Capítulo 12: El Mariscal.
—No... no te preocupes, no hay nada malo en él —dijo Rose con una sonrisa forzada.
Mientras exteriorizaba esas palabras, Rose gritaba mentalmente a todo pulmón contra ese maldito continente y la francamente obscena cantidad de problemas que había traído a su vida. Por supuesto, Desmos se estaba carcajeando abiertamente de la difícil situación de su mejor amigo.
Hizo la nota mental de preguntarle a Han si aceptaría un aumento a cambio de enseñarle a leer a Mina. De paso, le preguntaría si conocía a otras personas que supieran leer y escribir. ¡Demonios, a estas alturas se conformaría con que supieran contar hasta diez!
—¿Qué dice? —preguntó Mina, pasándole el contrato a Rose para que lo revisara.
—Básicamente, tienes un día libre a la semana, una jornada de ocho horas, y como yo cubro tu comida y alojamiento, tu salario es de cien monedas al mes —respondió Rose, sintiendo en ese instante que estaba olvidando algo realmente importante.
Mina se quedó boquiabierta, mirándolo. En serio, no esperaba ganar una cantidad comparable a la de los administradores mejor pagados de los reinos más prósperos.
—Señor Rose, eso es un despilfarro. Para alguien como yo, cien monedas de cobre al mes es demasiado —protestó.
—¿Cómo dices? —preguntó Rose, completamente desconcertado.
[¡Mierda, esto es como Alemania con el Sacro Imperio Romano Germánico! ¡Este maldito continente tiene monedas de centavos!] se lamentó Desmos. Qin había detestado esa campaña; la descentralización de los reinos era tal que les había tomado literalmente años llegar a Berlín.
—¡¿Cómo que hay monedas de cobre?! —gritó Rose, sosteniendo su lanza delante de su cara—. ¿Por qué no me lo dijiste, lanza inútil?
Zarandeó la lanza, aunque de poco o nada serviría: Desmos era solo un pedazo de metal autoconsciente; literalmente, no sentía dolor.
[Si tú que tienes ojos no lo sabías, ¿cómo quieres que lo sepa yo, idiota?], replicó la lanza.
—Señor, ¿está usted bien? —preguntó Mina, algo asustada. Después de todo, su nuevo jefe le estaba... literalmente gritando a su lanza como si esta pudiera contestarle.
Al mismo tiempo, a las afueras de la ciudad, un hombre corpulento, ataviado con ropas idénticas a las del joven príncipe Rose, cruzó el umbral. Iba acompañado por su esposa e hija, y escoltado por diez de sus mejores hombres.
Este individuo era uno de los soldados más destacados del ejército imperial, un antiguo general del ejército napoleónico y estratega de las mayores campañas de caballería que la historia haya conocido. El propio emperador lo consideraba un hombre de total confianza, ya que siempre podía contar con que su "maldito pavorreal sobre un corcel imperial" levantaría la moral de sus tropas al verlo cabalgar siempre al frente, como un auténtico caballero blanco.
Se trataba de nada menos que Joachim Murat, el mariscal inigualable según él y sus hombres. Exactamente seis meses antes, un mes después de que el joven Príncipe Heredero Rose fuera enviado a las Badlands para completar la unificación del magnífico Imperio del Sol Naciente, el Emperador en persona llamó a Murat, quien le había jurado lealtad inquebrantable. En resumen, el gran Emperador Qin, actuando como una "mamá gallina", solo aguantó un mes antes de enviar a su mejor mariscal a "cuidar el lindo trasero de su bebé", según la cita textual del propio hombre.
Por supuesto, seguir su rastro había sido bastante sencillo. Solo tuvo que seguir los rumores sobre un joven de piel pálida y ojos de plata que a menudo le hablaba a una lanza. Finalmente, llegaron a la que sin duda era la ciudad más descuidada y tristemente destrozada que el gran mariscal había visto en su vida, y eso que había presenciado unas cuantas durante las campañas de Cartago y África Central.
—Disculpe… ¿puedo preguntar quiénes son ustedes y a qué han venido a nuestra humilde ciudad? —preguntó el anciano Señor Han, quien, como siempre, se había levantado temprano para comenzar su día. Esta vez, sin embargo, se dirigía directamente a trabajar en el palacio, donde ayudaría a su señor a cuadrar los libros de cuentas. Fue entonces cuando, de repente, vio entrar a diez hombres vestidos con uniformes militares, montando corceles más grandes que un toro, seguidos por tres personas con vestimentas exquisitas.
—En efecto, mi estimado caballero, puede preguntar —respondió el mariscal con la sonrisa ladina que lo caracterizaba y su perfecta labia al hablar—. Soy el mariscal Murat, del Imperio del Sol Naciente. El glorioso Gran Emperador Qin nos ha enviado a mi familia y a mis hombres de más confianza para fungir como el apoyo militar de nuestro joven príncipe. ¿Sabrá por casualidad dónde puedo encontrarlo? —explicó con un tono que denotaba respeto. Después de todo, si Rose estaba allí, significaba que el chico había hecho algo, y lo más prudente era mostrar consideración hacia los ciudadanos del imperio, pues fue por ellos que sacrificó una parte de su rostro en el Sultanato de Egipto.
(N/A: Gracias a Davitxenco por la información sobre Murat.)
La declaración dejó completamente desconcertado al señor Han. Por supuesto, conocía las historias de los grandes hombres y mujeres del imperio del sol naciente, aunque en su mayoría se consideraban meras leyendas, cuentos de hadas para dar esperanza a los más pequeños. Sin embargo, ahora que el príncipe Rose estaba allí y los declaraba oficialmente parte del imperio del sol naciente, esas historias cobraban una fuerza inusitada.
Aun así, la idea de que el inigualable mariscal pudiera estar en su humilde ciudad era algo que el señor Han, sinceramente, no podía creer.
El inigualable mariscal era célebre por sus cargas inverosímiles, casi suicidas, de las que siempre salía ileso o con heridas leves, lo que le valió el apodo de "Murat el inmortal".
El mariscal carraspeó, capturando la atención del anciano una vez más. —Caballero —dijo con un tono ahora ligeramente más brusco, aunque no dirigido al señor Han—, hemos viajado desde más allá del mar. Mi familia y mis hombres agradecerían poder descansar y, además, necesito reunirme con mi joven príncipe para prepararnos para la Fiesta de los Ladrones.
Durante el trayecto desde la costa hasta la ciudad de Sedena, él y sus hombres habían oído hablar de este evento que se celebraba cada otoño, coincidiendo con la cosecha. Si sus cálculos eran correctos, faltaban poco más de quince días para la misma. Aunque estaba seguro de que el príncipe ya habría hecho preparativos, no cabía duda de que su ojo experto sería de gran utilidad.
El señor Han se limitó a asentir, permitiendo la entrada a la ciudad al mariscal y sus hombres. Al cruzar las puertas, la comitiva notó que el deterioro de la ciudad era aún más evidente de cerca que desde las murallas. A pesar de esto, la gente mostraba un ánimo notablemente alto, lo que contrastaba fuertemente con otros lugares que habían atravesado, muchos de los cuales eran prácticamente pueblos fantasma o guaridas de ladrones, razón por la cual el mariscal había decidido no exponer a su familia a esos riesgos.
—Su ciudad es… sin duda diferente —comentó con un cumplido bastante ambiguo, lo que le valió un codazo en las costillas por parte de su esposa. Ambos sabían que Badlands fue ignorado en su mayoría durante las campañas de las guerras de unificación, precisamente porque era el más débil de los ahora nueve grandes continentes.
El señor no se sintió ofendido en absoluto; de hecho, fue todo lo contrario. En ese momento, la calle estaba más concurrida que nunca, la gente se mostraba esperanzada y, por primera vez, sentían que tenían un futuro que realmente valía la pena vivir.
—Nuestro joven príncipe ha anulado todos los impuestos abusivos y nos aseguró que solo pagaremos los diez impuestos aprobados por el gran emperador —exclamó el señor Han con una sonrisa que iluminó su rostro por completo.
—En realidad, anulamos uno hace unos meses —dijo la joven hija del mariscal y princesa de Nápoles. Aunque ni ella ni su padre asistieron a la reunión, ya que se encontraban en el Providence, el buque de guerra que los trajo a las Tierras Baldías, sí participaron por medio de videollamada. El emperador consideró que el ISR era, básicamente, una forma de esclavitud, al ser un impuesto a los trabajadores por trabajar, por lo que, con la brutalidad que lo caracterizaba, lo anuló completamente. Es comprensible que el príncipe no estuviera al tanto, ya que lleva mucho más tiempo en las Tierras Baldías.
—Veo que al menos nuestro joven príncipe ha sido capaz de levantarles el espíritu —comentó Murat, quien tenía poco más que decir sobre el pueblo ¡Maldita sea! De haber sabido que se encontraron con un pueblo fantasma, habría traído ingenieros además de soldados. —¿Podemos pasar ya?
Fin del Capitulo,
