Cherreads

Chapter 1 - Propósito.

El páramo se extendía hasta donde alcanzaba la luz. En el centro, los cadáveres de cientos de monstruos se apilaban unos sobre otros, como estanterías uniformes.

En medio de todo ese caos, un hombre descansaba sobre uno de aquellos seres, usando los restos de su cuerpo como un cómodo asiento improvisado.

Mantenía la mirada fija en el suelo, quizás pensando en algo que no lograba desenterrar por más que intentara.

Tras un momento, ladeó la cabeza y soltó un suspiro pesado. No recordaba qué estaba buscando.

Cerró los ojos y echó su cuerpo hacia atrás, dejando su piel desnuda hundirse lentamente en la viscosa masa oscura de la criatura.

La tranquilidad no duró mucho, pequeñas vibraciones sacudieron el lugar.

«Otra vez…», pensó, torciendo su rostro en una mueca de disgusto.

Estiró el brazo con calma y tomó la espada incrustada a un lado suyo.

Al incorporarse, pequeños filamentos sobresalieron de su espalda, cayendo al suelo cuando empezó a caminar.

No levantó la espada, dejó que la hoja raspara la superficie mientras andaba.

Las vibraciones se intensificaron y el suelo tembló. Los monstruos amontonados colapsaron a su alrededor, chocando entre sí y manchando aún más el terreno con la misma sustancia desagradable.

El hombre no se inmutó, mantuvo un ritmo tranquilo. Tampoco se esforzó por esquivar, siguió avanzando con una expresión de serenidad dibujada en el rostro.

Al salir, la suciedad lo bañaba de pies a cabeza. Pequeños bultos emergieron de las zonas más afectadas, y se esparcieron como raíces por todo su cuerpo.

—Qué asqueroso —murmuró, observando cómo su tonalidad de piel cambiaba y se dilataba—. Todavía no me acostumbro…

No gritó, tampoco entró en pánico. Se quedó parado en el mismo sitio. Ya no necesitaba caminar.

Ellos ya estaban aquí.

Lejos, un pequeño resplandor púrpura rasgó la oscuridad del exterior. Luego otro, y otro, y otro, y otro…

Los temblores se detuvieron, la iluminación comenzó a desvanecerse y los cadáveres se estremecieron, como si estuvieran respondiendo a algún llamado.

El rostro del hombre finalmente cambió, su indiferencia se transformó en una seriedad indescriptible.

Levantó el arma con ambas manos, la punta de la espada apuntando hacia arriba.

¡Grrrr!

Un gruñido resonó de entre la penumbra. Después, pasos. Cientos de ellos.

La hoja de la espada brilló con intensidad, dispersando la oscuridad y revelando lo que se ocultaba en ella.

Monstruos.

No tenían apariencias, mucho menos alguna figura definida.

Sus formas físicas eran capas de masas oscuras cubiertas por una piel espesa y palpitante. Debajo de esa superficie, estructuras deformes se retorcían sin parar: tejidos incompletos, extremidades mal formadas y miembros apenas funcionales que se unían unos con otros para arrastrarse hacia adelante.

Lo más destacado eran los extraños puntos en el centro de cada individuo. Desde ellos, un destello púrpura se extendía como venas a través de toda esa masa oscura, recorriendo cada cuerpo con pulsaciones repulsivas.

El hombre no dudó. Flexionó las piernas y se lanzó hacia adelante, acortando la distancia con una fuerte zancada.

Su cuerpo resplandeció a la par con su arma. Ajustó el agarre y soltó un tajo horizontal devastador contra el primer monstruo que se le interpuso.

La hoja se sumergió en la aberración, cortando cada capa con facilidad, hasta que se detuvo en el centro.

El monstruo se ensanchó, aumentando el tamaño. El resplandor púrpura se marchitó lentamente. Luego, destellos blanquecinos usurparon su organismo, estallando casi al instante.

—Uno menos —exclamó, limpiándose el líquido del rostro—. ¿Quién es el siguiente?

***

Los pasos resonaban con pesadez.

El hombre caminaba con la tranquilidad de siempre, cada paso que daba era automático, sin ningún rumbo en específico.

Cassian. Un nombre.

Uno que él mismo decidió otorgarse.

Fue simple y sencillo, no faltó tanta complejidad, solo soledad y tiempo para pensar en uno.

Aún así…

«¿Qué es un nombre?»

La pregunta llegó, pero sin respuesta. Como todas las que se había hecho desde que tenía conciencia.

De hecho, no tenía una para seguir con vida.

La única razón de su existencia provenía de un extraño sentimiento sepultado en lo más profundo de su mente. Un lugar que, por más que intentara, jamás logró alcanzar.

Cassian se detuvo en seco.

Levantó el brazo, aún sujetando con firmeza la espada.

La hoja del arma se mantenía intacta, como si recién hubiera sido fabricada. El brillo se había esfumado, solo quedando el metal con el que fue forjada la cuchilla.

De hecho, era el único objeto que podía deslumbrar entre toda la oscuridad.

Lastimosamente no podía verse a sí mismo, ni siquiera la hoja le devolvía su reflejo.

¿Acaso existía?

La miró un momento, esperando algo.

No ocurrió nada…

En un movimiento rápido, llevó la espada a su cuello. El filo del arma rozó su garganta.

¿Morir lo cambiaría todo?

Apretó el mango con fuerza, pero no importaba cuánto intentara, no logró su cometido.

—¡Mierda!

Cassian apretó los dientes y estampó la espada contra el suelo.

Alzó el pie y lo dejó caer con rapidez, pero se detuvo a escasos centímetros.

Detenerse no fue decisión suya.

Abrió los ojos y saltó hacia atrás, su instinto se desbordó como un río en plena lluvia.

El resplandor volvió a envolver la espada, pero esta vez era diferente.

El color blanquecino se apagó con lentitud y, a su vez, el negro comenzó a consumirlo desde la punta hasta la empuñadura.

Cassian no tuvo tiempo de reaccionar.

El lugar entero se sumió en un intenso terremoto.

Clavó los pies en el suelo, intentando no perder el equilibrio.

La atmósfera cambió.

Bueno, empeoró.

El aire se le escapó de los pulmones y respirar se volvió un desafío.

«Qué… ¡¿qué está pasando?!», intentó hablar, pero las cuerdas vocales no le respondieron.

Arriba.

La presencia de un ser descendió sobre él como un meteorito.

El cuello de Cassian casi se rompe al elevar la cabeza.

En lo alto, un ojo, más grande que cualquier cosa que hubiera visto, lo miraba como si fuera un trofeo. Uno que anhelaba.

Su pupila violeta con matices negras se dilató y retorció sin parar.

Cassian retrocedió un paso.

El sudor le escurría por la frente, las manos le temblaban y las piernas comenzaban a fallarle por primera vez.

El cielo, antes oscuro, se destruyó como si fuera de cristal. Dos brazos enormes emergieron del hueco, luego… una cabeza.

Cassian no logró distinguirla. La vista se le tiñó de un color carmesí. Sangre escurría de sus ojos, nariz y oídos.

El suelo bajo él se partió por la mitad.

Cassian cayó, desapareciendo entre la oscuridad.

En el descenso, el cerebro de Cassian finalmente recobró el sentido y obligó a su cuerpo a actuar.

Sus brazos se movieron de un lado a otro, buscando algo de lo que sostenerse.

Entonces, un brillo…

Un rayo de esperanza entre la negrura.

La espada resplandeció nuevamente, un brillo tenue, casi leve, pero suficiente.

Cassian estiró el brazo todo lo que pudo, el arma caía no muy lejos suyo.

Unos segundos de impotencia pasaron, hasta que finalmente consiguió su objetivo.

Al tomarla, una corriente eléctrica recorrió su columna vertebral.

Su brazo se movió por instinto.

Sin que él se percatara, la espada atravesó su estómago.

Cassian se quedó quieto, sin saber cómo reaccionar. El dolor que siguió fue abrumador, su cuerpo se iluminó, desprendiéndose en pequeñas partículas blancas.

Empezó a desaparecer.

Su mente estaba en blanco, intentaba recomponerse, recuperar el control, pero le resultaba imposible.

Algo se lo impedía.

Bajó la vista, observando la empuñadura del arma que lo atravesaba.

«¡¿Acaso esta cosa tiene que ver con esto?!», pensó con desesperación.

¡ROOOAR!

Un ruido ensordecedor resonó por la estrecha fisura, sacándolo de sus pensamientos.

Levantó todo lo que pudo la cabeza.

Lo vio.

Una mano, tan grande como la grieta, venía hacia su dirección con una velocidad alarmante.

Cassian cerró los ojos con fuerza.

Milisegundos pasaron y la mano lo traspasó como si fuera intangible.

Confundido, abrió los ojos lentamente y bajó la mirada.

Su cuerpo se había desvanecido casi por completo.

La espada, antes incrustada en su abdomen, había desaparecido.

Su vista comenzó a difuminarse, y la conciencia se le apagó poco a poco. Antes de perder la noción, un sonido cruzó sus oídos.

—¡Te encontré! ¡Te encontré! ¡No vas a escapar!

El grito del gigante retumbó entre las paredes.

«¿Encontrar qué? ¿Se refiere a mí?».

El pensamiento sacudió lo poco que quedaba de su mente, pero no duró mucho.

Ya no le quedaba tiempo.

Su cabeza no tardó en desaparecer en partículas y, finalmente, pudo disfrutar de un descanso.

Uno que tenía merecido.

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