La noche se había tragado el bosque cuando Jherka cruzó el umbral de la choza. El aire dentro era denso, cargado de un olor extraño: hierbas quemadas, ozono y algo metálico que su traje identificó inmediatamente como energía residual. La luz verde del fuego interior parpadeaba en las paredes de madera retorcida, proyectando sombras que parecían moverse por cuenta propia.
Este lugar es un caos... no se parece en nada a los demás —pensó, deteniéndose un instante en el dintel para escanear el entorno con los sensores del casco—. ¿Dónde está esa fuente de poder?
Estanterías abarrotadas de frascos opacos, pergaminos enrollados colgando como telarañas, y en el centro, desafiando toda lógica física, un caldero de hierro negro flotaba a medio metro del suelo. Debajo ardía un fuego verde que no consumía nada visible. Jherka se acercó con cautela, el brillo púrpura del líquido burbujeante reflejándose en su visor.
—Guau... definitivamente, tomaré posesión de todo su poder —murmuró, casi impresionado—. Jeje, me ahorro la molestia de hacer todo. ¿Qué es eso que brilla como una estrella?
Su mirada se posó en un objeto en un estante: un cofre pequeño de madera oscura con runas grabadas que pulsaban con luz tenue. Extendió la mano, atraído por la energía que emanaba de él. Al sostenerlo, notó la resistencia del diminuto objeto; forcejeó con ambas manos para descubrir sus secretos. Una pequeña chispa eléctrica saltó y lo hizo retroceder un paso.
De pronto, muchos de los frascos comenzaron a brillar simultáneamente, llenando la choza de un resplandor multicolor.
Jherka quedó impactado y asombrado.
—Cambie de decisión... me llevaré todo. Y después me devoraré a esta mujer.
Mientras tanto, fuera, Thamara forcejeaba contra las lianas que Jherka había usado para atarla y amordazarla. La desesperación la consumía: no solo temía que la delatara o robara sus pertenencias, sino que la asesinara después de todo.
—¡Maldita sea! —intentó gritar con la liana en la boca, el sonido amortiguado y rabioso—. Lo haré pagar por esta humillación... No puedo hacer un hechizo con esto aquí... tendré que masticarla.
Con ferocidad abrió la boca y mordió la liana espinosa. Un latigazo de dolor la hizo detenerse; cortes frescos llenaron su boca de sabor metálico y sangre caliente. Pero la rabia era más fuerte que el sufrimiento. Volvió a morder con toda su fuerza, rompiendo la mordaza fibra por fibra.
Se liberó de la boca, escupiendo sangre y restos vegetales. Con las pocas fuerzas que le quedaban, alzó las manos temblorosas y murmuró un contrahechizo silencioso. Una luz tenue recorrió las lianas, que obedecieron y se aflojaron hasta caer inertes.
Thamara se arrodilló un instante, jadeando de furia y agotamiento, la boca sangrante y los ojos brillando con odio puro. Luego se levantó, tambaleante pero decidida.
Ahora iba por él. En un salto lleno de ira, Thamara corrió hacia la puerta y la abrió de un golpe seco. Ante su preocupación, lo vio: el extraño tocando sus cosas, pero su mirada se clavó en el cofre ya en las manos de él.
—¡¡¡Oye, suelta eso!!! —gritó, alzando las manos.
Jherka volteó la cabeza en un gesto rápido, su mirada perdida al verla de pie nuevamente.
—Imposible... ¿cómo se liberó tan rápido? —manifestó, viéndola frente a la entrada—. Oh, ya veo... usó su boca para zafarse. Qué lista.
Frente a frente alzaron miradas desafiantes. Ella abrió las manos, manifestando de nuevo esa energía azulada; él apretó el puño derecho con intención de matar. El aire se cargó de tensión, esperando el primer ataque.
Pero en un giro inesperado, Jherka lanzó un frasco de un estante directo a sus pies. El vidrio estalló en una nube de polvo brillante, haciéndola cubrirse instintivamente. En ese instante, él saltó hacia la ventana, rompiendo el cristal con el hombro. El cofre quedó aferrado a su pecho.
Pero antes de tocar el suelo, lianas surgieron del exterior como látigos vivos y se enroscaron en sus tobillos.
—¡Pero qué! —gruñó al voltear.
Thamara tiró con fuerza brutal. Jherka fue arrastrado hacia atrás y estrellado de espaldas contra el suelo; el impacto le sacó el aire y soltó el cofre. Ella no se detuvo: lo azotó una y otra vez sin piedad, el cuerpo de Jherka rebotando contra la tierra y rocas. El traje absorbió cada golpe, crujiendo pero resistiendo.
En el aire, Jherka sacó un gran cuchillo de su cinturón y rebanó una de las lianas. Pero Thamara, al darse cuenta, lo sacudió como un estropajo, dificultándole acertar el segundo corte. Otra liana lo sujetó desde el cuello y lo levantó 15 metros sobre el suelo.
Lo último que vio fue el horizonte nocturno bajo un cielo estrellado. Un pequeño suspiro escapó. Cerró los ojos y cayó en seco hacia la tierra.
El impacto levantó una nube de polvo y rocas, excavando un pequeño cráter. No fue suficiente para matarlo. Desde el hoyo, levantó una mano temblorosa, luego la otra. Todo el mundo giraba a su alrededor.
—Ay... ¿qué pasó? —murmuró mareado—. ¿Dónde está esa hembra?
Thamara se abalanzó desde atrás. De su mano invocó un polvo brillante de tonalidad verde. Jherka volteó lentamente; ella sopló el polvo directo a su casco, nublándole la visión con un velo esmeralda que picaba como ácido.
Para rematar, transmutó una liana en una vara de madera robusta.
Paff.
El golpe seco resonó como un trueno en la choza. Jherka se desplomó, inconsciente.
Cuando despertó, era de noche. Estaba encadenado a una viga en el interior de la choza, con grilletes mágicos que emitían un brillo débil y un hechizo paralizante que le entumecía los músculos como un veneno frío.
—Bay-ohma, análisis de datos —murmuró con voz baja y floja—. ¿Qué cosa tienen estas cadenas que dificulta mi movilidad?
—Guarda silencio, imbécil —dijo Thamara desde un rincón, sentada en un taburete con los brazos cruzados.
Jherka la miró con ojos entrecerrados, amenazantes. Se agitó, probando las cadenas.
—¡Tú! ¿Cómo osas encadenarme? —ordenó con una voz profunda y metálica.
—Jaja, haz lo que puedas —dijo ella con confianza—. Es imposible que te libres de esas cadenas. Además, te puse un hechizo que te paraliza. No vas a mover ni un dedo sin mi permiso.
Jherka pensó: Sabía que no debía confiarme tanto...
Pero en silencio, activó las cuchillas retráctiles de su traje. El filo zumbó quedamente, empezando a cortar las cadenas con precisión quirúrgica. Para distraerla, decidió hablar.
—Ahora, sin rodeos... dime: ¿te enviaron a cazarme o a tomar mis cosas? —preguntó Thamara, con voz temblorosa de ira contenida.
—Héroe... jeje —rió Jherka—. Ay, creí que este mundo podría ser más civilizado, pero no. En fin, sí... me enviaron a que te cace. (Mentira.)
—¿Y esa fue la razón por la que te acercaste a espiar mi choza?
—Se puede decir que fue inesperado.
—Mientes —replicó ella—. Verificaste que yo estaba aquí, para después avisar a los demás de este lugar y cazarme.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando? Vi lo que hacías, hasta que me distraje y me atacaste.
—Lo hice por defensa —dijo Thamara—. Contra los falsos héroes... pero me las pagarán. No te preocupes... yo les borro la memoria para que no sepan de este lugar.
¿Qué cosa dijo? pensó Jherka. ¿No es mejor que los mataras en vez de borrarles la memoria?
—Jaja, eres rara. ¿Lo sabías?
—Cierra la boca. Haré que pagues por tal vergüenza que me hiciste, pervertido —recriminó con una cara sonrojada y molesta—. Nunca viví una experiencia tan vulgar... ya no podré casarme.
De pronto, un pequeño sonido desde el casco llamó su atención: Bay-ohma se reactivaba con un pitido suave.
—Señor, las cuchillas ya terminaron el trabajo. Es momento de que termine de una vez con ella.
—Esa es una buena noticia —murmuró Jherka entre dientes—. Ahora solo debo esperar.
—Hey, debo admitir que tu hogar está muy decorado, en especial las cosas que tienes.
—Esas cosas no son tuyas.
—Oye, relájate un poco. Solo me gusta curiosear y estudiar. Además... ¿esa cosa que está allá por qué flota si no tiene nada que lo sujete?
—Ese es un caldero —explicó ella, con un deje de orgullo—. ¿Acaso nunca viste uno? Uso magia para hacerlo flotar e invocar ingredientes para hacer pociones.
Ya comprendo... no era el recipiente quien le da sus poderes. Es ella quien los controla —discurría Jherka, fingiendo sorpresa genuina.
En ese momento, Jherka se liberaría en cualquier instante, pero la bruja estaba muy cerca de él y lo vigilaba permanentemente.
Mierda, esta mujer sí que me tiene en la mira. Tengo que distraerla más para soltarme. No puedo creer que diré esto...
Mierda, esta mujer sí que me tiene en la mira. Tengo que distraerla más para soltarme. No puedo creer que diré esto...
—Oye... me disculpo por la manera en que me comporté.
—SÍ, ajá. Muchos me lo han dicho.
—No confías mucho en los humanos, ¿verdad? Sin contar que después les borras la memoria.
—Es correcto —respondió ella con incredulidad.
—Además... me impresionó, no. La manera en que me capturaste. Lo tenías bien planeado y estratégico... para una chica hermosa como tú.
Thamara se sonrojó levemente, pero lo ocultó con furia.
—Imbécil.
—En serio te digo la verdad. Eres alguien especial.
Ella se acercó furiosa, mirándolo fijamente, estudiando su armadura mientras él giraba lentamente el cuerpo para que no viera las cuchillas terminando su trabajo.
—Hey... ¿se te perdió algo?
—No exactamente. Solo observo a mi invitado.
—Te noto indecisa en preguntarme algo.
Ella quedó con una cara de impresión.
—¿Cómo supiste que diría eso?
—Ya estuve acostumbrado a este estilo de interrogaciones —dijo Jherka con calma.
—Ajá... te puedo decir algo.
—¿Qué cosa?
—Tú no te pareces a uno de los héroes.
Fin del capitulo.
