La figura no pronunció palabra. Dio un paso al frente y, antes de que su pie tocara el suelo, la realidad pareció plegarse: desapareció de mi vista. Mis reflejos, aunque entrenados, reaccionaron una fracción de segundo tarde.
—¡—!
Apareció frente a mí, invadiendo mi espacio personal con una proximidad asfixiante. Percibí un movimiento: rápido, preciso, letal. Por puro instinto, crucé los antebrazos en guardia alta. El impacto fue seco, una explosión de fuerza bruta que me mandó a volar. Mi espalda colisionó contra el muro y el aire abandonó mis pulmones de golpe.
—¡Aris! —El grito de mi padre rasgó el silencio.
No vi a la silueta moverse, pero ya estaba allí de nuevo, cerniéndose sobre mí con la mano extendida hacia mi garganta. No buscaba una sujeción; buscaba fracturar el hueso.
—¡ALÉJATE!
Un destello metálico interceptó el ataque. Jared. Su espada colisionó contra el brazo desnudo de la figura, produciendo un estruendo que retumbó en todo el pasillo. A pesar de lograr el desvío, ambos notamos algo aterrador: el brazo del atacante no tenía ni un rasguño.
—Pero ¿qué mierda...? —masculló Jared, con los dientes apretados por el esfuerzo.
La figura se desvaneció de nuevo en un parpadeo. Jared se movió por puro reflejo, interponiendo el acero, pero el puñetazo de la entidad golpeó la hoja con tal magnitud que lo lanzó por los aires. Sin perder el ritmo, la figura arremetió contra mi rostro. Antes del impacto, Shizuka se materializó en la trayectoria, frenando el golpe con su propio puño. El choque de fuerzas fue tal que vi cómo la piel de sus brazos se rasgaba, tiñéndose de escarlata bajo la presión.
La figura retrocedió unos pasos y, por fin, rompió el silencio con una risa gélida.
—Vaya, vaya... —comentó con tono burlón—. No imaginé que un simple humano tuviera la integridad física para contener uno de mis golpes.
—¿Quién eres? —exigió Shizuka, manteniendo una guardia firme a pesar de la sangre que corría por sus brazos.
—Mucho gusto, humana. Mi nombre es Quimera, el Serafín de la Lujuria. Miembro de los Siete Pecados Capitales.
«Los Siete Pecados Capitales». El nombre resonó en mi mente como un eco de mi mundo anterior. Allá, solo eran conceptos teológicos sobre la bajeza humana; aquí, eran monstruosidades con carne, hueso y un poder que distorsionaba la lógica.
—¿Qué es lo que buscas? —preguntó Shizuka sin bajar la guardia.
Jared se incorporó con dificultad y llegó a mi posición, colocando una mano firme sobre mi hombro.
—Aris, ve con tu madre ahora —ordenó con una gravedad que no admitía réplicas—. Ella está con Azumi y Eira. Necesito que seas su escudo, ¿entiendes?
Como soldado, sabía que no había lugar para dudas en el campo de batalla. Asentí y arranqué en una carrera frenética.
—No crean que los dejaré ir tan fácil —sentenció Quimera, desapareciendo de nuevo para interceptarme.
No me inmuté. Shizuka volvió a aparecer en su camino, bloqueándole el paso con una determinación absoluta.
—Primero tendrás que pasar sobre nosotros —sentenció ella, mientras mi padre se posicionaba a su lado, flanqueando al Serafín.
Corrí durante lo que parecieron siglos, con Eligak pisándome los talones.
—¡Deprisa, Eligak! —le ordené.
Ella respondió con un maullido corto y, de un salto ágil, se acomodó nuevamente sobre mi hombro. Finalmente, alcancé a mi madre; sostenía a Eira contra su pecho con una fuerza desesperada. Azumi estaba a su lado, en una guardia tensa y vigilante.
—Rápido —gruñó Azumi con urgencia—, tenemos que salir de este lugar.
—Entendido —respondí, asumiendo mi posición de inmediato.
Nos movimos en una formación de diamante: Azumi en la vanguardia abriendo camino, mi madre con la bebé en el centro protegido, y yo cubriendo la retaguardia. Era la estructura más lógica para minimizar los puntos ciegos. Mientras avanzábamos, Azumi me lanzó una mirada cargada de seriedad.
—Aris, escucha —dijo con voz cortante—. Eres un niño, pero sé que tu mente procesa la realidad de forma distinta. No puedo protegerte a ti y a tu madre al mismo tiempo. Hoy, cada hora de entrenamiento tiene que dar frutos. Vas a cumplir la promesa de proteger a tu familia, ¿entendido?
—Entendido —sentencié. No había espacio para la duda en mi voz—. No pienso fallar.
Al cruzar el umbral de la salida, la magnitud del desastre nos golpeó de frente. El aire estaba saturado de ceniza y el eco de los gritos era ensordecedor. El pueblo, nuestro hogar, estaba siendo devorado por una horda de pesadilla.
—Aris —volvió a llamarme Azumi mientras esquivábamos los escombros—. Estos monstruos son individualmente débiles; carecen de conciencia, lo que hace que sus ataques sean descoordinados. Pero esta vez, algo superior a un simple demonio los está orquestando. Eso los vuelve letales.
—¿"Algo"? —pregunté, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.
—Es lo que tu padre y Shizuka están reteniendo en la casa —respondió ella—. ¡Vamos!
Seguimos la marcha y nos topamos con el primer engendro. Azumi, sin alterar su ritmo, desenvainó un par de cuchillas con una fluidez aterradora y lo despachó en un parpadeo. Uno, dos, tres más cayeron bajo su acero. Entonces, el primero de ellos se lanzó contra mí.
Eligak se erizó sobre mi hombro, emitiendo un siseo que funcionó como una alarma de proximidad. Me moví por instinto, desplazando mi centro de gravedad para esquivar la acometida. Lancé un golpe seco y contundente, cargado con toda la técnica marcial que mi pequeño cuerpo permitía. Aunque mi reserva de maná era insuficiente para un golpe de gracia, el impacto fue lo bastante preciso para incapacitarlo.
Mientras nosotros luchábamos por alcanzar la salida, Shizuka y mi padre mantenían el frente contra la calamidad que representaba Quimera.
Jared se lanzó a la ofensiva, convirtiéndose en un borrón de acero. Su espada trazó una red de estocadas y cortes transversales a una velocidad que habría despedazado a cualquier pelotón de élite en segundos. Sin embargo, el Serafín se movía con una fluidez insultante; esquivaba cada trayectoria con desplazamientos mínimos, casi perezosos, como si estuviera bailando una melodía que solo él podía escuchar.
Antes de que Quimera pudiera contraatacar, Shizuka se materializó en su retaguardia. No hubo preámbulos: descargó un golpe con una potencia sísmica. El impacto obligó al Serafín a reaccionar por primera vez, cruzando sus brazos en una guardia de emergencia mientras era arrastrado varios metros hacia atrás por la inercia del choque.
—¡Qué maravilla! —exclamó Quimera, estallando en una carcajada frenética—. Esta aldea resultó ser mucho más estimulante que la anterior.
De pronto, su expresión cambió. Inclinó la cabeza y comenzó a olfatear el aire con una avidez perturbadora, emulando el gesto de un sabueso que acaba de dar con el rastro de su presa. Sus pupilas se dilataron, fijándose en la dirección por la que acabábamos de escapar.
—Parece que lo que busco realmente está aquí —murmuró con una sonrisa depredadora—. Está muy, muy cerca.
—Jared... —murmuró Shizuka, con el sudor corriéndole por la sien.
Lista para un ataque explosivo—. ¿Encerio es...?
—Lo es —respondió Jared mientras mantenía la empuñadura de su espada en una posición de guardia baja, lista para un desenvaine—. Es Quimera de la Lujuria, uno de los Siete Generales del ejército del Rey Caído.
El aire en el pasillo pareció enfriarse diez grados ante la mención del título. Shizuka apretó la mandíbula; conocía las leyendas, pero tener a una de esas calamidades frente a ella, respirando el mismo aire, era una sentencia de muerte para cualquier aventurero ordinario.
—Entonces... —Shizuka exhaló lentamente, entrando en un estado de concentración absoluta—. No es solo un monstruo. Es una ejecución.
Quimera soltó una carcajada que sonó como cristales rompiéndose. Su cuerpo, delgado y de movimientos erráticos, parecía vibrar con una energía insana.
—¡Oh, me conocen! ¡Qué honor! —exclamó el Serafín, dando un pequeño salto aplaudiendo con entusiasmo—. Pero no se confundan, no he venido por sus cabezas... aunque después de ver lo bien que se mueven, admito que me he encaprichado un poco con ustedes.
En un parpadeo, Quimera se lanzó. No corrió; simplemente dejó de estar allí para reaparecer en el centro de ambos. Sus manos, con uñas que parecían garras de obsidiana, se movieron en arcos letales.
—¡Arte de Guerra: Muro de Vendaval! —rugió Jared.
Su espada se movió con tal precisión que creó un escudo de presión de aire, desviando las garras de Quimera apenas a milímetros de su rostro. Al mismo tiempo, Shizuka aprovechó la apertura. Su estilo era distinto: no usaba armas porque ella misma era el arma. Concentró su flujo de maná en sus talones y lanzó una patada ascendente dirigida a la barbilla del Serafín.
El impacto resonó como un trueno. Quimera recibió el golpe de lleno, pero en lugar de salir despedido, su cuello se dobló en un ángulo antinatural y simplemente sonrió. Con una velocidad inhumana, atrapó el tobillo de Shizuka en el aire.
—Demasiado rígida, pequeña —susurró Quimera.
—¡Suéltala! —Jared intervino, girando sobre su propio eje para lanzar un tajo horizontal imbuido en energía pura.
Quimera se vio obligado a soltar a Shizuka para esquivar la hoja que buscaba decapitarlo. Los tres se separaron, dejando una estela de destrucción en el pasillo: paredes agrietadas y el suelo de madera astillado.
Shizuka aterrizó con agilidad, pero su respiración empezaba a ser errática. Miró a Jared y, con un gesto imperceptible, le indicó que debían pasar a la ofensiva total. Ambos sabían que no estaban peleando para ganar, sino para ganar tiempo. Si Aris y los demás no lograban salir del rango de percepción de Quimera, todo Pangea sentiría el nacimiento de una nueva tragedia.
—Jared —dijo Shizuka en voz baja, sin apartar la vista del Serafín—, debemos detenerla, cueste lo que cueste.
Mi padre asintió, su rostro transformándose en una máscara de fría determinación. La verdadera batalla estaba por comenzar.
Por mi familia.
