Cherreads

Chapter 76 - Capitulo 75

[Eiren]

Cambiamos de lugar casi sin decirlo. Yo quedé al lado de Rhaella, y ahora ambos mirábamos a Sivelle desde el frente del jardín de entrenamiento.

Sivelle exhaló despacio, como si acomodara algo dentro de sí antes de empezar.

—Mira con atención —me dijo—. No copies todavía. Solo observa.

Asentí.

Ella dio un paso al frente y levantó una mano. El mana comenzó a moverse a su alrededor con naturalidad, sin prisa, sin violencia. Entonces, uno a uno, aparecieron círculos mágicos.

No eran pocos.

—Uno… dos… tres… —murmuré sin darme cuenta.

Había al menos seis círculos flotando a diferentes alturas: dos a sus costados, uno frente a ella, otro detrás, y dos más sobre su cabeza, girando lentamente. Cada uno tenía runas distintas, capas diferentes, como si fueran engranajes superpuestos.

—Esto —empezó a explicar Sivelle mientras los círculos se estabilizaban— es ejecución tradicional completa. Círculos activos, sin cántico aún.

Extendió los dedos.

Los círculos respondieron de inmediato.

—La mayoría cree que más círculos significa más poder —continuó—, pero no es así. Significa más control… si sabes manejarlos.

Los círculos brillaron.

Y dispararon.

Ráfagas de hielo salieron de tres de ellos casi al mismo tiempo, impactando a los muñecos de prueba en una secuencia perfecta: izquierda, derecha, frente. No fue una explosión, fue una precisión quirúrgica. El hielo atravesó, congeló y quebró.

Rhaella habló a mi lado.

—¿Ves el ritmo? —dijo—. No está lanzando al azar. Está manteniendo una cadencia constante para no sobrecargar su núcleo de mana.

Sivelle movió el brazo en un arco suave.

Dos círculos se apagaron.

Otros dos cambiaron.

—Ahora redistribuyo —explicó—. Menos puntos de salida, más concentración.

Los círculos restantes se acercaron entre sí, casi superponiéndose. El aire se volvió más denso.

—Esto reduce el consumo —añadió—, pero aumenta la exigencia mental.

Disparó otra vez.

Esta vez fue un único rayo de hielo compacto, tan denso que el impacto no explotó: comprimió al muñeco hasta hacerlo colapsar hacia dentro, como si lo hubiera aplastado el frío mismo.

Tragué saliva.

—Eso… —empecé.

—No intentes hacerlo aún —me interrumpió Sivelle sin mirarme—. Te dolería la cabeza durante días.

Rhaella soltó una pequeña risa.

—O se desmayaría —añadió—. Ya tenemos experiencia con eso.

Sivelle cerró los círculos con un gesto. Estos se deshicieron como copos de nieve al viento.

Luego inhaló.

Y no creó ningún círculo.

—Ahora —dijo—, cántico sin círculos.

Se giró hacia un muñeco que estaba a varios metros, clavado en el suelo.

Su voz fue clara, firme, breve.

—Fros'kel naen.

No hubo luz previa. No hubo advertencia.

El suelo bajo el muñeco estalló.

No desde arriba, sino desde abajo. El hielo brotó como una lanza, envolviendo la base, subiendo, cerrándose en un segundo. El muñeco quedó atrapado dentro de un bloque irregular, agrietado, vivo.

Sivelle bajó la mano lentamente.

—Aquí el cuerpo es el círculo —explicó—. El mana fluye directo desde el núcleo, sin intermediarios. Es más rápido… pero mucho menos estable.

Rhaella asintió.

—Y más peligroso si pierdes la concentración —añadió—. Un error y ese hielo habría salido bajo tus pies.

Miré a Sivelle.

—¿Por qué usarías uno u otro? —pregunté.

Sivelle se giró hacia mí.

—Depende del contexto —respondió—. Batallas largas: círculos. Emboscadas, reacción inmediata: cántico corto. Y si estás agotado…

—Evitas ambos —completó Rhaella—. O mueres.

Sivelle me miró con seriedad.

—Eiren, tú saltaste directo a un método que ignora todo esto —dijo—. Los nodos son poderosos, sí. Pero perdiste la base.

Asentí despacio.

—Lo sé.

—Por eso —continuó—, antes de combinar nodos con nada… tienes que volver a entender esto. Sentirlo. Dominarlo sin forzarte.

Rhaella cruzó los brazos y me dio una mirada evaluadora.

—Tienes algo que ninguno de nosotros tiene —dijo—. Un método nuevo. Algo que no sigue las reglas.

Hizo una pausa.

—Eso no te hace invencible. Te hace responsable.

Miré los muñecos congelados, destruidos, el hielo aún crujiente en el suelo.

—Entonces —dije—, empiezo desde aquí.

Sivelle sonrió un poco.

—Exacto.

Rhaella reaccionó casi de inmediato, levantando una mano antes de que Sivelle pudiera decir nada más.

—Solo esta vez —dijo, con un tono que no admitía discusión—. Usa tus nodos.

Sivelle la miró, sorprendido.

—¿Rhaella…?

—Para comparar —continuó ella—. Quiero ver la diferencia real entre tu ejecución tradicional y lo que haces con los nodos. Sin teorías. Sin suposiciones.

Luego me miró directo a los ojos.

—Pero escúchame bien. Esto se queda entre nosotros tres. Si nuestros padres se enteran de que te dejamos usar nodos aquí…

—Nos cuelgan —terminó Sivelle con total seriedad.

Parpadeé… y sonreí.

—Me parece justo.

Rhaella suspiró, como si ya se estuviera arrepintiendo.

—Cambia de lugar con Sivelle.

Obedecí. Caminé hasta el centro del jardín de entrenamiento mientras Sivelle se apartaba conmigo, quedándose ahora junto a Rhaella. Sentí sus miradas fijas en mí.

Respiré hondo.

—Solo primera variación —dije en voz alta—. Nada más.

—Y sin exagerar —añadió Rhaella—. Esto no es una exhibición.

Asentí.

Cerré los ojos un instante.

No pensé en círculos. No pensé en palabras.

Pensé en el mana.

En cómo se movía dentro de mí como un río contenido, esperando dirección. Visualicé los nodos, no como puntos brillantes, sino como interruptores, como válvulas que podía abrir apenas un poco.

Primera variación.

Sentí el encendido.

No fue violento. Fue como si algo despertara con pereza, extendiéndose por mis brazos. El frío no dolió. No quemó. Solo estuvo ahí.

Abrí los ojos y extendí la mano.

—Hechizo simple —murmuré—. Igual que antes.

Visualicé el resultado, no el proceso.

Un cristal de hielo se formó frente a mí, limpio, definido, flotando un segundo antes de dispararse hacia el muñeco de prueba. El impacto fue correcto, preciso, sin explosión.

Nada espectacular.

—Bien —dijo Sivelle—. Consumo bajo. Casi igual al cántico corto.

Rhaella inclinó la cabeza.

—Pero mira la velocidad —añadió—. No hubo preparación visible.

Asentí.

—Es lo que más me gusta de esto.

Respiré otra vez.

—Ahora… segunda variación.

No forcé nada. Solo abrí un poco más.

Sentí cómo el mana respondía con más intensidad, como si el mismo hechizo se tensara, esperando salir. No pensé en crear otro hechizo. Pensé en el mismo.

El mismo hielo.

La misma forma.

Extendí el brazo otra vez.

El cristal se formó… pero esta vez no fue uno.

Fueron tres.

Salieron disparados casi al mismo tiempo, girando en el aire, impactando el muñeco desde distintos ángulos. El hielo no solo congeló: quebró, desgarró, dejó grietas profundas en el cuerpo de prueba.

Sentí el tirón en el pecho.

No dolor. Advertencia.

Bajé la mano de inmediato.

—Ahí —dije—. Hasta ahí.

El silencio duró unos segundos.

Sivelle fue el primero en hablar.

—Potencia clara —dijo—. Al menos el doble que el hechizo base.

Rhaella frunció el ceño, analizando.

—Y aun así no parece que te agotara como cuando usas la tercera variación —observó.

Negué con la cabeza.

—La primera y la segunda… son estables —expliqué—. Es como usar magia normal, pero con menos pasos. Menos pérdida en el camino.

Miré mi mano.

—No siento el cansancio mental que me dan los círculos. Pero…

—Pero —repitió Rhaella.

—Si sigo así demasiado tiempo —continué—, el desgaste llega de golpe. No poco a poco.

Sivelle cruzó los brazos.

—Eso es peligroso.

—Lo sé.

Rhaella me miró fijamente.

—¿Y qué piensas cuando lo haces? —preguntó—. No me refiero a los nodos en sí. ¿Qué pasa por tu cabeza?

Pensé un momento antes de responder.

—No pienso en cómo lanzar el hechizo —dije—. Pienso en el resultado. En la imagen final. El mana se encarga del resto.

Rhaella chasqueó la lengua, pensativa.

—Eso explica por qué tus hechizos se ven… distintos.

Sivelle asintió.

—Y por qué pierdes el control cuando te exiges demasiado.

Suspiré.

—Por eso dijimos solo esta vez.

Rhaella levantó una mano.

—Exacto. Comparación hecha.

Me señaló con el dedo.

—A partir de ahora, vuelves a lo básico. Cánticos, círculos, método Vyrenthal cuando tu padre empiece a enseñarte.

Sonrió de lado.

—Y cuando sobrevivas a eso… entonces veremos qué monstruo estás creando con esos nodos.

No pude evitar reír un poco.

—Trato hecho.

***

[Sivelle]

Neyreth estaba sentado en una de las bancas de piedra, inclinado un poco hacia adelante, con los codos sobre las rodillas y la mirada perdida en el jardín de entrenamiento. Respiraba con calma, aunque yo podía notar el cansancio acumulado en sus hombros, en la forma en que no terminaba de relajarse del todo.

Rhaella y yo nos habíamos apartado unos pasos, sentándonos en el borde bajo de una fuente seca. El silencio duró apenas unos segundos antes de que ella hablara.

—Es absurdo —dijo, cruzándose de brazos—. Tres horas.

La miré de reojo.

—Lo sé.

—No exagero —continuó—. En tres horas corrigió errores que a otros les toma semanas. Posición del mana, ritmo del cántico, estabilidad al cerrar un círculo… todo.

Solté el aire lentamente.

—Tiene una capacidad de aprendizaje enorme.

Rhaella asintió despacio.

—Y eso que venía de estar en coma.

Miré hacia Neyreth otra vez. Él no parecía estar escuchándonos, pero sabía que probablemente sí.

—Ahora entiendo algo —dije—. Lo del libro que mencionó.

Rhaella arqueó una ceja.

—¿El de los nodos?

—Sí. —Bajé un poco la voz—. Nunca lo he visto, ni sé exactamente qué contiene… pero después de verlo hoy, lo entiendo.

Rhaella apoyó los codos en las rodillas.

—Explícate.

Pensé unos segundos antes de hablar.

—Neyreth dijo que el libro tenía cosas absurdas. Acertijos, juegos de palabras, frases sin sentido. Cosas que no parecían magia.

—Ajá.

—Para cualquiera, eso sería basura —continué—. O algo imposible de descifrar sin una base enorme. A mí… —sonreí con ironía— me habría tomado años.

Rhaella me miró con atención.

—¿Y a él?

—Meses —respondí—. Meses estando enfermo, inestable, sin guía real.

Ella soltó una risa baja, incrédula.

—Eso no es normal.

—No —admití—. Pero hoy lo vi claro. Neyreth no aprende memorizando. Aprende entendiendo la lógica interna de las cosas. Aunque estén mal explicadas. Aunque no tengan sentido al inicio.

Miré mis manos.

—Es como si pudiera agarrar piezas rotas… y aun así armar algo funcional.

Rhaella se quedó en silencio unos segundos.

—Eso explica por qué sus nodos funcionan —dijo al final—. Y por qué son tan peligrosos.

Asentí.

—Exacto.

Nos quedamos calladas otro momento, escuchando el viento mover las hojas.

—¿Te diste cuenta? —añadí—. Cuando corregimos su ejecución con cánticos y círculos… no discutió. No se resistió.

—Porque sabe que le falta base —respondió Rhaella—. Y eso es aún más raro.

Sonreí apenas.

—Alguien con su poder… normalmente sería arrogante.

Rhaella miró a Neyreth y luego a mí.

—No lo es —dijo—. Y eso me preocupa incluso más.

—¿Por qué?

—Porque significa que es consciente de lo peligroso que puede llegar a ser.

Tragué saliva.

—Sí.

Nos levantamos casi al mismo tiempo y regresamos hacia la banca donde estaba Neyreth. Al escucharnos, alzó la vista.

—¿Están hablando mal de mí? —preguntó, con una media sonrisa cansada.

—Un poco —respondió Rhaella sin dudar—. Profesionalmente.

Neyreth soltó una risa corta.

—Eso suena tranquilizador.

Lo miré con seriedad.

—Neyreth —dije—. Lo que hiciste hoy… fue impresionante.

Él bajó la mirada.

—También fue agotador.

—Y aun así mejoraste —añadió Rhaella—. Mucho.

Levantó la vista otra vez.

—¿Eso es bueno… o malo?

Intercambié una mirada con Rhaella.

—Ambas —respondimos casi al mismo tiempo.

Neyreth suspiró, apoyando la espalda contra la banca.

—Genial.

No pude evitar sonreír.

—Descansa —le dije—. De verdad. Hoy fue suficiente.

—Por una vez —añadió Rhaella—, haznos caso.

Él cerró los ojos un instante.

—Lo intentaré.

Mientras lo observaba, no pude evitar pensarlo otra vez: si a Neyreth le tomó meses entender un libro que probablemente fue hecho para ser incomprensible… entonces ese conocimiento jamás estuvo destinado a cualquiera.

Y Neyreth, nos gustara o no, sí estaba destinado a entenderlo.

Lo sentí de repente.

Una perturbación en el ambiente, suave pero pesada, como una presión antigua acomodándose sobre el mana del lugar. No era hostil. Era… familiar.

—Por dios… —murmuré sin darme cuenta—. Son ellos.

Alcé la vista al cielo.

Allí estaba: una figura enorme y traslúcida recortándose entre las nubes, un ave de hielo colosal, con alas extendidas que parecían talladas en cristal vivo. El sol atravesaba su cuerpo, fragmentándose en destellos azulados.

—¿Qué…? —escuché a Neyreth a mi lado.

Rhaella también levantó la cabeza, entornando los ojos.

—Eso no es un hechizo común.

No tuve tiempo de responder.

La criatura cayó en picada.

—¡¿Está descendiendo?! —exclamó Rhaella.

—No, está cayendo —corregí.

El impacto sacudió el jardín entero. La tierra tembló, el polvo se levantó en una nube espesa, y el aire se llenó de fragmentos de hielo que se evaporaron antes de tocar el suelo.

Toses.

Y luego, una voz femenina, clara y furiosa.

—¡Te dije que bajaras la velocidad, imbécil! ¡Ya no tenemos veinte años!

Otra tos, seguida de una risa profunda.

—Vamos, mujer, exageras. Me siento mejor que nunca.

—Eso dices siempre antes de romper algo.

Rhaella ya estaba caminando hacia la nube de polvo.

—No puede ser… —dijo en voz baja—. ¿No son…?

—Sí —respondí antes de que terminara—. Son ellos.

Ella me miró.

—¿Tus…?

—Mis abuelos maternos —asentí—. Los duques Averneir.

El polvo comenzó a disiparse. El ave de hielo se desmoronó lentamente, convirtiéndose en partículas de mana que se deshicieron en el aire.

De entre los restos aparecieron dos figuras.

Un hombre alto, de espalda ancha, cabello plateado y ojos de un azul, vestido con un abrigo largo adornado con runas antiguas. Sonreía como si acabara de hacer una travesura.

A su lado, una mujer de porte elegante, cabello blanco recogido con precisión y ojos azules oscuros tan afilados como cuchillas. Lo miraba con evidente ganas de golpearlo.

—Abuelo —dije, acercándome—. Abuela. ¿Qué hacen aquí?

Mi abuelo soltó una carcajada.

—¿Así saludas después de tanto tiempo?

—Te pregunté qué hacen aquí —repetí.

—Viajábamos —respondió con total naturalidad—. Seis meses fuera del ducado.

—Porque alguien insistió en recorrer medio continente en línea recta —añadió mi abuela, cruzándose de brazos—. Volando.

—Fue eficiente.

—Fue irresponsable.

Rhaella se aclaró la garganta.

—Duques Averneir.

Mi abuelo la observó con atención.

—Vaya… —dijo—. Esa cara no me es desconocida.

Frunció el ceño.

—¿No eres tú la heredera del Ducado Notch?

Rhaella se irguió.

—Sí, señor. Rhaella Notch.

—Capitana de una orden, si no me equivoco —continuó él—. Escuché rumores.

—No son rumores.

—Entonces —intervino mi abuela—, ¿por qué estás aquí holgazaneando en un jardín en vez de cumplir con tus deberes?

—Abuela —dije—, estábamos entrenando.

—Claro —respondió ella sin mirarme—. Entrenando.

Mi abuelo volvió su atención hacia mí.

—Y tú —señaló—. ¿No es este tu último año en la academia?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué estás fuera?

Abrí la boca para responder, pero una voz conocida nos interrumpió.

—¿Qué es todo este alboroto?

Me giré.

Mi madre, Luneth, se acercaba con paso firme, el ceño fruncido.

—Les dije que no entrenaran tan fuerte todavía…

Se detuvo en seco.

—…mamá?

—¿Papá?

El silencio cayó como una losa.

Mis abuelos la miraron, primero confundidos… luego completamente sorprendidos.

—Luneth —dijo mi abuela, avanzando un paso—. ¿Qué haces aquí?

—¿Desde cuándo sales del norte? —añadió mi abuelo—. Creímos que seguías aislada, como siempre.

Mi madre tragó saliva.

—Yo…

—¿Desde cuándo saliste de tu encierro? —preguntó mi abuela, tocándole el rostro con incredulidad.

—Hace un tiempo —respondió mi madre—. Pasaron muchas cosas.

Estaba a punto de explicar cuando mi abuelo se quedó inmóvil.

—…Dios mío.

—¿Qué? —preguntó mi abuela, girándose hacia él.

Mi abuelo levantó lentamente la mano, señalando detrás de nosotras.

—Dime que mis ojos me están engañando.

Seguimos su mirada.

Neyreth.

Estaba de pie, rígido, con los ojos abiertos de par en par. No entendía nada, pero podía sentirlo: la presión, las miradas, el peso del momento.

—Estoy demasiado viejo —continuó mi abuelo—. Eso debe ser.

Mi abuela miró en la misma dirección.

Se quedó helada.

—…No.

Avanzó un paso.

—No puede ser.

Otro.

—Ese joven…

Su voz se quebró apenas.

—Neyreth.

El nombre cayó como un golpe.

Neyreth parpadeó.

Mi madre dejó escapar un suspiro tembloroso.

—Mamá… —dijo en voz baja—. Papá…

El rostro de mi abuela palideció.

—Luneth —susurró—. Dime que no estoy imaginando esto.

Mi abuelo apretó los puños.

—Dime que ese muchacho no es quien creo que es.

Neyreth miró a mi madre, confundido.

—Luneth… ¿qué está pasando?

Ella dio un paso hacia él.

—Neyreth… —dijo con suavidad—. Ellos son… mis padres.

El silencio fue absoluto.

Y entonces, por primera vez desde que los vi, mis abuelos dejaron de parecer invencibles.

La abuela avanzó despacio, como si temiera que el aire mismo pudiera romperse.

Cada paso era medido, tembloroso. Sus ojos no se apartaban de Neyreth, como si al parpadear pudiera perderlo.

—Dioses… —susurró, ya frente a él—. Eres real…

Neyreth se quedó quieto, sin saber si debía moverse o no.

—¿Eres tú…? —continuó ella, alzando una mano que temblaba—. ¿Eres tú, mi niño?

Neyreth tragó saliva.

—Creo… —dijo con voz baja—. Creo que sí.

Fue suficiente.

La abuela se desplomó.

—¡Abuela! —exclamé.

Neyreth reaccionó antes que cualquiera. La sostuvo por reflejo, rodeándola con los brazos para que no golpeara el suelo.

—¡Se desmayó! —dijo alarmado—. ¡No responde!

En segundos estábamos todos ahí.

—Muévela con cuidado —ordenó mi madre, arrodillándose—. Despacio.

Rhaella se inclinó de inmediato.

—Respira —confirmó—. Está respirando.

Mi abuelo seguía de pie, inmóvil, con los ojos clavados en la escena, como si el mundo no hubiera terminado de cargar frente a él.

—Papá —dijo mi madre con firmeza—. ¡Reacciona!

Él parpadeó, como despertando de un sueño.

—Yo… —murmuró—. Yo lo vi morir.

La voz se le quebró.

—Llegaron los avisos… —continuó—. Días después del incidente. Confirmación oficial. Sellos, firmas… Dijeron que no se había encontrado el cuerpo, pero que… que no había sobrevivientes.

—Lo sé —respondió mi madre, conteniendo la emoción—. Todos lo creímos.

Mientras hablaban, entre Rhaella y yo aflojamos un poco el vestido de la abuela en el cuello y el pecho.

—No estaba apretado —dije—, pero así respirará mejor.

La abuela comenzó a moverse.

—Luneth… —murmuró—. Mi niña…

—Estoy aquí, mamá —respondió ella de inmediato, tomando su mano—. Estoy aquí.

—Lo soñé tantas veces… —susurró la abuela—. Siempre despertaba…

—No es un sueño —dijo Neyreth, con voz temblorosa—. Lo prometo.

Ella abrió los ojos apenas.

—Habla… —pidió—. Tu voz…

—Soy yo —repitió él—. Neyreth.

Un sollozo escapó de sus labios.

—Está lúcida —dijo Rhaella—, pero sigue débil.

—Hay que llevarla dentro —añadí—. Ahora.

Rhaella asintió.

—A una habitación cómoda. Que se acueste.

Mi madre levantó la vista hacia mi abuelo.

—Después te lo explicaremos todo —le dijo con suavidad, pero firme—. Todo. Pero ahora ayuda a llevar a tu madre adentro.

Mi abuelo asintió lentamente, aún con los ojos húmedos.

—Diez años… —murmuró—. Diez años llorando a un muerto.

Miró a Neyreth.

—Y ahora está aquí.

Neyreth apretó los dientes.

—Lo siento —dijo en voz baja—. No quise que sufrieran.

La abuela apretó su mano con la poca fuerza que tenía.

—Calla… —susurró—. Estás vivo. Eso es lo único que importa.

Entre todos la levantamos con cuidado.

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