[Eiren]
El aire helado me golpeaba el rostro como si quisiera arrancarme la piel.
La nieve caía con la parsimonia de un reloj antiguo, cada copo hundiéndose en mi cabello, derritiéndose sobre mi abrigo.
Allí estaba yo, después de cuatro meses de viaje, sobre aquella montaña blanca, mirando a lo lejos a apenas unos kilómetros, mi hogar.
O al menos, eso solía serlo.
Inspiré profundo, el vapor escapó de mis labios.
El frío era agudo, pero no dolía tanto como el peso que cargaba en el pecho.
Cuatro meses caminando. Cuatro meses de silencio, de pensar qué les diría.
Cuatro años desde la última vez que los vi.
Y ni siquiera sabía si tenía el derecho de volver.
—…Por fin —murmuré, mi voz perdiéndose en el viento—. Por fin estoy de regreso.
Apreté los guantes contra mis manos y comencé a descender.
Cada paso sobre la nieve resonaba con un crujido hueco.
Me movía con cuidado, usando la agilidad que tanto me había costado obtener.
Salté de roca en roca, bajando entre montones de nieve, con el viento silbando entre los pinos y el hielo.
Y justo cuando mis pies tocaron terreno más firme, todo... se volvió negro.
No fue un desmayo repentino, ni una pérdida brusca de conciencia.
Simplemente, la oscuridad.
Seguía caminando, podía sentir la nieve bajo mis botas, pero el mundo había desaparecido.
Intenté parpadear… nada.
Ni una chispa de luz.
El peso comenzó a arrastrarme.
Primero en el pecho.
Luego en el estómago.
Después en todo el cuerpo, como si la misma montaña se me hubiera venido encima.
—¿Qué es esto…?
¿Era dolor?
No, era más… incomodidad.
Una sensación sofocante.
Mi cuerpo ardía apenas un poco, como si algo dentro de mí estuviera en ebullición.
Y esa presión en el pecho…
¿Era culpa?
¿El peso de las personas que maté?
¿El de las mentiras que dije… o las que aún no recordaba haber dicho?
Todo se sentía confuso.
La culpa, la rabia, la incertidumbre.
Y sobre todo… esa pregunta que me había perseguido durante años:
¿Por qué nunca llegué a casa?
¿Por qué regresé a la Orden?
¿Por qué mi mente se apagó justo cuando más cerca estaba?
Unas gotas húmedas cayeron sobre mi rostro.
Luego otra.
Y otra más.
Era cálido.
No… húmedo.
Y lo que me aplastaba no parecía una roca.
Era algo vivo.
La sensación sobre mi cuerpo cambió.
Pesada, tibia, acompañada de respiraciones rápidas.
Y entonces una pequeña luz apareció frente a mis ojos.
Luego se expandió, y otra vez sentí calor sobre mi cara.
La luz creció hasta que la oscuridad se desgarró.
Todo se volvió borroso, nebuloso, como si el mundo despertara más lento que yo.
—Ugh… ¿qué…? —intenté hablar, pero la voz me salió ronca.
Oí jadeos.
No de una persona.
Más… animales.
Graves, rítmicos, acompañados de un sonido húmedo, como una lengua lamiendo.
—¿Qué demonios…? —musité con esfuerzo.
Parpadeé, una, dos, tres veces.
La visión comenzó a enfocarse.
Vi un reflejo plateado.
Luego destellos azules, y un punto negro, grande y fijo que no brillaba.
Otra sensación húmeda me recorrió la mejilla.
Seguido de un gruñido bajo y vibrante.
—No… no puede ser…
Cuando por fin mi vista se aclaró, lo vi completo.
Encima de mí, el maldito dragón-lobo me observaba con sus ojos azulados, su respiración era un vendaval cálido que me agitaba el cabello.
Su tamaño descomunal era lo que había sentido aplastándome el pecho.
—¡No soy una cama, demonios! —gruñí con voz ronca, empujándolo con ambas manos—. ¡Bájate!
El lobo soltó un sonido que, si no lo conociera, habría jurado que era una risa ronca.
Pero obedeció.
Se apartó lentamente, dejando que el aire volviera a mis pulmones.
—Por los dioses… —exhalé, girando sobre un costado—. ¿Esa es tu forma de despertarme? ¿Aplastándome medio cuerpo?
El dragón-lobo inclinó la cabeza, mostrando los colmillos en algo parecido a una sonrisa.
Sus escamas o más bien, su pelaje metálico reflejaban la luz de la habitación con un brillo dorado y azulado.
—No me mires así —dije, pasándome la mano por la cara—. No puedes dormir encima mío solo porque sí.
El lobo soltó un resoplido, echándose a un lado de la cama, haciendo que las sábanas se arrugaran.
Yo lo miré, entre exasperado y resignado.
—Sí, sí… lo que digas —murmuré, girando la vista al techo.
Solo entonces noté dónde estaba.
Una habitación… demasiado ornamentada.
Sobre mí, un pabellón traslúcido rodeaba la cama, como una cortina de seda encantada.
Los postes eran de oro y cristal tallado.
El dragón me miró de reojo, su cola moviéndose lentamente sobre el suelo de mármol.
Afuera, el golpe rítmico de la lluvia contra la ventana llenaba la habitación.
El sonido era tan familiar como lejano, como si lo escuchara en sueños.
Me incorporé lentamente, apoyando los codos en las rodillas.
El cuerpo me pesaba.
No de cansancio, sino… de tiempo.
—¿Cuánto dormí…? —murmuré, mirando mis manos.
El dragón ladeó la cabeza, soltando un leve rugido bajo, una vibración profunda en el pecho.
Como si tratara de responderme.
—¿Días? —pregunté.
Un gruñido.
—¿Semanas?
El lobo emitió un resoplido breve, casi afirmativo.
—Semanas, entonces… —suspiré—. Y nadie vino.
Silencio.
Solo el crujido del fuego distante en el hogar y el sonido de la lluvia.
Miré al dragón-lobo, ese ser que una vez fue mi enemigo, y luego mi… guardián, de alguna retorcida manera.
Me observaba en calma, con los ojos entrecerrados, atento a cada movimiento mío.
—Supongo que eso significa que sigo vivo, ¿no? —dije con una sonrisa cansada.
El dragón inclinó la cabeza y soltó un resoplido cálido que me revolvió el cabello.
—Sí… —añadí, bajando la voz—. Sigo vivo… aunque no sé si debería alegrarme por eso.
El dragón no respondió, pero se acomodó junto a la cama, como si supiera que no me dejaría solo.
Y mientras la lluvia golpeaba las ventanas y la luz del amanecer se filtraba débilmente por los cortinajes, me quedé allí, mirando mis manos, tratando de recordar… qué fue exactamente lo que me impidió volver hace años.
Y por qué, aún ahora, mi pecho seguía ardiendo como si cargara fuego dentro.
El sonido de la lluvia repicaba con suavidad en los ventanales, como si alguien golpeara con los dedos el cristal una y otra vez. Me quedé mirando el techo unos segundos, el eco de mi respiración llenando el silencio, y solté un suspiro largo, pesado.
—¿Dónde demonios… estoy? —murmuré.
Giré el rostro hacia un lado. El pabellón translúcido tembló apenas con el viento, las telas doradas se movían con una elegancia que no recordaba haber visto en ningún sitio en el que hubiera dormido antes. No era una posada, ni un campamento improvisado… y definitivamente no era una de las carpas de la Orden.
Fruncí el ceño.
—¿Dónde están todos…? —pregunté en voz baja, más para mí mismo que para nadie.
No hubo respuesta, salvo el jadeo profundo del dragón, aún en su forma de lobo gigantesco, echado junto a la cama.
Intenté incorporarme, moviendo con esfuerzo el brazo derecho; sentí cómo los músculos protestaban, rígidos y entumidos. Pero apenas logré levantarme unos centímetros cuando sentí algo tirar de mi camisa.
—Oye, oye, ¡suéltame! —gruñí, forcejeando un poco.
El dragón soltó un gruñido gutural, bajo, casi perezoso, y me empujó de nuevo contra el colchón con una facilidad insultante. Su garra, enorme, se posó sobre mi pecho como si yo fuera un cachorro rebelde.
—¡No soy una maldita almohada, y no estoy inválido! —protesté, empujando su pata con ambas manos.
Él solo ladeó la cabeza, sus ojos azulados mirándome con ese aire condescendiente que tanto me irritaba.
—Gruh.
—Sí, claro, "gruh", lo que digas —bufé, rodando los ojos—. Escucha, tengo que salir. No sé cuánto tiempo he dormido, no sé dónde están los demás.
El dragón presionó un poco más la pata, empujándome de nuevo contra las sábanas. Solté un gruñido bajo, frustrado.
—¿De verdad me estás deteniendo… tú? —pregunté, mirándolo con incredulidad.
La criatura soltó un sonido grave, algo entre un bufido y un ronroneo satisfecho.
—Tienes un ego enorme, ¿sabías? —murmuré—. Ni siquiera sé si entiendes lo que digo, pero… tengo que saber qué pasa.
El dragón inclinó la cabeza, su respiración pesada calentándome el rostro. Lo miré de vuelta. Por un instante, tuve la sensación de que me observaba con una especie de paciencia extraña, como si supiera algo que yo no.
—No me mires así —dije, entrecerrando los ojos.
Gruh.
—No. No pienso quedarme acostado solo porque tú lo digas. Necesito moverme, buscar a alguien, preguntar dónde demonios estoy.
Intenté levantarme otra vez, con más fuerza esta vez, pero el lobo-dragón volvió a presionarme con una suavidad firme. Su garra era pesada, sí, pero no me lastimaba. Era… como si intentara evitar que me hiciera daño a mí mismo.
—¿Qué? ¿Tienes órdenes de que me quede aquí? ¿Te lo dijo alguien? —pregunté, exasperado.
El dragón levantó apenas una oreja.
—Genial. Me vigilan como si fuera un prisionero. Fantástico —resoplé, dejando caer la cabeza sobre la almohada.
Un momento después, el silencio volvió a llenar la habitación. Solo se escuchaba la lluvia, el crujir del fuego en la chimenea, y… mi estómago.
Un rugido bajo, profundo, casi vergonzoso.
—… Genial. —me llevé una mano al abdomen, presionando ligeramente—. De todas las cosas que podían recordarme que sigo vivo, tenía que ser el hambre.
El dragón parpadeó, su enorme cabeza acercándose lentamente. Me olfateó el estómago y luego soltó un bufido cálido, casi divertido.
—No, no tengo comida ahí, idiota —dije, dándole un golpecito débil en el hocico.
Él levantó una ceja o lo que fuera su equivalente dracónico y se dio la vuelta, moviendo la cola, lo que hizo que una ráfaga de aire frío me golpeara la cara.
—¡Hey! ¡Ten cuidado con eso! —me quejé.
El dragón solo emitió un sonido parecido a una risa baja, se acomodó en el suelo, enrollando su cuerpo alrededor de la cama, como si fuera un guardián.
Lo miré en silencio un rato, suspirando.
—¿Sabes? No sé si me estás protegiendo o si solo disfrutas verme frustrado —dije.
Gruh.
—Lo tomaré como un "ambas cosas", entonces —murmuré.
Me quedé quieto unos segundos, el peso de su pata todavía en mi pecho, el calor que desprendía contrastando con el frío que se filtraba por las rendijas de la ventana.
—Supongo que… puedo esperar un poco más —dije finalmente, cerrando los ojos.
El sonido de la lluvia se fue volviendo un rumor distante, como si el mundo entero se hubiera sumergido bajo el agua. El fuego chispeaba, el dragón seguía respirando con lentitud a mi lado, y yo, rendido en esa cama demasiado cómoda para mi gusto, intentaba convencerme de que dormir un poco más no sería el fin del mundo.
Hasta que escuché algo.
—…shhh, no hables tan fuerte, te va a escuchar.
Mi ceja se alzó de inmediato.
¿Había alguien más en la habitación?
—Te digo que no, el hermano Neyreth lleva dormido dos meses desde el bosque hasta que llegó. No creo que ya haya despertado —dijo una vocecita aguda, infantil, con ese tono curioso y travieso que recordaba de…
Me quedé helado.
—N-No puede ser… —murmuré apenas, cerrando los ojos y agudizando el oído.
Otra voz, un poco más madura, femenina, respondió con una mezcla de dulzura y seguridad:
—Eiren ha dormido más tiempo que eso antes, y siempre despierta.
La forma en que dijo Eiren me resultó tan… familiar. Como una caricia que reconoces incluso sin ver el rostro de quien la da.
—¿Es normal eso? —preguntó otra voz, de niño esta vez, con curiosidad genuina.
—Sí —respondió la niña más pequeña—, aunque muchas veces es porque enfermaba por estar entrando… —hubo una pequeña pausa, y la voz bajó, como si recordara algo triste—, por estar entrando en lugares peligrosos.
Mis dedos se crisparon un poco sobre las sábanas.
¿"Entrando en lugares peligrosos"? ¿Qué demonios estaban diciendo?
—¿Entonces el hermano Neyreth era fuerte? —preguntó el niño, con un tono de admiración tan inocente que me hizo esbozar una sonrisa involuntaria.
Y, para mi sorpresa, dos voces una más pequeña y otra un poco mayor respondieron al mismo tiempo:
—¡Sí!
Hubo un pequeño silencio, seguido de risas ahogadas.
—Ya les dije que no hagan ruido —intervino la voz mayor, con ese tono protector que solo una hermana podría tener—. Su hermano sigue dormido, y no pueden estar molestando.
El silencio que siguió fue breve, lleno de esas risitas contenidas que solo los niños saben disimular mal.
Pero yo… yo ya no podía moverme.
Mis ojos seguían fijos en el techo, pero mi mente estaba en otro sitio.
Esas voces.
Dioses, esas voces.
—Alenya… ¿Miriel? —susurré, casi sin aliento.
El dragón levantó la cabeza, girándola hacia mí, pero yo ya no lo miraba.
—No puede ser… —murmuré—. Ellas… ellas están aquí.
Sentí el pecho apretarse, no por el peso de la pata del dragón, sino por una sensación cálida que me atravesó como una lanza.
Las risas, los murmullos, las respiraciones contenidas del otro lado de la puerta… eran reales.
Y entonces, más allá de todo, más allá de la incredulidad, escuché otras dos voces.
Una de niño, insegura pero dulce, y otra de niña, con una calma casi idéntica a la de su madre:
—¿Crees que… que se va a despertar pronto? —preguntó el niño.
—Sí —respondió la niña sin dudar—. El hermano Neyreth siempre despierta. Mamá lo dijo.
Esa última frase me hizo cerrar los ojos.
Mi garganta se tensó.
—…Niva —susurré, con un nudo en el pecho—.
—¿Y ese… era Isen? —añadí con un hilo de voz.
El dragón soltó un pequeño resoplido, y me miró de reojo, como si entendiera la mezcla de incredulidad y emoción que me recorría.
Me llevé una mano al rostro.
—Dioses… suenan tan diferentes —murmuré, entre un suspiro y una risa temblorosa—. Las últimas veces que los escuché… sus voces eran tan pequeñas… tan… —tragué saliva—. apenas balbuceaban, ni siquiera podían decir mi nombre bien.
El dragón apoyó de nuevo la cabeza cerca de la cama, y su ojo azul me observó con esa calma de siempre.
Yo solo me quedé ahí, inmóvil, escuchando los murmullos tras la puerta.
—¿Y si entramos a verlo? —preguntó la más pequeña.
—No, no, mamá dijo que lo dejáramos descansar —respondió otra voz.
—Pero quiero verlo, solo un poquito —insistió la menor, haciendo que las demás soltasen un suspiro.
—Siempre dices eso, y luego terminas despertando a todos —se quejó la más grande.
—No es cierto… bueno, tal vez una vez —replicó la niña en un tono travieso.
Me tapé la cara con una mano, intentando no reír.
No quería que supieran que estaba despierto todavía.
Era un instante tan… perfecto.
Tan frágil.
Tan imposible.
Nunca creí que volvería a escuchar esas voces fuera de mis recuerdos.
Y sin embargo, ahí estaban.
A un par de metros, vivas, riendo.
La culpa, la tristeza, el cansancio… todo se mezcló en un nudo que me pesó en el pecho, pero por primera vez en mucho tiempo… sentí que algo dentro de mí se aflojaba.
—Están aquí… —susurré, cerrando los ojos mientras el dragón me observaba en silencio—. Están… realmente aquí.
Empujé la pata del dragón con las dos manos, sin demasiadas esperanzas.
—Vamos… déjame levantarme, solo un momento —dije entre dientes, forzando un poco el brazo.
El dragón me miró con ese aire de superioridad perezosa que solía tener, y soltó un resoplido cálido, casi burlón. Pero, para mi sorpresa, su peso cedió.
—¿En serio? —susurré, arqueando una ceja.
El enorme lobo-dragonal ladeó la cabeza, sus ojos brillando como si se riera de mí.
—Ya era hora —murmuré, poniéndome de pie con un poco de torpeza. Sentí las piernas entumecidas, como si cada músculo se quejara del tiempo perdido.
Me tambaleé al primer paso y tuve que apoyarme en el borde de la cama.
—Genial… casi dos meses dormido y camino como un anciano —gruñí, acomodando el equilibrio.
El dragón bufó otra vez, y yo le señalé con un dedo.
—Ni una palabra —le advertí.
Dio media vuelta, se tumbó de nuevo y apoyó la cabeza sobre las patas, indiferente.
—Sí, claro, tú quédate ahí, haciendo nada como siempre —mascullé, moviendo la cortina translúcida del pabellón.
El aire frío de la habitación me golpeó en la cara.
La lluvia seguía cayendo, golpeando las ventanas con ritmo constante.
Caminé despacio, arrastrando los pies sobre el suelo de piedra pulida, hasta que una voz amortiguada llegó desde el otro lado de la puerta.
—¿Escucharon eso? —la voz de Niva. Su tono era una mezcla de duda y emoción contenida.
Me detuve, apenas a dos pasos de la puerta.
—Habrá sido la lluvia —respondió Miriel, con ese tono paciente que siempre ponía cuando trataba de mantener el orden entre los más pequeños.
Sonreí, casi sin querer.
Siguen siendo los mismos…
Di un par de pasos más, hasta quedar frente a la puerta. Mi mano tembló ligeramente cuando la posé sobre el pomo.
—Bueno… a ver qué tanto han crecido —susurré, girándolo con suavidad.
La puerta se abrió con un leve chirrido.
Del otro lado, los cuatro niños estaban de espaldas, hablando entre ellos.
Niva movía las manos al hablar, Isen tenía los brazos cruzados, Miriel parecía contener una sonrisa, y Alenya más alta, más segura se giró primero.
Sus ojos se abrieron por completo.
Y en ese instante, los demás también voltearon.
Cuatro pares de ojos me miraron, y el tiempo pareció detenerse.
Sonreí con suavidad, apoyándome en el marco de la puerta.
—Dejen de gritar —dije, fingiendo tono serio—, que hasta allá se escucha todo.
Por un segundo, el silencio fue absoluto.
Y luego… el caos.
—¡Neyreth! —gritó Niva, y corrió hacia mí con tanta velocidad que apenas pude reaccionar antes de que me abrazara con fuerza en el estómago.
—¡Hermano Neyreth! —Isen fue el siguiente, tropezando casi con ella y abrazándome también.
Miriel soltó un pequeño grito ahogado y se llevó las manos a la boca, sus ojos humedeciéndose en el acto.
—¡Lo sabía! ¡Te dije que despertaría! —exclamó, corriendo hacia mí y uniéndose al abrazo.
Y Alenya…
Ella se quedó quieta por unos segundos, observándome como si necesitara asegurarse de que no era un sueño.
Sus labios temblaron apenas.
—…Idiota —murmuró finalmente, antes de caminar hacia mí y abrazarme con los brazos alrededor del cuello, apretando con una fuerza que me arrancó el aire.
Reí, una risa torpe, entrecortada por la emoción.
—Eh, eh, calma, calma, me van a romper las costillas —dije, aunque mis brazos los rodearon a todos sin dudar.
—Pensamos que no ibas a despertar —dijo Niva, con la voz quebrada.
—Llevas dormido mucho tiempo —añadió Miriel, escondiendo la cara contra mi hombro.
—Yo cuidé que nadie entrara, te protegí —dijo Isen con un orgullo tan inocente que no pude evitar reír.
—Sí, claro —bromeó Alenya, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—, lo único que protegías era la bandeja de galletas que mamá traía para él.
—¡No es cierto! —protestó el niño, soltándose del abrazo.
—Sí lo es —dijo Niva, riendo entre sollozos—, ¡te las comías todas!
El sonido de sus risas llenó la habitación, y sentí cómo algo dentro de mí se aflojaba, un peso invisible que por fin comenzaba a disolverse.
—No saben cuánto los extrañé —dije al fin, mi voz quebrándose un poco.
Los cuatro me miraron con ojos brillantes.
Niva fue la primera en hablar, con una sonrisa temblorosa.
—Nosotros también, hermano Neyreth. Mucho.
Me separé un poco del abrazo grupal, respirando con dificultad entre risas y lágrimas contenidas. Los miré a todos, pero mis ojos se detuvieron en los dos más pequeños, bueno, ya no tan pequeños, Niva e Isen.
Me agaché lentamente hasta quedar a su altura, las rodillas crujiendo un poco por la falta de movimiento.
Ellos me miraron con esos ojos grandes, expectantes, llenos de una emoción que me desarmó al instante.
Puse una mano en cada uno de sus rostros, sintiendo la tibieza de su piel.
—Mírenlos nada más… —dije entre una risa temblorosa—. Han crecido tanto…
Niva soltó una risita nerviosa, frotándose un poco la mejilla contra mi palma.
—Ya no somos niños, ¿verdad? —preguntó con un leve orgullo en su voz.
—No, no lo son… —respondí, sonriendo—. Aunque… —hice una pausa y fruncí el ceño fingiendo examinarles el rostro— …a ver… ¿Dónde quedaron esas mejillas redondas que tenían antes?
Isen infló las suyas a propósito.
—¡Todavía tengo cachetes! —dijo, lo que provocó una carcajada general.
No pude evitar reírme con ellos, inclinando la cabeza.
—Sí, pero ya no están tan esponjosos como antes —dije, pellizcando suavemente las mejillas de ambos, haciendo que soltaran grititos divertidos.
—¡Hermano! ¡No! —se quejó Niva, riendo mientras trataba de apartar mi mano.
—¡Eso duele! —protestó Isen, pero su sonrisa lo delataba.
—¿Ah, sí? Pues antes les encantaba que les hiciera esto —dije, pellizcándolos de nuevo con una sonrisa traviesa.
—Eso era cuando éramos bebés —replicó Niva con tono indignado, aunque sin dejar de reír.
—Y tú también tenías las manos más pequeñas —añadió Isen, mirándome como si acabara de descubrir algo importante.
—¿Ah, sí? —pregunté entre risas, bajando un poco la cabeza—. Bueno, supongo que todos crecimos…
Mi voz se quebró sin aviso. No lo planeé.
Sentí cómo una lágrima se escapó de mis ojos y cayó sobre la mejilla de Niva, que me miró sorprendida.
Parpadeé, intentando sonreír, pero otra lágrima le siguió.
—Oye… estás llorando —susurró ella, con una ternura que me partió el alma.
Reí entre sollozos.
—Supongo que sí —admití—. No pensé que los vería así… tan grandes… tan… vivos.
Isen se acercó un poco más, su rostro serio por primera vez.
—¿Por qué lloras, hermano?
Tomé aire, pero las palabras salieron solas, como si hubieran estado esperando ese momento desde hace años.
—Porque… lo siento. —Apreté un poco sus mejillas entre mis manos, mirándolos a ambos—. Lo siento por no haber vuelto antes. Por no estar cuando debía. Por desaparecer… por dejarlos pensar que tal vez no volvería.
Niva negó con la cabeza, con los ojos humedecidos.
—No digas eso… Tú volviste, ¿verdad? Eso es lo importante.
—Sí —añadió Isen, asintiendo con fuerza—. Volviste, y eso significa que ganaste. Mamá siempre dice que cuando alguien regresa a casa, es porque ganó su batalla.
Mi garganta se cerró.
Apreté los labios, riendo entre lágrimas, y los abracé otra vez, juntándolos contra mi pecho.
—No sé si gané… —susurré contra sus cabecitas—. Pero si ustedes están aquí, si siguen sonriendo, entonces valió la pena.
Sentí sus pequeños brazos rodearme.
Niva apoyó su frente en mi hombro, e Isen murmuró algo casi inaudible.
—Te extrañamos mucho, hermano.
Me quedé así, en silencio, respirando el momento, como si el tiempo mismo se detuviera solo para nosotros.
—Yo también los extrañé, pequeños —dije al fin, en voz baja, cerrando los ojos—. Más de lo que imaginan.
Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano, soltando a Niva e Isen despacio. Luego levanté la vista, y mis ojos se cruzaron con los de Miriel y Alenya, que observaban la escena con sonrisas suaves, aunque también con cierta emoción contenida.
Sonreí, aún con la voz un poco quebrada.
—Vaya… —dije, poniéndome de pie con algo de torpeza—. Hace casi un año que no las veo.
Miriel, siempre tan serena, inclinó la cabeza con una sonrisa leve.
—Sí, ha pasado bastante tiempo —respondió—. Y, sinceramente, no creí que te volvería a ver tan pronto.
—Yo tampoco… —contesté, rascándome la nuca con una sonrisa nerviosa. Luego, mirándolas a ambas, añadí—. Si ustedes dos están aquí… eso significa que mamá, papá y Joren también lo están, ¿verdad?
Miriel asintió sin dudar.
—Sí. La duquesa —se detuvo un segundo, casi como si saboreara la palabra— nos pidió que la acompañáramos hasta la capital. No podíamos negarnos.
—No es que ella lo haya pedido suavemente —intervino Alenya con una media sonrisa—. Prácticamente nos arrastró. Dijo que "si Neyreth despertaba, quería que toda la familia estuviera allí, sin excusas".
No pude evitar reír ante eso.
—Sí, eso suena exactamente como mamá —dije, dejando escapar un suspiro—. Siempre tan… decidida.
—Decidida y algo mandona —añadió Niva entre risas.
—Shh, Niva —la reprendió Miriel con un leve tono maternal, aunque la sonrisa la traicionó—. No digas eso delante de él, luego se lo repite a ella.
—¡Ja! —dije, levantando las manos— No lo prometo.
Todos rieron suavemente, y ese pequeño sonido, tan simple, llenó la habitación con una calidez que hacía tiempo no sentía.
Después de un momento, el silencio volvió, y lo rompí con una pregunta.
—¿Y dónde están ahora todos?
—En el comedor —respondió Alenya, ajustándose un mechón de cabello detrás de la oreja—. Están desayunando. Han estado… esperando que despiertes, pero Mariela insistió en que comieran algo mientras los médicos revisaban tus signos vitales.
—¿Desayunando…? —repetí, y mi estómago gruñó justo en ese momento, lo bastante fuerte como para que todos lo escucharan.
Niva soltó una carcajada.
—¡Parece que alguien también necesita desayunar!
Isen se llevó la mano al vientre, imitando el sonido.
—Creo que te está llamando la comida, hermano.
Reí, encogiéndome de hombros.
—Sí, puede ser. —Di un paso, pero las piernas me temblaron un poco, y tuve que apoyarme en el marco de la puerta—. ¿Podrían… llevarme hasta allá?
—¿Estás seguro de que puedes caminar? —preguntó Niva con genuina preocupación—. Dijeron que llevas dos meses dormido.
Me detuve un segundo, procesando sus palabras.
—¿De verdad dos… meses? —pregunté, sorprendido.
—Sí —respondió Miriel suavemente—. Dos meses exactos, desde el día de la batalla.
Mi respiración se detuvo un instante. Bajé la mirada a mis manos, intentando comprender lo que eso significaba. Dos meses. Todo ese tiempo, inconsciente.
—Supongo… —dije, intentando recomponer mi voz— que eso explica por qué me siento como si me hubieran lanzado desde una torre.
Alenya rió, cruzándose de brazos.
—Te verías bien cayendo con estilo, al menos.
—Gracias por la confianza, Alenya —respondí con una sonrisa ladeada.
Niva se acercó, mirándome con gesto decidido.
—Bueno, si vas a levantarte, no lo harás solo.
—Estoy bien, de verdad, puedo…
Pero antes de que terminara la frase, Isen ya había tomado mi brazo derecho, y Niva el izquierdo.
—No es una opción —dijo Isen, con una sonrisa firme—. Si te caes, mamá nos mata.
—Y además —añadió Niva—, no todos los días se ayuda a caminar a un héroe recién despertado.
—¿Héroe? —reí entre dientes—. No sé si merezco eso…
—Claro que sí —replicó ella sin dudar.
Miriel sonrió y caminó detrás de nosotros.
—Está decidido entonces. Los niños te escoltarán.
Alenya, que ya había abierto la puerta del pasillo, miró por encima del hombro.
—Yo iré adelante, no vaya a ser que se desmayen los tres y tengamos que explicar otra caída "accidental".
Solté una risa débil mientras me apoyaba un poco más en los hombros de Niva e Isen.
—De acuerdo… pero si me caigo, me aseguro de arrastrarlos conmigo.
—¡Ni lo sueñes! —gritaron ambos al mismo tiempo, riendo.
Y así, paso a paso, con piernas que apenas recordaban cómo moverse, empecé a avanzar por el pasillo, guiado por esas pequeñas manos que no había sentido en tanto tiempo.
Cada paso dolía, sí, pero también sanaba algo dentro de mí.
Y en el fondo, supe que aquel trayecto hacia el comedor era más que un camino hacia un desayuno: era el inicio de volver a casa.
