[Duquesa Luneth]
Nunca imaginé que abrazar a mi hijo me doliera tanto… y al mismo tiempo me sanara.
Durante media hora, quizá más, estuve aferrada a él sin pensar, sin respirar, sin siquiera tener noción del lugar o de las miradas alrededor.
Solo sentía su calor. Su respiración temblorosa. El latido que creí que nunca volvería a oír.
Había pasado una década soñando con esto… y aun así, el momento era tan real que dolía.
Entre lágrimas, risas y promesas rotas que se recomponían en cada palabra, Roderic, Liana, los niños… todos se habían quedado quietos, dándonos ese pedazo de eternidad.
Pero entonces lo noté.
Cuando lo abracé de nuevo, sentí el peso de su cuerpo contra el mío, débil, tembloroso.
Su respiración era irregular, y su piel, aunque cálida, tenía ese tono pálido que sólo el encierro y la larga inconsciencia dejan.
Me separé apenas un poco, lo suficiente para tomarle el rostro entre mis manos.
Sus ojos, esos ojos celestes tan iguales a los de su padre, me miraban con un cansancio que intentaba ocultar bajo una sonrisa torpe.
—Neyreth… —dije suavemente—, ¿estás bien, amor?
—S-sí… solo un poco… mareado —respondió, con esa voz ronca, aún apagada.
—Mareado —repetí, arqueando una ceja—. Dos meses dormido y lo resumes en "mareado".
—Bueno… también un poco débil —añadió con una media sonrisa—. Pero nada que un baño y algo de comida no arreglen.
Su intento de broma me rompió el alma y me hizo reír al mismo tiempo.
Acaricié su mejilla, notando que su piel aún estaba fría.
—Eres igual que tu padre —murmuré—. No admites debilidad ni aunque la tengas tatuada en la frente.
Detrás de mí, escuché la voz grave y suave de Nareth:
—Yo no tengo tatuada ninguna debilidad —dijo, tratando de sonar firme, aunque la sonrisa se le escapó de inmediato.
—Claro que no —le respondí sin girarme—, solo te desmayas cuando te enfermas y juras que estás "descansando estratégicamente".
—Eso fue una sola vez —replicó él, ofendido, mientras Isen soltaba una risita contenida.
Neyreth soltó una risa leve, aunque su cuerpo se inclinó apenas, exhalando con cansancio.
Me alarmé al instante.
—¡Neyreth! —exclamé, sosteniéndolo por los hombros.
Él alzó las manos, con torpe calma.
—Estoy bien, madre… solo… me falta un poco de fuerza. No estoy acostumbrado a estar de pie tanto tiempo.
Nareth se adelantó enseguida, poniéndose de cuclillas a su lado.
—Es suficiente por ahora —dijo con voz grave pero dulce—. Has hecho más de lo que tu cuerpo puede dar hoy.
—Pero… —intentó protestar Neyreth.
—Nada de "pero" —lo interrumpí, mirándolo con el ceño fruncido—. No pasaste diez años lejos de nosotros para que ahora te desplomes frente a mí.
Roderic, que se había mantenido en silencio con Liana a su lado, habló por primera vez.
—Los médicos mágicos están en la residencia, duquesa. Puedo mandar a buscarlos si lo desea.
—Por favor, sí —respondí enseguida, sin apartar mis ojos de mi hijo.
—No, en serio, no es necesario… —dijo Neyreth con voz débil.
—Silencio —le dije sin mirarlo, casi susurrando—. No vuelvas a decir eso.
Él suspiró, rindiéndose.
Sivelle, que había estado en la puerta observando con lágrimas discretas, se acercó por fin, su voz suave pero firme:
—Madre… puedo ayudarlo a llegar al sofá.
—Sí, por favor. Isen, Niva, ayúdenle —les pedí.
Los tres se movieron enseguida.
Mi hijo trató de ponerse de pie sin apoyo, como si quisiera demostrar que estaba bien, pero sus piernas le fallaron al primer intento.
Nareth lo sujetó al instante, su brazo fuerte rodeándole la espalda.
—Tranquilo, hijo. Nadie te está juzgando.
—No quiero preocuparlos —murmuró Neyreth.
—Tarde —dijo Nareth, con una sonrisa temblorosa.
Lo ayudamos a sentarse en uno de los sofás, cubriéndolo con una manta ligera.
Me senté a su lado, sin soltarle la mano ni por un segundo.
Podía sentir su pulso, lento, pero estable.
Su magia… sí, seguía allí, lo sentía fluyendo bajo su piel como una brisa vieja pero viva.
Sin embargo, también podía sentir el vacío físico: el cuerpo de un joven que había dormido demasiado tiempo.
—Madre… —dijo él, mirándome con una mezcla de ternura y preocupación—, estás temblando.
—No lo estoy —mentí.
—Sí lo estás —insistió.
Suspiré y reí al mismo tiempo.
—Tal vez un poco. Es que no sé si debería regañarte por hacernos sufrir tanto o simplemente abrazarte hasta que vuelvas a dormirte.
Él sonrió, cansado pero sincero.
—Puedes hacer ambas —respondió.
Nareth, que se había quedado de pie frente a nosotros, cruzó los brazos y lo miró con esa mezcla de orgullo y tristeza que solo los padres saben mostrar.
—Apenas abres los ojos y ya estás discutiendo con tu madre. Eres definitivamente mi hijo.
—Lo heredé de ti —respondió Neyreth, sonriendo débilmente.
—Entonces estamos perdidos —añadí, riendo con lágrimas otra vez.
El silencio que siguió fue… cálido.
De esos silencios que llenan el aire más que las palabras.
Todos lo mirábamos, cada uno con una mezcla de alivio, asombro y amor.
Yo, la duquesa Luneth Vyrenthal, que tantas veces había hablado ante reyes sin dudar un solo instante, no podía decir más que esto:
—Gracias por volver, mi hijo.
Él me miró, los ojos vidriosos, y asintió apenas.
—Siempre quise volver —susurró.
***
La habitación estaba en silencio, salvo por los suaves murmullos de los médicos mágicos y el leve sonido de la lluvia contra las ventanas.
Neyreth estaba acostado de nuevo en su cama, el pabellón translúcido rodeándolo como un velo. Sus ojos estaban entreabiertos, somnolientos, mientras el brillo azulado de los hechizos de diagnóstico danzaba sobre su cuerpo.
Yo me encontraba sentada junto a la cama, sin despegarme de él ni un segundo, mientras Nareth estaba de pie a un lado, observando a los sanadores con el ceño fruncido, aunque en su mirada había más preocupación que autoridad.
El lobo yacía hecho un ovillo al pie de la cama, vigilante, con los ojos entrecerrados.
Uno de los médicos, un hombre de túnica color marfil, levantó la vista de las runas que brillaban sobre el pecho de mi hijo.
—Su flujo de maná está estable, duquesa —dijo con voz profesional—. No hay señales de irregularidad mágica.
—¿Y su cuerpo? —pregunté de inmediato.
El sanador intercambió una mirada con su colega, una mujer de cabello recogido que sostenía una tablilla de cristal. Ella asintió.
—No hay heridas abiertas ni daños residuales —explicó la mujer—. Los tejidos se regeneraron completamente durante el último mes. Fue un trabajo muy limpio, los hechizos restaurativos surtieron efecto.
—Entonces… ¿por qué sigue tan débil? —intervino Nareth, cruzando los brazos, sin apartar la vista de su hijo—. No parece tener la fuerza ni para sentarse.
La médica bajó la mirada un instante.
—Porque, duque, el cuerpo no es solo magia. —Su voz era serena, pero firme.— Aunque sus reservas están llenas y estables, sus músculos, articulaciones y órganos se desacostumbraron a la actividad. Dos meses sin movimiento, sin alimento sólido ni agua por ingestión directa… deja secuelas físicas.
—¿Cuánto tiempo tardará en recuperarse por completo? —pregunté, temiendo la respuesta.
El sanador suspiró.
—Depende de cuánto esfuerzo haga él mismo. Si sigue las indicaciones, en unas semanas podrá caminar sin ayuda. Pero la fatiga, los mareos y la falta de apetito serán comunes los primeros días. Necesita descanso y comida ligera, nada más.
—Y paciencia —añadió su compañera—. Mucha paciencia.
Yo asentí en silencio. Mi mirada volvió a Neyreth, que permanecía quieto, respirando con lentitud. Sus labios se movieron apenas.
—…¿Cuánto… tiempo…? —murmuró él, sin abrir completamente los ojos.
Me incliné hacia él, tomándole la mano.
—Dos meses, cariño —le susurré—. Dos meses desde que llegaste hasta hoy.
Él pareció procesarlo lentamente. Luego exhaló una risa débil.
—Entonces… dormí demasiado.
—Eso parece —respondió Nareth, sonriendo apenas—. Aunque si necesitabas una excusa para no levantarte, esa es bastante buena.
Neyreth giró la cabeza con un gesto cansado.
—Padre… sigo cansado, incluso después de dormir tanto.
—Eso es normal —dijo la médica, acercándose al lado opuesto de la cama—. No te exijas. Tu cuerpo necesita reaprender lo que es estar despierto.
El joven intentó moverse, pero la médica levantó una mano y un suave resplandor verde cubrió su pecho.
—Tranquilo. No fuerces los músculos todavía.
—No me duele nada —dijo él con voz apagada—. Solo… me pesa el cuerpo.
—Exactamente —replicó el médico—. Es la falta de estímulo. Necesitarás caminar con ayuda los próximos días, pequeños tramos, ejercicios de respiración y maná leve. Nada de entrenamiento o esfuerzo.
Nareth soltó un resoplido bajo.
—No será fácil convencerlo de eso.
—No pienso entrenar —murmuró Neyreth, con una sonrisa diminuta—. Apenas puedo abrir los ojos.
—Eso ya es un progreso —respondí, acariciándole el cabello.
Los médicos siguieron tomando notas en sus tablillas. El aire olía a incienso medicinal y a magia antigua.
—Su corazón está fuerte, aunque el ritmo es irregular —dijo uno de los sanadores—. Unos cuantos días con pociones tónicas bastarán. Y debe comer cada tres horas algo suave: sopas, frutas, infusiones. Nada pesado.
—Entendido —respondí enseguida.
—Nos aseguraremos de que lo cumpla —añadió Nareth, mirando a su hijo.
Neyreth medio sonrió, sin abrir del todo los ojos.
—¿Incluso si me niego?
—Especialmente si te niegas —dije, apretando su mano con cariño.
El sanador más anciano bajó la varita y el resplandor se desvaneció.
—Está fuera de peligro —dijo con un leve gesto de respeto—. Lo único que necesita ahora… es tiempo.
Asentí, tragando el nudo en mi garganta.
Tiempo. Esa palabra tan sencilla y tan cruel.
Habíamos perdido diez años de él, y ahora los dioses parecían exigirnos más paciencia.
—Gracias, magos-sanadores —dijo Nareth, inclinando la cabeza.
—Estamos a su servicio, duque, duquesa. Si su hijo presenta fiebre, desmayo o alteraciones mágicas, llámenos de inmediato.
—Lo haremos —respondí.
Los médicos se retiraron con un leve murmullo de túnicas, y la habitación volvió a llenarse solo del sonido de la lluvia.
Neyreth se movió un poco, abriendo los ojos apenas.
—¿Ya se fueron? —susurró.
—Sí, amor —le respondí—. Ya se fueron.
—Bien… no quería que me vieran así, todo torcido y con la boca seca —murmuró con un tono de humor débil.
Reí, al mismo tiempo que sentía mis ojos arder.
—Torcido o no, sigues siendo mi hijo.
—Eso suena a que no tengo escapatoria —bromeó él.
Nareth soltó una carcajada baja, cruzando los brazos.
—Ni la más mínima, muchacho.
El lobo levantó la cabeza al escuchar las risas, soltando un bufido ronco, y Neyreth lo miró de reojo.
—Tú tampoco te rías —dijo, cansado pero sonriente—. Todavía me debes una explicación por aplastarme esta mañana.
Yo sonreí suavemente, acariciando su cabello otra vez.
Neyreth movió apenas la cabeza sobre la almohada, y su voz, aún algo áspera, rompió el silencio suave de la habitación:
—…Madre… antes de dormirme otra vez… —hizo una pequeña pausa, con una sonrisa casi tímida—, me gustaría darme un baño.
Me quedé quieta unos segundos, sorprendida, y luego solté una leve risa entre alivio y ternura.
—¿Un baño, ahora? Apenas puedes mantener los ojos abiertos, cariño.
Él suspiró, hundiendo un poco el rostro en la almohada.
—Lo sé… pero me siento… horrible —dijo con un tono que mezclaba fastidio y cansancio—. Dos meses durmiendo, sin moverme, sin hacer nada… me siento pegajoso, torpe. Al menos… déjame sentirme limpio antes de volver a perder la consciencia.
Nareth, de pie junto a la ventana, soltó una risa ronca.
—Tiene un punto. —Se giró hacia mí, con una sonrisa cansada—. No creo que haya mejor señal de recuperación que querer bañarse.
Rodé los ojos, pero no pude evitar reír también.
—Siempre con tus comentarios.
Me acerqué más a Neyreth, sentándome en el borde de la cama.
—De acuerdo, amor. Pediré que preparen un baño tibio, y que alguien te ayude a lavarte. Pero prométeme que no intentarás hacerlo solo.
—Prometido —respondió él sin dudar, aunque en su sonrisa se notaba ese pequeño matiz rebelde que tenía desde niño.
—Lo digo en serio, Neyreth —insistí—. Tu cuerpo no está listo todavía.
—Lo sé —repitió, ahora con tono más suave—. No haré nada imprudente, te lo prometo.
El lobo, a los pies de la cama, levantó la cabeza y soltó un bufido ronco, mirándolo de reojo.
—¿Tú también vas a regañarme? —dijo Neyreth con una sonrisa ladeada.
El lobo gruñó bajito, como si respondiera "sí", y Nareth no pudo contener una carcajada.
—Parece que incluso tu compañero está de acuerdo con tu madre —dijo el duque.
—Lo traicionó la domesticación —replicó Neyreth en voz baja, fingiendo resignación—. Antes era todo salvaje y libre, y ahora… ahora lo mandan los sermones maternales.
Yo le di un suave golpe en la frente con un dedo.
—Basta de quejarte. Te mandaré a preparar el baño.
Me puse de pie, girándome hacia la puerta.
—¿Deseas que te ayude yo o prefieres que venga alguna de las doncellas? —pregunté, mirándolo sobre el hombro.
Él pareció pensarlo un momento, mirando el techo.
—Si tú puedes quedarte… me gustaría que estuvieras cerca. Pero… no quiero que te preocupes por todo, madre. Ya es suficiente con que me hayas esperado tanto.
Mi corazón dio un vuelco. Esa manera de decirlo, tan serena, tan consciente del tiempo perdido…
—Entonces estaré cerca —respondí suavemente—. Pero alguien más te ayudará a moverte y lavarte, no quiero que te caigas al primer intento.
—Trato hecho. —Su sonrisa fue débil pero real.
Nareth se acercó y palmeó el hombro de su hijo.
—Te enviaré a Roderic. Seguro no le importará ayudarte a caminar un poco. —Y añadió con humor—: Aunque dudo que los dos quepan en el baño.
—Padre, por favor —soltó Neyreth, cubriéndose el rostro con una mano—, no lo digas así.
Yo reí, tapándome la boca para disimularlo, mientras Nareth salía hacia el pasillo para dar órdenes.
Poco después entró una doncella con una reverencia.
—Duquesa, el baño estará listo en unos minutos. El agua estará tibia y perfumada con flores de bergamota, como usted indicó.
—Perfecto, gracias —le respondí, y ella volvió a salir rápidamente.
Miré a mi hijo, que ahora intentaba sentarse con un esfuerzo visible. El dragón lo miraba de reojo, preparado para detenerlo si perdía el equilibrio.
—Cuidado, Neyreth. No te precipites.
—Solo quiero estirarme un poco… —murmuró él, logrando ponerse en una posición medio erguida, con las piernas fuera de la cama.
—Eso ya es suficiente por hoy —le advertí con suavidad.
Él me miró con una expresión que mezclaba cansancio, cariño y resignación.
—Me extrañaba esto… —susurró.
—¿Qué cosa? —pregunté.
—Que me regañaras por cada movimiento. Es… reconfortante, de algún modo.
No pude evitar sonreír, con un nudo en la garganta.
—Entonces prepárate, porque lo seguiré haciendo hasta que recuperes todas tus fuerzas.
—Eso suena como una amenaza —bromeó él.
—No, amor. —Le acaricié el cabello con cuidado—. Suena como una promesa.
Nareth regresó en ese momento con dos criados que llevaban toallas y un cambio de ropa ligera.
—Todo listo —dijo el duque con su voz profunda—. Lo ayudarán a moverse.
Neyreth asintió, y cuando los criados se acercaron, uno de ellos extendió una mano para ayudarlo a ponerse de pie.
—Despacio, despacio… —le indiqué.
Él se sostuvo con torpeza, tambaleándose un poco, pero logró mantenerse firme.
—Todavía sirvo para caminar —murmuró, intentando sonar confiado.
Nareth cruzó los brazos, sonriendo con orgullo y un toque de nostalgia.
—Eso es lo que siempre hacías, hijo. Caerte, levantarte, y fingir que fue a propósito.
Neyreth se rio apenas, una risa débil pero auténtica, mientras los criados lo ayudaban a caminar lentamente hacia la puerta lateral que daba al baño.
Yo los seguí con la mirada hasta que desaparecieron detrás del marco, y entonces respiré hondo, dejándome caer en la silla junto a la cama vacía.
***
El vapor llenaba la habitación contigua, un velo blanco y cálido que se filtraba por las rendijas de la puerta. Podía oír el sonido del agua moviéndose despacio, y de cuando en cuando el chapoteo leve que hacía Neyreth dentro de la bañera.
Había insistido en bañarse.
No me atreví a negárselo.
Después de dos meses inconsciente, despertar y sentir el agua tibia debía parecerle casi un milagro.
Me quedé de pie frente a la puerta del baño unos segundos, con la mano apoyada en la madera. Escucharlo respirar, moverse, responderme… aún me parecía un sueño.
Golpeé suavemente.
—¿Neyreth? ¿Cómo estás ahí dentro, mi amor?
Su voz llegó amortiguada por el vapor, tranquila, cansada:
—Bien, madre. El agua… sienta demasiado bien ahora mismo.
Sonreí. Cerré los ojos un instante.
—Me alegra oír eso. Tu padre acaba de salir a llamar al marqués Shtile y a los Vion —le dije, en tono calmado, aunque por dentro no podía evitar pensar en lo rápido que todo volvía a moverse alrededor de él.
Hubo un breve silencio, luego escuché cómo se movía un poco en la bañera, el sonido del agua desplazándose.
—¿Los Vion y los Shtile? ¿Todavía están en la capital? —preguntó con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
—Sí —respondí—. Han estado esperando que despertaras, igual que nosotros. Kyle y Keny vienen de vez en cuando, y también las hijas del marqués, Maylen y Cloe.
—Vaya… no esperaba que siguieran aquí —murmuró.
Era una voz más adulta, pero todavía tenía esa suavidad que recordaba de cuando era niño. Me dolía pensar que había crecido lejos de nosotros.
—No podían marcharse sin verte —le respondí con una sonrisa que él no podía ver—. Después de lo del bosque, todos quedaron preocupados. Pero me contaron que el viaje de regreso fue tranquilo, sin incidentes.
—Eso es un alivio… —dijo en voz baja, como si el mundo le pesara más que el cuerpo.
Yo también guardé silencio un momento antes de continuar.
—Hemos estado hablando sobre el asunto del patrocinio —le dije, bajando un poco la voz—. Sobre ti, el marqués y el conde Vion.
—¿Ah, sí? ¿Y a qué llegaron? —preguntó, curioso pero sin emoción, como quien teme la respuesta.
Suspiré.
—Tu padre y yo hablamos con ellos. El patrocinio se cancelará.
No escuché sorpresa. Solo el sonido del agua moviéndose lentamente.
—¿Cancelar? —repitió.
—Sí —asentí, aunque no podía verlo—. Ahora que has regresado, volverás al registro Vyrenthal. Oficialmente, estabas… muerto.
Me dolió decirlo. Ni siquiera después de todo lo ocurrido podía pronunciar esa palabra sin sentir que me ahogaba.
—Entiendo —dijo él, con una calma que me rompió el alma.
El tono de quien ya ha perdido algo y no se atreve a recuperarlo del todo.
—Cuando vuelvas al registro —continué con dulzura—, si lo deseas, podrás ingresar a la academia el próximo año. Como miembro de nuestra familia, no bajo patrocinio.
—Las inscripciones ya pasaron, ¿verdad? —preguntó.
—Sí. Se llevaron a cabo mientras estabas en coma. Y el proceso para reintegrarte lleva tiempo, pero no te preocupes —le aseguré—. Lo importante es que estás aquí, con nosotros.
Hubo un breve silencio, y luego una risa pequeña, triste y sincera.
—Está bien. No tengo prisa. Después de todo… la academia era solo una excusa.
Fruncí el ceño, aunque una parte de mí sonrió.
—¿Excusa?
—El plan era entrar para encontrarme con Sivelle —confesó con voz baja—. Pero ya sabes cómo acabó todo.
—Sí… el marqués y los Vion nos lo contaron —le dije, recordando con claridad esas conversaciones llenas de remordimientos y preocupación—. Fue una locura, Neyreth.
—Una locura muy mía —respondió él entre risas suaves.
—Eso sí —no pude evitar reír también—. Pero incluso si el patrocinio se canceló, no pudimos simplemente cerrar ese capítulo. Ni ellos tampoco.
—¿Qué hicieron entonces? —preguntó.
—Decidimos establecer una alianza con ellos —le expliqué—. Política, económica… una forma de agradecimiento y compensación.
—Eso suena a papeleo y reuniones eternas —dijo con tono burlón.
—Lo es —admití con una sonrisa—, pero de eso nos encargaremos nosotros. No tienes que preocuparte por nada.
—Gracias, madre —susurró, con una sinceridad que casi me hizo llorar—. Por todo.
—No me agradezcas, amor mío —le respondí—. No "no podías" hacer nada. Solo estabas descansando. Curándote.
Al otro lado de la puerta, escuché un leve suspiro suyo, y me imaginé esa sonrisa suya que mezclaba gratitud y melancolía.
—Supongo que tendré que acostumbrarme a estar despierto otra vez —bromeó.
—Y comer, y caminar, y dejarte cuidar —repliqué, imitando el tono autoritario de las enfermeras.
Escuché su risa, suave y ligera.
—Ah, la lista de órdenes maternas… cómo la extrañaba.
—Empieza con "no te duermas en la bañera", jovencito —dije, y esta vez reímos ambos.
—No prometo nada —respondió, y pude oír el sonido del agua moviéndose cuando se acomodó otra vez.
—Te enviaré una toalla limpia y ropa ligera —le dije, aún sonriendo—. No te quedes mucho tiempo, o el agua se enfriará.
—Está bien, madre.
Me quedé unos segundos más frente a la puerta, escuchando el silencio que siguió.
Ese silencio lleno de vida.
El tipo de silencio que solo tienen los vivos.
Entonces me giré, caminando despacio por el pasillo. Mis manos aún temblaban.
Había pasado dos meses sentándome al lado de esa cama, rogando a los dioses, a la magia, a todo lo que pudiera oírme…
Y ahora, escucharlo respirar al otro lado de una puerta me parecía el sonido más hermoso del mundo.
Mi hijo estaba despierto.
Mi Neyreth estaba aquí.
Y esta vez, no pensaba dejar que nada ni nadie lo alejara de mí otra vez.
*****
El vapor del baño todavía flotaba en la habitación cuando volví a entrar. El aire olía a lavanda y a calma. Neyreth ya estaba en la cama, el cabello húmedo y enredado sobre la almohada, con el rostro vuelto hacia mí. Se había dormido apenas lo toqué con la manta. Ni siquiera tuvo fuerzas para decir una palabra.
Me quedé de pie un largo momento mirándolo. La piel pálida, el pecho subiendo y bajando despacio, las pestañas oscuras contra la piel. Mi hijo. Mi niño.
Cuánto había cambiado. Y aun así, cuando dormía… seguía teniendo esa expresión de paz que tenía cuando era pequeño y se escondía bajo mis brazos para evitar que el viento helado de la montaña lo despertara.
Me acerqué despacio, sin pensarlo demasiado, y me recosté a su lado. La cama se hundió un poco bajo mi peso. Dudé por un instante, temiendo despertarlo… pero mis manos se movieron solas. Deslicé mi brazo debajo de su cabeza, acercándolo hacia mí.
Su respiración rozó mi pecho. Lo sentí tan cálido, tan frágil.
Mis dedos buscaron su cabello, peinando suavemente los mechones húmedos.
—Cuánto te extrañé, mi amor… —susurré, apenas un murmullo contra su frente—. No sabes cuánto dolía no tenerte.
Él no respondió, pero su cuerpo se relajó más, como si escuchara incluso desde el sueño.
Apreté un poco más el abrazo. No podía soltarlo. No todavía.
Me quedé así un rato, mirando el techo, dejando que los recuerdos me inundaran.
La noche del ataque.
El fuego.
El hielo.
El vacío en mis brazos cuando lo perdí.
Y luego, los años de búsqueda, la voz de Nareth repitiendo que quizá ya no estaba en este mundo…
Una punzada me atravesó el pecho y, sin poder contenerlo, comencé a tararear. Al principio solo era un sonido tembloroso, pero después, las palabras salieron solas, como si el alma las recordara mejor que mi mente:
—Duerme, mi sol, mi lucero en la nieve, duerme, que el frío no puede contigo…
Mi voz quebró un poco. Apreté los labios, respiré hondo, y seguí.
—Cierra los ojos, mi pequeño guardián, que el mundo duerme y yo velo contigo…
Las lágrimas comenzaron a correrme por las mejillas, silenciosas.
—Duerme, que pronto amanecerá, y los copos cubrirán tus huellas…
Lo estreché más fuerte. Su cuerpo se movió apenas, un leve murmullo, como si reconociera aquella canción desde algún rincón lejano de su memoria.
—Duerme, mi vida, mi Neyreth… que mamá está aquí, contigo.
Mi voz se quebró del todo. Me incliné, apoyando mi frente contra la suya.
—Perdóname, mi niño —susurré entre sollozos—. Perdóname por no haberte protegido. Por no haberte encontrado antes.
El aire me quemaba los pulmones. Había pasado tantos años imaginando este momento, pero nunca así, nunca con tanto miedo a romperlo solo con mis lágrimas.
—No quiero que recuerdes lo que te hicieron —continué, acariciando su mejilla—. No quiero que vuelvas a ese lugar, a ese dolor. No mientras viva.
Él suspiró, un sonido débil, inconsciente, pero lo suficiente para hacerme temblar.
—Mamá… —murmuró apenas, como si el sueño le hubiera arrancado la palabra.
Mis manos se crisparon.
El corazón me dio un vuelco.
—Sí, amor mío… mamá está aquí. Ya no te voy a dejar. Nunca más.
Lloré otra vez, sin fuerza para contenerlo. Mis lágrimas cayeron sobre su rostro, sobre su cabello, sobre las mantas. No importó.
Lo único que importaba era tenerlo ahí, respirando, vivo.
Pasaron los minutos, o tal vez una hora. Perdí la noción del tiempo. Lo escuchaba dormir, y entre cada respiro, me repetía que todo esto era real.
Él estaba aquí.
Acaricié una última vez su rostro y murmuré en voz baja, apenas audible:
—Duerme, mi guardián de nieve. Ya no estás solo.
Entonces cerré los ojos, aún abrazándolo, y por primera vez en diez años… pude dormir sin miedo.
***
[Duque Vyrenthal]
Entré despacio.
La puerta apenas crujió, y aún así me quedé quieto, temiendo que el sonido rompiera la calma que se respiraba en la habitación. La luz tenue de las lámparas bañaba el cuarto en un tono dorado, cálido… casi irreal después de tantos años de noches frías y vacías.
Lo primero que escuché fue aquel leve sonido, casi imperceptible, un pequeño ronquido. Sonreí apenas no podía evitarlo, porque ese sonido era tan familiar que me golpeó con una ternura que creí perdida. Pensé que solo Neyreth dormía. Pero cuando di unos pasos más y mis ojos se acostumbraron a la penumbra, lo vi: Luneth.
Estaba junto a él, acostada sobre el costado, con su brazo bajo la cabeza de nuestro hijo, atrayéndolo hacia su pecho. Su respiración era tranquila, acompasada con la de él. Había lágrimas secas en su rostro, rastros brillantes en las mejillas, y su expresión… no sabría describirla. Era una mezcla de alivio, agotamiento, amor y un dolor que solo ella podía entender del todo.
Me quedé quieto un momento, observándolos.
Dioses… cuántas veces vi esa misma imagen.
Neyreth, pequeño, en los brazos de su madre, dormido sin una sola preocupación en el mundo. Solía entrar a su habitación en aquellas noches de invierno en el norte, cuando el frío cortaba hasta los huesos, y los encontraba así, igual. Luneth con ese instinto tan suyo de envolver a los niños, de protegerlos del mundo entero, y Neyreth que siempre buscaba su pecho, su calor, su voz.
No era favoritismo, nunca lo fue.
Luneth amaba a cada uno de nuestros hijos con la misma intensidad, pero lo de ella y Neyreth era distinto. Había algo invisible entre ambos, una cuerda que los unía más allá de la sangre.
Recuerdo que alguna vez se lo mencioné, con media sonrisa, mientras ella lo dormía en sus brazos, y me respondió con ese tono suave que solo tenía cuando hablaba de los niños:
"No es que lo quiera más, simplemente… siento que, si lo suelto, algo dentro de mí se rompe."
Y creo que nunca lo entendí del todo… hasta ahora.
Me acerqué un poco más.
El cabello de Neyreth, más largo, caía sobre su frente; su respiración era profunda, su cuerpo delgado, aún débil, pero vivo. Vivo.
Lo observé como quien teme parpadear por miedo a que el sueño se rompa.
Me senté en silencio en el borde de la cama. No quise despertarlos.
Solo los miré, dejando que esa escena, que parecía sacada de un recuerdo, se grabara en mí.
Y mientras lo hacía, mi mente me traicionó, llevándome atrás… a todos esos años en los que Luneth fue considerada una loca.
Decían que deliraba, que su mente se había quebrado tras perder a su hijo.
Y yo…
Yo lo creí.
Por años, traté de convencerme de que era solo el dolor hablando a través de ella, que las pesadillas en las que decía ver a Neyreth eran solo una prolongación del duelo.
Que sus súplicas al consejo, sus visitas a los templos, sus vigilias bajo la nieve eran impulsos de una madre que no podía aceptar la muerte.
La vi dejar las reuniones de los círculos sociales, rechazar invitaciones del consejo real, incluso alejarse de Arianne, su más vieja amiga.
Y aún así… nunca dejó de cuidar a los demás niños.
Nunca dejó de ser madre.
Pero su mirada cambió.
Se volvió más silenciosa, más profunda, como si todo el tiempo mirara algo que los demás no podíamos ver.
Y yo, en mi cobardía, dejé de intentar comprenderla.
Me refugié en la rutina, en la administración del ducado, en el deber…
Porque era más fácil eso que enfrentar el vacío que dejaba Neyreth.
Recuerdo esa cena, hace nueve meses.
Esa discusión.
Cuando Luneth golpeó la mesa con la mano y gritó que él seguía vivo.
Y por primera vez en años, sentí algo… algo en el pecho. Un tirón, como si alguien hubiera tocado una cuerda dentro de mí.
Fue doloroso, intenso. Y al mirar su rostro —sus ojos— entendí que no estaba delirando.
No solo ella lo había sentido.
Sivelle también lo sintió esa noche, lo vi en su rostro, y hasta los mellizos, que apenas lo recordaban, se quedaron mudos.
Era como si una presencia, una conexión, se hubiera encendido de nuevo después de tanto tiempo apagada.
Y ella… Luneth, mi esposa, se marchó.
En busca de él.
Seis meses. Seis meses de viajes, de seguir rumores y rastros, de caminar en territorios que ni los exploradores querían cruzar.
Y lo encontró.
Lo que yo no pude encontrar en años, ella lo halló en medio año.
Ahora está aquí.
Neyreth… mi hijo. Vivo. Respirando frente a mí.
Y Luneth, por fin en paz, aunque sea por esta noche.
Me incliné un poco, bajando la voz hasta casi un susurro.
—No te soltaré otra vez, hijo… —dije apenas, sin querer despertarlo.
Extendí una mano, y la apoyé sobre la cabeza de Neyreth. Su cabello estaba tibio, aún húmedo del baño.
Luego miré a Luneth.
—Tú tampoco, amor —murmuré—. Ya no más.
Me quedé así largo rato.
Mirándolos, escuchando el leve compás de sus respiraciones mezcladas.
Esa noche, no era un duque.
Era simplemente un padre que había recuperado a su hijo… y un hombre que por fin entendía el amor y la locura de su esposa.
