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Chapter 60 - Capitulo 59

[Keny]

El salón principal de la mansión Vyrenthal era un mar de luces cálidas, oro y mármol. Los candelabros reflejaban su resplandor en las columnas y los vitrales, tiñendo el aire con un tono ámbar. El silencio era casi solemne, y cada paso que dábamos resonaba con un eco suave sobre el suelo de piedra pulida.

Me detuve junto a mi hermano, justo frente a los duques Vyrenthal. Ambos estaban de pie al final del salón, con la duquesa Luneth elegantemente sentada en un sillón tallado con el blasón de su casa, y el duque Roderic de pie a su lado, con las manos tras la espalda y una expresión serena, aunque su mirada era aguda, como si midiera cada uno de nuestros gestos.

Tomé aire, inclinándome con respeto y llevando una mano al pecho.

—Soy Keny Vion, segunda hija del conde Vion del Este —dije con voz firme, aunque mi corazón latía un poco más rápido de lo que me gustaría admitir.

Mi hermano, Kyle, dio un paso adelante, repitiendo el gesto.

—Y yo soy Kyle Vion, heredero del condado Vion.

Ambos mantuvimos la inclinación unos segundos antes de incorporarnos. A nuestra izquierda, el marqués Shtile, de porte distinguido y expresión tranquila, hizo lo mismo. Su cabello oscuro estaba recogido con un broche de plata, y su voz, cuando habló, resonó grave y cortés.

—Marqués Shtile delSur, a su servicio, duques Vyrenthal.

Luego, las dos jóvenes que estaban con él se adelantaron. La primera, una chica de cabellos oscuros y mirada segura, bajó la cabeza ligeramente.

—Maylen Shtile, segunda hija del marqués. Es un honor conocerlos formalmente.

La más pequeña, de rizos, dio un pasito hacia adelante y repitió el gesto con torpe elegancia.

—Cloe Shtile, tercera hija del marqués Shtile —dijo con una voz suave, casi un susurro.

Cuando terminaron, el silencio volvió a reinar. Solo se oía el chisporroteo leve del fuego en la chimenea y el sonido lejano de la lluvia golpeando los ventanales.

La duquesa Luneth nos observó en silencio unos segundos antes de sonreír suavemente. Su voz, cuando habló, fue cálida pero autoritaria, la clase de tono que invitaba al respeto sin imponerlo.

—Alcen la cabeza, por favor. Sé muy bien quiénes son ustedes. No hay necesidad de tales formalidades.

Intercambiamos una breve mirada entre todos, antes de incorporarnos de nuevo. La duquesa asintió con una ligera sonrisa.

—Después de todo, esta no es una reunión política —añadió, apoyando una mano sobre el brazo del sillón—. No están aquí como representantes de sus casas, sino como personas que compartieron algo con… mi hijo.

El duque Vyrenthal, que hasta ese momento no había hablado, dio un paso al frente. Su presencia llenaba el espacio sin necesidad de elevar la voz.

—Mi esposa tiene razón —dijo con calma—. Sabemos de sus nombres, y ahora, por fin, de sus rostros. No hay alianzas entre nuestras familias, lo sé bien… pero hay algo que los une: él.

Las palabras del duque pesaron en el aire.

Yo sentí cómo el nombre sin pronunciar, ese que todos teníamos en la garganta, vibraba en mi mente. Eiren. O, como ellos decían… Neyreth.

El duque hizo un gesto con la mano hacia la puerta lateral del salón.

—Por favor, acompáñennos. Hay mucho de qué hablar… y prefiero hacerlo en un sitio más privado.

El marqués Shtile asintió, bajando ligeramente la cabeza.

—Por supuesto, duque Vyrenthal.

Kyle miró de reojo hacia mí antes de hablar.

—Agradecemos su hospitalidad, señor y señora Vyrenthal.

La duquesa se levantó entonces, su vestido de tonos azul oscuro moviéndose como agua con cada paso.

—No tienen que agradecer. Si lo que me han dicho sobre su relación con mi hijo es cierto, entonces yo soy la que debe agradecerles a ustedes.

Maylen inclinó un poco la cabeza, hablando con respeto.

—No hicimos nada que no hubiera hecho él por cualquiera de nosotros.

—Eso mismo dijo él alguna vez —respondió la duquesa con una sonrisa melancólica—. "No es cuestión de deudas, sino de destino."

El duque caminó hacia la puerta abierta, esperando que pasáramos primero.

—Por favor, acompáñennos —repitió—. Esta conversación merece privacidad… y sinceridad.

El sonido de los pasos sobre el piso de mármol resonaba en el pasillo, largo y silencioso, mientras seguíamos al duque y a la duquesa Vyrenthal. La tensión en el aire era casi tangible; no era hostil, pero sí expectante. Nadie hablaba, todos parecían medir cada respiración.

Tras unos minutos, las puertas de una sala más amplia se abrieron, y una oleada de luz cálida y olor a madera encerada nos envolvió. Había varias butacas y sillones tapizados en tonos azul oscuro y dorado, dispuestos alrededor de una mesa baja. Sin embargo, no era eso lo que me llamó la atención.

En la sala ya había personas esperándonos.

Al principio me costó reconocerlos; hacía más de un año que no los veía, pero cuando la mirada de la mujer de cabello castaño claro y ojos serenos se cruzó con la mía, supe quién era.

—Señora… Liana —murmuré sin poder evitar sonreír.

Ella sonrió también, poniéndose de pie. A su lado, Roderic —alto, de aspecto firme y mirada afable— me saludó con un leve movimiento de cabeza. Joren, Alenya y Miriel estaban detrás de ellos, y al verlos, una pequeña nostalgia me recorrió el pecho. Recordé el olor del pan recién hecho de Liana, las risas en el taller de Roderic, y el ruido del pueblo de Arthen la noche en que todo comenzó.

Me adelanté y, con una inclinación ligera, los saludé.

—Ha pasado bastante tiempo. Me alegra verlos de nuevo.

Liana se acercó unos pasos, respondiendo con amabilidad.

—Y a mí también, querida. Qué gusto verte.

Su mirada se posó en Kyle, que estaba justo detrás de mí.

—¿Y este joven debe ser tu hermano?

Kyle sonrió, inclinando la cabeza con respeto.

—Kyle Vion, señora. Es un placer.

Liana asintió con cordialidad.

—Lo mismo digo. Eiren o más bien, Neyreth, como le llaman aquí, nos habló de ustedes en una ocasión.

El marqués Shtile, que observaba la escena desde unos pasos atrás, sonrió levemente antes de hablar.

—Entonces ustedes son la familia con la que Eir… perdón —corrigió con una tos leve y una sonrisa cortés—, con la que Neyreth estuvo viviendo un tiempo.

Roderic asintió, levantándose también.

—Así es. Durante dos años completos. Fue un placer tenerlo con nosotros, marqués Shtile. Es un gusto conocerlo en persona. Mi esposa y yo le agradecemos por su cortesía.

El marqués respondió con un leve gesto de la cabeza.

—El gusto es mío, créame. He escuchado mucho sobre ustedes.

En ese momento, el duque Vyrenthal carraspeó suavemente, imponiendo orden con ese simple sonido.

—Por favor, todos tomen asiento. No es una reunión formal, pero sí importante —dijo con voz grave, aunque no carente de calidez.

Nos acomodamos en torno a la mesa. Los Vyrenthal tomaron sus lugares principales, uno junto al otro. A su derecha se sentaron Liana y su familia, y a la izquierda el marqués Shtile y sus hijas. Kyle y yo tomamos asiento cerca del centro.

Una vez todos estuvieron sentados, la duquesa habló primero, cruzando las manos sobre el regazo.

—Antes que nada, quiero expresar nuevamente nuestro más sincero agradecimiento —dijo con tono sereno, mirando a Liana y Roderic—. Ya se los he dicho más de una vez, pero siento que las palabras nunca bastan. Gracias… por haber cuidado de Neyreth durante esos dos años.

Liana sonrió, bajando la cabeza con modestia.

—No hay nada que agradecer, duquesa. Lo hicimos con gusto. Él se volvió parte de nuestra familia.

—Eso mismo nos dijo él —intervino el duque, con una sonrisa leve—. En sus cartas, siempre los mencionaba con respeto… y cariño.

Joren, que había estado en silencio, intervino con un tono más relajado.

—Bueno, eso explica por qué la señora Liana siempre cocinaba más de lo que necesitábamos —bromeó.

Roderic le lanzó una mirada divertida.

—Y por qué tú te encargabas de desaparecer la mitad antes de que llegara a la mesa.

Una breve risa recorrió la mesa, rompiendo un poco la tensión inicial.

El duque volvió a tomar la palabra.

—A ustedes, familia Vion —dijo mirándonos—, también les estamos agradecidos. No solo por haber confiado en él, sino por haberle dado una oportunidad de demostrar lo que era capaz de hacer.

Yo respiré hondo antes de responder.

—Simplemente… sucedió, excelencia. Fue un encuentro inesperado, pero necesario, creo yo.

El duque asintió lentamente.

—Tal vez fue destino —dijo con tono pensativo.

La duquesa giró la cabeza hacia el otro extremo de la mesa, mirando al marqués Shtile.

—Entiendo la conexión entre los Vion y mi hijo —dijo—, pero me temo que aún no comprendo la de su casa, marqués.

El marqués asintió con seriedad.

—Por supuesto. Permítame explicarlo.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Hace un tiempo, durante un viaje al este por asuntos comerciales, fuimos atacados. No tenía relación alguna con el conde Vion, simplemente… tuvimos mala suerte. —Su mirada se volvió un poco más dura—. En ese ataque, perdimos a dos de nuestros hombres. Fui herido, y mis hijas estaban conmigo. Y como bien saben, mi enfermedad me impide usar magia, por lo que no pude defenderlas.

Maylen bajó la mirada, recordando aquel día, y Cloe apretó las manos sobre su regazo.

—Y entonces —continuó el marqués—, Neyreth apareció. No sé cómo, ni por qué justo en ese momento… pero lo hizo. Nos salvó la vida.

El silencio cayó otra vez.

El duque lo observaba con atención, apoyando una mano sobre el brazo del sillón.

—Y supongo que quiso recompensarlo.

El marqués asintió.

—Así fue. Pero él rechazó cualquier recompensa material. Dijo que no quería oro, ni tierras, ni nada que se le pareciera.

La duquesa levantó una ceja.

—Eso suena como algo que él haría. ¿Entonces qué le ofrecieron?

El marqués esbozó una ligera sonrisa.

—Le propuse algo distinto. Le ofrecí mipatrocinio. Pero antes debía hablar con el conde Vion, para llegar a un acuerdo justo.

—¿Y lo lograron? —preguntó Roderic, interesado.

—Sí —respondió el marqués con un leve asentimiento—. El conde aceptó con una condición: que Neyreth sería considerado uno de los hombres del condado Vion, sin que yo tuviera derecho a reclamarlo como mío en ningún momento. Era confuso, pero fue la única manera en que ambos pudimos honrar su deseo de no ser "poseído" por ninguna casa noble.

Liana sonrió con cierta ternura.

—Eso… suena exactamente a él. Nunca quiso depender de nadie.

Yo asentí también, recordando el momento en que lo conocí, en el campo de entrenamiento, cuando su mirada era fría pero no vacía, y sus palabras sonaban más viejas de lo que su edad indicaba.

—Tenía una forma muy suya de aceptar la ayuda —dije suavemente—. No lo hacía por obligación, sino porque sabía que era parte del camino que debía recorrer.

El duque apoyó una mano en la de su esposa.

—Entonces… todos aquí tienen un lazo con él. —Su voz era grave, pero había un dejo de orgullo—. Me alegra saber que, incluso lejos de nosotros, mi hijo supo rodearse de personas de buen corazón.

La duquesa asintió, mirando a cada uno con genuino agradecimiento.

La duquesa Vyrenthal permaneció en silencio un largo rato después de las últimas palabras del marqués. Su mirada estaba fija en la mesa, pero sus pensamientos parecían vagar muy lejos de aquella habitación. Sus dedos se movían distraídamente alrededor del anillo que llevaba en la mano izquierda: una joya de plata con un zafiro azul pálido, gastada en los bordes por los años y el roce constante.

El murmullo suave del fuego en la chimenea era lo único que se oía, hasta que ella suspiró, casi temblando.

—Lamento… tener que hacerles tantas preguntas —dijo finalmente, su voz más baja, como si le costara hablar—, pero… —se detuvo un momento, buscando las palabras—, ¿cómo es mi hijo?

Nadie respondió de inmediato. Todos la miramos, y por primera vez vi en su rostro no la serenidad de una duquesa, sino la vulnerabilidad de una madre que apenas se atreve a mirar el vacío que dejó el tiempo.

Ella apretó los labios, intentando mantener la compostura.

—Quiero decir… —continuó—, ¿qué le gusta?, ¿qué no le gusta? ¿A qué le teme… o qué cosas lo hacen sonreír? —Una leve risa amarga le tembló en la garganta—. Sé que debería saberlo. Soy su madre. Pero… tantos años sin él, tantas noches sin saber si respiraba o si ya no estaba en este mundo… —Su voz se quebró ligeramente—. No lo conozco, no como debería.

El duque bajó la mirada, sus puños cerrados sobre las rodillas. Su expresión era una mezcla de orgullo contenido y dolor.

Liana fue la primera en hablar. Su tono era cálido, firme, el de alguien que había esperado ese momento.

—Ya me había hecho esas preguntas antes, duquesa —dijo suavemente—, cuando estuvo en Arthen.

La duquesa levantó la mirada con sorpresa.

—¿De verdad?

—Sí —asintió Liana—. Pero… no me importa repetirlas. Ahora también está el duque, y creo que ambos merecen escucharlo.

El duque levantó apenas la vista, los ojos grises brillando en la luz del fuego. No dijo nada, pero asintió una sola vez.

Liana se acomodó en su asiento, recordando con cuidado cada palabra.

—Su hijo es… reservado, para empezar. Pero no en el sentido frío. Es reservado porque piensa demasiado antes de hablar. Si dice algo, es porque realmente lo siente. En Arthen pasaba mucho tiempo observando. Podía quedarse sentado en silencio, mirando a los aldeanos, a los niños jugar o al río correr. Parecía disfrutar del simple hecho de que el mundo siguiera moviéndose.

La duquesa sonrió débilmente.

—Eso… lo heredó de mí —susurró.

Liana siguió.

—Le gusta el sonido de la lluvia. Siempre decía que era lo único que lo hacía dormir bien. Si llovía, podíamos apostar que no se levantaría temprano. —Soltó una leve risa al recordarlo—. A veces se quedaba horas en la herrería, mirando cómo Roderic trabajaba el metal, o en el campo, ayudando a los niños con las herramientas. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, tenía una paciencia infinita.

El duque alzó la vista, con un brillo contenido.

—Siempre fue así —dijo en voz baja—. Cuando era pequeño, podía pasar horas observando cómo los magos moldeaban los cristales de energía. Nunca interrumpía, solo miraba… y preguntaba después, cuando todo terminaba.

—También —continuó Liana— tenía sus pequeñas manías. No soportaba el olor a pan quemado, ni las telas suaves. Y tenía una expresión curiosa cuando algo no le gustaba: fruncía apenas las cejas y apretaba la mandíbula, como si estuviera discutiendo consigo mismo para no decirlo.

La duquesa dejó escapar una risa que terminó convertida en un sollozo.

—Eso… eso hacía de niño. Cuando no quería que lo regañara, se mordía el interior de la mejilla.

Kyle intervino suavemente.

—Lo sigue haciendo, duquesa. Cuando algo lo incomoda, se nota. Pero intenta ocultarlo con una sonrisa.

Liana asintió, cruzando las manos sobre su regazo.

—Y sobre lo que lo hace feliz… —dijo con una pausa—, diría que son las cosas pequeñas. No necesita grandes gestos. Cuando alguien confía en él, aunque sea con algo mínimo, como pedirle ayuda para reparar una herramienta, eso lo alegra. No lo dice, pero se nota.

Roderic, que había estado callado, agregó:

—Y tiene un sentido del deber casi enfermizo. Si promete algo, no hay fuerza en el mundo que lo aparte de cumplirlo. Ni la fatiga, ni el dolor. Eso a veces me preocupaba… —bajó la voz—, porque parecía que no le daba importancia a su propio bienestar.

El duque cerró los ojos por un instante.

—Eso… lo heredó de mí. —Su voz era grave, rota por dentro—. Siempre le enseñé que la palabra dada vale más que cualquier juramento. No pensé que llegaría a llevarlo tan lejos.

Liana lo miró con ternura.

—Lo llevó tan lejos porque ustedes se lo enseñaron bien, excelencia. Aunque haya estado lejos, lo que él es viene de ustedes.

La duquesa apartó la mirada, limpiándose discretamente una lágrima que se escapó.

—¿Y sus miedos? —preguntó apenas audible—. ¿De qué tenía miedo mi hijo?

Liana se quedó callada unos segundos, y el fuego en la chimenea crepitó más fuerte, llenando el silencio.

—De perder otra vez lo que amaba —dijo finalmente—. No lo decía, pero lo sabíamos. A veces despertaba en mitad de la noche, respirando con dificultad. Decía que no recordaba por qué, pero que soñaba con fuego, con voces, con alguien llamándolo desde muy lejos. Y cuando lo veíamos mirar el horizonte al amanecer… sabíamos que no estaba viendo el campo. Estaba buscando algo. O a alguien.

La duquesa apretó el anillo con fuerza, los nudillos blancos.

—Nos buscaba a nosotros —susurró—. Y no estábamos allí…

El duque se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Su voz sonó profunda, cargada de culpa.

—Nunca dejamos de buscarlo… —dijo, sin levantar la vista—. Ni un solo día. Pero el rastro se perdía, una y otra vez. Cuando nos dijeron que había caído… —Su voz se quebró un instante—, cuando encontraron los restos del carruaje…

—Lo sé —lo interrumpió la duquesa, poniéndole una mano sobre la suya—. Los dos perdimos algo ese día.

Liana los miró en silencio. La compasión se reflejaba en sus ojos.

—No lo perdieron del todo —dijo al cabo de un momento—. Lo que vivió lo cambió, sí. Pero sigue siendo él. A veces, cuando hablaba con nosotros, cuando reía con los niños o cuando enseñaba a Joren a usar el arco, se veía ese brillo en los ojos. El mismo que imagino que tenía cuando era pequeño y ustedes lo veían correr por los jardines del ducado.

La duquesa ya no pudo contenerse. Se llevó una mano a la boca, ahogando un sollozo.

—No sé si podré mirarlo a los ojos… —susurró entre lágrimas—. No después de tantos años. No después de haber fallado en protegerlo.

Liana se levantó lentamente, acercándose a ella.

—Él no lo verá así, duquesa. Créame. Lo que más desea… lo que siempre ha querido, incluso cuando no lo decía, es volver a casa.

La duquesa la miró con los ojos rojos, temblorosos.

—¿Volver a casa…?

—Sí —dijo Liana con una sonrisa suave—. Y ya está aquí.

El duque levantó la vista por primera vez, y sus ojos grises brillaron con una mezcla de orgullo y tristeza.

—Entonces solo nos queda esperarlo —dijo en voz baja—. Esperar a que despierte… y que nos dé una oportunidad de conocer al hombre en el que se ha convertido.

La duquesa asintió, sosteniendo la mano de su esposo.

El silencio que siguió no fue vacío. Fue cálido, lleno de esa promesa silenciosa de una familia que, aunque rota por el tiempo, todavía tenía esperanza de recomponerse. Afuera, la lluvia empezaba a golpear los cristales, suave, como si el mundo acompañara en silencio aquella plegaria.

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