El estruendo vitral resonó como un trueno hecho añicos, y el palacio se sumió en pandemónium de gritos y crujidos de madera. El pánico era un animal salvaje que se abría paso entre los nobles, arrastrándolos hacia cualquier salida, lejos de la colosal sombra que se alzaba más allá de los jardines.
Donovan, sin embargo, permaneció inmóvil por un instante, su cuerpo paralizado no por el frío del miedo, sino por el calor que hervía bajo su piel. No era el control de un guerrero, sino la agonía de un cuerpo que luchaba contra una fuerza abrumadora. Las palabras de su padre resonaron en su mente: "Es una jaula de oro, ¿entiendes? " Si, ahora entendía. Era una jaula, y él era el animal atrapado, aterrorizado por su propia furia incontrolable.
"¡Donovan, por todos los cielos, sal de aquí!" , la voz ronca de Aldric lo sacudió. El Rey, ya no vestido con la copa real, sino con la urgencia de un padre, interrumpió a su lado, espada en mano. El acero reflejaba las llamas lejanas de los jardines, donde las criaturas ya habían penetrado las primeras defensas.
"Padre... ¿qué es eso?", la voz de Donovan eran un hilo, apenas un susurro. Sus ojos, fijos en la inmensa criatura que se acercaba al palacio, reflejaban un horror puro. Era una abominación de piel coriácea y apéndices retorcidos, como raíces muertas que se arrastraban, con una aura nauceabunda que quemaba las fosas nasales. De su pecho informe surgía un zumbido bajo, como mil insectos agonizando.
"No importa que sea, hijo. Solo importa que no te alcance", Aldric empujó a Donovan con una fuerza inesperada hacia la puerta lateral que conducía a los pasajes de servicio. "¡Ve! ¡Busca a tu madre! ¡Ponla a salvo!"
"No puedo dejarte, gritó Donovan, la imagen de su padre, solo con una espada contra semejante bestia, le rasgó el alma. Detestaba la guerra, la violencia, y este momento era culminación de todo lo que aborrecía. Su cuerpo temblaba, las manos sudorosas, la garganta seca. Su poder, esa energía ardiente, se sentía como una enfermedad en lugar de ayuda.
El Rey Aldric, sin embargo, no dudó. Se interpuso entre Donovan y la ventana abierta, una barrera de carne y acero. "¡Soy el Rey, Donovan! ¡Mi lugar está aquí! ¡Y el tuyo... El tuyo no es el de un guerrero! Corre, hijo. Vive."
Un rugido atronador sacudió el palacio. La criatura había llegado al muro exterior, sus garras gigantescas arañando la piedra con un sonido estridente. El techo empezó a ceder.
"¡No!", la palabra escapó de los labios de Donovan como un lamento. Estaba aterrorizado. No por él, sino por su padre. Por el hombre que había Sido su roca, su guía.
Aldric le lanzó una última mirada, una mezcla de amor feroz y resignación. "Lo siento, hijo. Lo siento por las cargas que te dejarán."
Y entonces, con una velocidad sorprendente para su edad, el Rey Aldric se lanzó hacia la criatura. Su espada brilló, un destello insignificante contra la mole de la bestia, pero su acto fue de pura valentía. Sabía que no podía ganar, solo para ganar tiempo.
La criatura, despreciando al humano que lo desafiaba, se detuvo un instante. Su enorme apéndice, acabó en una punta afilada como una lanza de obsidiana, se levantó.
Donovan sintió un dolor agudo, más allá de lo físico, como si un hilo invisible se tensara en su pecho hasta el punto de la ruptura. "¡PADRE NO!"
El tiempo pareció realentizarse. Vio el destello de la lanza, el gesto de sacrificio de su padre, sus ojos fijos en él, no en la bestia. Vio el impacto, escuchó el sonido, un chasquido sordo que se llevó consigo un pedazo de su alma. La figura del Rey Aldric se desplomó sin un grito.
Y en ese instante, algo se rompió dentro de Donovan. No solo su corazón, sino diques que contenía su poder. La energía que antes le quemaba, ahora explotó. Ya no era fuego incontrolable, sino una furia helada. La amabilidad, la inocencia... todo se canalizó era única y brutal intención.
Sus ojos brillaron con una luz que no era de este mundo, una luz que no era ni blanca ni dorada, sino de azul tan profundo que parecía absorber el mismo color del cielo. Un sonido surgió de su garganta, no un grito de pánico, sino algo más antiguo, más primordial. Una onda de choque invisible, pero resonante, que no era luz ni sonido, sino pura voluntad.
"¡RUGIDO CELESTIAL!"
El aire vibró. No era un rugido audible con los oídos, sino uno
que se sentía en los huesos, en el alma. Una fuerza invisible, pero poderosa, emanó de Donovan, no destruyendo la palacio, no pulverizando la piedra,sino apuntando con una precisión terrible hacia la criatura que acababa de matar a su padre.
La abominación colosal, que había sido indiferente a la espada del Rey, se retorció como si mil dagas la atravesaran. El zumbido se transformó en un chillido agudo de agonía,una nota discordante que raspó el tejido de la realidad. Su piel coriácea se agrietó, no sangrando, sino disolviéndose en una bruma púrpura. Los apéndices se encogieron, se desvanecieron. La criatura, hecha de pura maldad, desmembrada, fue purificada. Su esencia se disolvió de la nada, dejando solo una mancha de humedad y un hedor a ozono quemado.
Donovan cayó de rodillas, sin aliento, su cuerpo sacudido por una serie de espasmos. El poder se retiró tan pronto como había llegado, dejándolo frío y vacío. Sus ojos se fijaron en la figura inmóvil de su padre.
Había matado. Había usado su poder para aniquilar.
Las lágrimas brotaron, calientes y amargas. No por su padre, el Rey Aldric yacía sereno, sino por sí mismo. Por lo que acababa de hacer. Una parte de él, esa inocencia que detestaba la violencia, se había desvanecido con el rugido. Sintió la grieta, el primer atisbo del "sacrificio" que se cernía sobre él. Había salvado al palacio, sí, había Sido su padre y el precio de una parte su propia alma.
El silencio que siguió fue más terrible que el rugido.
