Cherreads

Chapter 28 - Capitulo 27

Miranda.

El vapor del café subía lentamente frente a mí, dibujando espirales que se deshacían antes de llegar a mi rostro.

Tenía las manos alrededor de la taza, no tanto por beber… sino por sentir el calor.

Afuera, la nieve lo cubría todo.

Desde el ventanal podía ver la montaña, blanca, inmensa, tranquila… y más abajo, la gente moviéndose como pequeñas figuras en un mundo que parecía ajeno a todo lo que cargábamos dentro.

Pero dentro del restaurante…

El aire era pesado.

Demasiado.

Mis padres estaban frente a mí. A un lado, Manuel. Del otro, mis suegros. Todos con una taza en las manos… todos sin beber realmente.

Nadie hablaba.

El silencio no era incómodo.

Era… contenido.

Como si cualquier palabra pudiera romper algo frágil.

Miré hacia la montaña otra vez.

Buscándolo.

Aunque sabía que desde aquí no podía distinguirlo.

—¿Lo viste? —pregunté al fin, en voz baja, sin apartar la mirada del vidrio.

Nadie respondió de inmediato.

Fue Manuel quien lo hizo.

—Sí —dijo, con voz cansada—. Está subiendo.

Asentí despacio.

—¿Solo?

—Sí.

Cerré los ojos un segundo.

Mi madre, Agnes, dejó la taza sobre la mesa con cuidado.

—¿Eso es seguro?

No era una crítica.

Era miedo.

—Guillermo dice que sí —respondió Manuel—. Que necesita espacio.

Mi padre, Matías, resopló suavemente, pero no con molestia.

—Lo necesita —confirmó.

Sara, mi suegra, apretó los labios.

—Espacio… —repitió—. Siempre espacio.

—No es "siempre" —intervino Elizabeth con suavidad—. Es ahora.

Sara negó con la cabeza.

—Pero ¿hasta cuándo?

Nadie tuvo una respuesta.

Bajé la mirada a mi café.

Seguía caliente.

Intacto.

Como la comida que le habíamos dejado a Réen.

Como todas esas bandejas que regresaban llenas.

Sentí un nudo en la garganta.

—Tres días… —murmuré sin darme cuenta.

Manuel giró la cabeza hacia mí.

—Miranda…

Negué levemente.

—Tres días sin comer… —repetí—. ¿Cómo puede…?

No terminé la frase.

Porque la respuesta era evidente.

Porque ya sabíamos cómo.

Porque no era la primera vez.

Mi padre habló entonces, con esa calma firme que siempre lo caracterizaba.

—Puede… porque ya lo ha hecho antes.

Cerré los ojos.

Eso dolía más que cualquier otra cosa.

—Pero ya no está ahí —dije, abriéndolos otra vez—. Ya no tiene que hacerlo.

—Su cuerpo no lo sabe —respondió Matías—. Ni su cabeza.

El silencio volvió.

Miré mis manos.

Temblaban un poco.

—Ayer… —empecé, con la voz quebrándose apenas—. Cuando no estaba en su habitación…

Sentí cómo mi pecho se apretaba.

—Pensé que… —no pude seguir.

Manuel puso su mano sobre la mía.

—Lo sé.

Negué, con lágrimas formándose.

—No… no lo sabes. —Lo miré—. Pensé que lo habíamos perdido otra vez.

Nadie habló.

Porque todos lo habían pensado.

Sara bajó la mirada.

Elizabeth apretó suavemente la taza.

Mi madre me miró con ojos húmedos.

—Hija…

—Y ahora está ahí afuera —continué—. Solo. Sin comer. Sin hablar… y nosotros aquí, sentados, tomando café como si eso ayudara en algo.

Mi voz salió más dura de lo que quería.

Manuel no retiró su mano.

—Estamos aquí porque es lo que él necesita —dijo.

—¿Y si no es suficiente? —pregunté.

Silencio.

Miré a mi padre.

—Papá… tú hablaste con él. ¿Qué te dijo?

Matías no respondió de inmediato.

Solo me sostuvo la mirada.

—Lo suficiente —dijo al final.

—Eso no me ayuda.

—Lo sé.

—Entonces dime algo —insistí, con la voz temblando—. Lo que sea.

Él negó suavemente.

—No puedo.

Sentí frustración subir por mi pecho.

—¡Soy su madre!

—Y por eso mismo —respondió con firmeza—. Porque eres su madre, tienes que dejar que él decida cuándo hablar.

Apreté los labios.

Las lágrimas ya no se contenían.

—No sé cómo hacer esto… —susurré.

Mi madre, Agnes, se inclinó un poco hacia mí.

—Nadie sabe, hija.

—Pero él nos necesita…

—Sí —dijo mi padre—. Pero no de la forma en que crees.

Miré otra vez hacia la montaña.

El blanco era cegador.

Hermoso.

Frío.

—Solo quiero verlo bien… —murmuré.

Manuel apretó mi mano.

—Va a estarlo.

—¿Cuándo?

Nadie respondió.

El silencio volvió a llenar la mesa.

El café seguía humeando.

—¿Miranda…?

La voz me llegó entre el murmullo del restaurante, suave pero incrédula, como si dudara de lo que estaba viendo. Levanté la mirada de mi taza y giré apenas la cabeza, y entonces la vi.

—…¿Eleonor?

Por un segundo, el tiempo hizo algo extraño. Como si la montaña, la nieve, el ruido de los platos y las conversaciones ajenas se desdibujaran, y solo quedáramos nosotras dos, suspendidas en un recuerdo de otra vida. Ella dio un paso hacia mí, llevándose una mano al pecho, y luego sonrió con esa mezcla de sorpresa y calidez que siempre la había caracterizado.

—No lo puedo creer… —dijo, acercándose más—. Llevo rato viéndote, pero pensé que estaba confundida. Hace años que no te veía…

Me puse de pie casi sin darme cuenta, y la abracé. Fue un abrazo corto, pero cargado de todo lo que no se había dicho en tanto tiempo.

—Yo tampoco lo creo —respondí, separándome un poco para verla mejor—. Estás igual…

—Tú no —sonrió ella con suavidad—. Estás… distinta. —Su expresión cambió apenas, más seria—. ¿Estás bien?

Esa pregunta. Tan simple. Tan peligrosa.

Dudé un segundo antes de responder, y creo que ese segundo dijo más que cualquier palabra.

—Estoy… —bajé la mirada a mi taza—. Intentando estarlo.

Eleonor no insistió de inmediato. Siempre fue así. Observadora. Paciente. Se movió ligeramente hacia la mesa.

—¿Puedo?

—Claro —asentí, señalando la silla vacía a mi lado.

Mientras se sentaba, noté cómo sus ojos recorrían la mesa: mis padres, mis suegros, Manuel… todos la miraban con curiosidad, pero también con ese cansancio silencioso que llevábamos encima desde hacía días.

—Perdón —dijo ella con una sonrisa amable—. No quiero interrumpir…

—No interrumpes nada —respondió Manuel con cortesía—. De hecho… es bueno ver otra cara.

Eleonor asintió, pero su atención volvió a mí casi de inmediato.

—Hace años que no hablamos, Miranda… —su voz bajó un poco—. Desde… bueno…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Desde que Réen desapareció.

Sentí el peso en el pecho antes incluso de que lo dijera.

—Sí… —murmuré—. Desde entonces.

Hubo un pequeño silencio. No incómodo, pero sí cargado. Eleonor tomó aire, como si estuviera midiendo sus palabras.

—Supe lo que pasó… en su momento. —Me miró con cuidado—. Lo siento mucho. No supe cómo acercarme. No sabía qué decirte.

Tragué saliva. Mis dedos se cerraron alrededor de la taza caliente.

—Nadie sabía qué decir —respondí con una pequeña sonrisa triste—. Ni siquiera nosotros.

Ella asintió lentamente. Y entonces, como si algo en mi expresión la hubiera alertado, frunció un poco el ceño.

—¿Por qué siento que… hay algo más?

La miré.

Y por primera vez en días, sentí esa necesidad de decirlo. De soltarlo. No todo… pero algo.

—Porque lo hay.

Eleonor se quedó completamente quieta.

—Miranda… —su voz bajó a un susurro—. ¿Qué quieres decir?

Respiré hondo. Sentía a todos en la mesa en silencio absoluto, escuchando sin intervenir.

—Réen… —empecé, y solo decir su nombre ya me hizo temblar un poco—. Réen está vivo.

El impacto fue inmediato.

—¿Qué…? —Eleonor parpadeó, como si no hubiera entendido—. ¿Qué dijiste?

—Está vivo —repetí, esta vez más firme, aunque mi voz seguía cargada—. Volvió.

El silencio que siguió fue total. Incluso el ruido del restaurante parecía haberse alejado.

Eleonor se llevó la mano a la boca.

—No… —negó lentamente—. No, eso… eso no puede ser… Miranda, han pasado trece años…

—Lo sé —asentí, sintiendo cómo los ojos me ardían—. Yo también lo pensé. Todos lo pensamos. Pero… volvió.

—¿Dónde está? —preguntó de inmediato, inclinándose hacia mí—. ¿Está aquí? ¿Está bien?

Ahí fue donde todo se quebró un poco.

Solté una pequeña risa sin humor.

—Está aquí… —miré hacia la ventana, hacia la montaña blanca—. Pero "bien"… —negué—. No. No está bien.

Eleonor bajó la mano despacio, su expresión ahora completamente seria.

—¿Qué le pasó?

Dudé.

No podía decir todo. No debía.

Pero tampoco podía mentirle del todo.

—No sabemos todo —admití—. Nos dijeron que estuvo… en un pueblo en Noruega, luego en un orfanato… —mis palabras se volvieron más lentas—. Pero… eso no explica lo que vemos.

—¿A qué te refieres?

Respiré hondo otra vez, tratando de ordenar algo que ni siquiera yo entendía del todo.

—Los médicos… —miré mis manos—. Le hicieron estudios completos hace unos días. Físicamente… está lleno de cicatrices. Algunas… no tienen sentido para alguien que "solo vivió en un orfanato".

Eleonor frunció el ceño.

—¿Cicatrices…?

—Y no solo eso —continué, mi voz bajando aún más—. Tiene… episodios. Se desconecta. Se encierra. Puede pasar días sin comer. —Tragué saliva—. Tiene pesadillas… constantes. Y cuando habla… —me detuve un segundo—. A veces dice cosas que… no encajan con la historia que nos dieron.

El rostro de Eleonor cambió poco a poco, pasando de la sorpresa a algo más oscuro. Comprensión… o miedo.

—¿Qué tipo de cosas?

La miré. Directamente.

—Cosas que ningún niño debería haber vivido.

El silencio volvió a caer entre nosotras.

Eleonor se recostó ligeramente en la silla, procesando todo.

—Dios… —susurró—. Miranda… eso no suena a un orfanato.

—Lo sé —respondí en voz baja.

Mis dedos temblaron un poco alrededor de la taza.

—La psicóloga dijo que tiene… estrés postraumático severo. Depresión. Ansiedad. Pensamientos intrusivos… —cerré los ojos un segundo—. Dijo que sobrevivió a algo prolongado. No a un evento. A años.

Eleonor no dijo nada por unos segundos. Solo me miraba.

—¿Y él… habla de eso?

Negué despacio.

—No. —Una pausa—. O… no con nosotros.

Mi garganta se cerró un poco.

—Ayer… se quebró frente a la familia. Dijo cosas… —respiré hondo—. Y luego se encerró. No comió en tres días. No quería ver a nadie.

—¿Y ahora?

—Ahora está aquí… en la montaña. —Miré de nuevo hacia la nieve—. Caminando solo. Como si… eso fuera lo único que le permite respirar.

Eleonor siguió mi mirada.

—¿Tiene… apoyo profesional?

Asentí.

—Sí. Empieza terapia en dos días. Ya lo evaluaron. —Hice una pequeña pausa—. Pero… no sé si eso sea suficiente.

Eleonor volvió a mirarme, esta vez con una mezcla de tristeza y firmeza.

—No lo será… por sí solo.

Sus palabras no fueron duras. Fueron reales.

—Pero es un comienzo.

Asentí, sintiendo cómo algo en mi pecho se aflojaba apenas.

—Eso esperamos.

Hubo un silencio más suave esta vez. Menos pesado. Más… humano.

Eleonor estiró la mano sobre la mesa y la colocó sobre la mía.

—Miranda… —su voz fue cálida—. Tu hijo volvió. No como lo esperabas… pero volvió. Y eso… ya es un milagro.

Eleonor no retiró la mano de la mía. Al contrario, la sostuvo con un poco más de firmeza, como si hubiera tomado una decisión en ese mismo instante.

—Tal vez… —dijo despacio, midiendo sus palabras— tal vez yo pueda ayudar.

Levanté la mirada, sorprendida.

—¿Cómo?

Ella respiró hondo, acomodándose un poco en la silla antes de continuar, como si lo que fuera a decir necesitara el peso correcto.

—Hace unos años… mi hija se metió en un grupo de ayuda. —Hizo una pequeña pausa—. Al principio era algo pequeño, muy local. Se enfocaban en gente con problemas de adicciones, tipo doble A, pero también empezaron a recibir personas sin hogar, gente que había pasado por abuso… situaciones complicadas.

Mis padres y Manuel intercambiaron miradas discretas. Yo no aparté los ojos de Eleonor.

—Con el tiempo —continuó ella—, el grupo creció. Llegó más gente, voluntarios, médicos… incluso especialistas. Psicólogos, psiquiatras, médicos generales. —Me miró con más intensidad—. Hace poco ampliaron el enfoque… empezaron a trabajar también con veteranos de guerra y personas con estrés postraumático.

Sentí un pequeño vuelco en el pecho.

—¿En serio?

Ella asintió.

—Sí. No es un hospital, no es frío ni clínico… pero tampoco es improvisado. Hay profesionales certificados. Pueden evaluar, tratar… incluso recetar medicamentos si hace falta. —Hizo una leve pausa antes de decir el nombre—. Se llama… Casa Amanecer.

El efecto fue inmediato.

Sentí cómo todos en la mesa se tensaban al mismo tiempo.

—…¿Casa Amanecer? —repetí, casi en un susurro.

Mi padre levantó la cabeza. Manuel frunció el ceño. Incluso mi madre, a mi lado, giró lentamente hacia Eleonor.

—¿Dijiste Casa Amanecer? —insistió Manuel.

Eleonor parpadeó, sorprendida por la reacción.

—Sí… —respondió—. ¿Por qué? ¿Ya lo habían escuchado?

Solté una pequeña exhalación, todavía incrédula.

—Hace unos días… —empecé, buscando las palabras—. Réen salió de casa sin avisar. Nos asustó muchísimo… —tragué saliva—. Cuando volvió… traía una tarjeta.

Eleonor se inclinó un poco hacia adelante.

—¿Una tarjeta?

Asentí.

—Sí. —Miré a Manuel un segundo, luego volví a ella—. De un grupo de jóvenes. Dijeron que lo encontraron… y que si necesitaba ayuda, podía llamarlos. —Mi voz bajó un poco—. La tarjeta decía "Casa Amanecer".

El silencio en la mesa se volvió denso otra vez, pero diferente. No era solo preocupación… había algo más.

¿Coincidencia?

¿Destino?

Eleonor abrió ligeramente los ojos.

—Entonces ya tuvieron contacto con ellos…

—Indirectamente —aclaré—. Él no quiso ir. —Negué despacio—. Rechazó la idea en cuanto la mencionamos.

—Es normal —respondió ella con suavidad—. La gente que ha pasado por cosas fuertes… no confía fácilmente. Menos en grupos.

Mi padre, Matías, apoyó los codos en la mesa, pensativo.

—Yo estaba considerando ir —dijo con voz grave—. Ver el lugar. Entender cómo trabajan. Por si en algún momento el muchacho decide aceptar ayuda.

Eleonor asintió de inmediato.

—Deberían. —Miró a todos—. No es perfecto, pero es… humano. Y eso, a veces, vale más que cualquier consultorio elegante.

Manuel intervino entonces, serio.

—¿Tu hija sigue involucrada?

—Sí —respondió ella—. De hecho, es parte del equipo que recibe a los nuevos. —Sonrió levemente—. Tiene un don para escuchar… algo que no muchos tienen.

Bajé la mirada a la mesa, pensando.

Réen… con esa tarjeta en la mano.

Réen… rechazando la idea.

Réen… caminando solo en la nieve.

—Es curioso… —murmuré—. De todas las cosas… de todos los lugares… terminó con eso en las manos.

Mi madre me miró de reojo.

—Tal vez no es coincidencia.

No respondí de inmediato.

Porque una parte de mí quería creer eso.

Pero otra… tenía miedo de esperar demasiado.

Eleonor volvió a apretar suavemente mi mano.

—No lo presionen —dijo con firmeza, pero con calidez—. Si ese lugar ya apareció en su camino una vez… puede volver a aparecer. Pero tiene que ser decisión de él.

Asentí lentamente.

—Sí… —susurré—. Eso mismo nos dijo mi padre.

Miré hacia la ventana, hacia la montaña blanca donde sabía que mi hijo estaba en algún punto, caminando solo entre la nieve.

—Solo espero… —añadí en voz baja— que cuando llegue ese momento… todavía quiera volver.

Eleonor siguió mi mirada hacia la ventana por un instante, como si intentara imaginar a Réen allá afuera, perdido entre la nieve y el silencio. Luego volvió a mí, y su expresión cambió apenas, como si recordara algo importante.

—Por cierto… —dijo, acomodándose en la silla—. Mi hija está aquí.

Parpadeé, saliendo un poco de mis pensamientos.

—¿Aquí? ¿En la montaña?

Ella asintió con una sonrisa leve.

—Sí. Vinieron con unos amigos. Como ella tomó vacaciones por las fiestas, decidieron hacer un viaje juntos… esquiar, despejarse, lo típico. —Se encogió un poco de hombros—. Yo aproveché y me uní también. No suelo tener mucho tiempo libre, así que… —sonrió con cierta nostalgia— supongo que quise recuperar un poco eso.

—Qué coincidencia… —murmuré, casi para mí.

—Mi hija lleva ya un buen tiempo ahí. Empezó como voluntaria, pero terminó involucrándose mucho más. —Su tono se suavizó—. Ha visto cosas… ha escuchado historias duras. Pero también ha aprendido a sostener a la gente sin romperse en el intento.

Mi madre ladeó la cabeza.

—Eso no es fácil.

—No lo es —admitió Eleonor—. Pero creo que por eso mismo puede conectar con personas que no confían fácilmente. No va con discursos bonitos… va con honestidad.

Sentí un pequeño nudo en el pecho.

—Réen… —susurré— necesita eso.

Eleonor me miró con atención.

—Podría presentárselos… —dijo con cuidado—. No como "terapia", no como intervención… solo como personas. Jóvenes, como él. Sin presión.

Mi padre frunció ligeramente el ceño.

—¿Y si se siente invadido?

—Entonces se retiran —respondió ella con naturalidad—. Así funciona. Nadie se queda donde no es bienvenido.

Hubo un silencio breve mientras todos procesábamos la idea.

Alan, que había estado callado, habló desde su lugar.

—Si son como el grupo que lo encontró… —dijo pensativo—. No parecían insistentes. Solo… presentes.

Lo miré de reojo. Recordaba perfectamente cómo había contado lo de la tarjeta.

—Sí… —murmuré—. No lo presionaron.

Eleonor asintió, como si eso confirmara algo para ella.

—Entonces probablemente eran ellos.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—¿Crees?

—Estoy casi segura —respondió—. Suelen moverse en grupo, especialmente cuando salen como voluntarios. Y más si ven a alguien solo… —me miró con suavidad—. No lo dejan pasar.

Bajé la mirada a mis manos.

—Lo vieron… —susurré—. En el peor momento… y aun así no lo soltaron.

Eleonor no dijo nada, pero su expresión lo decía todo.

—Si quieres —añadió después—, puedo avisarles que estás aquí. No para que vengan de inmediato… solo para que sepan. Para que, si se da el momento… no sea un encuentro tan brusco.

Dudé.

Mucho.

Miré a Manuel. A mis padres. A toda la mesa.

Y luego, otra vez, hacia la montaña.

—No… —dije finalmente, en voz baja—. No todavía.

Eleonor inclinó la cabeza, respetando la decisión.

—Está bien.

Respiré hondo.

—Si lo hacemos… —continué—. Tiene que ser en sus términos. Él ya tiene demasiadas cosas fuera de su control.

—Entonces espera —respondió ella con suavidad—. Pero no descartes la idea.

Asentí lentamente.

—No lo haré.

El silencio que siguió ya no era tan pesado como antes. Seguía habiendo preocupación, sí… pero ahora también había algo más.

Una posibilidad.

Eleonor tomó su taza de café, pero antes de beber, me miró una vez más.

—¿Sabes? —dijo con una pequeña sonrisa—. A veces, las segundas oportunidades no llegan solas… se construyen con pequeños encuentros.

Miré hacia la nieve una vez más.

Hacia donde sabía que mi hijo estaba, caminando entre un mundo que todavía no sentía suyo.

—Entonces… —murmuré—. ojalá este sea uno de esos encuentros.

****

RÉEN

Maldita sea.

De toda la gente en el mundo… de toda la maldita montaña… tenían que ser ellos.

Los vi antes de que ellos me vieran a mí. O eso quise creer. Un grupo, más o menos a la misma distancia, riéndose, hablando, moviéndose con esa facilidad que tiene la gente que no está pensando en mil cosas al mismo tiempo.

Y ahí estaba ella.

La pelirroja.

Liliana Adams.

Y, por supuesto, no estaba sola. Pablo con su cara de "te estoy analizando aunque no quiera", Diego que parecía listo para correr detrás de alguien en cualquier momento, Anaís con esa mirada directa, Kenia, Tom, Elena… y—

Fruncí el ceño.

La chica de la bufanda azul.

La misma bufanda.

La misma.

No recordaba su nombre. No lo había escuchado, o sí lo había hecho y simplemente lo había ignorado en ese momento. Pero la bufanda… esa sí la recordaba perfectamente.

Genial.

Perfecto.

Justo lo que necesitaba.

—…no —murmuré para mí mismo—. No. No. No.

Demasiada gente.

Demasiada coincidencia.

Demasiado… todo.

Y entonces pasó lo inevitable.

Uno de ellos giró la cabeza.

Contacto visual.

Silencio interno.

Maldición.

—…¿Réen? —escuché a lo lejos.

No.

Nope.

Negativo.

Cancelado.

Di media vuelta como si nada. Como si no fuera conmigo. Como si fuera otro tipo con cara de querer desaparecer del mapa.

—No soy yo —murmuré entre dientes, empezando a caminar—. No me conocen. Nunca me han visto. Soy un oso polar. Invisible. Blanco. Parte del paisaje.

—¡Oye! —otra voz.

Aumenté el paso.

No estaba tan arriba en la montaña todavía. Podía subir más. Mucho más. O desviarme. O enterrarme en la nieve. Cualquier cosa menos—

—¡Réen!

Suspiré.

—Alaska no hubiera sido mala idea… —gruñí.

Más frío. Menos gente. Cero pelirrojas con complejo de salvadoras.

Seguí caminando, ignorándolos deliberadamente. Paso firme, mirada al frente, actitud de "si no los veo, no existen".

Funciona. Siempre funciona.

No funcionó.

—¡Ey, espera! —pasos en la nieve, acercándose.

Claro.

Por supuesto.

Corrían.

Giré apenas la cabeza, lo justo para confirmar lo que ya sabía.

Sí.

Venían detrás.

—Genial —mascullé—. Fantástico. Me persiguen en dos continentes distintos. Qué nivel de dedicación.

Apreté un poco más el paso, empezando a subir por una pendiente más inclinada.

Tal vez si me metía entre los árboles…

Tal vez si—

—¡No huyas! —gritó Diego, claramente divertido—. ¡No somos tan rápidos con estos esquís!

—Ese es exactamente el problema —respondí sin girarme—. ¡Sí lo son!

Escuché una risa. Liliana.

Por supuesto.

—¡No vamos a tirarte de la montaña, tranquilo! —añadió ella.

—¡Eso no me tranquiliza en lo absoluto!

Seguí avanzando, aunque ya sabía que esto era inútil. No estaba corriendo de verdad. No quería llamar más la atención. Y ellos… bueno, ellos claramente no tenían problema en hacerlo.

Unos segundos más y los pasos se acercaron lo suficiente.

—Te alcanzamos —dijo alguien, ligeramente sin aliento.

Me detuve.

No porque quisiera.

Sino porque seguir fingiendo que no existían ya era ridículo.

Exhalé despacio, cerré los ojos un segundo… y luego me giré.

Ahí estaban.

Todos.

Exactamente igual que hace unos días.

Pero no en un puente.

No en la noche.

No con el viento cortando la cara.

Aquí… con nieve, gente riendo a lo lejos, niños cayéndose de los esquís y levantándose como si nada.

Un mundo completamente distinto.

Y aun así…

—…de verdad —dije, mirándolos uno por uno—. ¿No tenían otro lugar a dónde ir?

Pablo soltó una pequeña risa.

—Podríamos preguntarte lo mismo.

Rodé los ojos.

—Yo estaba aquí primero.

—Técnicamente no —intervino Anaís—. Llegamos hace una hora.

—Detalles —murmuré.

Liliana dio un pequeño paso al frente, sin invadir demasiado el espacio.

—No pensábamos encontrarte aquí.

—Yo tampoco —respondí seco.

Silencio breve.

Incómodo.

Familiar.

Miré alrededor, como evaluando rutas de escape.

—Bueno —dije finalmente—. Ya confirmamos que el mundo es pequeño. Felicidades. ¿Algo más?

Diego cruzó los brazos, sonriendo de lado.

—Sí. —Se inclinó un poco hacia mí—. Queríamos asegurarnos de que no fueras a intentar otra acrobacia peligrosa en la montaña.

Lo miré fijo.

—Créeme —respondí—, si quisiera hacer algo estúpido, no lo anunciaría con público.

—Eso dijiste la otra vez —murmuró Kenia.

Hice una mueca.

Punto para ellos.

—Estoy caminando —añadí—. Nada más.

Liliana me observó con atención, como si buscara algo más allá de lo obvio.

—¿Y eso te está ayudando?

La pregunta me tomó medio segundo.

Solo medio.

—Sí —respondí.

Y esta vez no fue sarcasmo.

Hubo un pequeño silencio después de eso.

Menos tenso.

Pero no cómodo.

—Bueno… —dijo Tom, rascándose la nuca—. Nosotros íbamos a subir un poco más. Hay una vista increíble más arriba.

—Perfecto —respondí de inmediato—. Vayan. Disfruten. No dejen que yo arruine la postal.

Me giré otra vez, listo para seguir mi camino.

—Réen —dijo Liliana.

Cerré los ojos un segundo.

Claro.

—¿Qué? —respondí, sin girarme.

—No tienes que desaparecer cada vez que nos ves.

Exhalé por la nariz.

—No desaparezco —dije—. Me muevo estratégicamente.

Escuché una pequeña risa detrás.

—Eso suena a desaparecer con pasos extra —añadió Pablo.

Negué con la cabeza.

—Como sea.

Di un paso más… pero me detuve.

Porque, por alguna razón…

No se sentía igual que la otra vez.

No era el puente.

No era la caída.

No era ese borde.

Era solo… nieve.

Gente.

Y un grupo que, por alguna razón, seguía apareciendo.

Giré apenas la cabeza, lo suficiente para verlos de reojo.

—Voy a subir más —dije—. Si vienen detrás… finjan que no me conocen.

Diego sonrió.

—No prometemos nada.

Suspiré.

—Claro que no.

Seguí subiendo sin mirar atrás, hundiendo las botas en la nieve, marcando un ritmo constante. El aire frío me golpeaba la cara, pero ya no molestaba… era lo único que mantenía todo en orden allá adentro.

Detrás de mí, los pasos seguían.

No pegados. No invasivos.

Pero ahí.

—…oye —escuché la voz de Diego, un poco más cerca—. ¿Has pensado en lo que te dijimos el otro día?

Cerré los ojos un segundo.

Ahí vamos.

—No —respondí sin detenerme.

—Ni un poco —insistió Pablo.

—Ni un poco —repetí.

Un par de pasos más. El crujido de la nieve. El viento suave entre los árboles.

—Es la Casa Amanecer, ¿Recuerdas? —añadió Anaís, como si necesitara confirmar.

—Sí, esa misma —respondí, con un deje de cansancio—. La del club de "ven a hablar de tus sentimientos en círculo".

—No es así —replicó Kenia.

—Claro que lo es.

—No lo es —insistió Liliana, ahora más cerca, pero manteniendo ese tono tranquilo que empezaba a irritarme más de lo que quería admitir.

Me detuve en seco.

Me giré.

—Terapia grupal —dije, señalando vagamente hacia ellos—. Gente hablando. Gente escuchando. Gente asintiendo como si entendieran. —Negué con la cabeza—. No va a ayudar en nada.

El silencio cayó por un segundo.

No incómodo.

Más bien… medido.

Liliana inclinó un poco la cabeza.

—¿Cómo sabes?

Solté una pequeña risa sin humor.

—Porque ya sé cómo funciona ese tipo de cosas.

—¿Has ido a una? —preguntó Tom.

—No —respondí de inmediato—. Y no lo haré.

—Entonces no sabes cómo funcionan —añadió Pablo, tranquilo.

Lo miré.

—Sé suficiente.

Anaís cruzó los brazos.

—No todas son iguales.

—Para mí sí.

Kenia dio un paso adelante.

—No tienes que hablar si no quieres.

—Ese es literalmente el punto —repliqué.

—No —negó ella—. El punto es que estés ahí. Que no estés solo.

Esa palabra.

Solo.

Bufé.

—Estoy solo desde hace mucho tiempo —dije, más bajo, más áspero—. Y he sobrevivido bastante bien.

—Sobrevivir no es lo mismo que estar bien —murmuró Liliana.

La miré.

Fijo.

—No estoy buscando estar bien.

Silencio.

El viento pasó entre nosotros, levantando un poco de nieve suelta.

Diego habló esta vez, menos bromista, más serio.

—Entonces… ¿qué estás buscando?

La pregunta se quedó flotando.

No respondí de inmediato.

Porque no tenía una respuesta clara.

O porque no quería decirla.

—Nada —dije finalmente—. Solo… que mi cabeza deje de hacer ruido.

Nadie respondió enseguida.

Y eso… fue raro.

—Eso es exactamente para lo que sirve —dijo Liliana después de unos segundos.

Negué.

—No.

—Sí.

—No —insistí—. Hablar no apaga nada. Solo… lo hace más fuerte.

Pablo frunció ligeramente el ceño.

—A veces sí. Al principio.

—Siempre —corregí.

Anaís suspiró.

—Entonces dime algo —dijo, mirándome con esa calma incómoda que tenía—. Si hablar no te ayuda… ¿qué sí apaga tu cabeza?

Me detuve.

No fue inmediato. Di un par de pasos más, como si pudiera ignorar la pregunta… pero algo en el tono hizo que frenara.

El viento pasó entre nosotros. La nieve crujió bajo mi bota cuando giré un poco la cabeza, mirando el panorama: la montaña extendiéndose, la gente a lo lejos, todo tan… normal.

Tan ajeno.

—¿Qué la apaga?… —repetí en voz baja.

Silencio.

Y luego lo dije.

—Asesinar personas.

El efecto fue instantáneo.

Silencio total.

No el tipo de silencio incómodo.

El otro.

El pesado.

El que corta el aire.

Cuando giré para verlos, sus caras lo dijeron todo. Pablo tenso. Diego inmóvil. Kenia con los ojos abiertos. Anaís completamente quieta. Incluso Liliana… no dijo nada.

Perfecto.

Hice un pequeño gesto con el cuerpo. Sutil… pero suficiente. Como si fuera a sacar algo de mi abrigo.

Reacción inmediata.

—¡Oye! —Diego dio un paso atrás.

—¡Réen! —Kenia levantó las manos, alerta.

Pablo ya estaba medio girado, como calculando distancia.

Y entonces…

Me reí.

No fuerte.

Pero sí lo suficiente.

—Deberían ver sus caras —dije, negando con la cabeza.

El silencio no se rompió de inmediato.

—…¿qué? —murmuró Anaís.

Exhalé, relajando los hombros.

—Parece que se lo tomaron muy literal.

Nadie se rió.

Bueno… Diego soltó una risa nerviosa.

—Hermano… no hagas eso.

Me encogí de hombros.

—He lastimado personas —aclaré—. Sí. —Hice una pequeña pausa—. Pero no he matado a nadie. Hasta donde sé… no murieron.

El ambiente seguía tenso.

—No es exactamente tranquilizador —dijo Pablo, cruzándose de brazos.

—No intentaba serlo.

Kenia bajó las manos despacio.

—Eso no fue gracioso.

—Un poco sí —respondí.

—No.

—Bueno, para mí sí.

Negó con la cabeza, claramente sin estar de acuerdo.

Liliana finalmente habló, más seria.

—No juegues con eso.

La miré un segundo.

—No estoy jugando.

Y por un instante…

El silencio volvió a ser pesado.

Pero esta vez… diferente.

Más real.

Exhalé y miré hacia otro lado, rompiendo el momento antes de que se quedara demasiado tiempo.

—En fin… —murmuré—. Creo que ya hablé suficiente por hoy.

Di media vuelta, listo para seguir caminando.

—Espera —dijo Diego—. ¿A dónde vas ahora?

Pensé un segundo.

Y luego dije lo primero que me vino a la cabeza.

—A buscar dónde darme un chapuzón.

—¿Cómo que un chapuzón? —Anaís parpadeó.

—Eso —respondí, como si fuera lo más normal del mundo.

—Estamos a menos ocho grados —añadió Pablo lentamente.

—Sí.

—¿Y quieres meterte al agua?

—Sí.

—…¿voluntariamente?

—Sí.

Kenia negó de inmediato.

—Tendrías hipotermia con solo tocar el agua.

—Ajá —respondí.

—Réen, eso no es—

—Entonces sí hay agua —interrumpí, girándome un poco, con un deje… casi emocionado.

Eso los confundió más.

—¿Qué? —dijo Diego.

—Un lago, un río, lo que sea —continué—. Tiene que haber algo por aquí.

—Sí, pero—

—Perfecto.

No pude evitarlo.

Una pequeña sonrisa se me escapó.

—En Noruega dolía hacerlo —añadí, casi para mí mismo—. Aquí debería ser… interesante.

El grupo entero se quedó mirándome como si hubiera perdido completamente la cabeza.

—No —dijo Anaís, firme.

—Sí —respondí.

—No.

—Sí.

—¡No! —insistió Diego—. Eso no es una buena idea.

—Nunca dije que lo fuera.

Pablo se pasó la mano por la cara.

—¿Por qué harías eso?

Me encogí de hombros.

—Porque funciona.

—¿Funciona para qué?

Lo miré.

Directo.

—Para apagar la cabeza.

Silencio otra vez.

Esta vez… más lento.

Más pesado.

Kenia habló más despacio.

—¿El frío…?

Asentí.

—El frío. El dolor. —Miré hacia la montaña—. Hace que todo lo demás… se calle.

Nadie respondió de inmediato.

Porque ahora…

Ya no sonaba como una broma.

—Eso no es normal —murmuró Tom.

—Nunca dije que lo fuera.

Miré alrededor otra vez, evaluando el terreno.

—Así que… —añadí—. ¿van a decirme dónde hay agua o voy a tener que encontrarla solo?

Diego soltó una risa incrédula.

—¿Estás hablando en serio?

—Muy en serio.

Anaís cruzó los brazos.

—No vamos a ayudarte a meterte en agua helada.

—Entonces no ayuden —respondí con calma—. Solo no se interpongan.

Y sin esperar respuesta…

Seguí caminando.

Más arriba.

El crujido de la nieve bajo mis botas volvió a marcar el ritmo. Paso. Aire frío. Silencio. Otra vez ese equilibrio raro donde todo duele… pero al menos es un dolor que entiendo.

No habían pasado ni tres segundos.

—¡Réen, espera! —la voz de Liliana volvió a alcanzarme.

Claro.

Siempre volvían.

No me giré esta vez. Seguí caminando, clavando la vista en la pendiente, midiendo el terreno, buscando… algo. Agua. Hielo. Lo que fuera.

—No vamos a dejarte hacer eso —añadió Diego, acercándose un poco más.

—No tienen que dejarme nada —respondí sin detenerme—. No son mis padres.

—No, pero tampoco somos idiotas —soltó Pablo—. Sabemos lo que pasa si alguien se mete en agua así.

—Sí —dije—. Yo también.

—Entonces ¿por qué—?

Me detuve en seco.

Esta vez sí.

Giré lo suficiente para mirarlos por encima del hombro.

—Porque lo prefiero a esto.

No levanté la voz. No hizo falta.

El viento hizo el resto.

Se quedaron quietos.

—¿A esto… qué? —preguntó Kenia, más bajo.

Hice un gesto vago con la mano, señalándome la cabeza.

—A esto.

Silencio.

—Al ruido —añadí.

Anaís dio un paso adelante.

—Entonces no lo estás apagando… lo estás reemplazando.

La miré.

—Exacto.

—Eso no es sano.

—Funciona.

—A corto plazo —replicó ella—. ¿Y después?

Me encogí de hombros.

—Después veo.

—Ese es el problema —dijo Tom.

—No para mí.

Volví a girarme, dispuesto a seguir subiendo.

Pero esta vez no avanzaron.

Se quedaron ahí.

Eso fue… nuevo.

—Oye —dijo Liliana, sin alzar la voz—. No vamos a seguirte si no quieres.

Eso me hizo frenar un segundo.

—Pero tampoco vamos a aplaudirte si haces algo que puede matarte.

No respondí.

—Solo… —continuó— dime algo. Sin sarcasmo. Sin bromas.

Esperó.

Y yo también.

—Cuando haces eso… —señaló la montaña, el frío, todo— ¿sales mejor?

La pregunta quedó flotando.

Tardé en responder.

—Salgo… —exhalé despacio— más callado.

—¿Mejor?

Negué.

—No.

Silencio otra vez.

—Entonces no está funcionando como crees —dijo Anaís, más suave ahora.

—No necesito que funcione bien —respondí—. Solo necesito que funcione.

—Eso es sobrevivir —murmuró Pablo.

—Sí.

—Pero tú ya no estás ahí.

Ahí.

Qué palabra tan… inútil.

Solté una pequeña risa sin humor.

—Ustedes no tienen idea de dónde estoy.

Nadie contestó eso.

Porque no podían.

Miré hacia arriba otra vez. La pendiente seguía. Más blanca. Más vacía. Mejor.

—Miren —dije al final—. No vine a discutir filosofía de vida en una montaña.

—Claramente —murmuró Diego.

—Voy a seguir caminando —continué—. Si encuentran su cabaña, su café caliente y su vida normal… deberían ir.

Kenia dudó.

—¿Y tú?

La miré un segundo.

—Yo ya estoy en la mía.

No esperé respuesta esta vez.

Di el primer paso.

Luego otro.

El aire se volvió más frío mientras subía. Menos gente. Menos ruido. Mejor.

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