Cherreads

Chapter 29 - Capitulo 28

Liliana.

¿Qué demonios tiene en la cabeza esta persona?

Me quedé mirándolo mientras se alejaba, su silueta perdiéndose poco a poco entre la nieve y la pendiente, como si el frío no significara nada para él. Como si todo esto fuera… normal.

Solté el aire por la nariz, cruzándome de brazos.

—Es oficialmente la persona más imprudente y estúpida que he conocido en mi vida —murmuré.

—¿Más que Tom cuando intentó bajar una colina en una tapa de basura? —dijo Diego.

—Mucho más.

—Oye —protestó Tom—, eso casi funciona.

—Casi te matas —respondió Pablo.

—Detalles.

Negué con la cabeza, pero no pude evitar que mi mirada volviera a la figura de Réen, cada vez más arriba.

—No, en serio —añadí, más baja—. Esto no es solo estupidez.

—No —dijo Anaís, seria—. No lo es.

Kenia abrazó sus propios brazos, mirando también hacia arriba.

—Da miedo.

Asentí despacio.

Sí.

Eso era.

No era solo imprudente.

Era… desconectado.

Como si el peligro no tuviera el mismo peso para él que para el resto.

—Cuando dijo lo del agua… —murmuró Diego—. No estaba bromeando.

—No —respondí—. Y eso es lo peor.

Pablo suspiró.

—¿Y ahora qué? ¿Lo dejamos ir y ya?

La pregunta quedó flotando.

Miré hacia arriba otra vez.

El viento movía la nieve superficial, borrando poco a poco las huellas que iba dejando.

Desapareciendo.

Otra vez.

—No me gusta —dijo Elena por primera vez, apretando la bufanda contra su cuello—. No me gusta nada.

—A mí tampoco —añadió Kenia.

—Pero tampoco podemos obligarlo —dijo Anaís.

Cerré los ojos un segundo.

No.

No podíamos.

Pero tampoco podía simplemente… darme la vuelta.

No después de lo del puente.

No después de esa mirada.

Abrí los ojos otra vez.

—No lo vamos a seguir como guardaespaldas —dije al final—. Pero tampoco lo vamos a perder de vista.

Diego levantó una ceja.

—Eso suena exactamente a seguirlo.

—A distancia —aclaré—. Sin invadir. Sin presionar.

—¿Y si se mete al agua de verdad? —preguntó Tom.

Apreté la mandíbula.

—Entonces intervenimos.

—¿Aunque se enoje?

Lo miré.

—Prefiero que se enoje a que se muera.

Silencio.

Nadie discutió eso.

Pablo asintió lentamente.

—Bien… eso sí suena razonable.

—Más o menos —murmuró Diego.

Kenia me miró de reojo.

—Te estás tomando esto muy personal.

No respondí de inmediato.

Porque tenía razón.

Suspiré.

—Porque lo es.

Todos me miraron.

—Ese tipo no está pidiendo ayuda —continué—. Pero tampoco está bien. Y cuando alguien está así… —miré otra vez hacia la montaña— no necesitas que lo diga para saber que puede cruzar una línea.

Anaís asintió, más seria ahora.

—Y él ya está caminando sobre varias.

—Exacto.

El viento volvió a soplar, más fuerte esta vez.

Frío.

Cortante.

—Además… —añadí—. Ya lo vimos una vez en un puente.

Eso bastó.

No hacía falta decir más.

Diego chasqueó la lengua.

—Bien. Plan entonces: distancia, sin presión, pero ojos encima.

—Correcto.

Tom miró hacia arriba, entrecerrando los ojos.

—Se está metiendo por una zona menos transitada.

—Lo sé.

—Genial.

Empecé a caminar.

—Vamos.

—¿En serio? —dijo Pablo—. Ni cinco minutos le diste.

—No estoy siguiéndolo —respondí sin mirarlo—. Solo… voy en la misma dirección.

—Ajá.

—Cállate y camina.

Escuché cómo empezaban a moverse detrás de mí, uno a uno, el sonido de sus pasos uniéndose al mío sobre la nieve.

Lejos.

Me acomodé el gorro con una mano mientras empezábamos a avanzar, clavando bien las botas en la nieve. El viento había subido un poco, y la figura de Réen ya era apenas un punto más arriba.

Y justo cuando di el tercer paso…

Vrrr… vrrr…

Me detuve.

—¿En serio? —murmuré, sacando el celular del bolsillo.

A esta altura, con esta señal de mierda… ¿quién demonios…?

Miré la pantalla.

"Mamá".

Fruncí el ceño.

—Esperen —les dije al grupo, levantando una mano.

Contesté.

—¿Bueno?

—¿Liliana? —la voz de mi madre sonó clara, pero con ese tono que ya conocía—. ¿Dónde estás?

Miré alrededor, el blanco, la pendiente, el cielo gris.

—En la montaña —respondí—. Con los chicos.

—Regresa.

Parpadeé.

—…¿qué?

—Quiero que vengas. Tú y tus amigos. Necesito que hablen con unas personas.

Me quedé en silencio un segundo, confundida.

—¿De qué se trata?

Hubo una pequeña pausa del otro lado.

—¿Recuerdas al niño que desapareció hace más de diez años? Réen.

Mi cuerpo se quedó quieto.

—Sí… claro que sí.

—Está aquí.

Sentí como si algo me hiciera clic en la cabeza.

—¿…qué?

—Estoy con sus padres ahora mismo. —su voz bajó un poco—. Su madre… era amiga mía. Acabamos de reencontrarnos. Están aquí en la montaña también. Y… necesitan ayuda.

Abrí un poco los ojos.

Lentamente giré la cabeza… hacia arriba.

Hacia el punto donde Réen seguía avanzando.

—Mamá…

—Quiero que vengas —insistió—. Tú y tu grupo. Creo que pueden ayudar con él.

Solté una pequeña exhalación.

—Eso es… curioso.

—¿Por qué?

Me pasé una mano por la cara, incrédula.

—Porque estoy en medio de algo ahora mismo.

—¿Algo?

—Sí… —miré a los demás, que me observaban atentos—. Y creo que… —hice una pausa— creo que voy a necesitar refuerzos.

—Liliana, ¿de qué estás hablando?

Sonreí un poco. No de alegría.

De incredulidad.

—Mamá… creo que ya encontramos a tu "caso".

Silencio.

—¿Qué quieres decir?

Miré otra vez hacia arriba, entrecerrando los ojos.

—Hace unos días salimos en la noche… y encontramos a un chico en un puente. Solo. En el barandal.

—…

—Lo bajamos —continué—. Hablamos con él. Se iba a ir sin más… pero antes nos dijo su nombre.

Sentí cómo los demás se acercaban un poco más, escuchando.

—Réen Williams.

Del otro lado… no hubo respuesta inmediata.

—¿Mamá?

—…¿estás segura?

—Completamente.

—Dios mío…

Negué suavemente.

—Sí. Eso mismo dije.

—¿Y ahora? ¿Dónde está?

Solté una pequeña risa sin humor.

—Ahí viene la parte divertida.

—Liliana…

—Está subiendo la montaña —dije—. Solo.

—…

—Y quiere encontrar un lugar para meterse a nadar.

Silencio total del otro lado.

—¿Perdón?

—Sí. —miré a Diego, que negó con la cabeza—. En agua helada. A menos ocho grados. Voluntariamente.

—¡¿Está loco?!

—Ajá.

—¡Liliana, eso es peligroso!

—Sí, mamá. Lo sé.

Me acomodé mejor el celular contra la oreja.

—Por eso te digo… creo que necesitas traer a su familia.

—¿Dónde están exactamente?

Miré alrededor, ubicando el restaurante más abajo, las cabañas, los senderos.

—Zona norte de las pistas. Subiendo hacia las áreas menos transitadas.

—Voy a avisarles ahora mismo.

—Hazlo rápido —añadí—. Porque si encuentra agua antes que nosotros…

No terminé la frase.

No hacía falta.

****

Miranda.

No sé en qué momento dejé de escuchar el murmullo del restaurante y empecé a sentir ese vacío en el estómago otra vez.

Ese mismo.

El de cuando no sabes dónde está tu hijo.

Eleonor bajó el teléfono lentamente, pero su expresión ya lo decía todo antes de que hablara.

—Liliana ya respondió —dijo, mirándonos a todos—. Está en la montaña… con sus amigos.

Me incliné un poco hacia adelante sin darme cuenta.

—¿Y…? —mi voz salió más tensa de lo que quería.

Eleonor dudó un segundo.

—Se encontraron con él hace unos días… en un puente.

Sentí cómo algo dentro de mí se apretaba.

Un puente.

Esa tarde.

La tarde en la que salió sin decir nada.

No dije nada… pero mi mente lo conectó todo en un segundo.

—Y… —continuó ella, tragando saliva—. Acaban de encontrárselo otra vez.

Mi corazón dio un golpe fuerte.

—¿Dónde? —preguntó Manuel de inmediato.

—Aquí. En la montaña.

La silla raspó el suelo cuando me levanté de golpe.

—¿Qué está haciendo? —pregunté, casi sin aire.

Eleonor me miró directo.

—Va buscando un lugar donde meterse a nadar.

—¿¡QUÉ!? —mi voz salió más alta de lo que esperaba.

Sentí las miradas de otras mesas, pero no me importó.

—¡Eso es una locura! —añadí, llevándome una mano al pecho.

—Miranda— empezó Manuel, pero yo ya estaba negando con la cabeza.

—¡Está nevando! ¡Hace frío extremo! ¿Cómo se le ocurre—?

—Porque lo hace —murmuró alguien.

Giré la cabeza.

Guillermo estaba de pie, con una mano cubriéndose parte del rostro.

Soltó algo en noruego, rápido, bajo… pero lo suficientemente claro para que sonara como una maldición.

Lo miré.

—¿Qué?

Suspiró, bajando la mano.

—Olvidé eso.

—¿Olvidaste qué? —preguntó Alan, frunciendo el ceño.

Guillermo negó, como molesto consigo mismo.

—Réen… solía hacerlo.

El silencio cayó sobre la mesa.

—¿Hacer qué? —pregunté, sintiendo cómo el miedo volvía a crecer.

—Meterse al agua fría —respondió—. Ríos, lagos… lo que encontrara.

—¿¡En Noruega!? —mi voz tembló.

—Sí.

Me llevé la mano a la boca.

—Dios…

—No era por estupidez —añadió él, serio—. Era… su forma de regularse.

—¿Regularse? —repetí, sin entender.

—Calmarse —intervino Matías, con voz grave—. Como me dijiste anoche.

Guillermo asintió.

—Exacto.

Caminó un poco alrededor de la mesa, claramente inquieto.

—En la base lo hacía de vez en cuando. —Nos miró—. Cuando se metía en ríos… no pasaba de uno o dos minutos. Máximo.

—¿UNO O DOS MINUTOS? —repetí, incrédula.

—Sí.

—¡Eso es suficiente para—!

—Lo sé —me interrumpió, firme—. Por eso lo vigilábamos.

Apreté los labios.

—¿Y ahora no?

Silencio.

Esa fue la respuesta.

Guillermo exhaló.

—Cuando no tenía acceso a eso… se mojaba en los hangares. Agua fría también, pero menos extrema.

—¿Y cuánto tiempo…? —preguntó Sara, con el ceño fruncido.

—Cinco minutos, más o menos.

—Eso sigue siendo una locura —murmuró Mario.

—Para nosotros, sí —respondió Guillermo—. Para él… es control.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Control de qué?

Me miró.

Directo.

—De su cabeza.

El silencio se volvió pesado.

Denso.

Doloroso.

—No podemos dejarlo hacer eso —dije al fin, negando con la cabeza—. No aquí. No solo. No así.

—No —coincidió Manuel, poniéndose de pie.

Agnes se levantó también, apoyándose en la mesa.

—Entonces no estamos sentados aquí —dijo con firmeza.

Alan ya estaba tomando su chaqueta.

—¿Dónde está exactamente? —preguntó.

Eleonor respondió rápido:

—Zona norte. Subiendo hacia áreas menos transitadas. Liliana dijo que iban detrás de él.

—Bien —dijo Guillermo, moviéndose hacia la salida—. Entonces nos movemos ahora.

Lo miré.

—¿Crees que lleguemos a tiempo?

No respondió de inmediato.

Solo tomó su abrigo.

—Depende de cuánto tarde en encontrar agua.

Eso no ayudó.

Nada.

Salimos del restaurante casi al mismo tiempo, el aire frío golpeándome de lleno en la cara, pero ni siquiera lo sentí.

Solo había una cosa en mi cabeza.

Mi hijo.

Otra vez.

Yendo hacia el frío… como si fuera lo único que lo mantenía en pie.

—Réen… —murmuré, casi sin voz mientras empezábamos a avanzar—. Por favor… no hagas esto…

****

Réen.

Me detuve.

El aire salió de mis pulmones en una nube blanca mientras pasaba la mano por mi cara, sintiendo el frío pegado a la piel como una segunda capa.

—No… —murmuré.

Negué despacio.

—No puedo hacer eso.

La idea había sido buena. Al principio. Simple. Directa. Efectiva.

Pero ahora…

Miré alrededor.

Los árboles. La nieve intacta. El silencio… pero no el mismo silencio.

No era Noruega.

No era la base.

No era ese lugar donde nadie hacía preguntas.

Exhalé otra vez.

—Ya no estoy allá…

Y eso cambiaba todo.

Aquí… había gente.

Había ruido.

Había consecuencias.

Había… ellos.

Mi familia.

La última vez que salí sin avisar casi los rompe.

Lo vi.

Lo sentí.

Y por un segundo… dudé.

Bajé la mirada.

Mis botas estaban cubiertas de nieve hasta los tobillos. Respiré hondo, lento… y al final me dejé caer sobre un tronco caído, el crujido seco de la madera rompiendo el silencio.

No había nadie.

Me había alejado lo suficiente.

El ruido de la zona turística ya no llegaba hasta aquí. Solo el viento… y ese vacío raro que se siente cuando estás solo, pero no completamente en paz.

Apoyé los codos en las rodillas, mirando hacia abajo.

La pendiente.

La nieve.

Las marcas irregulares del terreno.

Y entonces…

Algo hizo clic.

Ese ángulo.

Esa vista.

Ese blanco interminable.

Se sentía… demasiado familiar.

Cerré los ojos un segundo.

Y volvió.

Como siempre.

El fuego.

La noche.

El círculo.

Nosotros.

Los Nombrados.

Sentados alrededor de una fogata improvisada, tratando de no dormirnos, tratando de no pensar demasiado… inventando cosas para mantener la cabeza ocupada.

Incluso… canciones.

Una en particular.

Solté una pequeña exhalación por la nariz.

Ridícula.

Pero funcionaba.

Apoyé la cabeza contra el tronco, mirando al cielo gris mientras las palabras empezaban a salir solas, en voz baja, áspera, como si llevaran años atoradas en la garganta.

—"Vetra nozhnyye, tikhiy krov'… Gde-to doma, no ne zov... Brat za brat, i svet dalyok… My ne zhivy, my tol'ko dolg…"

(Susurros nocturnos, sangre en silencio…Algún lugar era hogar, pero ya no llama… Hermano con hermano, la luz lejana… No estamos vivos, solo somos deuda…)

Cerré los ojos un poco más.

—"Snezhnyy put', bez imyon… Bez ognya i bez domov… Kto upal — ostalsya spat'… Kto idyot — ne smeyat'…"

(Camino de nieve, sin nombres… Sin fuego y sin hogar... El que cae, se queda dormido… El que sigue… no debe reír…)

Mi voz bajó aún más.

—"Ne smotri nazad, ne zovi… Tam net boga, net lyubvi… Tol'ko shum i pylevaya bol'… I v ruke ostalsya stol'…"

(No mires atrás, no llames… Ahí no hay dios, no hay amor… Solo ruido y dolor en polvo… Y en la mano queda el frío…)

El viento pasó entre los árboles.

—"Yesli vyzhiv — ne zhivoy… Yesli dyshit — znachit boy… My ne deti, ne lyudi… My—ostanki ot sud'by…"

(Si sobrevives, no estás vivo… Si respiras, es batalla… No somos niños, no somos humanos… Somos lo que quedó del destino)

El silencio no duró mucho.

Mis dedos empezaron a moverse solos, golpeando suavemente mis piernas. Tac… tac… tac… Un ritmo simple. Básico. Pero suficiente.

Como antes.

Como allá.

Incliné un poco la cabeza, y la canción… siguió saliendo.

—"Krov' na rukakh — ne smyt' nikogda…"

(La sangre en las manos — nunca se va a lavar…)

Tac… tac… tac…

—"Sneg ne skroyet, ne spit zemlya…"

(La nieve no lo oculta, la tierra no duerme…)

El ritmo se volvió un poco más constante. Más marcado.

—"Golos vnutri — kak staryy volk…"

(La voz dentro — como un viejo lobo…)

—"Shchepet kost', kogda ty molch…"

(Muerde el hueso cuando guardas silencio…)

Exhalé por la nariz, sintiendo el aire frío quemar un poco.

—"Ne molis', ne zovi, ne zhdi…"

(No reces, no llames, no esperes…)

—"Tut nikto ne pridyot spasti…"

(Aquí nadie vendrá a salvarte…)

Mis manos golpearon un poco más fuerte. Tac—tac… tac.

—"Yesli padayesh — vstay bez slov…"

(Si caes — levántate sin palabras…)

—"Yesli bol'no — znachit zhivoy…"

(Si duele — significa que estás vivo…)

Mi voz bajó un poco, más grave.

—"My bez imen, bez lits, bez snov…"

(Somos sin nombres, sin rostros, sin sueños…)

—"Tol'ko teni sredi lesov…"

(Solo sombras entre los bosques…)

El ritmo siguió.

Constante.

Hipnótico.

—"Kto nas sozdal — davno zabyl…"

(Quien nos creó — hace tiempo olvidó…)

—"Kto nas videl — tot ne byl…"

(Quien nos vio — ya no está…)

Tragué saliva.

—"I kogda pogasnet posledniy svet…"

(Y cuando se apague la última luz…)

—"Nas uzhe zdes' davno net…"

(Nosotros ya no estaremos aquí…)

Mis manos se detuvieron lentamente.

El eco del último golpe se perdió en el aire frío.

Respiré hondo.

Otra vez ese silencio.

Más lleno.

Abrí los ojos despacio, mirando la nieve frente a mí, como si esperara ver algo moverse entre el blanco.

Pero no.

Solo estaba yo.

Y esa maldita canción…

Que nunca se iba del todo.

Era… claro.

Bajé la mirada a mis manos, todavía apoyadas sobre mis piernas. La piel enrojecida por el frío. Los dedos ligeramente entumecidos.

Respiré hondo.

Y entonces lo sentí.

El hambre.

No como una molestia.

Como un hueco real.

Un tirón interno que se contraía despacio.

La sed, raspando la garganta.

El frío, no solo en la piel… sino metiéndose más adentro, en los músculos, en los huesos.

Y el dolor.

Ese… nunca se iba.

Pero ahora estaba ahí de una forma distinta.

Presente.

Honesto.

Cerré los ojos un segundo.

Y sonreí.

Pequeño.

Casi imperceptible.

—Claro… —murmuré.

Ahí estaba.

Eso era.

Eso era lo que conocía.

No las miradas preocupadas.

No las preguntas.

No el calor de una casa llena de gente intentando entender algo que ni yo entendía.

Esto.

El cuerpo.

El límite.

El recordatorio constante de que sigo aquí… porque duele.

Porque pesa.

Porque falta.

Porque arde.

Exhalé lentamente, dejando que el aire frío me llenara los pulmones.

—Esto sí…

Abrí los ojos, mirando la nieve frente a mí.

—Esto sí lo entiendo.

Otra pequeña sonrisa.

Porque por primera vez en horas…

Mi cabeza estaba en silencio.

No completamente.

Pero lo suficiente.

Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, dejando que ese momento se asentara.

El hambre.

El frío.

El cansancio.

Todo alineado.

Todo simple.

Todo… manejable.

Y entonces…

Ella.

Su voz.

Su cara.

La roca.

El viento.

"Si sales de aquí…"

Abrí un poco más los ojos.

—Amarilis…

Solté el aire por la nariz.

—…cierto.

Bajé la mirada, pensativo.

Había prometido algo.

Una tontería.

Algo absurdo en ese momento.

Pero ahora…

No lo era tanto.

—Pastel de chocolate… —murmuré.

Una risa baja escapó de mi garganta.

—Nieva de pistache… fresas…

Negué suavemente con la cabeza.

—Lo umami…

Me quedé en silencio un segundo más.

Luego asentí.

Decisión.

Simple.

—Ya va siendo hora.

Apoyé las manos en el tronco y me puse de pie, el cuerpo protestando un poco al incorporarme, pero respondiendo.

Siempre respondía.

Miré una última vez hacia la parte alta de la montaña.

Luego hacia abajo.

Donde estaba la gente.

La vida.

El ruido.

—Primero… eso.

Di media vuelta.

Y empecé a bajar.

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