Cherreads

Chapter 26 - Capítulo 25

Ethan Hale

El laboratorio central siempre olía igual.

Antiséptico, metal y café viejo.

No importaba la hora.

No importaba el caso.

Ese olor nunca cambiaba.

Apoyé las manos sobre la mesa mientras observaba las pantallas frente a Clark. Mara estaba a mi lado, con los brazos cruzados, siguiendo cada dato que aparecía como si intentara adelantarse a los resultados.

Clark no levantaba la vista.

Estaba concentrado.

—Cuando trajeron las muestras —dijo finalmente— puse a todo el equipo a trabajar. No tenía sentido dejar nada sin revisar.

Hizo un gesto hacia una de las pantallas secundarias.

—Pero yo me quedé con las importantes.

Señaló dos etiquetas.

—Esta —continuó— la del frasco.

Luego otra.

—Y esta… la de la gasa.

Mara se inclinó un poco más.

—¿Y?

Clark soltó una pequeña exhalación.

—No coinciden.

Silencio.

No me sorprendió.

—La familia —dije— hizo una prueba con la muestra de la gasa. Creían que pertenecía a su hijo… o hija intercambiada por O'Connor.

Clark asintió sin apartar la vista de los datos.

—Sí, eso encaja. Porque el resultado es incompatible.

Mara frunció el ceño.

—Entonces no es su hijo.

—No con esa muestra —corrigió Clark—. Pero eso ya lo sabían ustedes.

Se giró apenas hacia nosotros.

—Lo que no entiendo es por qué trajeron docenas de muestras si solo necesitaban confirmar una.

Lo miré.

—Por si acaso.

Mara soltó una pequeña exhalación.

—Le gusta exagerar —añadió, señalándome con la cabeza.

Clark hizo una mueca leve.

—Sí, ya lo noté.

Volvió a la pantalla.

—Pero no me quejo —continuó—. Porque me dio tiempo para hacer algo más interesante.

Eso hizo que levantara la mirada.

—¿Qué hiciste?

Clark giró en su silla.

—Tomé todas las muestras que trajeron… y las comparé con las del hospital.

El aire cambió un poco.

—¿Todas? —preguntó Mara.

—Todas.

—¿Y?

Clark negó lentamente.

—Ninguna coincide.

Apoyé el peso en los brazos.

—¿Nada?

—Nada —repitió—. Son completamente diferentes.

Mara soltó el aire por la nariz.

—Entonces la persona del hospital no está en esas familias.

—O no está en estas muestras —corregí.

Clark levantó un dedo.

—Exacto.

Volvió a girar hacia su equipo.

—Ahora… lo interesante.

Señaló de nuevo las etiquetas.

—La gasa.

—¿Qué pasa con ella? —pregunté.

—Es de un hombre.

Mara arqueó una ceja.

—¿Seguro?

—Completamente.

Hizo otro gesto.

—Y la del hospital…

Se detuvo un segundo.

Como si todavía le molestara.

—Esa cosa fue un maldito dolor de cabeza de analizar.

—¿Por? —preguntó Mara.

Clark soltó una risa seca.

—Porque no se comporta como debería. Está contaminada, degradada… pero aun así, hay patrones claros.

Se inclinó hacia adelante.

—Y esos patrones dicen que es de una mujer.

Silencio.

Mara cruzó los brazos más fuerte.

—Entonces tenemos una mujer en el hospital… que no coincide con ninguna de estas muestras.

—Correcto.

Miré la pantalla.

Los datos seguían corriendo.

—¿Comparaste la muestra del hospital con la familia Carter? —pregunté.

Clark sonrió apenas.

—Por supuesto.

Mara rodó los ojos.

—Obviamente.

Clark giró una de las pantallas principales hacia nosotros.

—De hecho…

Señaló una barra de progreso.

—Esa prueba termina en exactamente treinta y siete segundos.

Miré el contador.

33… 32…

—No se emocionen demasiado —añadió Clark—. Las muestras del hospital están contaminadas. Hay residuos que no deberían estar ahí. Podría dar un falso positivo… o una coincidencia baja que no signifique nada.

Mara inclinó la cabeza.

—¿Qué tan baja?

—Lo suficiente para confundir —respondió—. Lo suficiente para que alguien sin contexto piense que encontró algo.

El contador seguía bajando.

21… 20…

Sentí la tensión en el ambiente.

No era expectativa.

Era cálculo.

Si coincidía…

Cambiaba cosas.

Si no…

También.

—Además —añadió Clark—, lo que sea que hay en esa sangre…

Negó lentamente.

—No lo he visto antes.

Mara lo miró de reojo.

—¿Nada?

—Nada.

15… 14…

—¿Contaminación? —pregunté.

Clark dudó.

—Podría ser.

No sonó convencido.

10… 9…

Mara no apartaba la vista de la pantalla.

Yo tampoco.

6… 5…

El laboratorio parecía más silencioso de lo normal.

3… 2…

Clark se inclinó ligeramente hacia adelante.

1…

La barra se completó.

Y los tres miramos el resultado.

El monitor dejó de parpadear cuando el resultado se estabilizó.

38%.

No era un error visual. No era una lectura intermitente. Era un número fijo, sostenido, incómodo.

Miré a Mara. Mara me miró a mí. Ninguno dijo nada durante un par de segundos, como si ambos estuviéramos esperando que el sistema se corrigiera solo… o que bajara ese porcentaje a algo más lógico.

No lo hizo.

Clark, en cambio, ya estaba inclinado sobre la pantalla, ampliando secciones, comparando marcadores, arrastrando ventanas de análisis como si acabara de encontrar algo que llevaba horas buscando.

—Esto… —murmuró— esto no es normal.

—No —respondí—. No lo es.

Mara cruzó los brazos, acercándose un poco más.

—Las otras muestras dieron uno, dos por ciento… lo típico entre personas sin relación —dijo—. Esto no entra en ese rango.

Clark asintió sin apartar la vista.

—Exacto. Esto ya entra en territorio de parentesco. No cercano, pero… definitivamente no aleatorio.

Señaló una de las cadenas en la pantalla, ampliando una sección concreta.

—Miren esto —continuó—. Coincidencias parciales en varios loci. No suficientes para madre e hija… pero demasiado consistentes para ser coincidencia poblacional.

Me apoyé ligeramente en la mesa.

—Entonces dilo claro, Clark.

Él exhaló por la nariz.

—Lo más cercano que puedo decir… con estos datos… es que hay una relación genética distante. Algo como… tía y sobrina. O algún tipo de vínculo familiar en esa línea.

Mara ladeó un poco la cabeza.

—¿"Lo más cercano"? Eso no suena muy sólido.

Clark soltó una pequeña risa sin humor.

—Porque no lo es del todo. No con esta muestra.

Golpeó suavemente el teclado y abrió otra ventana.

—La sangre del hospital está contaminada, alterada… y no solo por factores externos. Lo que hay dentro de esa sangre… no debería estar ahí.

Lo miré.

—Explícate.

Clark se recargó un poco en la silla, como organizando las palabras.

—Cuando dije por teléfono que tenía compuestos extraños… no estaba exagerando. No es contaminación típica. No es tierra, ni químicos de limpieza, ni restos de combustión.

Señaló los datos.

—Hay estructuras… alteraciones… que no corresponden a ningún perfil hematológico estándar. No es una enfermedad. No es una infección. No es nada que yo haya visto antes en un paciente humano.

Mara alzó una ceja.

—Pero dijiste que era humano.

—Lo es —respondió de inmediato—. El ADN base es humano. Claramente humano. Pero… hay modificaciones.

El silencio se hizo más pesado.

—¿Modificaciones? —repetí.

Clark dudó apenas un segundo.

—No puedo afirmarlo como hecho todavía… pero se comporta como si hubiera sido alterado. Como si… algo hubiera cambiado la estructura original en ciertos puntos.

Mara soltó una exhalación corta.

—Eso suena a ciencia ficción.

Clark se encogió ligeramente de hombros.

—Sí. También lo pensé. Pero los datos no están preguntando si suena lógico.

Volvió a la pantalla principal donde seguía el 38%.

—Ahora, sobre esto… —continuó—. Ese porcentaje podría estar inflado por esas alteraciones. Si esa sangre fuera completamente normal… tal vez estaríamos viendo un quince, veinte por ciento.

—Que sigue siendo alto —dije.

—Correcto —asintió—. Lo suficiente para mantener la hipótesis de parentesco lejano.

Mara miró los resultados en silencio unos segundos más.

—Entonces descartamos completamente la gasa.

Clark ni siquiera dudó.

—La gasa es de un hombre. No tiene ninguna relación con esto. Ninguna. Es irrelevante.

Asentí lentamente.

—Y la familia Carter…

Clark cambió de ventana otra vez, mostrando el perfil.

—La muestra que trajeron corresponde a una mujer adulta. Coincide con lo que dijeron: probablemente la madre.

—Grace Carter… —murmuró Mara.

—Y la del hospital —continuó Clark— es otra mujer. Joven, por los marcadores biológicos aproximados.

Volví a mirar el número en pantalla.

Treinta y ocho por ciento.

—Entonces tenemos esto —dije—: una mujer herida en el hospital, con una sangre anómala… que comparte un porcentaje significativo de ADN con una mujer de la familia Carter.

Mara añadió, casi en automático:

—Y una prueba previa que salió negativa… porque usaron la muestra equivocada.

Clark asintió.

—Exacto.

El laboratorio quedó en silencio unos segundos, solo con el zumbido constante de los equipos.

Luego pregunté lo que realmente importaba.

—¿Qué tan confiable es ese 38%?

Clark se tomó un momento antes de responder.

—Suficientemente confiable como para no ignorarlo.

—¿Y lo suficientemente confiable como para afirmarlo?

Negó lentamente.

—No. No con esa sangre. Necesito una muestra limpia. Directa. Sin contaminación. Sin… lo que sea que tenga eso.

Mara se giró hacia mí.

—Eso significa que, si queremos confirmar algo…

—Tenemos que encontrar a la mujer del hospital —terminé.

Clark intervino, señalando otra vez los datos.

—Y rápido. Porque si esto es lo que parece… no estamos viendo solo un caso de intercambio de bebés.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Entonces qué estamos viendo?

Clark dudó, pero aun así habló:

—Algo que alguien intentó ocultar muy bien… y que no debería estar en la sangre de nadie.

Mara no apartó la vista de la pantalla mientras hablaba, como si estuviera armando la idea al mismo tiempo que volvía a leer los datos.

—Tal vez estamos complicándolo demasiado —dijo al fin, con ese tono suyo cuando empieza a probar hipótesis en voz alta—. Esa mujer del hospital… la de la sangre… puede que sí tenga una relación con Grace Carter. Lejana, como dijo Clark. Una sobrina, prima segunda, algo así.

No respondí de inmediato. La dejé continuar.

—Tal vez se conocen —añadió—. Tal vez siempre se han conocido. Y cuando salió todo lo de O'Connor… la familia Carter empezó a investigar, a remover cosas… y esta mujer decidió meterse.

Clark alzó la mirada, interesado.

—¿Meterse cómo?

Mara se encogió ligeramente de hombros.

—Por X o Y razón. No importa cuál exactamente. Puede ser por ayudar, por curiosidad, por… obsesión incluso. Si esa familia sospechaba que su hijo fue intercambiado, eso no es una noticia pequeña.

Apoyó una mano en la mesa, inclinándose un poco hacia el monitor.

—Imagínalo: alguien cercano a la familia escucha todo, ve el impacto, ve el dolor… y decide buscar respuestas por su cuenta.

—Y termina en el hospital —añadí.

—Exacto —asintió—. El lugar donde todo empezó. Donde estaban los archivos. Donde aún podía haber algo.

Clark hizo un pequeño gesto con la mano.

—Pero eso no explica la sangre.

—No completamente —admitió Mara—. Pero sí explica la presencia. No todos los que estaban ahí tenían que ser parte de la red o del atentado.

Me crucé de brazos.

—Entonces, según tú, no es la responsable de la explosión.

—No —respondió con firmeza—. No encaja con ese perfil. Lo dijimos desde el principio: quien puso esa bomba sabía exactamente lo que hacía. Esto es otra cosa.

—¿Una civil metiéndose donde no debía?

Mara negó ligeramente.

—No tan simple. Porque sobrevivió.

Ese detalle se quedó flotando.

Clark intervino:

—Y porque intentó borrar su sangre.

Mara asintió.

—Eso también. No es una persona completamente improvisada. Tal vez no es parte de una red… pero tampoco es ingenua.

Miré otra vez los datos.

—Entonces tenemos a alguien que: entra a un área restringida, sobrevive a una explosión, intenta eliminar rastros biológicos… y tiene un perfil genético anómalo.

Mara giró la cabeza hacia mí.

—Sí.

—Y tu teoría es que lo hizo por su "tía lejana".

—Es una posibilidad —respondió sin molestarse—. No la única.

Clark soltó una pequeña risa por lo bajo.

—Espero que no sea la única, porque se queda corta para explicar esto.

Señaló nuevamente la sección de los compuestos extraños.

—Esto no aparece porque alguien decidió ayudar a un familiar. Esto viene de otro lado.

Mara no discutió eso.

—Lo sé —dijo—. Pero una cosa no excluye la otra. Puede haber entrado por motivos personales… y aun así cargar con algo que no entendemos.

Me quedé en silencio unos segundos, procesando.

—Hay un problema con tu hipótesis —dije al final.

Mara arqueó ligeramente una ceja.

—¿Cuál?

—Asumes que la mujer sabe que tiene relación con los Carter.

Mara no respondió de inmediato.

—Si es una relación lejana —continué—, puede que ni siquiera lo sepa. No todas las familias mantienen ese tipo de conexiones.

Clark asintió.

—Tiene sentido.

Mara apoyó el peso en una pierna.

—Entonces cambia una cosa —dijo—. Tal vez no lo hace "por su tía".

La miré.

—Tal vez lo hace por sí misma.

El silencio volvió.

—Si esa mujer también fue afectada por O'Connor… —añadió—, aunque sea indirectamente… entonces tiene sus propios motivos para entrar ahí.

—Respuestas —murmuré.

—Exacto.

Clark chasqueó la lengua suavemente.

—Eso encaja mejor.

Mara continuó:

—Y si durante esa búsqueda descubre algo que la conecta con otra familia… como los Carter…

—Entonces todo se mezcla —terminé.

—Sí.

Miré otra vez el 38%.

Ya no se veía como un dato aislado.

Se veía como un punto de cruce.

—Aun así —dije—, esto no nos dice quién es.

—No —admitió Mara—. Pero sí nos dice dónde mirar.

—Familia Carter.

—Y su entorno.

Clark intervino una vez más:

—Y les sugiero que no pierdan de vista esto.

Golpeó suavemente la pantalla donde estaban los compuestos anómalos.

—Porque quienquiera que sea esa mujer… no es solo "alguien que se metió donde no debía".

Mara lo miró.

—¿Qué es entonces?

Clark negó lentamente.

—Eso… es justo lo que todavía no puedo decir.

No añadí nada.

Porque, en ese punto, ya no estábamos tratando solo con un caso de identidad.

Estábamos tratando con alguien que no encajaba… ni siquiera en su propia sangre.

****

Alice

La camilla crujió apenas cuando cambié un poco el peso de mi cuerpo, más por reflejo que por incomodidad. La luz blanca del consultorio caía directamente sobre mi costado, donde la doctora trabajaba con una precisión meticulosa, como si cada fragmento fuera una pieza delicada que no podía permitirse dejar atrás.

Sentí las pinzas entrar otra vez.

Presión.

Un tirón leve.

Y luego… ese pequeño sonido casi imperceptible cuando algo salía de la piel.

Dolía.

Claro que dolía.

Pero no dejé que se notara.

No tensé la mandíbula más de lo necesario, no cerré los ojos, no aparté la mirada. Solo respiré de forma controlada, lenta, midiendo cada inhalación como me habían enseñado hacía años, como si el dolor fuera solo otra variable que podía administrarse.

—…No estás haciendo ni una mueca —dijo la doctora de pronto, sin dejar de trabajar.

Su tono no era de juicio, sino de genuina sorpresa.

—Deberías al menos quejarte un poco —añadió—. Me haría sentir más normal.

Solté una pequeña exhalación por la nariz, casi una risa.

—Lo siento —respondí—. Intentaré gritar en la siguiente.

Ella soltó una risa breve.

—Te tomaré la palabra.

Volvió a concentrarse, inclinándose un poco más mientras introducía de nuevo las pinzas.

—En serio —continuó—, en cinco años no había tenido una paciente así. La mayoría ya me habría pedido anestesia adicional… o estaría apretando la camilla como si fuera a romperla.

—Supongo que soy especial —dije, con un deje apenas burlón.

—Oh, definitivamente —respondió—. Pero no en el sentido cómodo.

Sacó otro fragmento, lo dejó en la bandeja metálica, y luego tomó una gasa para limpiar la zona.

El frío del alcohol llegó unos segundos después.

Ese sí me hizo tensar ligeramente el abdomen, un reflejo involuntario que no pude ocultar del todo.

—Ahí está —dijo ella, notándolo—. Sabía que eras humana.

—Nunca dije que no lo fuera.

La doctora sonrió un poco, sin dejar de limpiar.

—Aun así… —murmuró—. Es una tolerancia al dolor bastante alta.

No respondí esta vez.

Solo dejé que terminara de revisar la herida, asegurándose de que no quedaran restos. Cambió los guantes con movimientos rápidos y precisos, los anteriores cayeron al bote con un sonido seco, y en cuestión de segundos ya tenía otros puestos.

Luego tomó la aguja.

El hilo colgaba ligeramente mientras lo ajustaba.

En ese momento, la puerta se abrió de nuevo.

Giré un poco la cabeza.

La directora.

Estaba aún con el teléfono en la mano, terminando una conversación en voz baja, dando indicaciones rápidas, probablemente a alguien que se había quedado a cargo en la feria. Su tono era controlado, profesional, pero su presencia llenó el espacio de inmediato.

Colgó.

Guardó el celular.

Y justo entonces, la doctora apoyó la punta de la aguja contra mi piel.

—Bien —dijo con calma—. Esto va a tirar un poco.

Asentí apenas.

La aguja entró.

Una presión más profunda, más localizada. No era como el vidrio. Era más… limpia. Más directa.

La doctora trabajaba con ritmo constante, pasando el hilo, ajustando, cerrando la herida con precisión.

—Un par de puntos aquí… —murmuró—. Y esto debería cicatrizar bien.

La escuchaba, pero no respondía. Me concentré en mantener el cuerpo relajado, en no reaccionar más de lo necesario mientras ella continuaba.

—Después revisaremos el brazo —añadió—. Pero eso parece menos profundo.

La directora se quedó a un lado, observando sin intervenir. Podía sentir su mirada, aunque no dijera nada.

La doctora terminó el último punto, cortó el hilo y limpió nuevamente la zona.

—Listo —dijo—. Eso fue lo peor.

Solté el aire lentamente, sin darme cuenta de que lo había estado conteniendo un poco más de lo habitual.

—Ahora el brazo —continuó.

Se movió hacia mi lado izquierdo, revisando con más rapidez, buscando fragmentos más pequeños.

—Esto será más sencillo —añadió—. Menos profundo.

Trabajó unos minutos más, retirando restos diminutos, limpiando, desinfectando. No necesitó sutura ahí, solo vendaje.

Cuando terminó, se quitó los guantes nuevamente y se giró hacia una bandeja donde había dejado algunos papeles.

—En unos minutos más llegarán los resultados —dijo, casi como un comentario rutinario.

Levanté la mirada.

—¿Qué resultados?

Ella respondió sin darle demasiada importancia.

—Análisis básicos. Sangre, principalmente. Es procedimiento estándar en este tipo de heridas.

Tomó una hoja, revisándola mientras hablaba.

—Cuando hay fragmentos de materiales externos, especialmente vidrio o metal, siempre existe la posibilidad de que haya habido contacto con sustancias que no deberían entrar al cuerpo.

Se giró un poco hacia mí.

—Aceites, residuos químicos, incluso contaminantes microscópicos. Nada fuera de lo común en accidentes… pero mejor descartarlo.

Asentí ligeramente.

—Así que solo es rutina —añadió—. Verificamos que no haya infección, ni reacción extraña, y listo.

No dije nada más.

La doctora comenzó a acomodar los instrumentos y se apartó lo suficiente para darme un poco de espacio. El aire en el consultorio se sentía más ligero ahora que el procedimiento había terminado, aunque el dolor seguía ahí, constante, punzante en el costado y más superficial en el brazo.

Ajusté la manta sobre mis hombros por inercia, más por mantener todo en su lugar que por otra cosa.

La directora dio un paso más cerca.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

Su voz era más suave que antes, pero seguía teniendo ese control característico.

La miré.

—Bien —respondí—. Duele… pero estoy bien.

Hice una pequeña pausa antes de añadir:

—¿Cómo están los alumnos?

La directora asintió ligeramente, como si hubiera esperado esa pregunta.

—La feria sigue en pie —dijo—. No se ha cancelado.

Se cruzó de brazos, apoyando el peso en una pierna mientras explicaba.

—Los profesores de cada área están revisando los proyectos nuevamente, sobre todo en las carreras técnicas. Ingeniería, mecánica, electrónica… están haciendo inspecciones rápidas para asegurarse de que no haya otra falla.

Asentí, escuchando con atención.

—¿Y los estudiantes del proyecto que falló?

—Están con el director de la preparatoria —respondió—. Y con varios profesores.

Su tono se mantuvo firme, pero sin dureza.

—Están revisando todo. Planos, cálculos, conexiones… cada parte del proyecto. Quieren entender qué salió mal.

—¿Los van a sancionar?

Negó con la cabeza.

—No.

Hubo una pequeña pausa.

—No fue negligencia evidente. Fue un error que nadie detectó a tiempo.

Miré hacia un punto fijo frente a mí, procesando eso.

—Es bueno —dije al final—. Un accidente así pudo haber pasado en cualquier otro lugar… con más gente… con peores consecuencias.

Volví a mirarla.

—No es culpa de ellos.

La directora asintió.

—Exactamente.

El silencio duró un par de segundos.

Luego noté el pequeño cambio.

Su mano se cerró un poco más alrededor del celular.

Su mirada bajó.

No hacia mi rostro.

Hacia mi hombro.

Y luego… hacia mi costado, apenas visible bajo la manta.

—Alice… —dijo.

Su tono cambió. Más bajo.

—¿Qué son esas cicatrices?

El movimiento fue automático.

Ajusté la manta, cubriéndome más, casi sin pensarlo.

No fue incomodidad.

Fue reflejo.

—Son viejas —respondí—. De hace años.

La directora no apartó la mirada.

Esperaba más.

Suspiré suavemente.

—Cuando era niña… me accidentaba mucho —añadí—. Era torpe.

Dejé que una pequeña sonrisa ligera acompañara la frase, restándole peso.

—Y bueno… después… algunos trabajos que tuve tampoco ayudaron mucho.

La directora frunció apenas el ceño.

—¿Trabajos?

Me encogí ligeramente de hombros.

—Nada fuera de lo común. Solo… situaciones donde uno termina con algún golpe o corte.

No era una mentira completa.

Solo… incompleta.

Ella guardó silencio un momento más, como evaluando la respuesta.

Luego preguntó:

—¿En el orfanato…?

Su voz fue más cuidadosa esta vez.

—¿Alguien te hizo daño?

La miré directamente.

—No.

Respondí sin dudar.

—Nos regañaban, claro. Como en cualquier lugar con niños.

Hice una pequeña pausa.

—Pero nunca nos golpearon.

Sostuve su mirada.

—Y nunca pasamos hambre.

La directora pareció relajarse apenas.

No del todo.

Pero lo suficiente para no insistir de inmediato.

El silencio volvió a instalarse entre nosotras, acompañado por el leve sonido de la doctora moviéndose al fondo del consultorio, revisando papeles y preparando lo siguiente.

Me acomodé un poco mejor en la camilla, sintiendo el tirón leve de los puntos en el costado.

—¿Cuánto tiempo tendré que estar aquí? —pregunté, cambiando el enfoque.

La doctora respondió desde su lugar:

—Depende de los resultados. Si todo está bien, no mucho. Solo observación breve y recomendaciones.

Asentí.

La directora guardó el celular en su bolsillo con un movimiento lento, como si ya hubiera tomado una decisión antes de decirla.

—Voy a darte el resto de la semana libre —dijo finalmente—. Y más tiempo si es necesario.

Parpadeé una vez.

—No es necesario —respondí casi de inmediato—. Son heridas menores. Puedo trabajar.

No era una respuesta impulsiva. Era automática. Natural.

La doctora dejó lo que estaba haciendo y giró ligeramente hacia nosotras, con una expresión que no era exactamente de desacuerdo… pero sí lo suficientemente firme como para intervenir.

—No lo recomiendo —dijo.

Su tono fue claro, sin rodeos.

—Para nada.

Fruncí apenas el ceño, mirándola.

Ella se acercó un poco, apoyándose con ligereza en la mesa auxiliar.

—Entiendo que quieras volver a tu rutina —continuó—. Pero tu trabajo no es precisamente… estático.

Hizo un pequeño gesto con la mano, enumerando.

—Te agachas, te giras constantemente, caminas de un lado a otro… levantas los brazos para escribir, alcanzas cosas, te inclinas sobre los escritorios.

Señaló, con cuidado, hacia mi costado vendado.

—Todo eso implica movimiento del torso.

Luego al brazo.

—Y del brazo.

Tomó una pequeña pausa antes de añadir:

—Las suturas necesitan estabilidad. Y aunque no lo sientas como algo grave… tu cuerpo sí está trabajando para recuperarse.

Respiré un poco más lento, escuchándola.

—Podrías abrir los puntos —continuó—. O irritar la herida. O retrasar la cicatrización.

La directora asintió ligeramente, respaldando lo que decía.

—Es mejor prevenir.

La doctora volvió a mirar sus notas, pero siguió hablando.

—Si fuera mi decisión… te diría que te quedes en casa. Descansando. Acostada la mayor parte del tiempo.

Alcé una ceja.

—¿Todo el día?

—Idealmente —respondió—. Dormir ayuda mucho más de lo que la gente cree.

No pude evitar una pequeña exhalación, casi una risa sin humor.

—No soy muy buena en eso.

—Pues es buen momento para practicar —replicó ella con una leve sonrisa.

La directora intervino de nuevo.

—No es una sugerencia, Alice.

La miré.

Su tono no era duro, pero sí definitivo.

—Es una indicación —añadió—. Tómate los días.

Apreté ligeramente los labios.

—Dependerá también de los resultados —añadió la doctora, suavizando un poco—. Si todo sale limpio, será solo reposo y cuidado básico.

Señaló los vendajes.

—Si encontramos algo… entonces sí necesitaríamos ser más estrictos.

Asentí lentamente.

No porque estuviera convencida.

Sino porque entendía que insistir más en ese momento no iba a cambiar nada.

—Está bien —dije al final—. Veremos qué dicen los resultados.

La directora sostuvo mi mirada un segundo más, como asegurándose de que no iba a discutirlo de nuevo.

Luego relajó un poco los hombros.

—Bien.

El consultorio volvió a quedarse en un silencio más tranquilo, interrumpido solo por el sonido de papeles y pasos suaves.

Me recosté un poco más contra la camilla, sintiendo el peso del cuerpo acomodarse, el dolor presente pero más contenido.

No había nada inmediato que hacer.

Solo esperar.

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