclaban con el ruido de pasos y voces. La ciudad estaba tan llena que apenas podía caminar sin rozar a alguien con cola o con orejas puntiagudas. Humanos que en esencia se sienten más como animales o «furros», para ser más específico. Todavía no me acostumbro, ni creo que lo haga pronto. Simplemente es difícil de procesar, aun a estas alturas.
Venía con mi chamarra puesta y un plan ya preparado. Felt estaba en los tejados siguiéndome desde arriba, lista para intervenir si algo salía mal.
Habíamos intentado varios golpes: unos buenos, otros pésimos. Pero es mejor robar discretamente que terminar en una celda por una naranja. Y después de ver los baños de este reino, perdí cualquier esperanza en su higiene. Dios, casi vomito. Son peores que los baños de mi secundaria pública. Y mira que eso ya es decir.
En fin. De nuevo divago.
Caminé hacia el punto donde debía iniciar el espectáculo. Y justo entonces, como si el destino hubiera leído mi guion:
—Entrega todo lo que tienes.
La voz ronca golpeó el aire. Perfecto.
Gaston, Camberly y Ranchi habían caído directo en la trampa. Tres matones —las «carnadas» que Felt había provocado— los estaban asaltando.
Yo aparecí detrás de ellos con una sonrisa leve.
—Qué hostiles. Si yo solo vengo en son de paz.
Los matones giraron la cabeza, confundidos. Los tres ladrones también.
Ranchi sudaba como si lo hubieran puesto sobre brasas. Camberly estaba mirando en todas direcciones, buscando la salida. Gaston fruncía el ceño, claramente sospechando algo... pero no lo suficiente para darse cuenta.
Tiempo perfecto. Saqué mi teléfono.
Los tres retrocedieron como si hubiera sacado una reliquia prohibida. El brillo de la pantalla les dio directo en la cara.
—¿Q-qué es eso? —murmuró Camberly.
—Una garantía —respondí con calma.
Toqué la cámara.
¡FLASH! ¡FLASH! ¡FLASH!
Ranchi chilló como un cerdo decapitado.
—¡¿M-m-me dio?! ¡Gaston, me dio con la luz blanca! ¡Me MORÍ! ¡ME MORÍ!
Gaston le dio un manotazo en la cabeza.
—¡Si estuvieras muerto no estarías gritando, pedazo de idiota!
Yo suspiré, cansado.
—Tranquilos, no los maté. Solo... los marqué.
Los tres se quedaron pálidos.
—¿M-marcar... cómo? —preguntó Gaston, tragando saliva.
—Con un hechizo de seguimiento —mentí sin dudar—. Si me traicionan, este aparato vibra y yo sabré dónde están, incluso si corren hasta el otro lado del mundo.
Mi teléfono vibró por una notificación del clima que no revisé y que apenas se activó, las típicas notificaciones fantasma. Me vino de perlas.
Los tres pegaron un brinco que casi los manda al techo. Felt, desde arriba, estaba a punto de reventar de la risa.
—¿V-vibra si alguien... si alguien piensa en traicionarte? —preguntó Ranchi, temblando.
Asentí con toda naturalidad.
—Exactamente. Así que mejor cooperen.
Silencio. Finalmente, Gaston bajó la cabeza.
—Está bien... Trabajaremos contigo. Pero guarda esa cosa, por favor.
Camberly estaba blanco. Ranchi ya rezaba por su alma. Guardé el teléfono.
—Entonces desde hoy... somos aliados.
Y los tres tragaron saliva al mismo tiempo, como si acabaran de venderle el alma a alguien peor que la secta.
—No es una amenaza, es una recomendación... Ya están contratados, por cierto.
—¿En serio? ¿Eso es todo?
—Tú eliges: ¿eso o quieres que se te caiga el nepe?
—¡AH!
Ninguno de los tres hombres puso resistencia. Los muy ingenuos cayeron ante el engaño más básico. Recuerdo muy bien cómo en mi mundo, en la antigüedad, había gente que le temía a las cámaras porque creían que robaban el alma, y aún hoy en día varios lo creen. Creencias de gente pendeja.
—Bien, ahora quédense ahí mientras hablo con mi socia. Y por cierto: si se van de aquí, la maldición se activará, así que piénsenlo dos veces si no quieren perder sus miembros.
—¡AHHHHH!
Los gritos estridentes del trío se oyeron a todo pulmón en las calles de Lugunica. Se inclinaron como si estuvieran en Japón: era respeto, pero también puro miedo por las amenazas vacías que les solté.
—Parece que funcionó el truco. Ni yo me lo esperaba —dijo Felt bajando de un salto.
—Te lo dije, tengo trucos bajo la manga.
—Pero ya en serio, ¿ese artefacto puede hacer eso? ¿Quitar extremidades o robar almas?
—¿Qué, te asusta? Nop, al contrario: esto solo deslumbra con la luz pequeña que saca, no lastima ni roba. Solo sirve para ver en la oscuridad; de ahí en más, es una cosa algo inútil. Aunque también es un buen binocular improvisado con la cámara. De algo a nada, es mejor.
—Es un alivio. Ya me estaba preocupando que tuvieras un arma así de poderosa estando con nosotros.
—Exageras. Créeme, esto solo fue un engaño para que cooperen sin ninguna queja y no se nos lancen como perros rabiosos después.
—No te conviertas en otro de esos idiotas que usan el miedo para ser alguien. Ya hay suficientes en este reino de mierda —Felt me miraba con una expresión seria y preocupada. No le agradaron mis acciones.
Si esto fuera una novela visual, probablemente aparecería un mensaje tipo: [Felt recordará esto].
—Tranquila, es completamente inofensiva. Te lo muestro rápido —me puse detrás de Felt, la abracé por los hombros y apunté con el celular hacia nosotros.
—Lo digo en serio, no seas un imbécil.
¡Click!
—¡AHH! ¡¿ESTÁS LOCO?!
—Mira, aparezco aquí y tú también. Esto es una forma en la que guardamos recuerdos: se les llama fotografías. Almacenamos momentos en este aparato al cual llamas metia, pero que en realidad se llama celular.
—¡AHH! ¡¿QUÉ HICISTE?!
—Felt, hermana, mira, no te asustes, solo ve esto. Si fuera un arma en verdad, ¿crees que me la habría disparado a mí también? Además, mira: somos los dos. Esto es un recuerdo. La mayoría de las personas del reino del que provengo las usan para recordar los momentos más divertidos, emotivos y felices.
—Oh... Esa soy yo. Eso es genial, es asombroso.
—Lo sé. Son los avances de mi mundo.
—Parece que mi hermano es mucho menos frío de lo que aparenta.
—Meh... Solo creo que es mejor explicártelo para que no te asustes como cachorro de león. Agh, se me salió.
—Ja, ja, ja. Ahí está el hermano chistoso que conozco.
—No te rías, que yo puse cara de gato espantado por el flash de la cámara.
No sé cuándo pasó, pero por un momento, esa chica que robaba sin pestañear parecía solo una niña jugando a tener un hogar.
—Además, a todo esto, ¿qué diablos es un león?
Mierda, qué mala comparación. Para empezar, ¿por qué las banderas de Lugunica tienen un león si no existen en este mundo? Recuerdo que le pregunté a Rom acerca de la bandera y dijo que él tampoco sabía; solo dijo que debía ser cosa de hombres ricos, de la nobleza o la élite.
—Oh, sobre eso... Es un gato más poderoso, grande y fuerte, que impone valor.
—¡WOW! O sea que soy así de grande. ¡Esa mierda está genial!
—Dije cachorro de león. Tú todavía no llegas ni a la altura ni a la madurez.
—¡GRRR! ¡Que no soy pequeña! ¡Tengo 15 años!
—No mientas, tienes 14, ya me lo dijo Rom. Jajajaja.
El bullicio de la taberna casi tapaba el crujido de la puerta abriéndose, pero no lo suficiente como para ocultar la reacción de Rom. Su ojo se entrecerró y su mano bajó —casi por costumbre— hacia el garrote que siempre estaba demasiado cerca de la mesa.
Tres sombras nerviosas entraron primero. Ranchi tropezó con el marco de la puerta, Camberly giraba el cuello como un búho paranoico y Gaston tragó saliva como si fuera vidrio molido. Y después entramos Felt y yo.
—...¿Qué hiciste esta vez, enano? —gruñó Rom sin levantarse de donde estaba bebiendo cerveza de raíz en una jarra. Parecía que le habíamos interrumpido su momento feliz al viejo gigante.
Felt cruzó los brazos, inflando el pecho como si quisiera medir dos metros.
—No yo. Él —me señaló como si fuera el responsable de un incendio, cuando solo había sido una ventaja útil y rápida.
—Solo los convencí —moví las manos con toda la paz y serenidad del mundo, como si estuviera en un plano diferente de la existencia misma.
Ranchi alzó la mano como si estuviera en clase.
—¡Yo diría más bien que amenazó con arrancarnos las extremidades!
—Con un rectángulo mágico de luz blanca —agregó Camberly, el enano, temblando.
—Y dijo que vibra cuando uno piensa en traición —susurró Ranchi. La taberna se enmudeció lo suficiente como para que el murmullo se oyera claro.
Rom arqueó una ceja.
—¿Vibra cuando... qué?
Saqué el celular del bolsillo como quien muestra unas llaves. Los tres ladrones se retorcieron como si fuera un artefacto nuclear.
Ranchi, Camberly y Gaston se sentaron en una mesa, tiesos como troncos, sin tocar su bebida por miedo a que eso activara quién sabe qué «maldición tecnológica». Felt iba adelante con paso seguro, arrastrando su pequeño saco de monedas con satisfacción exagerada.
Rom limpiaba una jarra, pero su mirada —esa mirada de perro viejo que ya se cansó de ver la vida tres veces— se clavó inmediatamente en mí. Quienes conocen la calle, reconocen la calle. Quienes han sobrevivido a la traición, huelen la mentira antes de verla. Rom no dijo nada todavía, pero sus ojos eran cuchillos.
Sentí esa punzada involuntaria: la de ser evaluado. La de estar otra vez frente a un adulto que mide tu existencia por la utilidad que representas.
Felt habló primero:
—¡Rom! ¡Ya tenemos a tres más! —dijo con emoción casi infantil—. Son tontos, pero obedientes. Y este truco... —señaló a Kino con el pulgar— funcionó de maravilla.
Rom apoyó lentamente la jarra.
—Ajá. Ya veo.
A los tres reclutados les bastó un simple gruñido suyo para casi caer de rodillas. Alcé una ceja. Vaya, ni yo tuve ese poder en el bachillerato. Bueno... excepto con el profe de matemáticas, a quien chantajeé cuando vi que andaba con una alumna. Me aproveché de ese tarado creyendo que eso haría que me aprobara; me callé por un rato para zafarme de un 6 y pasar a un 10, y luego lo denuncié en el anonimato. Fue expulsado; se largó ese viejo verde de la escuela. Se lo merecía. No fue ninguna sorpresa saber que era un abusador; una mierda de adulto.
Rom se volteó hacia los ladrones:
—Ustedes tres, al almacén. Falta acomodar cajas. Si rompen una, les romperé los huesos.
No lo repitió. No hizo falta. Desaparecieron como ratas al ver a un felino que las fichó para perseguirlas y devorarlas.
Felt se quedó en la barra. Rom sirvió dos bebidas: leche para Felt y una cerveza para mí, aunque a mí no me gusta mucho la cerveza.
Solo entonces habló:
—Felt, ve al cuarto de atrás un momento. Quiero hablar con Kino.
Felt dudó, y eso ya era raro: ella jamás dudaba.
—Rom... si es por lo del truco...
—Felt —el tono fue paternal, pero firme—. Por favor.
Ella fruncio los labios. Me miró, apretó el ceño como diciendo «No hagas estupideces» y se fue.
Cuando la puerta se cerró, Rom sirvió otro trago, pero no bebió.
—Sé reconocer cuando alguien intimida sin mover un dedo —dijo Rom, sin rodeos—. Lo hiciste hoy.
Acomodé mi chamarra y metí las manos en los bolsillos. Rom me miró fijamente.
—Eso no es magia, ¿verdad?
—No —respondí secamente—. Solo fue una minimientira inofensiva. Sirvió, ¿no?
Rom se inclinó hacia mí.
—¿Qué ganan tú y tu aparato con Felt? ¿Qué tan profunda es tu intención?
Lo miré con detenimiento. Mi cerebro trabajó en tres planos: psicológico, práctico y emocional. No era un enemigo... pero tampoco un tonto. Decidí responder con mi forma más honesta y más tramposa: la verdad recortada.
—Jugar limpio nunca funcionó donde yo vivía. Aprendí a manipular cuando otros manipulaban mejor. Aprendí a robar cuando la necesidad era más rápida que la moral. Cuando me rugían las tripas, simplemente me llevaba comida de los puestos. O de las tiendas, realmente. Aunque fue solo una etapa, era porque mi hermano y mi familia pasaban hambre; así que me pasé sus reglas por los huevos y aproveché que no había cámaras en esa época. Panes y papas fritas gratis, lo más fácil de agarrar y salir sin ser visto.
Rom me contempló sin parpadear. Continué:
—Felt es lista. Solo le falta alguien que piense dos pasos adelante. Yo soy eso. Nada más, nada menos. Es una niña, tiene que comer; no lo hago por egoísmo, si es eso lo que piensas.
Rom apoyó su enorme mano sobre la barra, pesada como un mazo de demolición.
—Ella no necesita un salvador.
—Lo sé, pero todos necesitamos algo en el estómago para vivir.
Un silencio pesado cayó entre los dos. Rom bebió al fin. Luego dijo:
—Eres peligroso.
—Solo para quienes juegan sucio —respondí—. Para los demás soy un buen socio. Además, tú lo has dicho, ¿verdad?: aquí todos se cuidan su propio pellejo. Sí, todos cuidan su piel, pero ¿quién protege a los niños? No sé cuánto tiempo haya estado esa niña en estas condiciones, pero ahí está, brincando y corriendo solo para poder tener una comida en la mesa y ayudar al viejo. Eso no es vida. Les guste o no, lo bonito no es regalado; a veces es sucio y poco honorable si deseas no terminar en la basura buscando sobras.
Muchos dirán que eso es ser un degenerado, pero no: yo no quiero aplastar a la gente ni ser el centro de atención. Solo quiero comer un puto pan de vez en cuando en vez de ver cómo otros lo tiran porque ya se llenaron. Así que, por eso, que se metan su moral estúpida por el orto.
Rom exhaló lento. El anciano no sonrió ni frunció el ceño; solo aceptó esa verdad amarga que se vive en los callejones: nadie sobrevive siendo completamente bueno.
—No confundas necesidad con excusa eterna —habló Rom con seriedad—. Un ladrón hambriento se entiende; un ladrón que aprende a disfrutarlo deja de dar pena y empieza a dar peligro. Y lo peligroso termina mal.
—Tampoco es que me crea la gran cosa.
—Entonces te daré una advertencia —Rom dejó el vaso en la barra—. Si la lastimas... si tu juego sale caro... no habrá truco, metia ni mentira que te salve. Porque yo no soy uno de esos idiotas que se asustan con las luces.
Sostuve su mirada. Y por primera vez en mucho tiempo, admití algo sin disfraz:
—Lo sé. Y... tampoco quiero lastimarla. Solo quiero que la niña no sufra.
Rom asintió. Cerró el trato con una frase corta:
—Bien. Mañana hay otro trabajo. Más grande.
Levanté mi vaso.
—Entonces, Rom... somos socios.
—No, muchacho —corrigió el anciano, serio—. Somos responsables del otro. Y eso es más peligroso que ser socios.
Tomé el trago, pero no con gusto, sino con resignación. Y comprendí algo que en mi mundo olvidé hace mucho: cuando la calle te adopta... no te suelta.
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Aquí tienes la Parte 2 del Capítulo 4 completamente corregida en ortografía, puntuación, formato de guiones y coherencia de voz narrativa (manteniendo todo en primera persona desde el punto de vista de Kino):
Un nuevo robo ha sido programado. Pero ahora que faltan semanas, tengo que hacer el trabajo de reconocimiento. Así que aquí estoy con Felt, investigando más a fondo la capital real de Lugunica. Llevé mis pocos ahorros para comprarme alguna comida rica y un pequeño cachivache que existiera, diferente a mi exmundo. También para poder disimular que no somos ladrones y que, aunque seamos de la clase más baja, no estamos muertos de hambre... bueno, sí lo estamos... pero no por ser de clase baja.
Eso es clasista siquiera pensarlo.
La loli rubia y yo estábamos juntos ahora mismo, observando las calles con más reojo. Felt miraba las calles con cierta flojera, pero para mí esto era lo más emocionante; aún no me acostumbro del todo a ver las carretas de los dragones. Aunque me duele saber que mi isekai no está siendo lo que yo esperaba.
O sea, no digo que quiera muchas chicas, eso es abusar, pero tantito bien estaría tener un techo propio o un equipo. La magia es alucinante a su modo y no voy a negar que LA AMO. ¡Maldigo que no haya gremios de aventureros! Yo quiero ser un mago poderoso. Como... Merlín, Gandalf, el Doctor Fate. Vamos, ¿es mucho pedir encontrar un maestro?
Estoy limitado. Quiero mejorar un poco en esto, no me basta con sacar pocos carámbanos o una pequeña bola de fuego. ¿Qué soy, un novato en los RPG? ¡No! Me las he tenido que ingeniar día a día: qué hacer, qué riesgos tomar y dónde parar. Que tenga hambre no me hará ser un imprudente. Ya no soy el niño que jugaba Pokémon y le quitaba los ataques que no hacen daño para meter pura potencia. Eso a la larga te jode si el Pokémon es de menor nivel o porque de plano no es compatible con un ataque físico o especial.
Por no tener Danza Dragón o Danza Espada, un Ataque Rápido bien puesto es más devastador que una Guillotina. No es cuestión de probabilidad, es de garantizar una victoria.
A todo esto, ¿cuándo tendré mi dragón? Quiero entrenar uno. Es la única criatura rara que he visto en este mundo que parece domesticable. ¿Es demasiado pedir tener una mascota así?
Pero pensándolo bien, ¿cómo mantendría a uno? Mejor dejaré eso de lado.
Este es mi día a día en este nuevo mundo, en el reino de Lugunica. Lamentable... Para esto me me esforcé tanto en la escuela, para terminar en la calle, sin trabajo y con hambre. La realidad de mi mundo no es diferente a la de este mundo medieval apestoso.
Fuera de los castillos pomposos y los puestos de la capital no hay nada interesante... bueno, sí lo hay, pero no dejan entrar. Los muy putos de los caballeros no dejan siquiera observar algunos sitios por dentro. Ya lo intenté y me sacaron a patadas como si fuera un sucio perro. Ya ni siquiera lo intento.
No sabía lo que me deparaba.
Vi a Felt acercándose disimuladamente a los puestos de comida como cachorro de león cazando una presa desprotegida; estaba cuidando que no robara con muchos alrededor. Era mejor hacerlo otro día. Ahora mismo solo era una misión de reconocimiento, aunque no voy a negar que, al igual que ella, estoy baboseando viendo las cosas. Es completamente natural.
Felt veía con saliva algunas comidas. Me acerqué al puesto y vi los platillos preparados que hicieron que se me hiciera la boca agua. Tanto Felt como yo estábamos con ansias de tomar un bocado. Eran unas sustanciosas brochetas de carne en un palo.
—¿Quieres una? —le pregunté.
—¡¿QUÉ?! ¿De verdad? No estás bromeando... ¡Sí, sí, sí quiero esa carne!
—Calmada, niña. Señor, deme dos brochetas de carne.
—Son 20 monedas por cada una —respondió el vendedor.
¡¿40 MONEDAS?!
¿Acaso quieren desplumarme? ¡Es la primera cosa buena que me compro en este mundo! Aunque, la verdad, qué rico se ve. Aun viéndose humilde, me pregunto de qué carne estará hecho: ¿ternera, cabra, puerco?
Pagué las dos comidas. Con una en cada mano, le dije a Felt que tomara una de las brochetas. Ella, muy felizmente, agarró una, abrió la boca en grande y se metió la brocheta entera. Por mi parte, solo me quedé observando la comida en el palo con curiosidad, girándola entre los dedos. La olí y le di un mordisco.
—Felt, esto está bueno. ¿Qué es?
El vendedor iba a hablar, pero Felt le puso la mano en la boca.
—Come y no preguntes, es mejor así.
Probé lentamente la carne en el palo.
—Hmm, está bueno.
Comencé a morder más la brocheta hasta casi acabármela.
—Felt, ¿por qué no me enseñaste esto antes?
—¡¿Te parece que tengo dinero a la mano?! —chilló Felt amargamente.
—¿Qué? ¿Dije algo malo? Ja, ja. Pero ya en serio, ¿de qué es esta suculenta carnita?
—Carne de rata.
...
Mi expresión se paralizó al oír la palabra prohibida de la falta de higiene: rata. Sin duda, en este otro mundo no hay abundancia ni limpieza, al menos no para la clase baja y los pobres. Pero, resignado, terminé la comida. No había razón para desperdiciarla en mi situación actual.
—No está mal... Ya quería comer algo decente.
Carne de rata. Sí, esto es mejor que nada...
Semanas después
No puedo creer que mi plan haya funcionado a largo plazo. Gracias a esos tres, nuestros golpes han sido más exitosos. Probamos con pequeños trabajos, como robar caravanas o puestos de mercado. Aunque la ganancia ahora se divide entre más personas, ¡la cantidad total que conseguimos aumentó muchísimo!
Todo esto sin necesidad de violencia; solo amenazas vacías o engaños, como: «¡AH, atropellaste al pobre enano de Camberly!». Ahí le armábamos un pleito al tipo y los demás le robaban. Sin necesidad de pelear, los amenazábamos con joderlos. Ese enano es mejor actor que yo; nadie se resiste al truco de «heriste a un infante». Armas un escándalo, generas distracción y dejas vulnerable su carro para que la chiquilla corra y abuse de su magia rara.
Con mi magia, las amenazas son más convincentes que solo con cuchillos y dagas. Todos huyen ante una bolita de fuego. Ja, ja, imagínate temerle a una pelota roja.
Con más distracción, era más fácil que Felt y yo sacáramos las bolsas de dinero de sus pantalones o bolsas de abrigo.
—¡¿Eso funcionó?! —exclamó uno.
—Claro, Piercing.
—Ranchi es Ranchi...
—Ranchi, entendido —moví mi pulgar de forma obscena, algo que hizo a Felt soltar una carcajada.
Habíamos llegado al callejón donde emboscamos a nuestros tres nuevos cómplices, que ahora eran nuestros compañeros callejeros.
—Aún no puedo creer que haya funcionado... Tomate y unos huesos de carne para un atraco. ¿Cómo no se nos ocurrió algo así? —Camberly, el enano, se quedó pensativo.
—¡Gaston, por qué mierdas no se te ocurrió eso! —Ranchi bufó con enfado y le reclamó a su compañero fornido.
—¡Tú cállate, que casi morimos por tu elección de objetivo!
—¡Cómo demonios iba a saber que era un espadachín tan infernal!
—Ya paren, no son críos —Felt cruzó las piernas mientras se recargaba en la pared del callejón—. Esa tontería ya es tiempo pasado; piensen en el hoy.
—Bien dicho, Felt, tal como te enseñé. Si seguimos así, todos podremos hacer nuestro propio negocio. Nosotros cinco podemos con esto.
—Aún no estoy seguro —dijo Ton.
—¿Qué? ¿No quieres dinero, Chin?
—¡CLARO QUE QUIERO! Pero me preocupan los guardias y los caballeros.
—Tú tranquilo, el anciano Rom se encargará de todo —Felt sonrió con toda la seguridad picante del mundo—. Será pan comido.
—De acuerdo. Pero ya es hora de comer —Gaston bostezó alto.
—Bueno, vayan a comer, solo no gasten mucho; solo lo necesario.
—¡NO ME ESTÉS CONTANDO EL DINERO! —Ranchi se fue con rabia hacia un puesto para comer con su bolsa de oro. Gaston lo siguió para evitar que se metiera en líos.
—Buah, qué día más loco. ¿Cuándo me puedo quitar estas cosas sucias de la ropa? —Camberly sacudió sus prendas mugrosas.
—Espérate a que se les olvide. Solo cámbiate de ropa.
—¡No tengo más de un par!
—Bueno, quizás lo olviden mañana. Todo depende de qué tan abusadas o listas sean las personas.
—Son unos idiotas, no distinguirían la sal del azúcar ni aunque la prueben —Felt movió sus manos con orgullo de forma algo maléfica.
—Por favor, Felt, ¿quién sería tan pendejo para confundir las dos cosas? Solo hace falta probarlas y sabrás cuál es cuál.
—En cualquier caso, nadie podría entender estos métodos.
—¿Por qué? —Felt ladeó la cabeza.
—Es confidencial, un secreto rango S.
—Bien, ahora que terminó esto, me limpiaré esto.
—Camberly, no olvides ponerte las vendas para hacer más creíble el accidente.
—¡Pero me quitaré esta cosa, apesto a mierda!
—Y bien, gato helado, ¿qué haremos ahora? ¿Comida o ir a dormir?
—Adelántense, yo voy a explorar solo. Me cambio de disfraz y ya.
—Bien, pero no tardes, que Rom se exaspera si lo dejan esperando.
—Relájate, vengo de una.
—Bien, pero no digas que no te lo advertí.
—¿Podemos retirarnos, rubia? Tengo hambre —pidió Camberly.
—Ya va, pero deja de chillar, enano.
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Ah, Lugunica... El reino del dragón. Cómo odio este sitio de basura.
Quitando que no hay contaminación ni aires tóxicos como la gasolina o los petardos, lo plástico y falso abunda por montones. Hay tanta propaganda sobre una tal Selección Real. ¿Acaso esos afiches muestran los rostros de las futuras reinas? Raro, lo sé. Cuando llegué a este mundo había una monarquía a la cabeza, pero parece que todos murieron. Cómo, la verdad no lo sé. Solo se ha revelado eso, pero nadie sabe cómo es que estiraron la pata. Pasamos de una monarquía a un matriarcado.
Interesante.
Ojalá pudiera entender esta letra. Es diferente a la de mi mundo; es un japonés pero con diferente caligrafía. Solo veo a cuatro mujeres, pero la verdad ojalá alguna de ellas mejore los barrios bajos del reino.
Los carteles mostraban a una chica de pelo verde oscuro militar bastante linda; una pelirroja con muchas prendas rojas y un gesto de poderío; una chica de cabello plateado que desbordaba inocencia en su rostro, y solo una cara conocida entre las cuatro mujeres: Anastasia Hoshin.
No sé por qué me inquietaba mirar su rostro de zorra en el afiche... Aún no comprendo cómo es que llegué a este punto.
Espero que arreglen este basurero del averno. Unos retoques en el «modo creativo» de la nueva realeza y queda divino. El vertedero tiene solución, pero quién sabe si la cosa mejore o vaya de Guatemala a Guatepeor.
Caminé con consternación al ver que Lugunica va a dar un salto de 180 grados. Quién lo hubiera adivinado: un país en decadencia es lo que me tocó vivir.
—¿Me podrían prestar su atención?
Una voz que no esperaba oír nuevamente...
Aún inmerso en mis pensamientos, me acerqué a una multitud. Veía con cautela lo que había ahí, y lo único que encontré fueron caras conocidas: Cedric y Reed. No me la pensé dos veces para ver qué tramaban.
Su presencia era repulsiva para mi propia vista... pero no me gustaba lo que percibía. Era como si sintiera una aguja en mi cuello, donde mi vida pende de un hilo nuevamente.
La Orden de Od Laguna... Si lo que Rom contó del Culto de la Bruja no me daba buena espina, menos sabiendo de lo que fue capaz Cedric en la otra ruta. Me daba escalofríos de solo pensarlo. Fanáticos religiosos siendo el cáncer de la religión. Es lo único que pienso de estos locos que hacen que tu fe penda de una persona que probablemente sea peor que el mismo diablo que tanto critican.
Sí, no, gracias. Me largo de aquí; me dan ganas de vomitar solamente de estar cerca. No quiero volver a perder mi oreja con estos extremistas psicóticos.
Seguí mi camino y estaba a punto de irme cuando noté a una silueta caminando detrás de Cedric y Reed. No podía creerlo: ante la vista de toda la gente, ¡el sujeto le estaba hurtando cosas a esos sectarios! ¿Quién sería tan loco para hacer semejante estupidez con cero de CI?
Espera... ¡¿ese es un puto chico joven?!
Sabía que si esos enfermos cultistas lo veían, lo harían trizas. Me toqué la oreja, sintiendo cómo podría ser rebanada como mantequilla de un solo tajo. Ese tipo no quería vivir lo que yo pasé en ese mundo fallido.
Esos tipos no iban a tardar en voltear. Tengo que hacer algo... Vamos, piernas, muévanse...
Sentía cómo mis piernas se paralizaban y mi respiración se aceleraba. Golpee mis muslos para despertarlos del trance en el que estaban.
Muévanse, malditas, ahora no.
Pecho, deja de latir así... basta. Con la palma de la mano presioné mi tórax para que mi corazón se relajara, pero eso no quitaba el terror que sentía. Mis ojos temblaban; no quería ver cómo mataban a ese joven.
—Salve Od Laguna, él es nuestro dios bondadoso y gentil...
—Reed, creo que esto no está funcionando. Es mejor que nos va... —dijo Cedric antes de que uno de los sectarios se girara.
—Oh, ¿qué es esto?
Los sectarios se acercaron hacia mí como buitres a un cadáver recién en descomposición. Podía notar sus intenciones de buscar más creyentes para su dogma podrido. Nadie que hable del amor se atrevería a hacer esos actos, y menos si son personas cuerdas.
Aunque pudiera haberlos escuchado, la realidad es que no me importa. No quiero saber nada de estos locos, ojalá la tierra se los trague y desaparezcan... Su presencia es desagradable.
—Gracias —murmuré.
Me dieron un folleto, me lo guardé y me retiré; simplemente no iba a perder el tiempo con tanta palabrería. Solo vigilaba que el chico no fuera descubierto, así que fingí completa ignorancia.
Ojalá hubiera sido así... pero no: el tonto se me quedó mirando directo a los ojos.
Yo solo moví los ojos de forma rápida para indicarle que se largara. El chico simplemente volvió a lo suyo y siguió robando cosas... Pero serás imbécil...
El tiempo pasó y llegó más gente. Espero que esto no se vuelva común... Si lo que me contó el viejo Rom es verdad, no suena bien tener a otra secta como los cultistas de la Bruja.
Ahora que lo pienso... esa chica del cartel... ¿no es como la gente describía a la Bruja de los Celos?
Mejor no pensar en eso. La verdad no sé qué pensar de ese cuento que me contaron; suena a una simple leyenda. Creeré eso hasta que lo vea con mis propios ojos.
El chico al que evité que le rompieran el cuello había desaparecido aparentemente... Mierda, ¿a dónde se fue?
Mis hombros se tensaron; mi sudor brotaba como diluvio y mi rostro mostraba una inquietud anormal ante aquella tranquilidad. Respiré, tratando de calmarme. No podía darles el maldito gusto de verme así.
A la mierda, me largo. No quiero lidiar con esta mierda.
Di unos pasos hacia atrás y me di la vuelta rápidamente para ir corriendo hacia los callejones.
Tsk... ¿por qué vine acá?
Me hubiera quedado a comer con el resto de los chicos, pero no: al único que se le ocurre ser el «único y diferente» es a mí. ¿Qué pensé que pasaría? ¿Que un extraño me sacaría de las calles? ¡Así no funciona la vida!
¿Por qué hice eso? ¿Ser cómplice de otro tipo que ni topo?
Me di un facepalm en la cara; la frustración de haberme metido en un problema de nuevo me iba a costar el pellejo.
Maldita conciencia, cállate.
Quizás deba comer algo... eso podría quitarme la ansiedad.
—¡Oye!
—¡AHHHHH!
Alguien interrumpió la charla que tenía conmigo mismo. Miré de vuelta a la realidad y... frente a mí estaba el chico ladrón de los sectarios.
Era un chico joven, quizás menor que yo, de cabello rubio y altura promedio. Tenía un aspecto un poco descuidado y se veía bastante desnutrido; esto último son síntomas de vivir en la miseria.
—¡ERES TÚ! —exclamé.
—Hola, camarada.
—¡¿Cómo que «hola, camarada»?! ¡Tú qué te has creído!
—Oye, me salvaste el culo. Mil gracias.
—Ehm, no.
—Sí.
—No.
—¡SIP!
—¡NOP!
—Ok, te da pena, lo entiendo. Pero aun así, gracias.
—Ejem, sí, claro... sigue delirando.
—Oye, tú también eres un ladrón, ¿cierto?
...
—¡Adiviné!
—Chico... esto no es un tema del que se hable a la ligera...
—Cierto, no me presenté: mi nombre es Ryuzaki.
—Ok, Ryuzaki, fíjate en lo que haces. Eres demasiado impulsivo.
—Era una oportunidad única, esos religiosos tenían bastante dinero.
—Sí, esas son las limosnas de los crédulos. La gente da dinero por ser bendecida cuando son una vil estafa.
—A esos ricachones se las metí.
—Ejem, eso es innecesariamente vulgar, pero no: le roban incluso a los pobres, ellos son las víctimas principales de esos religiosos...
—Pero qué hijos de perra.
—Sí, lo sé... Ah, me atrapaste: sí, soy ladrón. ¿Tú cuánto tiempo llevas en las calles?
—Toda mi vida, la verdad.
Sentí cómo, por un mínimo instante, mi corazón se achicó al escuchar eso. Este chico estuvo así toda su vida. Es cierto: Felt no es la única que sufría de hambre y falta de techo. Este reino no protege a los que no tienen ni una sola moneda de oro. Solo nos ven como basura, lo he notado... Odio que varias personas en carruajes nos vean con asco; algunos ni nos miran a la cara.
Ver a Ryuzaki no es algo que me reconforte o que mejore mi ánimo... Este mundo sigue siendo una decepción. Odio en serio que no existan los gremios de aventureros; algo así haría al menos más amena mi situación. Aquí ni trabajo tengo solo porque no sé leer esa extraña lengua. Traté de salir adelante, pero es como si el mundo me hubiera dado una cachetada y de paso me escupiera en la cara.
Estoy cansado de esto...
—Ey, no te sientas mal, ya me acostumbré —dijo Ryuzaki.
—No, tranquilo, Ryuzaki, la cosa es común. Al menos para nosotros que vivimos en el fondo de la cadena alimenticia económica.
—En efecto, ya es costumbre. Ellos comen como reyes y nosotros comemos las migajas.
—Somos migajeros. Sí, no suena nada bien, pero ya qué. Supongo que ya te vas a reunir con tus compañeros o tu familia, ¿no?
—¿Compañeros? ¿Familia?
—¿Qué...? No me digas que... haces esto solo...
—Siempre.
Puse una mueca de absoluta incomodidad; no era muy bueno lidiando con personas en estas condiciones y era horrible de observar de cerca.
—Voy a seguir buscando un jugoso botín —anunció Ryuzaki.
—Ryuzaki, espera. ¿Siquiera tienes un plan? No me digas que otra vez vas a tirarte de cabeza al robo.
—Planes pequeños y ya. No me quemo la cabeza, menos si rara vez como algo.
...
—Ryuzaki... eso es prácticamente suicida.
—Lo sé. ¿Y qué?
Odiaba cómo Ryuzaki veía esto de forma tan casual. ¿Cómo diablos es que puede vivir así? Entiendo el sentimiento de que rara vez vas a comer, pero no entiendo cómo alguien no puede tomar aunque sea un poco de prudencia... Entiendo el hambre, pero no esa actitud hippie.
—Oye...
Lo miré. Quería evitar mirarlo, pero no me era posible; era molesto y de paso un imbécil imprudente. Pero... ¿por qué no quería que se fuera? ¿Será que le tengo lástima? ¿Será que solo quiero más gente para mi superequipo de ladrones?
Diversas ideas giraban en mi mente; chocaban salvajemente conceptos de utilidad y compasión, y eso me causaba un dolor de cabeza repentino. ¿Por qué es tan difícil hacer callar esos pensamientos? Agh, es un asco.
—Espera... —le dije.
—¿Sí?
—¿Tienes hambre?
—Sip, ¿y?
—Ven, te invito algo.
—Ok, pero ¿qué tengo que hacer?
—¿Qué?
—Tú sabes, lo usual en las calles. ¿Qué quieres a cambio? ¿Quieres ropa mía? ¿Un poco de mis reservas de comida? O quizás seas de esos... Qué bueno... que quieren simplemente mi cuerpo. Te aviso de antemano que ya no soy virgen.
Mis neuronas explotaron... ¡¿Qué mierda acabo de escuchar?! Ok, la ropa es una cosa, la comida es algo equivalente a lo normal... pero ¿cómo que «ya no soy virgen»? Pero ¿qué carajo le pasó a este tipo? ¿Se han aprovechado de él?
—¡Buah! ¡¿Qué, me viste cara de pederasta?! No, mierda, no. No quiero nada de eso...
—¿Me estás ofreciendo comer sin nada a cambio? Eso no es estúpido...
¡PERO HIJO DE...!
¡Cabrón! ¡Todavía que te ayudo, te pones de mamón!
Aunque en mi rostro no se notaba, estaba completamente irritado. ¡Qué mocoso más sinvergüenza!
Agh... no vale la pena, mejor lo olvido...
—Cállate. ¿Quieres o no? Es una oferta que tiene expiración en minutos.
—Si es así, sí quiero.
—Ok. Pero antes, creo que olvidé decírtelo: mi nombre es Kinomoto Kurosaki. Solo dime Kino, es más fácil de recordar.
—Ok, Kino, vamos que me muero de hambre. ¿Lo entiendes? Ja, ja.
—Sí, ya deja las bromas, no te acostumbres —calmé mi rostro y le di la mirada más incrédula posible. Aún no podía creer cómo alguien tan maltratado seguía siendo alegre. En el fondo me daba envidia y quisiera tener esa fuerza.
Fuimos a comer y la cosa fue bastante más relajante. Fui por la comida más barata que había, pero que no fuera una total basura. Los palos con carne son ricos, pero sinceramente necesito olvidar de qué estaban hechos; además, no haré que coma esa carne... menos viéndolo como está.
Lo que elegí fue una sopa de verduras y pollo, algo ligero y a la vez llenador. Esto sin duda me apretaría el bolsillo por un mes, pero creo que era necesario. Ya era hora de comer algo decente, algo que no tuvieras que tragar sin preguntar, algo que no tuvieras que comer sin saber qué es.
Solo estoy consiguiendo algo de normalidad en mi vida callejera y de paso un nuevo socio. Así es como funciona todo: el dinero es lo que controla todo. Solo sigo esa obvia lógica; no es como si fuera un buen samaritano, ni de chiste soy eso. Solo quiero tragar algo bueno por una vez y de paso conseguir más gente para los robos. Ese siempre fue mi objetivo.
—¡DIOS! Qué bueno está esto, Kino. Las verduras están remojadas en un caldo de pollo y aún no lo termino.
—Calma, que esto se saborea. Disfruta, no solo lo tragues.
—Agh, no lo digas así, suena horrible.
—Está bien, no lo haré.
Ryuzaki solo usaba su cuchara para devorar todo el plato; hasta lo tomó con las manos para beberse todo el caldo caliente, no dejó nada. Por mi parte, esta comida solo era un aire fresco en mi monótona vida criminal.
Pedí la cuenta. Al salir, parecía que Ryuzaki y yo ya íbamos por diferentes caminos. ¿Nop? Claro que no, eso era algo que no iba a permitir.
—Ryuzaki, ven acá.
—Kino, ¿qué sucede? ¿Quieres hablar de algo?
—Nop, solo que te mentí.
—¡¿EH?!
—Tranquilo, no cobro nada desagradable, solo vengo a proponerte algo.
—¿Y eso sería?
—¿Quieres más comida y facilitar un poco más tu vida?
—Ok, ¿qué es lo que quieres? —Ryuzaki miró con desánimo lo que iba a pasar. Era consciente de que quizás caía en una trampa sin salida por confiar ciegamente, pero no podía evitarlo: moría de hambre.
—Lo que digo es: ¿por qué no trabajamos juntos en los golpes?
—¡OHHHHHHHHHHHHHHHH! Bien, creí que querías mi cuerpo.
—¡QUE NO, COÑO! Lo único que quiero es que hagamos... robos —le susurré al oído.
—Ah, lo hubieras dicho y ya, eso es fácil, Kino.
—Nada de que es fácil: vas a trabajar no solo conmigo, sino con más personas.
—¿Y ellos son los que quieren esos servicios íntimos, verdad?
—¡VERGA, NO! ¡NO HAY NADA SEXUAL DE POR MEDIO! ¡DEJA DE MALPENSAR!
—Kino, solo quieres que trabajemos en robos, ¿verdad?
—¡ESO! ¡SÍ! ¡SIMPLEMENTE ESO, NADA DE SEXO INVOLUCRADO!
—Bueno, deja que lo piense...
—Esto es limitado, no tardes: la oferta expira en 5 segundos.
—¡ES MUY POCO!
—Lo sé, pero ¿no habías dicho que no importaba tomar riesgos?
—¡ACEPTO! No tengo nada que perder.
—Bien, ya me voy.
—Para la carrera, no te vas aún.
—¿Qué?
—Vamos a probar tus habilidades, tómalo como un examen.
—¿Qué es un examen?
—...Una prueba...
—¿Seguro que no quieres eso? Soy bueno con la boca.
—¡NOOOOOOOOO, POR LA PUTA, NO! ¡ESTOY 0% INTERESADO EN ESO! ¡ES DECIR, NADA, PUTA!
—Ja, ja, ja, lo sé, solo quería ver cómo reaccionabas.
Chamaco... hijo de perra...
—Agh, ya déjalo así. Vamos a buscar un objetivo fácil.
Fuimos en busca, y lo más fácil fue un tipo que se veía descuidado con sus pertenencias. Se notaba que estaba apresurado. Distracción y golpe: es lo único que hay que hacer.
Y el resultado fue... ¡DESASTROSO!
—¡¿QUÉ DEMO...?! ¡No! ¡Así no!
—Dijiste golpe. Bueno, creí que podría mostrar mi fuerza, ¿eso no era lo que querías?
—¡NO ERA LITERAL!
El hombre se quejó por el trancazo directo en la cara. Había sido cegado; no estaba malherido, solo lo apendejó el golpe. Lo bueno es que estábamos en un lugar aislado al haberlo seguido.
—¡Cuando dije robo era de cobardía, no de irse a los puños! —regañé a Ryuzaki por haber hecho esa imprudencia absoluta.
Haberse tomado al pie de la letra mis palabras no me dejó otra opción más que despistar la atención de la víctima. Lo mejor que se me ocurrió fue patear sus pelotas. Di una patada con toda mi fuerza para distraer al hombre; no podíamos darnos el lujo de que contraatacara.
—¡Auch! No tenías que hacer eso...
—¡Cállate y corre!
Huimos rápidamente dejando al tipo en posición fetal. Simplemente humillante lo que le pasó... No quería eso... bueno... al menos veo que es versátil, eso sirve de algo. Aunque Ryuzaki podría ser igualmente un problemático... Creo que me estoy arrepintiendo.
—Ahora que lo pienso, ¿dividimos ganancias entre todos?
—Sí, pero nuestro trabajo es ser rápidos y no dejar rastro. No hagas esa idiotez de nuevo...
Agarré la bolsa de dinero del hombre tirado a quien habíamos tratado de noquear y que se retorcía en el suelo. Realmente es un descuidado. Ahora lo iba a llevar al refugio. Este va a ser un día largo...
Decidí caminar y guiar a Ryuzaki hacia la cabaña que nosotros, los humildes ladrones, llamamos casa. Me acerqué a la puerta y toque esperando que me abrieran.
—¿La contraseña cuál es? —oí la voz de Felt, que me estaba viendo por la rendija con un ojo.
—Felt, soy yo, abre la puerta.
—¡Esa no es la contraseña! —la voz burlona de Felt sonó—. Ya sabes las reglas: la contraseña.
—Estás bromeando.
—Nop. Si quieres pasar, tienes que decir la clave.
—La llave maestra, agh.
Ryuzaki se veía alegre, pero algo impaciente por entrar al bazar de Rom. Mientras tanto, Felt me estaba jugando una de sus típicas bromas de mal gusto. Es una niña, ¿qué podía esperar?
—Hazte para atrás y tápate los oídos, esto es un secreto clase élite. ¿Capichi? —le dije a Ryuzaki.
—Okidoki.
—¿De dónde salió eso...? Agh, en fin. La contraseña...
Felt comenzó a hablar. Aunque no podía verla, sabía que disfrutaba joderme y verme la cara.
—¿A las ratas gigantes...?
—Damos veneno.
—¿Para la gran ballena blanca...?
—Un anzuelo de pesca.
—¿Para nuestro gran dragón más honorable...?
—¡ARDE en el infierno, escoria!
—¡Je, je! ¡Así se habla, hermano! —Felt abrió la puerta con una sonrisa victoriosa. pero rapidamente su expresion cambio al ver un invitado no deseado pero lo dejo pasar porque kino se veia alegre a diferencia de la mayor parte de los dias, era un pequeño cambio a lo de siempre
Pasa, pero donde intentes pasarte de listo con algo de aquí, te quedas sin manos —advirtió Felt en seco, cruzándose de brazos justo en el umbral y clavándole una mirada filosa a Ryuzaki.
El rubio ni se inmutó; al contrario, soltó una risita ligera mientras miraba el lugar con una curiosidad descarada.
—Vaya bienvenida... Tranquila, rubita, no tengo intenciones de robarle a quienes me alimentan... a menos que sea necesario —bromeó Ryuzaki, ganándose una mirada asesina de la chica.
—Kinomoto... —La voz profunda y pesada del viejo Rom resonó desde el fondo del bazar mientras dejaba un mazo sobre la mesa de madera—. ¿Se puede saber quién es el muchacho? Sabes perfectamente que no traemos a cualquiera al almacén sin antes hablarlo. Este lugar es nuestro refugio, no un albergue de la calle. Traer gente así... así no es como hacemos las cosas aquí.
Suspiré, pasándome una mano por la cara para espantar el cansancio de un día que se me había ido por completo de las manos.
—Lo sé, viejo, lo sé... Sé las reglas. Pero escúchame primero —dije dando un paso al frente, haciéndole una seña a Ryuzaki para que se quedara quieto—. Este es Ryuzaki. Lo encontré en la plaza central. El tipo estaba intentando meterle la mano en los bolsillos a unos sectarios a plena luz del día. Es un imprudente por sí solo, pero tiene agilidad y no le teme a nada. Acabamos de dar un golpe juntos; bueno, más bien él sirvió de distracción desastrosa y terminamos sacándole la bolsa a un sujeto descuidado.
A un lado de la habitación, el trío formado por Gastón, Camberly y Ranchis observaba al recién llegado con abierta desconfianza. Estaban jugando a las cartas con una baraja que yo tenía guardada en los bolsillos; no fue difícil enseñarles a jugar. Parecía que estaban más inmersos en la partida que en las visitas; supongo que un poco de dopamina ayuda a relajarse, ya no se veían tan tensos como antes.
—¿Un golpe? —Rom entrecerró sus enormes ojos, evaluando la figura flucha y descuidada del chico—. Kinomoto, se ve que ese muchacho no ha comido en días. Un tipo hambriento e impulsivo en la calle es un peligro para sí mismo y para el grupo. Si los guardias o esos locos lo atrapan, lo rastrearán hasta aquí. Es un riesgo innecesario.
—Entiendo el riesgo, Rom, pero escúchame —con firmeza di mi contraataque—. Es rápido, conoce los callejones tan bien como Felt y no tiene a nadie. Con comida constante en el estómago y un plan bien estructurado, puede ser el gancho perfecto para distracciones físicas mientras nosotros operamos. No podemos seguir haciendo todo solos si queremos golpes más limpios.
Mientras discutía con el viejo gigante, Felt se acercó al rubio, olfateando el aire con fastidio antes de fijarse en mis bolsillos. Con la velocidad endiablada que la caracterizaba, metió la mano en mi chaqueta y me arrebató un papel doblado que sobresalía.
—¡Eh, Felt! ¡Te dije que no hagas eso!
—A ver... ¿Y esto qué mierda es? —preguntó Felt, desplegando el papel con una mueca de asco al ver los símbolos y la letra extraña—. ¿Qué carajos es esto, Kino? ¿Ahora recolectas basura de la calle?
—Ah, eso... Me lo dieron esos religiosos en la plaza mientras intentaba evitar que le rebanaran el cuello a Ryuzaki.
Rom extendió su enorme mano y tomó el folleto que Felt le tendía. Sus cejas pobladas se juntaron en un gesto sombrío al examinar el escrito.
—La Orden de Od Laguna... —murmuró el gigante—. Son una secta diferente. En este reino la fe principal es hacia el Dragón Divino, Volcanica. Estos tipos adoran a Od Laguna como si fuera una entidad con voluntad propia a la que hay que rendirle tributo. Kinomoto, te sugiero fuertemente que te mantengas alejado de esa gente.
—No parecen muy diferentes a los fanáticos de donde vengo —comenté cruzándome de brazos—. Aunque dan una vibra bastante desagradable.
—Es peor de lo que crees —intervino Rom, dejando el folleto sobre la mesa de trabajo—. En este mundo, los fanáticos religiosos tienen un antecedente grotesco: el Culto de la Bruja.
Fruncí el ceño. La palabra «Bruja» siempre me traía un amargo sabor de boca desde que llegué a este sitio. Si bien Rom ya me había contado algo muy por encima, la duda me carcomía.
—¿Qué carajos son exactamente?
—Son la mismísima escoria de la tierra del dragón —como si me hubiera leído la mente, Rom me respondió al instante—. Un grupo de psicópatas adoradores de la Bruja de la Envidia, Satella. Esa mujer casi destruye el mundo hace cuatrocientos años; devoró la mitad del continente y fue sellada, no asesinada. Sus seguidores, los arzobispos del Pecado y sus cultistas, van masacrando pueblos enteros y haciendo rituales dementes solo para complacer la memoria de esa mujer de cabello plateado. Si ves a alguien sospechoso con túnicas negras o textos extraños, no lo pienses: corre.
Ryuzaki, que había estado escuchando en silencio mientras manoseaba una navaja sin filo de la mesa, soltó una risita burlona.
—Bah, las historias de la Bruja son cuentos para asustar a los niños de la realeza y a los que se portan mal. Mírenme, estoy completito. Aunque... es verdad que hace un par de meses se escucharon rumores de que atacaron una villa en el este. Cuentan que no dejaron ni a los perros vivos.
—No son cuentos, muchacho —lo cortó Rom con frialdad—. Y con la Selección Real a la vuelta de la esquina, las cosas van a empeorar.
Ryuzaki señaló con el pulgar hacia mi mochila, donde asomaba uno de los afiches propagandísticos que yo había recogido.
—Veo que hasta te trajiste el papel de la futura reina. Pero el viejo tiene razón en algo: hay que apurarse a juntar monedas. Escuché a unos mercaderes decir que la seguridad en la capital se va a multiplicar por tres en cuanto las candidatas lleguen al castillo. Los caballeros van a barrer los barrios bajos.
—¡Dame eso! —Felt le arrebató el afiche a Ryuzaki y lo examinó de cerca—. A ver... Una pelirroja tetona, la comerciante, una noble y una semi... ¡AHHHHHHHH, NO JODAS! ¡¿Es la Bruja?!
—Eh, ¿que no habían sellado a la Bruja que le agarra las patas a los mocosos malportados cuando duermen? —soltó Ryuzaki arrugando la nariz.
—Es una semielfa —explicó Rom sobándose la barba—. No son comunes, pero existen; después de todo, Satella no fue la única. Lo raro es que se parece demasiado a lo que describen las historias: cabello plateado y semielfa.
—Relájense —intervine intentando calmar las aguas—. Si la Bruja ya fue dormida, no podemos ser prejuiciosos con una chica que ni nos topa. Además, es horrible generalizar a alguien solo por su apariencia.
—Sí... tienes razón —asintió Rom mirándome con cierto respeto—, pero la precaución siempre debe estar presente. Eres más maduro de lo que pareces, Kinomoto.
—Ejem... sí, me lo han dicho. Pero mejor no indaguemos en eso, ¿sí?
Ranchis clavó de golpe un cuchillo sobre la mesa, justo al lado del afiche.
—¡Mierda! Si esto es real, ¡significa que nuestros golpes se verán reducidos!
—Eso significa que nuestros robos ya no pueden ser a lo loco y a lo tonto —agregó Felt, sentándose sobre una caja con los brazos cruzados—. No más patadas en las pelotas a plena luz del día, hermano. Necesitamos planes mejor pensados.
Guardé silencio, apretando los puños dentro de mis bolsillos. Las palabras de Felt y Rom resonaban en mi cabeza como un constante recordatorio de lo frágil que era nuestra posición. «Planes mejor pensados». Sabía que como estratega improvisado no lo hacía mal, pero en un mundo donde existen seres capaces de cortar edificios con espadas o quemar campos con magia, me sentía patéticamente inútil.
Necesito aprender más magia de verdad, pensé con profunda frustración. Lanzar chispitas de fuego o de hielo no me va a salvar la vida ni a mí ni a esta gente cuando los caballeros o los cultistas decidan limpiar la zona. Tengo que encontrar la forma de dominar mi puerta antes de que la Selección Real cierre el cerco.
A pocos metros, Gastón tiró las cartas al suelo al perder contra Camberly, rompiendo abruptamente la atmósfera pesada.
—¡Maldita sea la realeza y maldita la Selección Real! —maldijo escupiendo al suelo—. Esos putos nobles viviendo en sus castillos de oro mientras nos echan a los caballeros encima solo porque van a elegir a una nueva reina. Como si a alguno de ellos le importara si morimos de hambre en este basurero.
—Y ahora encima este trajo a otra boca más que alimentar —refunfuñó Camberly, aunque aún se le notaba la burla hacia Gastón por haberle ganado a las cartas—. Ya éramos demasiados para las pocas monedas que sacamos al día. Nos van a poner en una situación todavía más de mierda de la que ya estamos.
—Cállate la boca, Camberly —lo frenó Ranchis, aunque su cara reflejaba el mismo descontento—. Kinomoto es el que ha estado trayendo las mejores ideas últimamente. Pero es verdad que esto se va a poner feo... Si los caballeros empiezan a hacer redadas por la Selección Real, nos van a cazar como a ratas.
Miré a cada uno de los presentes: al viejo gigante que intentaba mantener el orden, a Felt con su orgullo intacto a pesar de la miseria, al trío de torpes ladrones que solo sabían quejarse, y al nuevo chico rubio que miraba todo como si fuera un juego.
—Nadie se va a morir de hambre y a nadie van a cazar —sentencié alzando la voz para acallar los murmullos—. A partir de mañana, jugaremos con reglas diferentes. Si la Selección Real va a cambiar este reino, nosotros vamos a adaptarnos antes de que nos aplasten.
Semanas después
El frío de la noche en los barrios bajos no perdonaba; el hambre seguía presente.
Habían pasado tres semanas desde que Ryuzaki se había integrado al grupo. Tres semanas en las que la rutina de la calle cambió drásticamente. Ya no había persecuciones absurdas por la plaza principal ni gritos de mercaderes furiosos por una patada a destiempo. Ahora, las cosas se hacían con un método casi quirúrgico.
En un callejón estrecho cerca del distrito comercial, yo permanecía oculto tras la sombra de una pila de cajas de madera. Tenía la mirada fija en un comerciante de telas que contaba sus ganancias del día bajo el farol de maná. No me moví; apenas respiraba. Con un leve gesto de tres dedos sobre mi hombro, di la señal.
Desde los tejados, una silueta bajó con la agilidad de un gato. Ryuzaki cayó de pie sin hacer el menor ruido. Simuló tropezar torpemente a solo dos metros del comerciante, tirando un par de sacos vacíos que generaron el estruendo justo para que el hombre se girara alarmado.
—¡Hey! ¡Maldito crío, fíjate por dónde vas! —gruñó el comerciante, advancing un par de pasos hacia el chico para amedrentarlo.
Esa pequeña distracción de tres segundos fue todo lo que necesité. Deslizándome como un fantasma por el punto ciego del hombre, mi mano cortó el aire y desenganchó la bolsa de cuero del cinturón del sujeto antes de que este pudiera siquiera parpadear. Hice una seña con la cabeza, Ryuzaki pidió disculpas agachando la cabeza con una sonrisa sumisa y ambos nos disolvimos en las sombras del callejón opuesto antes de que el comerciante notara el peso ligero en su cintura.
Fue un golpe perfecto. Limpio. Sin violencia, sin persecuciones, sin guardias.
Sin embargo, cuando regresamos a los callejones profundos de las favelas y nos sentamos sobre unos escalones de piedra a contar el botín, la realidad nos golpeó de frente.
Vacié la bolsa sobre mi palma: siete monedas de cobre desgastadas y dos de bronce.
—¿Es en serio? —murmuró Ryuzaki, dejándose caer contra la pared de ladrillos y soltando un suspiro cargado de frustración—. Ese tipo vestía ropas de seda, Kino. Pensé que al menos tendría un par de monedas de plata.
—Me temo decirte que esto es inflación —respondí desanimado—. Pasa cuando los cabezas de hueco del oro fundido solo piensan en ellos y a nosotros nos dejan las sobras, provocando que no alcance para nada.
El estómago de Ryuzaki resonó con un crujido seco y prolongado que retumbó en el callejón solitario. El chico se llevó las manos al abdomen y apretó los dientes, haciendo una mueca de dolor.
—Maldita sea... siento que tengo un hoyo negro en las tripas —masculló el rubio, intentando reírse, aunque no le salió más que un gesto cansado—. Creo que el agujero de mi cinturón ya no da para apretar más.
Lo miré de reojo. Ryuzaki había mejorado muchísimo: ya no era el lunático imprudente que robaba por adrenalina; había aprendido a escuchar, a guardar silencio y a moverse como una sombra a mis órdenes. Pero el desgaste físico era evidente. Sus pómulos estaban marcados, sus mejillas hundidas y la palidez de su piel delataba la falta de nutrientes.
Por más limpios y coordinados que fueran nuestros golpes, la comida en los barrios bajos simplemente estaba escaseando. La Selección Real había bloqueado el flujo normal de mercancías hacia los sectores pobres.
Metí la mano en mi morral y saqué un trozo de pan seco, tan duro que parecía una piedra, y un pedazo de queso rancio que me había quedado de la mañana. Lo partí exactamente por la mitad y le tendí la parte más grande a Ryuzaki.
—Toma. Come despacio o te va a dar un cólico.
Ryuzaki miró el trozo de pan y luego me miró a mí. Por un segundo, dudó.
—Kino... es lo único que nos queda para hoy. Tú no has comido nada desde ayer al mediodía.
—Cállate y come —ordené sin mirarlo, masticando mi pequeña ración con lentitud para engañar a mi propio estómago—. Si te desmayas mañana a mitad de un trabajo, nos atrapan a los dos. Considéralo una inversión estratégica.
Ryuzaki agarró el pan y le dio un mordisco hambriento, aunque tuvo que luchar para masticarlo. Ambos nos quedamos en silencio por varios minutos, escuchando el distante murmullo de la ciudad alta y el viento helado que se colaba por los callejones.
—Oye, Kino... —habló Ryuzaki de pronto, mirando al suelo mientras jugaba con una migaja—. ¿Tú... de dónde carajos vienes realmente?
No respondí al instante. Solo miré al cielo nocturno, buscando estrellas que no se parecían en nada a las del mundo que había dejado atrás.
—De muy lejos. De un lugar donde la gente no se muere de hambre en la calle por no tener unas monedas de cobre. Un lugar donde no necesitas espadas para sentirte seguro... No entenderías.
—Suena a un cuento de hadas de esos que leen los nobles —sonrió Ryuzaki con amargura, encogiéndose de hombros—. Yo no conozco nada de eso. Nací en una choza a tres calles de aquí. Mi madre murió de neumonía cuando yo tenía seis años y a mi viejo se lo llevaron los guardias por no pagar impuestos un invierno duro. Desde entonces... bueno, la calle ha sido mi casa. Siempre pensé que la vida era esto: rascar la basura, evitar que te muelan a palos y ver si llegas a la mañana siguiente.
Apreté el trozo de pan en mi mano hasta hacerlo migajas. La naturalidad con la que Ryuzaki contaba su miseria me retorció el alma. En mi mundo anterior, a la edad de Ryuzaki, los chicos estaban preocupados por los exámenes de la escuela, los videojuegos o salir con amigos. Aquí, la supervivencia era una condena diaria sin descanso.
Apareció esa punzada de culpa. Una culpa pesada y molesta. Sabía que yo no tenía la culpa de la estructura podrida de este reino, pero me sentía horriblemente responsable. Había arrastrado a Ryuzaki a mi dinámica, prometiéndole que con un plan saldríamos adelante, y lo único que habíamos logrado era amarrarnos la panza un día sí y el otro también.
Él estaba fingiendo ser un ladrón cuando ellos eran los expertos. Era horrible no encajar, pero también sabía que lo que vivía ya no era una simple fantasía: era la cruda realidad. Pasar hambre así a cada rato era agonizante. Esos putos nobles nos habían dejado en la misma mierda; era deprimente ver cómo nada alcanzaba por la estúpida inflación. Y Ryuzaki... siempre solo, siempre con hambre. Odiaba este sentimiento. Soy un mago pero... ni siquiera he vuelto a hacer un hechizo. ¿Acaso soy el Harry Potter de las películas?
—Esto no es vida, Ryuzaki —dije de repente, con una voz rasposa pero cargada de una determinación sombría.
El rubio levantó la vista, sorprendido por el cambio de tono.
—¿Eh?
—Estar robando monedas de cobre para comprar pan duro no es un plan, solo estamos agonizando despacio —me puse de pie, sacudiéndome el polvo del pantalón y mirando hacia la parte alta de la capital, donde las luces del castillo y los barrios ricos brillaban con opulencia—. Nos estamos matando de hambre haciendo robos hormiga porque le tenemos miedo a las patrullas. Pero la Selección Real va a cerrar el cerco del todo en un par de semanas. Cuando los caballeros hagan la limpieza general de las favelas, los tipos como nosotros vamos a ser los primeros en caer.
—Kino... ¿qué estás pensando? —preguntó Ryuzaki, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento frío.
—Si queremos salir de esta mierda de verdad, si queremos que Felt, el viejo Rom y nosotros tengamos suficiente comida para meses y un lugar donde no tengamos que escondernos como ratas... necesitamos dinero real. Mucho dinero. Ingresos rápidos, ingresos donde no llamemos la atención.
—Para eso necesitaríamos asaltar el carruaje de un noble o un cargamento del distrito comerciante —murmuró Ryuzaki, abriendo los ojos de par en par—. Kino, eso es un suicidio. Tienen guardias armados, magos de la realeza...
—No si el plan es lo suficientemente inteligente —lo corté, mirándolo fijamente con los ojos entornados—. Pero va a requerir preparación. Vamos a tener que amarrarnos la panza todavía más duro durante unos días. Vamos a comer ligero, a ahorrar cada maldita moneda de cobre que saquemos y a estudiar las rutas de los convoyes de la realeza.
Apreté el puño, sintiendo el chispazo de maná dormido en mi interior, esa magia mediocre que tanto me frustraba pero que tendría que hacer funcionar sí o sí.
—Se acabó el juego de ladronzuelos de poca monta, Ryuzaki. Vamos a financiar el golpe que nos saque de la calle... o nos vamos a morir intentándolo.
Esa noche hablé con ellos en una habitación cerrada sin ventanas.
—¿Un restaurante? ¿Es en serio, chico? —preguntó Rom desconcertado.
—Sé cocinar, puedo ser el cocinero. Además, es trabajo justo —expliqué.
—¿Sabes cuánto debe costar financiar esto? Comprar un local es imposible —argumentó el viejo.
—Lo sé, así que pensé en algo que nos ayudaría. ¿Recuerdas que Felt siempre tiene encargos? Si hacemos una fachada perfecta... digo, el bazar. Si conseguimos más licores, podríamos volver esto un bar para beber, ganar dinero y, de paso, a puerta cerrada y por detrás, seguir con los negocios de siempre. Y así es como hacemos que nuestro dinero no se vea mal ni lo tratemos como si se nos cayera de las manos. Así es como se lava el dinero.
—¡¿Eso en verdad podría funcionar, hermano?! —exclamó Felt con los ojos desorbitados—. ¡No tener que esconder el dinero ni estar en alerta las veinticuatro horas!
—No entiendo qué es eso... Explícame, chico. Nunca oí algo así —pidió Rom rascándose la cabeza.
—Rom, el lavado de dinero es colocación, encubrimiento e integración. No quieres terminar en las celdas o en los calabozos por andar de presumido... Una sola palabra: impuestos. El restaurante es la mayor farsa para esto. Miren estas cartas, este eres tú, y esta mugre de pelusa es el fisco. Te observan. ¿Y qué ven? Ven a un vago con dinero, una casa hermosa sin empleo, tragando como si no hubiera un mañana. ¿Qué piensan los del fisco?
—¿Ven que somos ladrones? —preguntó Camberly.
Hice un sonido imitando una alarma de error.
—¡NEGATIVO, MAL! Piensan que evades impuestos. Te embargan, te quitan todo y terminas en el bote. Por evadir impuestos te van a dejar en la mierda misma. El error fue no lavar el dinero. Hubo un ladrón y traficante famoso, Al Capone, a quien nadie había podido atrapar, pero ¿qué creen? Por no pagar impuestos terminó arrestado. Ahora miren esto: meto esta moneda aquí. ¿Y qué hago? La combinó con los ingresos del efectivo del local, del restaurante o bazar. Eso es encubrimiento. Meto el dinero sucio ahí y se mezcla; esa es la integración. Así tienes dinero limpio que ganaste de un «humilde negocio». El dinero sucio se mezcla de manera fácil y termina siendo dinero limpio, y nadie lo sabrá. Tan solo por tener un negocio pequeño en el que el pobre invierte, el dinero se queda fácil. Solo no hay que estar mostrándolo a lo loco o se darán cuenta. El local es importante para lograrlo.
—Fascinante... Nunca pensé que podríamos hacer algo así —admitió Rom, sorprendido.
—Viejo Rom, ¿por qué demonios no hiciste eso antes? —reclamó Felt.
—Niña, solo pensé en lo normal de aquí: si pierdes algo, pagan por recuperarlo. Dinero fácil por una estafa.
—Y bien, viejo Rom, ¿qué me dices? —pregunté mirándolo directamente—. ¿Te interesa salir de la miseria a cambio de volver este lugar de mala muerte en un lujoso minirestaurante pomposo? No suena a un precio muy alto por una vida decente.
—Jamás había oído una idea tan arriesgada y a la vez tan segura como esa —sonrió el gigante- Pongámonos manos a la obra ahora mismo.
Fin del capitulo.
