Cherreads

Chapter 73 - Capitulo 72

[Eiren]

Oscuridad.

No una oscuridad vacía, sino una que respira. Densa. Profunda. Como si estuviera dentro de algo… o algo estuviera dentro de mí.

Abro los ojos.

No veo el salón.

No veo al dragón-lobo.

No veo mi cuerpo.

Solo este lugar.

Un espacio negro, sin suelo ni cielo, donde a la distancia flotan luces tenues. Muchas. Pequeñas. Algunas parpadean, otras arden con constancia, y unas cuantas… se apagan lentamente.

Mi pecho se contrae.

Ya estuve aquí.

No… no es una sensación vaga.

No es intuición.

Lo sé.

—Aquí… —murmuro, y mi voz no hace eco—. Estuve aquí.

Mis pies avanzan sin tocar nada. No camino: me desplazo. Y conforme me acerco a una de las luces, el recuerdo se abre como una herida.

Kyot.

Su rostro aparece primero. Ensangrentado. Furioso. Desesperado.

Recuerdo el golpe final.

Recuerdo el sonido del sello rompiéndose, no del todo, sino debilitándose.

Recuerdo sus palabras.

Las instrucciones.

Los magos de la orden.

El líder.

"El sello responde a la estructura interna."

"Si fuerzas el flujo aquí, colapsa."

Una sonrisa amarga se forma en mi rostro.

—Eso fue exactamente lo que hice… en aquella misma oscuridad, mientras revivía sus instrucciones una y otra vez, usé los nodos. No como ellos pensaban. No como dictaban los manuales.

Los creé encima del sello.

Los hice morderlo.

Los hice reordenar el maná alrededor hasta que el hechizo no pudo sostenerse más.

Así fue como lo borré.

Por completo.

La luz se apaga.

Sigo avanzando.

Otra luz se enciende.

Entrenamientos.

Mi cuerpo cubierto de moretones.

Sangre seca en los nudillos.

Respiración pesada en patios que no eran campos de batalla, pero se sentían igual.

Más luces.

Muertes.

No batallas.

Muertes.

Soldados con armaduras negras, el metal aún caliente por el fuego negro que los rodeaba. Magos cayendo sin tiempo para terminar un cántico. Gritos que se apagaban en gargantas cortadas por el hielo.

No aparto la mirada.

No puedo.

—Los maté… —digo en voz baja—. A todos los que se cruzaron.

Otra luz.

Casas nobles.

Mirthel, Agthea y Setril.

Salones destruidos.

Tapices ardiendo.

Cuerpos en mármol pulido.

Recuerdo mis palabras.

No grité.

No amenacé.

Recuerdo también a los que me ayudaron.

Sombras que no preguntaron.

Manos que pasaron información.

Silencios comprados con sangre ajena.

No todos fueron enemigos.

Eso… pesa más.

Otra luz.

La noche.

Miller.

Su voz aún me quema los oídos.

La emboscada.

Las miradas que conocía.

La traición que no vi venir… o que me negué a aceptar.

El mundo cayendo a pedazos mientras mi nombre era ensuciado.

La orden.

Mi orden.

Oscuridad.

Otra luz… distinta.

Mi hogar.

El norte.

La casa Vyrenthal recortada contra el cielo gris. Fría. Silenciosa.

Ya había terminado.

La venganza estaba hecha.

Recuerdo haberla mirado desde lo alto, con el viento cortándome el rostro.

—Todo terminó —me dije.

Bajé la montaña.

Paso a paso.

Y entonces…

Nada.

La oscuridad se cerró de golpe, como una mano cubriendo mis ojos.

No recuerdo por qué no regresé.

No recuerdo por qué no volví con ellos.

No recuerdo el camino de vuelta.

Mi respiración se vuelve pesada, aunque no tengo pulmones aquí.

—¿Qué olvidé…? —susurro.

Las luces parpadean.

Algunas tiemblan.

Otras se acercan.

Siento algo más.

No es un recuerdo.

Es una presencia.

Una resonancia.

Un eco profundo que no pertenece a este lugar oscuro… pero que me llama desde afuera.

El dragón.

El lobo.

La sincronía.

Un sonido.

Sutil.

Ploc.

Como una gota de agua cayendo en un estanque inmóvil.

El sonido se expande, ondula en la oscuridad, y las luces a mi alrededor tiemblan, deformándose como reflejos rotos.

Frunzo el ceño.

—¿…Qué fue eso?

No obtengo respuesta.

Entonces, una voz.

Femenina.

Clara.

No grita… ordena.

—Más intenso.

—Más fuerte.

—Intensifícalo.

Mi cuerpo —o lo que sea que soy aquí— se tensa.

Miro a mi alrededor, girando sobre mí mismo. Las luces siguen ahí. La oscuridad también. Pero no hay nadie.

—¿Quién…? —intento decir.

No sale sonido alguno.

Ni siquiera un eco.

Trago saliva… aunque no tengo garganta.

—¿Hola?

Nada.

Por un instante pienso que es otro recuerdo.

Una voz arrancada del pasado. Pero no… no se siente como eso.

Esto está ocurriendo.

—Hazlo aquí.

—Hazlo ahora.

La voz vuelve a hablar, más cerca. No delante. No detrás.

Dentro.

—¿Hacer qué? —pienso, con frustración.

Y entonces sucede.

Un tirón brutal sacude mis nodos.

—¡....!

Jadeo, por reflejo. Es como si alguien hubiera tomado todos los puntos de mi cuerpo y los hubiera jalado en direcciones opuestas. El dolor no es físico… es estructural. Profundo. Directo a la base de lo que soy.

—Ahora —dice la voz—. Intensifícalo.

Mis nodos comienzan a brillar.

No, no a brillar…

A arder.

Una sensación caliente se expande desde ellos, como si el maná se estuviera comprimiendo demasiado rápido. Como si estuviera a punto de romper algo.

Y entonces lo entiendo.

—Los nodos… —pienso—. Se refiere a mis nodos.

Quiere que aumente el flujo.

Que suba el nivel.

Que empuje más maná del que debería.

—Pero no tengo cuerpo aquí… —intento razonar—. ¿Cómo…?

Y entonces lo siento.

Algo.

Una sensación familiar.

Como una corriente invisible que me atraviesa. Como un río que empuja desde atrás, constante, paciente… inevitable.

Yo no soy el río.

Soy la piedra.

Y el agua me golpea una y otra vez.

—No… —pienso, tenso—. Si fuerzo esto...

—Abre tu mente —dice la voz, ahora más suave, pero igual de firme.

—Déjate ser.

—Déjate llevar.

Aprieto los dientes.

O creo hacerlo.

—Siempre que me dejo llevar… —murmuro dentro de mí—. Algo se rompe.

El tirón vuelve.

Más fuerte.

Mis nodos vibran, desincronizados. El peso regresa. Denso. Opresivo.

—¡No puedo! —grito en mi mente—. ¡Es demasiado!

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Luego, la voz regresa.

—No luches contra la corriente.

—No seas la roca.

—Sé el agua.

Cierro los ojos.

O creo cerrarlos.

Respiro.

Una vez.

Dos.

Suelto el control.

No empujo el maná.

No lo contengo.

Simplemente… lo dejo moverse.

Mi mente se afloja.

El peso desaparece.

Y de pronto… cambia.

Mi forma cambia.

Ya no estoy resistiendo.

Estoy fluyendo.

Siento cómo los nodos dejan de arder y comienzan a conectarse de manera natural, suave, casi elegante. El maná deja de chocar contra mí y empieza a pasar a través de mí.

No soy una piedra.

Soy el cauce.

Soy el movimiento.

Soy el agua siguiendo su propio camino.

—Así… —susurra la voz, satisfecha—. Exactamente así.

La oscuridad se ilumina un poco más.

Las luces tiemblan y todo estalla.

Blanco.

No es luz, es existencia.

Siento el impacto antes de entenderlo.

Caigo.

De frente.

El golpe me roba el aliento que no sabía que tenía. Mis manos tocan algo sólido, áspero, real. No es oscuridad ni vacío. Es suelo. Me quedo ahí un segundo, respirando con dificultad, como si acabara de regresar de muy lejos.

—¿Dónde…? —murmuro, incorporándome.

Entonces la escucho.

—Vaya…

La voz no resuena en el aire. Resuena en todo.

—No creí que alguien llegara hasta aquí.

Me pongo de pie de golpe, girando.

—¿Quién está ahí? —exijo—. ¡Muéstrate!

Silencio.

Un silencio tan profundo que duele.

—En muchos siglos —continúa la voz—, en verdad muchos… no hubo nadie que cruzara el umbral.

Levanto la vista.

Y la veo.

Arriba, suspendida en un cielo que no es cielo, flota una esfera blanca, inmensa, pulsante. No quema los ojos, pero tampoco permite apartar la mirada. Es como observar un sol sin calor, una luna sin sombra, un corazón que late con calma eterna.

—¿…Qué eres? —susurro.

La esfera brilla un poco más.

—Una pregunta pequeña para un sendero tan largo —responde—. Llámame como prefieras. Nombre, título o plegaria… todo es lo mismo cuando el tiempo deja de importar.

Trago saliva.

—¿Dónde estoy?

—Donde caen las ideas antes de convertirse en mundo. Donde nacen los métodos olvidados. Donde el maná deja de obedecer y comienza a recordar.

Mi pecho se aprieta.

—¿Recordar qué?

La esfera desciende lentamente, como si me observara.

—Que alguna vez fue libre.

Siento un escalofrío recorrerme.

—Has hecho algo notable —dice la voz—. Has recreado los nodos.

Mi corazón da un salto.

—¿Los… conoces?

—Por supuesto. Aunque los tuyos… son inestables. Infantes. Nacidos del instinto, no del conocimiento.

Frunzo el ceño.

—Estoy aprendiendo.

—Lo sé.

La luz palpita, casi con ternura.

—Eres débil. Tu cuerpo tiembla. Tu maná se desborda como un río sin cauce. Y aun así… llegaste.

Intento hablar.

—Yo...

Nada.

No sale sonido.

—No te esfuerces —dice—. No es que no puedas hablar… es que aún no sabes cómo hablar aquí.

Aprieto los puños.

—Entonces dime —pienso con rabia—. ¿Por qué yo?

La esfera guarda silencio.

Luego responde:

—Porque no pediste poder. Porque no buscaste dominación. Porque caíste… y decidiste fluir.

El suelo bajo mis pies vibra suavemente.

—Te falta control —continúa—. Te falta guía. Te falta tiempo.

La luz se acerca un poco más.

—Pero tienes algo que casi nadie conserva.

—¿Qué? —pregunto, sintiendo que ahora sí me escucha.

—Voluntad sin soberbia. Dolor sin negación. Y un linaje que aún recuerda mi voz.

Mi respiración se detiene.

—¿Linaje…?

La esfera brilla con fuerza.

—No temas a las palabras antiguas. No te arrodilles ante ellas tampoco.

Una mota de luz se desprende del núcleo blanco.

Pequeña. Pura.

Desciende lentamente, como una estrella cayendo sin prisa.

—Te daré un regalo —dice la voz—. No como bendición. No como salvación. Sino como responsabilidad.

—¿Qué es? —logro preguntar.

—Una semilla. Una memoria. Una llave que no abre puertas… sino mentes.

La luz cae frente a mí.

Por un instante flota.

Luego avanza.

Directa a mi pecho.

—Espera, ¡Espera!

No hay tiempo.

La mota se incrusta en mí como una flecha ardiente.

—¡..!

El dolor es inmediato, absoluto. No atraviesa carne, atraviesa concepto. Mis nodos brillan todos al mismo tiempo, sincronizados por primera vez. Siento algo expandirse dentro de mí, reordenarse, marcarme.

—No temas al fuego que no quema —dice la voz—. Teme al conocimiento que se niega.

El dolor se disipa.

Queda calor.

Queda presencia.

—Espero volver a verte —añade, ya distante—. Cuando tus nodos dejen de temblar. Cuando tu cauce sea firme. Cuando recuerdes quién eres…

La luz comienza a alejarse.

—Descendiente mío.

El mundo vuelve a temblar.

Blanco.

Silencio.

Y entonces…

Caigo otra vez.

La luz regresa de golpe.

No poco a poco. No con cuidado.

Me invade.

—¡...!

Jadeo con violencia, como si me hubieran sacado del agua a la fuerza. El aire entra mal, raspa, quema. Me llevo una mano al suelo y caigo de rodillas, temblando, sosteniéndome apenas. El mundo gira.

Voces.

Difusas. Superpuestas. Demasiadas.

—Eiren…

—Neyreth, respira.

—¡Despacio, despacio!

—¿Qué ocurrió?

Parpadeo.

A mi izquierda… hielo. El suelo está cubierto de una fina capa cristalina, como escarcha viva que aún palpita. A la derecha… más hielo, trepando por las paredes, por las columnas del salón de entrenamiento.

—¿Qué…? —intento decir.

No sale nada.

Giro la cabeza.

El lobo.

Está frente a mí, acercándose con pasos lentos, cautelosos. Sus ojos plateados no están agresivos. Están… atentos. Preocupados. Su cola se mueve apenas, tensa.

—Eiren, mírame —escucho más claro—. Neyreth, por favor.

Manos.

Muchas manos.

Me sujetan de los brazos, de los hombros, de la espalda para que no caiga de cara al suelo.

Siento telas, piel, metal de anillos. Estoy empapado en sudor, como si hubiera corrido kilómetros.

—Está ardiendo —dice alguien—. ¡Está demasiado caliente!

—No, no es fiebre —responde otra voz—. Es… es magia.

Las voces se vuelven más nítidas, demasiado rápido.

—¡Eiren!

—¡Neyreth, escucha!

—¡Por favor, respira conmigo!

—¡Luneth, su pulso!

Alzo la mirada apenas.

Veo rostros.

Borrosos, pero los reconozco.

Mi madre Luneth, pálida, con los ojos abiertos de par en par.

Mi madre Liana, llorando sin darse cuenta, murmurando mi nombre.

Mi padre… Nareth, serio, pero con las manos temblando.

Roderic, firme, sosteniéndome como si fuera uno de sus hijos.

Sivelle, de rodillas frente a mí, llamándome una y otra vez.

Rhaella, con los dientes apretados, conteniendo el pánico.

Notch y Seraphine detrás, alertas, tensos, sin entender del todo.

—Eiren… —la voz de Luneth tiembla—. Quédate conmigo.

Quiero responder.

No puedo.

Siento algo en el pecho.

Un ardor.

No es dolor. Es… como si algo se hubiera encendido y ahora comenzara a apagarse lentamente. Un calor profundo que se repliega, se asienta.

Mis manos se mueven por instinto.

—S… suéltenme —consigo murmurar.

No me escuchan.

—¡No, no lo suelten! —dice alguien—. ¡Puede colapsar!

—Eiren, no te muevas —me ruega Liana.

Pero necesito verlo.

Con un esfuerzo torpe, me zafé un poco, empujando brazos, manos.

—Espera...

—¡Neyreth!

Tiro de mi camisa.

Los botones salen disparados, uno tras otro, rodando por el suelo helado. El aire frío golpea mi piel.

Miro.

En el centro de mi pecho hay un punto.

Azul claro.

No grande. Del tamaño de una moneda, quizá un poco más. Brilla con una luz tenue, suave, como un reflejo bajo el hielo.

—¿Eso…? —susurra Sivelle.

—¿Qué es eso? —pregunta Rhaella en voz baja.

—No estaba ahí antes —dice Seraphine, tensa.

El brillo pulsa una vez.

Luego otra.

Y poco a poco… se apaga.

No desaparece.

El punto sigue ahí, marcado en mi piel, como una cicatriz luminosa que ya no emite luz.

—¿Qué diablos…? —alcanzo a pensar.

El mundo vuelve a inclinarse.

El sonido se distorsiona.

—¡Eiren!

—¡Neyreth, mírame!

—¡Está perdiendo la conciencia!

Siento brazos rodeándome otra vez, el lobo acercándose más, su frente rozando mi hombro como si intentara sostenerme.

El ardor en el pecho se disuelve por completo.

Oscuro.

Ya no puedo más.

Y entonces…

****

[Nareth]

¿Qué diablos había pasado…?

Cuando Notch y yo llegamos al ala de entrenamiento, todo estaba bien. Demasiado bien, incluso. Neyreth estaba en el centro de la sala, sentado con la espalda recta, respirando de forma lenta y regular. Frente a él, el lobo. Ambos en silencio. Ambos con los ojos cerrados.

Sus manas estaban entrelazados.

No era una imagen agresiva. No era peligrosa. Era… armónica. Como dos corrientes que se encontraban y decidían fluir juntas.

Y por eso no lo interrumpimos.

El tiempo pasó. Minutos. Quizá más.

Poco a poco, comenzaron a llegar los demás.

Primero Luneth y Liana. Mi esposa se detuvo apenas cruzó la puerta, los ojos afilados, evaluando cada hilo de mana en el aire. Liana, en cambio, fue directo a Neyreth, con el ceño fruncido.

—¿Qué cree que está haciendo? —susurró, molesta—. Recién despierta y ya—

—Liana —le dije en voz baja—. Míralo primero.

Ella se detuvo. Observó. Tragó saliva.

—…Se ve tranquilo.

Luego llegaron Seraphine y Sivelle. Roderic venía detrás de ellas. Más tarde Rhaella también apareció, atraída por el movimiento de mana que ya se sentía incluso en los pasillos.

Todos hablaban en murmullos.

—Ese lobo… —decía alguien—. ¿Siempre hace eso?

—Nunca había visto una meditación compartida así.

—No hay círculos… no hay cánticos…

Todo estaba bien.

Hasta que dejó de estarlo.

Sentí el cambio antes de verlo.

El aire se tensó.

Un escalofrío recorrió la sala, pero no en todos.

Vi cómo Liana se abrazaba a sí misma.

—¿Por qué hace frío de repente…?

Roderic frunció el ceño.

—Esto no es normal.

El suelo bajo Neyreth comenzó a blanquearse.

—Nareth… —dijo Luneth, seria.

—Lo veo.

El hielo se formaba despacio, como si brotara desde el suelo mismo, extendiéndose en círculos concéntricos. El mana en la sala aumentó de golpe. No explotó. No se descontroló. Simplemente… creció.

Mi piel se erizó.

Liana y Roderic retrocedieron un paso. Los Notch también.

—No siento el frío —murmuró Seraphine—, pero el mana…

—Está subiendo demasiado rápido —dijo Sivelle, tensa.

Los hilos de mana entre Neyreth y el lobo comenzaron a cambiar.

Se detuvieron.

No se disiparon. Se tensaron.

Como cuerdas estiradas al límite.

—Eso no me gusta —gruñó Notch.

El lobo abrió los ojos.

Por un instante, sus pupilas brillaron con una luz distinta. Luego volvió a cerrarlos, pero esta vez gruñó, bajo, profundo. Su mana aumentó de golpe y se volcó hacia Neyreth.

—Está reforzándolo —dijo Luneth—. Está actuando como catalizador.

El hielo reaccionó.

Se expandió.

—¡Ahora! —ordené—. ¡Contengan!

Luneth, Sivelle y yo activamos magia al mismo tiempo. Barreras. Contraflujos. Intentamos frenar la escarcha que se extendía por el suelo y las paredes.

—¡No toquen a Neyreth! —gritó Luneth—. ¡Si rompen el flujo o lo que sea, lo pueden matar!

El hielo no se detuvo.

Avanzó por toda la sala como una ola silenciosa.

Y entonces…

Los hilos se rompieron.

No con violencia. No con una explosión.

Se separaron.

El lobo abrió los ojos de golpe y retrocedió varios pasos, casi tropezando. Su cola se erizó, sus orejas se pegaron hacia atrás.

—¿Qué—? —alcanzó a decir Rhaella.

Neyreth se elevó.

—No… —susurré.

Su cuerpo se levantó del suelo, apenas unos centímetros al principio. Seguía meditando. Seguía con los ojos cerrados.

Los nodos brillaron.

Uno por uno.

Más intensos.

El hielo comenzó a trepar por su cuerpo, formando una capa de escarcha que no lo cubría del todo, sino que lo delineaba.

El nodo de su cabeza brilló con más fuerza.

Y algo comenzó a formarse.

—Eso… —murmuró Sivelle—. ¿Es…?

Sobre su cabeza, el hielo tomó forma. No era un casco. No era una armadura.

Era una corona.

Delgada. Elegante. Hecha completamente de hielo cristalino. Crecía lentamente, como si alguien la estuviera esculpiendo con paciencia infinita.

Símbolos aparecieron en ella.

Varios.

Pero uno en particular.

Al frente.

Mi respiración se detuvo.

La corona brilló una última vez.

Y Neyreth cayó.

—¡Ney...RETH!

Todos corrimos.

Pero antes de que tocara el suelo, despertó.

Cayó de rodillas, apoyando las manos en el hielo, jadeando como si acabara de regresar de otro mundo.

La corona se deshizo en el aire.

Los nodos se apagaron.

Todos.

Excepto uno.

El de su pecho.

Neyreth se desplomó por completo.

No fue una caída violenta, pero su cuerpo dejó de sostenerse, como si el hilo que lo mantenía despierto se hubiera cortado de golpe.

—¡Neyreth! —lo llamó Luneth—. Respóndeme… por favor…

No hubo respuesta.

Me arrodillé del otro lado casi al mismo tiempo que Sivelle.

—Está consciente… no, espera —corregí al sentirlo—. No. Está inconsciente.

—Respira —dijo Sivelle con rapidez—, pero… —frunció el ceño y apoyó la mano en su pecho— está demasiado caliente.

Liana se acercó de inmediato.

—Eso no es normal —dijo, alarmada—. Cuando enfermaba, siempre estaba frío. Siempre. Esto es… al revés.

—Lo sé —respondí—. Por eso no podemos tratarlo como una fiebre común.

Luneth levantó la vista hacia mí.

—Nareth… sus nodos…

Negué despacio.

—Para nosotros siguen siendo un territorio desconocido. —Apreté los dientes—. Neyreth los creó. No sabemos cómo tratarlos directamente.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Roderic, tenso—. ¡No podemos quedarnos mirando!

Miré a Sivelle.

Ella ya me estaba mirando.

No hizo falta decirlo en voz alta.

—El método Vyrenthal —dijo ella.

Asentí.

—El mismo que usé contigo cuando despertaste tu magia —le dije—. No es para sanar… es para guiar. Para evitar que el mana se desborde y se queme a sí mismo.

—Pero él tendría que hacerlo por sí mismo —dudó Sivelle—. Estar consciente.

—En condiciones normales, sí —respondí—. Pero ahora… ahora solo necesitamos que su cuerpo recuerde el camino.

Luneth apretó los labios.

—Hazlo.

No dudé.

—Sivelle, sincroniza conmigo. Como te enseñé.

Ella respiró hondo.

—De acuerdo.

Colocamos las manos cerca del pecho de Neyreth, sin tocarlo directamente. El método Vyrenthal no forzaba el mana; lo invitaba. Era como trazar un cauce para que el río no destruyera las orillas.

—Pulso lento —le indiqué—. No empujes. Escucha.

—Lo siento —susurró ella—. Está… desordenado. No caótico, pero… demasiado.

El mana comenzó a responder. Lento. Inestable.

—Nareth —dijo Sivelle de pronto—. El lobo…

Levanté la vista.

El lobo se había acercado sin hacer ruido. Se sentó frente a nosotros, muy cerca de Neyreth. Cerró los ojos.

—¿Otra vez…? —susurró Rhaella.

Un punto brillante apareció en su pecho.

—No lo detengan —dije de inmediato—. Está ayudando.

Hilos de mana salieron del punto luminoso, suaves, precisos, rodeando a Neyreth, entrelazándose con el flujo que Sivelle y yo estábamos guiando.

—Es… —murmuró Sivelle—. Es el mismo patrón.

—Sí —respondí—. El mismo de antes.

El mana se estabilizó un poco más.

Entonces, el aire cambió.

—¿Está… brillando? —preguntó Seraphine.

El lobo comenzó a crecer.

—¿Qué está pasando ahora? —exclamó Notch, llevándose la mano a la empuñadura por reflejo.

—Tranquilos —dije con firmeza.

Su figura se estiró, su silueta se volvió más grande, más imponente. El pelaje dio paso a escamas. Alas se plegaron contra su cuerpo, demasiado grandes para el espacio.

Un dragón.

No en su tamaño real, no descomunal, pero aun así… un dragón auténtico.

El silencio fue absoluto.

—¿El… dragón? —susurró Rhaella, pálida.

Notch abrió los ojos como platos.

—¿Eso era el lobo…?

—Luego lo explicaremos —dije sin apartar la atención de Neyreth—. Ahora no miren eso. Concéntrense.

El dragón inclinó la cabeza, como si nos reconociera. Su pecho brilló con más intensidad, y los hilos de mana se volvieron más firmes, más claros.

—Está usando su propio cuerpo como catalizador —dijo Sivelle, asombrada—. Igual que aquella vez…

—Sí —respondí—. Pero ahora no solo absorbe. Está compartiendo.

Luneth apretó la mano de Neyreth.

—Aguanta… por favor…

—No lo soltará —dije con voz baja, pero segura—. Sea lo que sea ese vínculo… no lo soltará.

El mana comenzó, por fin, a asentarse.

Pero yo lo sabía.

Esto no había sido un accidente.

Había sido una respuesta.

—Su cabello… —dijo Notch de pronto.

No levantó la voz, pero bastó para que todos miráramos.

El mana seguía fluyendo alrededor de Neyreth, envolviéndolo como una corriente invisible. Desde hacía rato, su cabello se movía con ese flujo, flotando como si estuviera sumergido en agua tranquila. Yo ya lo había notado… pero no era eso lo que Notch señalaba.

—El color —añadió Notch, dando un paso más cerca—. Está cambiando.

Me incliné un poco, sin romper el patrón del hechizo.

Tenía razón.

Los mechones negros, aquellos rastros oscuros que se mezclaban con el plateado natural de Neyreth, comenzaban a desvanecerse. No de golpe, sino como tinta diluyéndose en agua clara, perdiendo fuerza, retrocediendo.

—No puede ser… —murmuró Luneth.

El dragón emitió un leve sonido, grave, casi un ronroneo profundo. Los hilos de mana se ajustaron, más suaves ahora, menos tensos.

—Está… creciendo —dijo Seraphine, sorprendida.

No era una ilusión.

El cabello de Neyreth se alargaba poco a poco, apenas unos centímetros, pero lo suficiente para notarse. No de manera violenta ni antinatural. Era como si su cuerpo, por fin, estuviera retomando un ritmo que había quedado suspendido.

—Eso significa que el mana ya no está siendo usado solo para sobrevivir —dije en voz baja—. Está volviendo a sostener funciones básicas.

—¿Se está… recuperando? —preguntó Roderic, incrédulo.

—Estabilizándose —respondí—. No es lo mismo, pero es el primer paso.

Liana apoyó una mano en el pecho de Neyreth.

—Su piel… —susurró—. Está tomando color otra vez.

Y era cierto.

El tono pálido, casi ceniciento que había tenido durante días, comenzó a ceder. La sangre volvía a circular con normalidad. El calor seguía ahí, pero ya no era un ardor peligroso; era un calor vivo.

—El flujo dejó de pelear consigo mismo —dijo Sivelle—. Ahora… fluye.

Notch frunció el ceño, observando con atención casi reverente.

—Nunca había visto una estabilización así —admitió—. Ni siquiera en despertares forzados.

—Porque esto no es un despertar común —respondí—. Es una corrección.

El dragón abrió un ojo, mirándome directamente. Por un instante, sentí como si me evaluara.

Luego volvió a cerrarlo.

—Está cediendo el control —murmuró Luneth—. Confía en que el cuerpo de Neyreth puede sostenerlo ahora.

Asentí despacio.

—Eso significa que Neyreth ya no está solo en esto.

El mana comenzó a disminuir, poco a poco, como una marea que retrocede. Los hilos se volvieron más finos, más suaves, hasta casi desaparecer.

—Sivelle —dije—. Mantén el pulso unos segundos más.

—Entendido.

Lo hicimos.

Y entonces lo sentí.

Esa presión constante, ese nudo invisible que llevaba días oprimiendo el aire a su alrededor… se disipó.

—La estabilidad regresó —dijo Notch con una exhalación larga—. Puedo sentirla.

Yo también.

—Voy a evaluarlo yo mismo aún así —dijo Notch al fin.

Se adelantó sin esperar respuesta, con ese aplomo sereno que siempre había tenido cuando la magia estaba de por medio. Se arrodilló junto a Neyreth, apoyando una rodilla en el suelo helado, y colocó la mano abierta sobre su pecho, justo donde minutos antes había brillado aquel punto extraño.

—Notch… —empezó Seraphine.

—Tranquila —respondió él sin mirarla—. No haré nada invasivo.

Cerró los ojos.

El salón quedó en silencio de inmediato. Incluso el dragón, ya de nuevo en su forma reducida, permaneció inmóvil, observándolo con atención.

Yo mantuve el pulso del mana apenas activo, listo para intervenir si algo salía mal.

Pasaron unos segundos.

Luego otros.

Notch frunció ligeramente el ceño, como si lo que percibía no terminara de encajarle.

—Es… complicado —murmuró.

—¿Complicado cómo? —preguntó Sivelle, tenso.

Notch no respondió de inmediato. Ajustó la posición de su mano, deslizando apenas los dedos, siguiendo el ritmo interno del mana de Neyreth.

—Como ya dije antes —habló al fin—, desconozco por completo el tema de los nodos. No sé si lo que estoy sintiendo son… estructuras nuevas, restos de algo anterior, o una mezcla de ambas cosas.

Abrió los ojos y nos miró uno por uno.

—Así que no puedo decirles si los nodos están estables, sobrecargados o en un equilibrio precario. Eso está fuera de mi campo.

Luneth apretó los labios.

—Pero… —dijo ella— ¿su mana?

Notch asintió despacio.

—Eso sí puedo afirmarlo con seguridad —respondió—. Desde el punto de vista del mana interno, está estable.

Sentí cómo varios soltaron el aire al mismo tiempo.

—Tal como dijeron hace unos segundos —continuó—. No hay picos violentos, no hay colapsos, no hay rechazo interno. El flujo es continuo, regular… vivo.

—Entonces… —empezó Roderic— ¿está fuera de peligro?

—Por ahora —respondió Notch—. No diría que está fuera de peligro, pero tampoco está en riesgo inmediato.

Apartó la mano del pecho de Neyreth y se quedó observándolo.

—Ahora solo queda saber una cosa.

—¿Si despertará pronto? —preguntó Seraphine.

—O si tardará —confirmó Notch—. Puede abrir los ojos en minutos… o en horas.

Hizo una pausa y luego añadió, con una mueca seria:

—Y después de eso, tendremos que responder la pregunta más incómoda de todas.

—¿Qué diablos sucedió aquí? —dije.

Notch esbozó una sonrisa tensa.

—Exactamente.

El dragón emitió un sonido bajo, profundo, como si estuviera de acuerdo.

Luneth se acercó un poco más a su hijo y le acomodó el cabello, ahora casi completamente plateado.

—Despierta cuando estés listo —susurró—. Ya hiciste más que suficiente.

Yo asentí en silencio.

Porque fuera lo que fuera que había ocurrido…

Nada de esto había sido normal.

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