Cherreads

Chapter 20 - Capitulo 19

Grace.

Lily no dejaba de hablar.

Tenía las piernas cruzadas sobre la silla, el mentón apoyado en las manos y los ojos brillándole como si aquello fuera el acontecimiento del año. Alice estaba sentada frente a mí, tranquila, hojeando la revista que le había dado mientras yo abría el estuche de maquillaje sobre la mesa.

—Primero la piel —dije, más para tranquilizarme a mí que para enseñar—. Siempre empieza todo por la piel.

—¿Por qué? —preguntó Lily de inmediato.

—Porque si la base está mal, todo lo demás se nota raro —respondí.

—Como cuando pinto y no limpio la hoja antes —dijo muy seria.

Alice sonrió.

—Exactamente así.

Tomé un poco de corrector con cuidado y lo apliqué bajo los ojos de Alice.

—Mamá, ¿eso pica? —insistió Lily.

—No debería —respondí—. Si pica, algo está mal.

—No pica —dijo Alice—. Solo está frío.

—Eso es normal —añadí—. Relaja la piel.

—¿Relaja? —repitió Lily—. ¿La piel se estresa?

Alice soltó una risa baja.

—Más de lo que crees.

Seguimos así, entre risas pequeñas y comentarios sueltos. Lily opinaba de absolutamente todo.

—Ese color no —decía—. Ese sí. Ese te hace ver como maestra mala.

—¿Maestra mala? —pregunté.

—Ajá. De las que dejan mucha tarea.

Alice alzó las cejas.

—Tomaré eso como un cumplido.

Le di una brocha a Lily para que "ayudara", solo para que se sintiera parte del proceso. No tocó nada, pero estaba encantada.

—Entonces —dije mientras aplicaba un poco de rubor—, la idea es no exagerar. Menos es más.

—Pero a mí me gusta cuando exageran —protestó Lily—. Las artistas exageran.

—Tú exageras —le dije sonriendo.

—¡Porque soy artista!

Alice negó con la cabeza, divertida.

—Tiene carácter —dijo—. Mucho.

—Demasiado —respondí—. Sale a su abuela.

Lily levantó la barbilla, orgullosa.

—La abuela Teresa dice que el carácter es una herencia.

Hubo un pequeño silencio, apenas perceptible. Lo dejé pasar y seguí trabajando.

—¿Y los peinados? —preguntó Lily, señalando la revista.

Alice bajó la mirada.

—Hay unos… interesantes —dijo—. Aunque no creo que me atreva a muchos.

—¿Por qué no? —pregunté.

—Porque me siento rara cuando cambio demasiado.

—Eso nos pasa a todas —le dije—. Pero a veces es bueno verse distinta, aunque solo sea para probar.

En ese momento escuchamos pasos en la escalera.

Levanté la vista.

Luke bajaba, con la chamarra ya puesta y las llaves en la mano.

—Voy a salir un rato —dijo—. Regreso para la cena.

—Está bien —respondí—. No tardes.

Miró hacia Alice.

—Fue un gusto —añadió, algo incómodo—. Por si no te veo luego.

Alice dejó la revista.

—Igualmente —dijo—. Y suerte en lo que sea que vayas a hacer.

Luke sonrió apenas.

—Gracias. Nos vemos el miércoles, entonces.

—En la feria de ciencias —asintió Alice—. Ahí estaré.

Luke se despidió de Lily con un gesto y salió por la puerta. El sonido al cerrarse resonó un poco más de lo normal.

—Es raro —dijo Lily—. Siempre se va.

—Es grande ya —respondí—. Tiene su mundo.

Volví a concentrarme en el maquillaje.

—Listo —dije al final—. Mírate.

Le pasé el espejo.

Alice se observó con atención, inclinando un poco la cabeza.

—Sí veo un cambio —admitió—. No sé si decir que es bueno o malo.

—Eso es porque no estás acostumbrada —le dije—. No te ves distinta… te ves más visible.

Lily se acercó, mirándola con seriedad absoluta.

—Te ves bonita —sentenció—. Como cuando mi mamá sonríe de verdad.

Alice levantó la vista hacia mí.

Continué con cuidado.

—Ahora el lado izquierdo —anuncié, más por rutina que por otra cosa.

Apenas apoyé la brocha sobre su pómulo, lo sentí.

No fue algo evidente, no un gesto exagerado, pero Alice tensó ese lado del rostro de inmediato. Fue automático, instintivo, como si su cuerpo reaccionara antes que ella.

—¿Estás bien? —pregunté al instante, deteniéndome.

Alice parpadeó una vez y relajó un poco la mandíbula.

—Sí, sí —respondió—. Perdón. Es que… hace una semana me golpeé. Ya está bien, solo sigue un poco sensible.

Fruncí apenas el ceño.

—¿Te golpeaste? —pregunté—. ¿Aquí?

Asintió.

—Ajá. Nada grave, de verdad.

Me incliné un poco más, observando con atención antes de seguir. Sin maquillaje, ese pómulo tenía un tono apenas distinto al otro. Muy leve. Algo que cualquiera pasaría por alto si no estuviera tan cerca.

—Se nota un poquito diferente —dije con suavidad—. ¿Fue fuerte el golpe?

Alice soltó una pequeña risa, casi incómoda.

—No tanto. Ya sabes… hay días en que una es más sensible.

—Eso suena a algo que dices cuando no quieres preocupar a nadie —comenté, sin pensar demasiado.

Ella me miró por el espejo y alzó una ceja, divertida.

—Tal vez.

Seguí aplicando el maquillaje, con aún más cuidado.

—Entonces… ¿por eso traías más maquillaje de este lado cuando nos vimos en el café? —pregunté.

Alice dudó un segundo.

—Sí —admitió—. Intenté cubrirlo un poco más, pero supongo que se notaba demasiado.

—Un poco —reconocí—. Pero no por mal hecho, sino porque el otro lado estaba más natural.

—Genial —murmuró—. Siempre exagero.

—Eso se arregla —le dije—. Para eso estamos aquí.

Lily, que había estado observando en silencio por primera vez en toda la tarde, se inclinó hacia adelante y tocó el brazo izquierdo de Alice con un dedo.

—Miss Alice —dijo—. Bueno… Alice.

Alice se tensó de nuevo. Esta vez fue el brazo. Apenas un segundo, pero lo suficiente para que yo lo notara.

—¿Sí, Lily? —respondió enseguida, sonriendo, como si nada.

—Cuando acabemos… ¿podemos hacer peinados? —preguntó—. Quiero intentar uno de la revista.

Alice miró de reojo la mesa, luego a mí.

—Si acabamos a tiempo… tal vez —dijo.

—¡Siii! —celebró Lily—. Yo quiero uno con trenzas.

—Siempre quieres trenzas —le dije.

—Porque son bonitas.

Alice rió suavemente.

—Entonces tendremos que darnos prisa —comentó—. Antes de que se nos haga tarde.

Asentí, retomando la brocha.

—Muy bien —dije—. Quédate quieta.

Mientras seguía maquillándola, no pude evitar pensarlo.

Los pequeños gestos.

Las tensiones breves.

Las explicaciones medidas.

Seguí trabajando con movimientos suaves, cuidando no presionar demasiado.

—Alice —dijo Lily de pronto, apoyando el mentón en la mesa—, ¿tú a qué eres alérgica?

La brocha se detuvo a medio camino.

—¿Alérgica? —repitió Alice—. A varias cosas, en realidad. A las fresas, a la pimienta… y a las nueces.

Lily abrió los ojos como si acabara de descubrir un secreto importantísimo.

—¡Igual que mi familia! —exclamó.

Alice giró un poco la cabeza hacia ella.

—¿En serio?

—Sí —asintió Lily con entusiasmo—. Luke es alérgico a las nueces y mi papá a las fresas y a la pimienta. Papá dice que ni siquiera puede pasar por un estante del súper si huele a pimienta porque empieza a estornudar horrible.

—Oye —intervino Alice, levantando una mano—, detente.

Lily parpadeó.

—¿Por qué?

—Porque si sigues hablando de eso —dijo Alice, medio en broma, medio en serio—, se me van a antojar y luego mi cuerpo va a decidir castigarnos con una reacción alérgica solo por oírte describirlas.

—¿De verdad? —preguntó Lily, alarmada.

—No exactamente así —sonrió Alice—, pero mejor no tentar a la suerte.

Lily hizo una mueca.

—Es una lástima, ¿no? —dijo—. No poder comer una rica fresa.

—Una tragedia absoluta —respondió Alice, llevándose una mano al pecho con exageración.

No pude evitar reír.

—Créeme —dije—, en esta casa estamos acostumbrados. Ya sabemos qué no comprar.

—Eso explica muchas cosas —comentó Alice—. Ahora entiendo por qué no olía a pimienta cuando entré.

—Regla no escrita —le dije—. Sobrevivencia básica.

Lily soltó una risita y volvió a observarme con atención.

—¿Ya casi acabas? —preguntó, impaciente.

Me aparté un poco para mirarla en el espejo.

—Casi —respondí—. Unos minutos más y listo.

Alice se miró también, ladeando apenas el rostro.

—¿Y luego…? —preguntó Lily, casi saltando.

—Luego —dije—, si quieren, podemos empezar con los peinados.

—¡SÍ! —gritó Lily, levantando los brazos—. ¡Sabía que dirías que sí!

Alice rió, sacudiendo la cabeza.

—Tu entusiasmo es contagioso —comentó—. Creo que ya no hay marcha atrás.

—Nunca la hay con ella —dije—. Ya estás advertida.

Y Alice, aún sentada frente al espejo, sonrió como si por un momento se le hubiera olvidado todo lo demás.

***

Alice.

¿Qué diablos hago aquí?

De verdad… ¿qué diablos?

Esto no debía pasar así.

No así.

No de esta forma.

No con ella.

Mantén la cara neutra, Alice. Respira. No frunzas el ceño. No mires demasiado tiempo. No hagas nada que delate lo que estás pasando por dentro.

Eso me repetía mientras miraba el espejo.

Y aun así…

Ahí estábamos las tres.

Grace detrás de mí, concentrada, inclinándose apenas para ver mejor mi rostro. Lily a un costado, apoyada en la mesa, balanceando los pies, observándolo todo con esa atención intensa que solo tienen los niños cuando algo les importa de verdad.

Y yo en medio.

Reflejadas.

Tres rostros distintos.

Tres edades distintas.

Demasiadas coincidencias para ser casualidad.

El mismo cabello oscuro.

Los mismos ojos verdes.

El mismo lunar en el pómulo.

Mierda.

Tragué saliva con cuidado.

—No te muevas —dijo Grace con suavidad—. Ya casi terminamos.

—Sí… perdón —respondí, forzando una sonrisa.

Su voz.

Dios.

Escucharla tan cerca hacía que algo en mi pecho se aflojara de una forma peligrosa. Como si, por un instante, no fuera una intrusa. Como si no fuera una impostora. Como si de verdad…

No.

No vayas ahí.

Pero el cuerpo no entiende de órdenes.

Porque se sentía bien. Horriblemente bien.

Como si este fuera el lugar que nunca tuve.

Como si este momento fuera algo que me habían robado y ahora me lo devolvían, mal armado, tarde, a destiempo.

Grace maquillándome.

Mi madre.

Mi madre biológica.

La mujer que creyó que yo estaba muerta.

Y yo ahí, sentada, dejándola tocarme la cara, cuidándome, concentrada en que me viera bien.

No como su hija.

No como Beatriz.

Sino como la profesora de su hija.

La ironía me dolía más que cualquier herida.

—Me veo diferente —comenté, mirando el reflejo—. Nunca me había visto así.

—¿Diferente bien o diferente mal? —preguntó Grace, divertida.

Me observé un segundo más.

—Diferente… real —dije al final—. Creo.

Ella sonrió, satisfecha.

Lily se inclinó más sobre la mesa, metiendo la revista casi entre nuestras caras.

—¡Miren esto! —dijo—. Alice, ¿cuál te gustaría?

Me giré hacia ella, agradecida por la distracción.

—A ver…

La revista temblaba un poco en sus manos de la emoción. Pasó páginas rápido, demasiado rápido.

—Este no —decía—, se ve aburrido. Este tampoco. ¡Este sí!

Señaló una imagen con entusiasmo.

—Ese —dije— se ve complicado.

—Pero bonito —insistió—. Y tú tienes el cabello largo, te quedaría igual.

Grace miró la página por encima de mi hombro.

—Podemos intentarlo —dijo—. Si no sale, probamos otro.

Lily sonrió como si hubiera ganado algo importante.

—¡Sabía que dirías que sí!

Yo asentí despacio.

—Mientras no me dejen irreconocible —bromeé.

Por dentro, otra voz gritaba.

No deberías estar aquí.

No deberías permitir esto.

No deberías encariñarte.

Porque mi vida no era esta.

Mi vida estaba atada a Helix.

A ocho años huyendo.

A la certeza de que alguien, en algún lugar, aún me busca.

No podía bajar la guardia.

No podía permitirme querer esto.

Y aun así…

Si no fuera por eso.

Si no fuera por los nombres falsos, las noches sin dormir, las heridas que aún sanaban bajo la ropa.

Si no fuera por el pasado.

Cómo desearía haber cruzado esa puerta diciendo la verdad.

"Soy Beatriz."

"No estoy muerta."

"Soy su hija."

Miré el espejo otra vez.

Grace acomodando el maquillaje con cuidado.

Lily hojeando la revista, murmurando ideas.

Mi familia.

Y ellos no lo sabían.

Sonreí.

Porque eso era lo único que podía hacer.

—Entonces —dije, señalando la revista—, si vamos a hacerlo… hagámoslo bien.

Lily dio un pequeño salto en su lugar.

—¡Sí! —exclamó—. ¡Va a quedar increíble!

Ojalá supiera cuánto dolía escuchar eso.

Y cuánto, al mismo tiempo, deseaba que fuera verdad.

—Entonces… —dijo Grace de pronto, rompiendo el pequeño silencio cómodo que se había formado—. En la mañana comentaste que, cuando te vayas, irías a algún lado.

Alcé la vista hacia el espejo.

Ahí estaba otra vez esa pregunta.

Sencilla. Inofensiva.

Letal.

—¿A dónde tienes planeado ir? —añadió con naturalidad, mientras limpiaba con cuidado una brocha.

Mi reflejo me sostuvo la mirada.

Y por dentro… todo se tensó.

¿A dónde?

A qué parte del mundo me voy a esconder ahora.

A qué ciudad con otro nombre.

Con otro contrato.

Con otra identidad.

A dónde voy a buscar a los que trabajaron con el Dr. Samuel O'Connor.

A los que siguen vivos.

A los que están fuera del país.

A los que caminan libres como si nunca hubieran vendido bebés vivos y entregado muertos.

O a dónde voy a llegar demasiado tarde, si Helix ya los encontró antes que yo.

Sentí un nudo en el estómago.

—Yo… —empecé, y me detuve.

Lily levantó la cabeza de la revista de inmediato.

—¿Te vas lejos? —preguntó, con genuina curiosidad—. ¿Muy lejos?

Forcé una sonrisa.

—No lo sé todavía.

Grace arqueó un poco las cejas, sin presionar.

—¿Tienes opciones? —preguntó—. ¿Algún lugar en mente?

Claro que sí.

Demasiados.

Pero ninguno que pudiera decir en voz alta.

Miré hacia otro lado, fingiendo pensar.

—Supongo que… —dije despacio— podría volver de donde vine.

Grace inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Y dónde es eso?

Ahí estuvo el problema.

—En realidad… —solté una pequeña risa— no es un solo lugar.

Lily frunció el ceño.

—¿Cómo que no?

—Hay personas —expliqué con cuidado— que no tienen un "hogar" fijo. Van y vienen. Se quedan un tiempo, luego se mueven otra vez.

—¿Como nómadas? —preguntó Lily, entusiasmada.

—Algo así —respondí.

Grace me observaba con atención ahora. No con sospecha. Con interés. Con… preocupación tal vez.

—¿Y te gusta esa vida? —preguntó.

Ahí, la verdad quiso escaparse.

No.

No me gusta.

Es agotador.

Es solitario.

Es una huida constante.

Pero no podía decir eso.

—A veces —contesté—. A veces es necesario.

—¿Necesario para qué? —insistió Lily.

Grace le lanzó una mirada suave.

—Lily…

—Está bien —intervine rápido—. Para… pensar. Para no estar siempre rodeada de ruido.

Lily hizo una mueca.

—Yo no podría —dijo—. Me aburriría.

Sonreí.

—Yo también —admití—. Por eso nunca dura mucho.

Grace volvió a pasar la brocha con cuidado, como si ese gesto la ayudara a ordenar sus pensamientos.

—Entonces, ¿no tienes un plan claro? —preguntó.

Negué despacio.

—No —dije—. Tal vez… tomarme una temporada. No hacer nada.

La mentira sonó frágil incluso para mí.

No hacer nada.

Grace pareció notarlo, porque sonrió apenas, con una expresión que decía no te creo del todo, pero no voy a decir nada.

—A veces no hacer nada también es hacer algo —comentó.

Lily asintió con seriedad exagerada.

—Mi mamá dice eso cuando se queda sentada viendo la pared.

Grace soltó una risa.

—No exactamente así.

Yo reí con ellas, pero por dentro…

Sabía que no era verdad.

No iba a detenerme.

No podía.

Había nombres que encontrar.

Rutas que reconstruir.

Respuestas que nadie más estaba buscando.

Y Helix.

Siempre Helix.

—Sea lo que sea —dijo Grace, mirándome por el espejo—, espero que estés bien dondequiera que vayas.

La miré.

De verdad la miré.

—Eso espero yo también —respondí en voz baja.

Lily volvió a empujarme la revista.

—Entonces —dijo—, ¿hacemos este peinado o no?

Me aferré a eso. A lo simple. A lo inmediato.

—Hagámoslo —respondí—. Antes de que me arrepienta.

Grace sonrió.

Y yo pensé, no por primera vez esa noche:

Ojalá pudiera quedarme.

Ojalá pudiera mentir mejor.

Ojalá pudiera ser solo Alice… o solo Beatriz.

Pero mi vida nunca fue tan sencilla.

Los pasos en la escalera me tensaron antes incluso de ver a la persona.

No fue un sobresalto visible. Fue interno. Automático. Como si mi cuerpo hubiera aprendido hace años a reaccionar antes que mi cabeza.

Miré al espejo.

Ahí apareció él.

Michael.

El padre de Lily.

El esposo de Grace.

Mi padre biológico.

—¡Papá! —exclamó Lily al instante, girándose en la silla—. ¡Por fin bajas!

Michael terminó de bajar el último escalón y se apoyó un segundo en el barandal, observándonos. Su mirada recorrió la escena: la mesa improvisada, la revista abierta, las brochas, Grace de pie detrás de mí… y yo.

Sus ojos se detuvieron apenas un segundo más de lo normal.

—Lily quería hacerse peinados —dijo Grace con naturalidad—. Ya sabes cómo es.

—Peinados —repitió él, con una media sonrisa—. Claro.

Lily asintió con entusiasmo.

—Alice dijo que sí, y mamá también, y ya casi acabamos el maquillaje y luego vamos a escoger uno de la revista.

Michael soltó una pequeña risa.

—Veo que llegué tarde a la negociación.

Sentí que era el momento de hablar. De hacerlo bien. De no equivocarme.

—Hola, señor Carter —dije, levantándome apenas del asiento, lo justo para ser educada—. Buenas noches. Espero no ser una molestia.

Él desvió la mirada hacia Grace.

Fue rápido. Sutil.

Pero lo vi.

Una mirada cargada de cosas que no se dijeron. De acuerdos silenciosos. De advertencias mutuas.

Grace apenas inclinó la cabeza, como si respondiera algo que yo no podía oír.

Michael volvió a mirarme.

—Buenas noches, miss Alice —dijo al fin—. No, no es ninguna molestia.

Hizo un gesto hacia mí.

—Además, veo que mi esposa está haciendo un buen trabajo.

Grace sonrió, orgullosa.

—Eso intento.

Michael dio un par de pasos más cerca, observándome con más atención ahora. No de forma invasiva. Analítica. Como quien trata de reconocer algo familiar sin saber de dónde.

—¿Ya viste el resultado? —me preguntó.

Negué suavemente.

—Aún no.

Grace dio un pequeño paso a un lado para que pudiera verme mejor en el espejo.

—Mírate —me dijo.

Lo hice.

Y por un segundo… me quedé sin aire.

No porque el maquillaje fuera espectacular.

No porque me viera distinta.

Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, no me veía cansada.

No me veía herida.

No me veía rota.

Me veía… normal.

—Vaya… —murmuré—. Casi no me reconozco.

Michael sonrió.

—Eso es buena señal.

Luego miró a Grace.

—Mi esposa hace un excelente trabajo —añadió—. Siempre lo ha hecho.

Grace bajó un poco la mirada, incómoda pero agradecida.

—No exageres.

—No exagero —replicó él—. Es la verdad.

Lily se levantó de la silla y se puso frente a mí, evaluándome con seriedad exagerada.

—Te ves bonita —sentenció—. Pero ahora falta el cabello.

—Por supuesto que falta el cabello —respondí, siguiendo el juego.

Michael soltó una risa breve.

—Veo que ya no tengo escapatoria —dijo—. Esto va en serio.

—Muchísimo —afirmó Lily.

Grace dejó la brocha a un lado.

—La cena estará lista en un rato —dijo—. Pensé que podían terminar antes.

Michael asintió.

—Perfecto.

Luego me miró otra vez.

—Gracias por venir, miss Alice —dijo, con un tono sincero—. Lily habla mucho de usted.

Sentí ese peso otra vez. Ese nudo.

—Es un gusto —respondí—. De verdad.

Y lo fue.

Más de lo que debería.

Me senté de nuevo frente al espejo, dejando que Grace retomara su lugar detrás de mí, que Lily abriera la revista como si fuera un documento de máxima importancia.

Y mientras Michael se quedaba ahí, observándonos un momento más antes de ir hacia la cocina, solo pude pensar una cosa:

Dios… no debía estar aquí.

Pero, por alguna razón cruel y hermosa al mismo tiempo, quería quedarme un poco más.

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