Cherreads

Chapter 64 - Capitulo 63

[Eiren]

La cuchara volvió a rozar mis labios, tibia, con ese olor suave que me recordaba al hogar.

No protesté.

Llevaba días, quizás semanas, sin tener algo tan simple como una sopa en la boca.

Mi madre Luneth, la sostenía con ambas manos, con ese cuidado exagerado que uno usa cuando teme que lo que sostiene se rompa al mínimo movimiento.

—Despacio, amor… —me dijo en voz baja, soplando antes de ofrecerme otra cucharada—. Está caliente aún.

Asentí apenas, dejando que la sopa pasara.

Tenía hambre, sí, pero también esa pereza que viene cuando el cuerpo aún no se acostumbra a estar despierto.

Cada movimiento parecía pedir permiso al siguiente.

—¿Así está bien? —preguntó ella, como si lo que importara fuera mi aprobación.

—Sí… —respondí con la voz ronca, casi un murmullo—. Está buena… mamá.

Ella se detuvo un segundo.

Vi cómo sus labios temblaban un poco antes de sonreír.

No sé si fue porque la llamé "mamá" o porque me oyó decir algo más largo que una sola palabra.

De cualquier forma, su sonrisa me bastó.

A mi alrededor, la habitación se sentía demasiado llena.

Mi padre, el duque Nareth Vyrenthal, estaba de pie al otro lado de la cama.

No decía nada, pero su mirada lo hacía todo: mezcla de orgullo, alivio, y ese desconcierto que solo alguien que no sabe cómo acercarse puede tener.

Sivelle estaba sentada junto a la ventana, con las manos en el regazo, mirándome de vez en cuando.

Sonreía, pero sus ojos rojos delataban que había llorado no hace mucho.

A su lado, Niva e Isen —los mellizos— se asomaban intentando no hacer ruido, aunque no podían evitar moverse inquietos, como si quisieran venir a abrazarme pero temieran romper algo en el proceso.

Y luego… mi otra familia.

Mi verdadero refugio todos esos años.

Liana, mi madre adoptiva, se mantenía cerca de Luneth, observando con ternura y cierta nostalgia.

Roderic tenía los brazos cruzados, pero sus ojos brillaban con orgullo.

Joren estaba detrás de él, intentando no parecer emocionado, pero lo conocía demasiado bien como para no ver su sonrisa escondida.

Alenya y Miriel se asomaban un poco desde la puerta, casi como si les diera miedo entrar demasiado.

El contraste era tan extraño.

Dos mundos que antes parecían imposibles de juntar… ahora respiraban en el mismo aire.

No sabía qué sentir.

Al fondo, acostado en silencio junto a la chimenea, estaba él: el dragón-lobo.

Nadie parecía entender del todo qué hacía ahí, pero nadie se atrevía a sacarlo tampoco.

Dormía, o fingía hacerlo.

De vez en cuando, su cola se movía apenas, como si vigilara en sueños.

Tomé otra cucharada.

Y otra.

Mis brazos aún no me obedecían del todo, así que no intenté hacerlo yo mismo.

Era más fácil dejar que mi madre me alimentara, aunque me diera algo de vergüenza tener a todos mirando.

—No tienes que quedarte mirándome comer… —murmuré, apenas audible.

—Oh, pero claro que sí —dijo Sivelle con una risa suave—. No todos los días vemos al gran "hermano perdido" comiendo como un pajarito.

—Sivelle —la reprendió nuestra madre con tono maternal.

—¿Qué? —dijo encogiéndose de hombros—. Es cierto. Míralo, parece que una cucharada lo duerme.

—Podrías probar tú dormir un mes entero y ver cómo te sientes —replicó Liana, medio divertida.

—Liana tiene razón —añadió Nareth con voz grave—. Deja que coma tranquilo.

Sivelle levantó las manos, rindiéndose.

—Está bien, está bien… solo digo que verlo así me da ternura.

—¿Ternura o culpa? —preguntó Isen, ganándose una mirada de su hermana.

No pude evitar soltar una risa leve, aunque se convirtió más en un suspiro que en algo sonoro.

Era extraño reírme así, con tanta gente mirándome.

Pero… se sentía bien.

Mientras tanto, mis ojos se desviaron hacia la puerta.

Dos figuras estaban allí, quietas, observando la escena con serenidad.

Cabello rubio, ojos verdes…

Parecidas, pero no iguales.

La más joven me resultaba familiar al instante.

Miya.

La guardiana de Sivelle.

Siempre la recordaba acompañándola cuando éramos más chicos, cuidándola con una paciencia que rozaba lo sobrenatural.

Pero la otra…

La otra me paralizó.

Su rostro lo había visto antes.

No en persona, sino en aquel recuerdo distorsionado, justo antes de caer del acantilado.

Entre el caos y los gritos, su figura aparecía.

Mariela.

La guardiana de mi madre.

No sabía cuál era su relación exacta, pero era evidente que compartían algo más que la sangre de su linaje mágico.

Eran… similares de una manera difícil de explicar.

Energías distintas, pero entrelazadas.

No pregunté nada.

No me atrevía.

Apenas podía procesar todo lo que veía, mucho menos empezar a hablar de recuerdos que todavía dolían más de lo que entendía.

—¿Quieres más? —preguntó mi madre Luneth, interrumpiendo mis pensamientos.

—Sí, un poco… —dije.

Ella asintió, sirviendo otra cucharada.

El sonido del metal contra el plato fue casi hipnótico.

—Tu apetito es buena señal —comentó Roderic con voz firme, pero amable—. Ya pronto estarás caminando.

—Espero que no tan pronto —intervino mi madre Liana sonriendo—. Déjenlo descansar al menos un día sin que le midan el pulso veinte veces.

—Liana —rió mi madre Luneth, avergonzada—, es mi hijo.

—Y también mío —respondió ella suavemente—. Por eso te lo digo. Si lo exiges demasiado, no sanará tan rápido.

Mi madre Luneth bajó la mirada, aceptando la corrección.

Era la primera vez que veía a las dos hablar así, como si se conocieran desde hace años… y quizás, en cierto modo, sí lo hacían.

—No me molesta… —intervine con voz baja—. No me molesta que me cuide.

Mi madre Luneth alzó la vista, sorprendida.

—¿De verdad?

—Sí… —murmuré—. Hace mucho que nadie me llama "hijo".

El silencio que siguió fue tan espeso que podía sentirlo en la piel.

Nadie habló durante varios segundos.

Solo se escuchó el crepitar del fuego y el sonido de la cuchara contra el cuenco.

Finalmente, mi madre dejó la sopa a un lado y tomó mi mano con ambas suyas.

—Nunca volverás a pasar hambre, mi amor —susurró—. Nunca más.

No supe qué responder.

Solo cerré los ojos y apreté sus dedos débilmente, sintiendo que, por primera vez en años, mi corazón y mi cuerpo estaban… en el mismo lugar.

Entonces fue Isen, el primero en romper el silencio.

Lo hizo con esa impulsividad suya, con esa franqueza que a veces cortaba como un cuchillo sin querer.

—Hermano Neyreth… —dijo de repente, con la voz cargada de curiosidad y una sombra de reproche apenas disimulada—. Si estabas vivo… ¿por qué no regresaste?

El aire pareció detenerse.

Las risas suaves, los murmullos, el crepitar del fuego… todo se congeló.

Solo el sonido distante del viento contra las ventanas seguía recordándonos que el mundo existía.

Sentí el peso de todas las miradas sobre mí.

La de mi madre Luneth , cálida y temblorosa.

La de mi padre Nareth, firme pero expectante.

Las de mis hermanos, que buscaban una respuesta que ni yo sabía cómo darles.

Bajé la vista a mis manos.

Aún estaban entrelazadas con las de mi madre Luneth, tan suaves y frágiles, pero sujetándome como si al soltarme pudiera desaparecer otra vez.

Mis dedos temblaban.

—No lo sé… —dije al fin, con un hilo de voz.

Sentí mi garganta cerrarse, como si las palabras dolieran al salir—. No lo sé, Isen. No recuerdo todo aún.

Isen frunció el ceño, pero no dijo nada.

Solo esperó.

Los demás también lo hicieron.

—Mi memoria… —continué despacio— todavía está incompleta. Hay cosas que vienen y van, imágenes, voces… fragmentos que no encajan del todo. No tengo una respuesta para eso. Pero… —miré la sopa frente a mí, las manos, el fuego— …sé que lo intenté una vez.

Niva alzó la cabeza con suavidad, como si tuviera miedo de romper el momento.

—¿Intentaste regresar? —preguntó ella, con la voz tan baja que casi no la escuché.

Asentí.

—Sí… pero no sé por qué no lo hice. Algo… me lo impidió. O alguien.

Solo recuerdo el deseo de hacerlo, pero no el motivo de por qué me detuve.

El silencio volvió.

Hasta que mi madre Luneth habló, con un tono que me hizo mirarla directamente.

—¿Acaso fue esa orden a la que pertenecías la que te impidió volver?

Me quedé quieto.

El corazón me dio un vuelco, como si su pregunta hubiera despertado algo dentro de mí.

Alcé la vista, sorprendido, mirándola directamente.

—¿Cómo… sabes eso? —pregunté, sintiendo el pulso subir en mis manos.

Luego giré mi rostro hacia Liana, mi otra madre, con una mezcla de duda y desconcierto—. ¿Tú se lo dijiste?

Mi madre Liana negó con firmeza, con esa calma que siempre la acompañaba.

—No, Eiren… —dijo despacio—. No fui yo.

Volví a mirar a Mi madre Luneth.

Ella respiró hondo, sosteniendo mi mirada sin apartarla.

—Lo supe por alguien —respondió finalmente—. Un joven que encontramos en la ciudad del oeste, hace unos meses.

—¿Un joven? —repetí.

—Sí. Uno que se hacía llamar Kyot.

Mi cuerpo se tensó.

El nombre cayó sobre mí como una losa.

Sentí una punzada en el pecho, una corriente fría recorriéndome la espalda.

—¿Qué… dijiste? —murmuré, apenas audiblemente.

—Kyot —repitió ella, mirándome con cautela—. Él estaba hablando de ti. Dijo tu nombre, y Mariela lo escuchó. Nos acercamos, lo interrogamos, y… nos contó todo.

—¿Todo? —pregunté, el tono de mi voz bajando, conteniéndose.

Mi madre Luneth asintió.

—Todo, hijo. Desde que llegaste a la orden… casi muerto, siendo un niño. Nos contó cómo te entrenaron, cómo creciste allí. Cómo… eliminaste a las tres casas nobles responsables del ataque de aquella noche.

El aire se volvió espeso.

Nadie habló.

Ni siquiera los mellizos respiraban con normalidad.

—También nos dijo —continuó ella, sin apartar la mirada— que en algún momento te marchaste de esa orden. Que regresaste después, sin dar explicación alguna… y que tiempo después, un hombre… llamado Miller… te tendió una trampa. Te inculparon de traidor. Y que esa traición fue lo que terminó… —su voz se quebró un poco— …dejándote malherido. Y sin memoria.

Mi respiración se volvió irregular.

Las palabras me golpeaban una a una, como si cada sílaba reabriera una herida.

Mi pecho ardía.

Mis dedos apretaron los de mi madre sin darme cuenta, y el mana se filtró sin control.

El plato frente a mí se cubrió de escarcha en un instante.

El vapor del caldo se detuvo.

Una fina capa de hielo lo selló por completo.

—Ese idiota… —susurré con la voz temblorosa, llena de rabia contenida—. Kyot no tenía el derecho de contar eso.

Mi madre Luneth quiso tocarme el hombro, pero mi padre Nareth se adelantó.

Su voz fue grave, tranquila, como quien intenta poner los pies sobre tierra firme.

—Yo no estaba presente cuando ese chico le contó esa historia a tu madre —dijo el duque, mirándome con seriedad—. Pero debo admitir… me alegra haberla escuchado.

—¿Alegrarte? —pregunté, incrédulo.

—Sí —respondió él sin titubear—. Porque estoy seguro de que tú nunca la hubieras dicho por tu cuenta. Y al menos ahora, sabemos una parte de lo que viviste.

Lo miré fijamente.

No supe si quería discutirle o agradecerle.

Mi pecho seguía ardiendo, pero su voz, firme y honesta, tenía ese efecto extraño que calmaba el caos.

—Tal vez no lo habría dicho… —murmuré al fin, bajando la mirada—. No porque no quisiera, sino porque… no sabría por dónde empezar. Hay cosas que aún no puedo enfrentar.

Mi madre Luneth acarició mi mejilla con cuidado, sus dedos tibios contra mi piel fría.

—No tienes que hacerlo ahora, amor —susurró—. No hay prisa. Cuando estés listo… cuando tu corazón lo esté… entonces nos lo dirás.

La tensión en mi cuerpo comenzó a ceder, poco a poco.

El hielo del plato se agrietó, derritiéndose lentamente.

Suspiré.

Apreté un poco las sábanas, intentando no volver a mirar el plato.

Mi madre Luneth rompió el silencio, con ese tono suave que tenía cuando trataba de contener mil preguntas.

—Neyreth… —dijo despacio—, hay algo que sí quiero saber. ¿Cómo hiciste para eliminar el sello que recibiste… por mí?

La miré.

Podía ver el leve temblor en sus manos. No era miedo… era culpa.

Tragué saliva y bajé la vista a mis dedos.

—Recuerdo un poco —dije al fin—. No todo… pero algo. Fue gracias al líder de la orden. No recuerdo su nombre… o si siquiera me lo dijo alguna vez.

—¿El líder te ayudó con el sello? —preguntó mi padre, Nareth, inclinándose hacia adelante.

Asentí.

—Él y algunos magos. Me dijeron qué hacer, cómo mover mi mana, qué recitar. Logré eliminar una parte del sello… pero nunca desapareció por completo.

—¿Viviste con él todo ese tiempo? —interrumpió Sivelle, con una mezcla de incredulidad y tristeza.

—Sí. Y a veces… el sello bloqueaba mi mana por completo. —Respiré hondo—. Cuando no lo hacía, aprovechaba la grieta que dejaba. Esa pequeña fractura me bastaba para canalizar algo de poder. Con el tiempo, aprendí a controlarlo… aunque el precio era alto.

—¿Y lograste deshacerlo completamente tú solo? —preguntó Liana, con una voz suave pero llena de orgullo contenido.

Negué con la cabeza.

—No del todo. Hice varias sesiones con la orden, para debilitarlo más, pero… nunca se fue por completo. Hasta hace unos meses. —Cerré los ojos un segundo, intentando recordar con claridad—. Después de pelear con Kyot… cuando quedé inconsciente… algo despertó en mí. Recordé lo que los magos hacían cuando trabajaban el sello, los cantos, los flujos de energía. Y lo repetí. Solo que… lo potencié.

—¿Potenciaste? —repitió Sivelle, arqueando una ceja.

—Sí. Moví mi mana y recité los cánticos… pero añadí algo más. —Sonreí apenas, con cansancio—. Un método que creé yo mismo.

Mi padre entrecerró los ojos.

—¿Cómo que creaste?

Me rasqué la nuca, algo avergonzado.

—Bueno… hace poco más de un año, cuando recuperé mi magia, tuve que volver a aprender a controlarla. Y un amigo de mi familia adoptiva, Garren, me dio un libro. Dijo que lo encontró en un monasterio abandonado.

—¿Abandonado? —preguntó Luneth, con cierta desconfianza.

—Segun a como lo describe, fue más bien destruido. —Suspiré—. El libro era de manipulación mágica, pero… las instrucciones eran absurdas, parecían acertijos. Me tomó meses entenderlo, pero al final descubrí lo que intentaba enseñar.

Hice una pausa y levanté una mano, dejando que un poco de mana fluyera. Un hilo de hielo comenzó a formarse entre mis dedos, girando lentamente.

—De ahí nació lo que llamo "Nodos". Los creé desde cero, porque en realidad… no existen. No hay registros de ellos en ningún texto. Son una red interna dentro del flujo de mana, puntos que controlan su dirección, forma y densidad.

Todos me observaban, atentos, incluso los mellizos que rara vez callaban.

—Los nodos me permiten moldear mi mana sin cánticos, sin círculos ni runas. Solo… moviéndolo. Lo demás es visualización.

Moví el hielo frente a mí y lo dejé girar, formándose en un patrón geométrico, un triángulo dentro de otro.

—Esto es lo que llamo Primera Variación. —El aire se enfrió un poco, y un leve escalofrío recorrió la habitación.

—Neyreth, no uses tu magia —me advirtió mi madre Luneth, con una mezcla de preocupación y autoridad.

Pero la ignoré, aunque suavemente.

—Tranquila. Solo un poco. —Sonreí apenas.

El hielo se expandió en un círculo perfecto, flotando.

—La Segunda Variación potencia las reacciones de cada hechizo al impacto. —Sentí un tirón en el pecho, el mana consumiéndose rápido. Cerré los ojos un momento, respirando hondo.

—La Tercera Variación… —dije entre dientes, moviendo los nodos en mi interior, cruzando los flujos—. La llamé Icefire.

El hielo sólido empezó a deformarse. No se derretía, pero se movía como si ardiera. El aire se iluminó con una tonalidad azulada y blanca.

—No quema… pero congela —murmuré, alzando un dedo.

Apunté hacia la chimenea y liberé una pequeña descarga. El fuego se congeló al instante, junto con parte de los ladrillos. Un silencio absoluto llenó el cuarto.

—Por los dioses… —susurró Sivelle—. Esa fue la magia que usaste contra las bestias, ¿verdad? Y contra la mujer de negro.

No respondí de inmediato. El silencio fue suficiente respuesta.

Desde la puerta, la voz de Mariela interrumpió.

—Esa cantidad de mana… es enorme, joven Neyreth. Eso no es un simple hechizo.

Asentí, bajando la mano.

—Mi familia adoptiva —dije despacio—, Liana, Roderic, Joren, Alenya y Miriel… ellos ya sabían de los nodos. Sabían lo que podían representar. Pero nunca se los contaron a nadie más.

—¿Por qué? —preguntó mi padre.

—Porque es demasiado peligroso. —Miré mis manos, notando que temblaban ligeramente—. Ese libro… no era normal. Garren lo encontró entre ruinas que parecían más… arrasadas que abandonadas. Y si algo he aprendido, es que lo desconocido siempre atrae miradas. Buenas… y malas.

Mi madre Luneth frunció el ceño.

—¿Y aun así decidiste usarlo?

—Sí. —La miré con firmeza—. Porque era la única forma de liberarme del sello. Y de entender lo que soy.

El hielo frente a mí se desvaneció lentamente, convirtiéndose en vapor helado.

—Lo mantuve en secreto. A veces lo usaba para entrenar, pero no seguido. Los nodos drenan demasiado. —Solté una risa cansada—. Hubo días en que quedaba inconsciente… uno o dos días enteros. Liana me prohibía entrenar cuando pasaba eso. Me enfermaba seguido.

El silencio volvió, pero no era incómodo. Era pesado, sí, pero lleno de algo distinto… comprensión, quizá.

Mi padre se cruzó de brazos, observándome con algo entre orgullo y preocupación.

—Nodos, huh… —murmuró—. Has caminado por senderos que nadie más ha visto.

—Lo sé —respondí con una sonrisa débil—. Y sinceramente… no sé si volvería a hacerlo.

Mi madre Luneth se acercó despacio, sentándose a mi lado. Su mano fría se posó sobre la mía.

Cerré los ojos.

Mi respiración seguía algo irregular. Los dedos me dolían; los nodos aún zumbaban por dentro como si cada vena tratara de acostumbrarse al flujo que acababa de forzar.

De pronto, sentí la mano de mi madre Liana sobre el hombro. Su toque era cálido, distinto al de Luneth. Había en él algo tranquilizador… un tipo de cuidado que uno sólo encuentra cuando alguien te ha visto morir de fiebre y levantarse a medias con la misma terquedad.

—Neyreth —dijo en voz baja, con ese tono que usaba cuando no sabía si preocuparse o maravillarse—, ¿de casualidad ya puedes hacer tu cuarta variación?

Levanté apenas la mirada hacia ella. Sonreí, cansado.

—Sí… puedo —admití—. Pero no es algo que use seguido. Es de un solo uso… me drena demasiado, incluso más que la tercera variación.

Mi padre Nareth frunció el ceño, cruzándose de brazos.

—¿Una cuarta variación? —preguntó con curiosidad y un leve asombro—. ¿Cuál es esa?

Inspiré hondo. No sabía si mostrarlo era buena idea, pero… ya estaban aquí todos. No tenía nada que esconder.

Abrí la mano.

El aire se tornó gélido otra vez. Sentí los nodos despertar dentro de mí, uno por uno, conectándose con un tirón que dolía más de lo que quería demostrar.

El icefire volvió a formarse, azul y blanco, chispeando suavemente.

Pero esta vez, los nodos comenzaron a entrelazarse con una pulsación distinta. Cada conexión era un latido eléctrico, un golpeteo en mis sienes.

—Esto… —murmuré entre dientes, mientras el hielo vibraba y el fuego azul cambiaba de tonalidad—. Es la Cuarta Variación.

El icefire comenzó a chispear, transformándose. Las llamas se torcieron, volviéndose una corriente viva. El sonido del fuego se apagó, reemplazado por el crepitar de electricidad pura.

Un rayo blanco recorrió la habitación, saltando desde mi mano al aire.

—No lo controlo del todo aún —advertí, intentando mantener la concentración—. No como al icefire. Esa variación puedo usarla varias veces… pero esto…

El aire se estremeció. Pequeños filamentos eléctricos bailaban sobre mis dedos, mezclados con escarcha.

—Esto… sólo una vez. Y cuando lo hago… el cuerpo lo resiente.

—¿Y por qué? —preguntó Joren desde un lado, casi en susurro, como si temiera interrumpir el flujo.

—Porque me sobrepasa. —Cerré los ojos—. En el bosque… cuando luché contra esa mujer de negro, ya había usado el icefire demasiadas veces. Superé lo que podía resistir. Pero aun así… —una descarga blanca se escapó, haciendo que la chimenea crujiera y el aire oliera a ozono—, lo usé tres veces más. Tres.

El relámpago blanco se desvaneció, dejando tras de sí sólo el aroma metálico y una presión dolorosa en mis sienes. Apagué mis nodos. Todo dentro de mí se apagó con ellos.

Un calor súbito recorrió mi rostro. Alcé la mano instintivamente y vi la mancha roja. Sangre.

—¡Neyreth! —gritó Liana, acercándose de inmediato con un pañuelo.

—Estoy bien —mentí, dejando que me limpiara la nariz—. Siempre pasa cuando lo fuerzo demasiado.

Mi padre Nareth observaba en silencio, con expresión dura, pero no de enojo. Era… respeto. Y miedo.

—Has cambiado la propiedad misma de tu magia —dijo finalmente—. Hielo que se vuelve fuego… y luego electricidad. ¿Eres consciente de lo que hiciste?

—Lo soy. —Asentí lentamente—. No fue intencional al principio. Ocurrió solo… como si el mana se adaptara. El hielo es solo la base; las demás formas son… expansiones de ese control.

Liana asintió con suavidad, como si ya lo esperara.

—Sabía que lo intentarías, incluso cuando dijiste que primero dominarías la tercera.

Solté una pequeña risa sin humor.

—Tú sabes que no puedo evitarlo.

Literalmente todo.

Mi padre Nareth se acercó, poniéndose de pie frente a mí. Su sombra se proyectó sobre la cama.

—Has cruzado líneas que ni siquiera los antiguos magos se atrevieron a tocar —dijo con voz grave—. Y, sin embargo… lo hiciste.

Me encogí de hombros.

—Alguien tenía que hacerlo. —Una risa breve se me escapó, ahogada por el cansancio.

Miriel, desde un rincón, habló por primera vez.

—Si lo que vi hoy es solo una fracción de lo que puedes hacer… entonces entiendo por qué ese sello te limitaba.

—Sí —dije, recostándome con cuidado—. Y por eso mismo… lo odié. Durante años.

Liana me limpió la sangre con cuidado, su voz era un susurro maternal.

—Odiarlo no te hará libre, hijo. Pero controlarlo… eso sí.

Sonreí apenas.

—Entonces supongo que aún tengo trabajo por hacer.

Nareth exhaló lentamente, mirándome con un orgullo contenido.

—Si alguna vez alguien duda de quién eres, Neyreth… muéstrales lo que acabamos de ver. Nadie podría negar tu linaje después de eso.

Luneth le lanzó una mirada, entre reproche y cariño.

—No digas eso, Nareth. Prefiero que viva… no que pruebe su sangre con su magia.

Reí suavemente.

—Tranquila, madre. Hoy… ya tuve suficiente prueba.

Y finalmente, el mundo comenzó a girar un poco más rápido de lo que podía seguir. La magia drenó lo poco de fuerza que me quedaba.

Antes de perder el sentido, lo último que escuché fue la voz de Liana, tan cercana como un susurro de hielo.

—Descansa, hijo mío… tus nodos pueden esperar.

More Chapters