Cherreads

Chapter 74 - Capitulo 73

[Eiren]

El salón de la orden estaba en silencio.

Demasiado silencio.

Frente a mí estaba el líder, erguido, inmóvil, con la cabeza cubierta por aquella manta oscura que nunca se quitaba. No podía verle el rostro, nunca podía, pero sentía su mirada clavada en mí como si atravesara la tela y la carne.

Yo permanecía de pie también, con la cabeza inclinada, los ojos fijos en el suelo de piedra.

—Dime —dijo al fin, con voz grave, serena—. ¿Por qué regresaste?

No respondí.

—¿Acaso no viniste aquí para vengarte? —continuó—. ¿No era ese tu propósito desde el inicio? Vengarte de aquellos que le hicieron daño a tu madre… y a ti.

Tragué saliva.

—Sí —respondí al final, con la voz baja—. Vine por eso.

—Entonces —replicó él sin alzar el tono—, dime por qué regresaste.

Apreté los puños.

—Porque no pude —dije.

El silencio volvió a caer entre nosotros.

—Explícate —ordenó.

Levanté un poco la cabeza, lo suficiente para que mi voz no sonara como un susurro.

—Estuve cerca —empecé—. A unos cuantos kilómetros… del norte. De mi casa.

La palabra casa me raspó la garganta.

—Me detuve en un lago —continué—. Solo iba a beber agua. Nada más.

Cerré los ojos un instante.

—Y me vi.

—¿Te viste? —repitió el líder.

—En el reflejo —asentí—. Vi mi cabello. Mis ojos. Mi rostro.

Respiré hondo.

—Y entendí que no era el mismo.

El líder no dijo nada. Me dejó seguir.

—Este cabello negro… —levanté una mano, tocándome un mechón— no es mío. No lo era. Es el resultado de haber absorbido el mana de una herramienta mágica que alteraba el aspecto. Me quitó lo que era… y me dejó así.

Bajé la mano.

—Ni siquiera mis facciones son las mismas. Mi mirada… mis manos… todo cambió.

—Los años cambian a todos —dijo él.

—No así —respondí con un hilo de amargura—. Han pasado años desde que me separé de mi madre. Desde el ataque. Desde que caí por el acantilado.

Alcé la vista por primera vez, aunque seguía sin mirarlo directamente.

—Ya no soy un niño. Y tampoco me veo como el niño que ella recordaba.

Mis dedos temblaron.

—¿Sabe lo que pensé? —pregunté—. Que quizá… me creyeron muerto. Que tal vez me enterraron. Que lloraron… y siguieron adelante.

El líder guardó silencio.

—¿Qué se suponía que hiciera? —mi voz se quebró—. ¿Llegar de la nada diciendo "soy su hijo", después de tantos años? Con un rostro distinto. Con una mirada distinta.

Negué con la cabeza.

—Suficiente tenían ya con haber cargado con mi muerte —dije—. Con el dolor de perderme.

Respiré hondo, pero el aire no alcanzaba.

—Y además… —mis labios temblaron— mis manos estaban manchadas de sangre.

El silencio se volvió pesado.

—La sangre de quienes me atacaron —continué—. De quienes causaron todo esto. De quienes destruí.

Mis uñas se clavaron en mis palmas.

—No podía llegar así —dije—. No podía pararme frente a ella… frente a ellos… sabiendo lo que hice. Sabiendo en quién me convertí.

La voz del líder llegó, firme, pero no dura.

—¿Y eso te detuvo?

—Sí —respondí sin dudar—. Me detuvo por completo.

—¿Porque sentiste culpa? —preguntó.

—No —negué lentamente—. Porque sentí miedo.

—¿Miedo de qué?

Cerré los ojos.

—De que no me reconocieran —dije—. O peor… de que sí lo hicieran, y vieran en qué me convertí.

El líder permaneció en silencio durante un largo momento.

—Así que regresaste aquí —dijo al fin—. A la orden.

—Sí —respondí—. Porque aquí… al menos sabía quién era. Un arma. Un peón. Algo que podía seguir avanzando sin pensar en lo que había dejado atrás.

La manta frente a mí se movió apenas.

—Huiste —dijo él.

—Tal vez —admití—. Pero no de ellos.

Levanté la cabeza un poco más.

—Hui de mí.

El líder guardó silencio unos instantes después de mis palabras. Podía sentirlo pensar, aunque no viera su rostro bajo la manta.

—Entonces dime —dijo al fin—, ¿qué harás ahora?

Levanté un poco más la cabeza.

—Quedarme —respondí sin rodeos—. No tengo un lugar al cual regresar.

—¿Ninguno? —preguntó, con un dejo de curiosidad.

—Ninguno —repetí—. No hay un hogar esperándome. No hay una puerta que pueda tocar sin convertirme en un extraño.

El líder inclinó ligeramente la cabeza.

—Si ese es el caso —continuó—, ¿por qué no ir a una academia?

Parpadeé, confundido.

—¿Una… academia?

—Sí —dijo con calma—. Un lugar donde aprender cosas nuevas. Donde no seas un arma ni un cazador. Podrías alejarte de este mundo. Vivir una vida propia.

Guardé silencio.

—Una nueva —añadió—. Aun sabiendo lo que hiciste. Aun cargando con aquello de lo que huiste. Seguiría siendo tu vida.

Mis labios se abrieron, pero tardé en encontrar palabras.

—No sabría cómo —admití al final—. No sabría hacer nada de eso.

—Aprenderías —replicó él—. Todos lo hacen.

Negué con la cabeza.

—No es tan simple —dije—. Desde que me separé de mi familia… no he vivido, he sobrevivido.

Mis recuerdos se agolparon sin pedir permiso.

—Semanas enteras solo —continué—. Moviéndome de un lugar a otro. Escondiéndome. Huyendo de esos malditos que me cazaban como a un animal.

Apreté los dientes.

—Intentaron matarme una y otra vez —dije—. Y casi lo logran.

El líder no interrumpió.

—Cuando llegué aquí… —respiré hondo— fue después de estar al borde de la muerte. Llegué roto. Vacío. Con las manos temblando y el cuerpo lleno de cicatrices.

Miré el suelo otra vez.

—Dígame —pregunté—, ¿de qué habrían servido todos estos años?

El silencio pesó.

—Todo el entrenamiento —seguí—. Las peleas. Las masacres.

Mis dedos se cerraron lentamente.

—¿Para qué, si al final no regresé? —dije—. Si no pude volver a casa. Si no puedo vivir una vida normal.

Alcé la mirada, por primera vez con algo parecido a desesperación.

—¿Qué otra cosa conozco? —pregunté—. ¿Qué soy además de esto?

La manta frente a mí permaneció inmóvil.

—Esta orden es lo único que conozco —dije—. Aquí aprendí a pelear. A matar. A resistir.

Tragué saliva.

—No me siento capaz de ser alguien más —confesé—. No sé cómo dejar de ser lo que soy ahora.

El líder exhaló lentamente.

—Crees que tu camino ya está escrito —dijo—. Que no puedes desviarte.

—Sí —respondí sin dudar—. Porque cada vez que lo intento… me pierdo.

El silencio volvió a envolver la sala.

—Sin embargo —dijo él al fin—, sigues aquí.

Levanté la vista.

—Eso ya dice algo —continuó—. Los que no pueden elegir… no regresan. Los que no sienten… no dudan.

Sus palabras se clavaron en mí.

—Podría rechazarte —dijo—. Decirte que sigas tu camino y no mires atrás.

Mi pecho se tensó.

—Pero no lo haré.

Lo miré, sorprendido.

—Te aceptaré de nuevo en la orden —continuó—. No como el niño que llegó una vez… sino como el hombre que regresó.

Sentí un nudo en la garganta.

—Pero no con el nombre que dejaste atrás —añadió—. Ese nombre pertenece a un pasado que ya no existe.

El líder dio un paso al frente.

—Desde hoy —dijo con solemnidad—, llevarás un nuevo nombre.

El aire pareció volverse más frío.

—Frostfallen.

La palabra resonó en la sala… y dentro de mí.

—Un nombre para alguien que cayó en el hielo —continuó—. Y aun así, se levantó.

Mis labios temblaron.

—Levántate, Frostfallen —ordenó—. Si este es el único camino que conoces… entonces hazlo tuyo.

—Ven conmigo —dijo el líder.

Asentí sin pensarlo.

Salimos del salón en silencio. El eco de nuestros pasos se extendía por los pasillos de piedra, largos y fríos, iluminados apenas por antorchas azules que ardían sin humo. Caminamos varios minutos sin cruzar palabra. Yo iba un paso detrás de él, con la mente todavía atrapada entre lo que había dicho… y lo que acababa de aceptar.

Llegamos a una gran puerta doble. Desde el otro lado se escuchaban voces, pasos, metal rozando metal. El sonido vivo de la orden cuando no había misiones.

El líder empujó la puerta.

Al cruzarla, el espacio se abrió ante nosotros: una sala amplia, con columnas gruesas y un techo alto, de donde colgaban estandartes gastados por el tiempo. Al fondo, unas escaleras descendían hacia el primer piso, donde los miembros de la orden solían reunirse en los días de descanso, entrenamiento o asignación.

Había muchos ahí. Más de los que recordaba.

El líder avanzó unos pasos… y se detuvo antes de bajar las escaleras.

Entonces hizo un solo movimiento.

No levantó la voz. No golpeó nada. No gritó.

Aun así, el efecto fue inmediato.

Las conversaciones se apagaron una por una. El metal dejó de sonar. Las risas murieron en seco. En cuestión de segundos, todos guardaron silencio.

Los cuerpos se enderezaron. Las filas se formaron casi por reflejo. Posturas rectas, manos firmes, miradas al frente. Una formación reverencial.

Yo sentí un nudo en el estómago.

El líder habló.

—Escuchen.

Su voz resonó por toda la sala sin necesidad de esfuerzo.

—Hoy —continuó—, un nuevo hermano de la Orden ha llegado para quedarse oficialmente.

Algunos murmuraron por lo bajo. Otros levantaron la cabeza apenas.

—Ante ustedes —dijo—, el nuevo integrante de esta Orden.

Hizo una breve pausa.

—Frostfallen.

Sentí que el nombre caía sobre mí como una losa… y a la vez como una armadura.

Las miradas se alzaron.

Muchas de ellas se clavaron directamente en mí.

—La mayoría de ustedes —continuó el líder— lo conocían bajo otro nombre.

Un murmullo recorrió la sala.

—Cuervo.

Hubo un leve movimiento entre las filas.

—Conocen las circunstancias en las que llegó —dijo—. Conocen su objetivo. Conocen el camino de sangre que recorrió para cumplirlo.

Tragué saliva.

—Ese camino terminó —sentenció—. El hombre que tienen frente a ustedes no es solo una sombra ni un instrumento de venganza.

Se giró ligeramente hacia mí.

—Es alguien que eligió quedarse.

Mi pecho se tensó.

—Es alguien que eligió cargar con su pasado… y aun así avanzar.

El silencio era absoluto.

Miré alrededor.

Y entonces los vi.

Bianca, con los brazos cruzados y esa expresión severa que siempre usaba cuando no quería mostrar emoción… pero sus ojos brillaban.

Eric, erguido, serio como siempre, pero con una ligera sonrisa torcida en los labios.

Edgar, relajado, apoyado apenas sobre una pierna, observándome como si evaluara si seguía siendo el mismo idiota con el que entrenaba hasta sangrar.

Y Kyot.

De pie, inmóvil, con los brazos a los costados. Su mirada se cruzó con la mía apenas un segundo. No sonrió. No asintió.

Pero tampoco apartó la vista.

Ellos… mis amigos. Casi hermanos. Los que caminaron conmigo durante la venganza. Los que vieron lo peor de mí… y aun así se quedaron.

El líder dio un paso atrás.

—Denle la bienvenida —ordenó.

Por un instante, nadie habló.

Luego, una voz se alzó.

—Bienvenido, Frostfallen.

Otra se sumó.

—Bienvenido.

—Bienvenido a la Orden.

Y entonces, como una sola voz, toda la sala resonó:

—Bienvenido, Frostfallen.

El sonido me atravesó el pecho.

No supe qué decir.

No supe qué hacer.

Solo incliné ligeramente la cabeza, con el corazón latiendo con una fuerza que no sentía desde hacía años.

De repente, todo comenzó a distorsionarse.

Las voces se alargaron, como si fueran arrastradas por el viento. Los rostros frente a mí empezaron a fragmentarse, a perder definición, deshaciéndose en partículas finas, como polvo suspendido en el aire. Bianca, Eric, Edgar, Kyot… uno a uno se desvanecían sin emitir sonido alguno.

El líder fue el último.

Su silueta permaneció un instante más, inmóvil, observándome. No dijo nada. No necesitó hacerlo. Luego también se deshizo, como si nunca hubiera estado ahí.

El salón desapareció.

Las columnas, los estandartes, las escaleras… todo se disolvió lentamente hasta que no quedó nada.

Y entonces caí.

No sentí viento. No sentí peso. Solo una caída silenciosa en una oscuridad absoluta, tan densa que parecía tener textura. No había arriba ni abajo. No había sonido. No había tiempo.

Hasta que choqué con algo.

El impacto fue seco.

Abrí los ojos de golpe, jadeando.

Mi mirada se clavó en lo alto.

Un techo… no. No era un techo común.

Un dosel.

Cortinas translúcidas caían a mi alrededor, moviéndose suavemente con la brisa. Tardé unos segundos en entender dónde estaba.

Parpadeé varias veces, tratando de enfocar.

Mi habitación.

La reconocí por el olor, por la disposición de los muebles, por la luz que entraba desde la ventana abierta. El dosel era nuevo; antes siempre veía el techo al despertar. Supuse que alguien lo había colocado… probablemente por orden médica.

Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Mi corazón seguía latiendo rápido, pero ya no con violencia. Llevé una mano al pecho, respirando hondo una, dos veces, hasta que el ritmo comenzó a estabilizarse.

Así que… fue eso.

Fue miedo.

Ese pensamiento llegó sin resistencia.

Cuando estuve tan cerca de casa.

Cuando estaba a unos pocos kilómetros.

Cuando podía haber regresado.

No fue estrategia.

No fue cálculo.

Fue miedo.

El sol atravesaba las cortinas de la ventana, proyectando sombras suaves sobre la cama. El aire era fresco, limpio. Las cortinas se movían con calma, como si el mundo no supiera —o no le importara— todo lo que había pasado.

Entonces lo noté.

Mi cuerpo.

No dolía.

Fruncí ligeramente el ceño, moviendo los dedos de las manos, luego los pies. Nada. Ninguna pesadez. Ningún temblor. Ninguna sensación de agotamiento aplastante.

Durante toda la semana desde que desperté del coma, mi cuerpo había sido una carga. Pesado. Lento. Cada movimiento costaba. Mis párpados temblaban, mi respiración se volvía irregular, y el cansancio siempre estaba ahí, acechando, esperando que bajara la guardia.

Pero ahora…

Me sentía ligero.

Demasiado.

Después de lo que pasó en el ala de entrenamiento, después del hielo, de los nodos, de la pérdida de conciencia, después de ese lugar oscuro… no tenía sentido sentirme así.

Giré un poco el torso, incorporándome despacio. Ningún mareo. Ninguna punzada.

Mi mente, en cambio, estaba llena.

Recordé el blanco absoluto.

El sol suspendido en la nada.

La voz femenina.

Sus palabras aún resonaban, no como sonido, sino como significado. Como si se hubieran grabado en algún lugar más profundo que la memoria.

Descendiente mío.

Tragué saliva.

Levanté la camisa con cuidado.

Ahí estaba.

En el centro de mi pecho, un poco por debajo de la clavícula, el punto azul claro. No era grande. Ya no brillaba, pero su presencia era inconfundible.

No dolía.

No quemaba.

Pero al mirarlo, sentí algo… distinto. Como si mi respiración pasara por ahí. Como si mi mana lo rodeara instintivamente, con cautela, con respeto.

Apoyé dos dedos sobre el punto.

Nada.

Y aun así, lo sentía.

—…¿Qué eres…? —murmuré, con la voz ronca por haber dormido quién sabe cuánto tiempo.

No hubo respuesta.

Solo el sonido del viento moviendo las cortinas.

Solo la luz del sol entrando por la ventana.

Solo mi corazón, latiendo firme.

Cerré los ojos un momento.

Inhalé despacio.

No había nadie en la habitación, el silencio era limpio, casi reverente. Si iba a comprobar algo, este era el momento. Cerré un poco los dedos de la mano derecha y dejé que mi atención descendiera hacia el interior de mi cuerpo.

Sentí los nodos.

No tuve que buscarlos. Estaban ahí, presentes, claros, como si siempre hubieran estado despiertos y ahora solo me estuvieran esperando.

Primera variación.

El movimiento fue suave. Preciso. No hubo resistencia ni ese tirón incómodo que solía sentir al inicio. Extendí la mano y el mana respondió de inmediato. El aire frente a mis dedos se condensó y, en un instante, un cristal de hielo se formó, perfecto, transparente, reflejando la luz que entraba por la ventana.

Lo observé con atención.

Mi pecho no dolía.

Mi cuerpo no protestaba.

Era… estable.

Segunda variación.

Desplacé los nodos, encendiendo el flujo. El cristal creció, se ramificó, y luego se multiplicó en varios fragmentos suspendidos en el aire, como si el hielo hubiera aprendido a replicarse por voluntad propia. Cada uno era nítido, sólido, obediente.

Exhalé lentamente.

Hasta ahí, todo estaba dentro de lo esperado… incluso mejor de lo esperado.

Entonces dudé.

Pero la duda duró poco.

Tercera variación.

Icefire.

Encendí los nodos con más fuerza. Los cristales comenzaron a deformarse, sus bordes se suavizaron, y luego, como si el concepto mismo del hielo se estuviera reescribiendo, se derritieron sin agua. La estructura colapsó hacia adentro y estalló en llamas blancas, vivas, ondulantes, que no emitían calor, sino un frío profundo, intenso.

Las llamas se movían como si respiraran.

A los pocos segundos sentí algo distinto.

No era dolor.

Era… presión.

Llevé una mano al pecho de inmediato. Algo latía ahí, no como un corazón, sino como una presencia que respondía. Levanté la camisa otra vez y lo vi.

El punto.

Estaba encendido.

Un brillo azul blanquecino, tenue pero constante, como el reflejo de la luna sobre agua quieta. No cegaba, no pulsaba con violencia, pero era imposible ignorarlo.

Tragué saliva.

Ahí apareció la sensación conocida. No la pesadez absoluta, pero sí ese aviso interno, esa tensión que siempre llegaba cuando usaba la tercera variación durante demasiado tiempo. Mi cuerpo no se quejaba aún, pero me estaba hablando.

Cerré los ojos.

Moví los nodos otra vez.

Cuarta variación.

Las llamas blancas comenzaron a chispear. Su forma se volvió inestable, vibrante, como si estuvieran perdiendo cohesión. El aire alrededor se tensó y, en un parpadeo, el icefire colapsó sobre sí mismo y se transformó en electricidad.

Relámpagos blancos azulados recorrieron el espacio frente a mí.

Sentí el mana desplazarse por mi brazo, por el hombro, cruzando mi torso como una corriente viva. Las cortinas del dosel se agitaron, sacudidas por la energía que escapaba, y el aire zumbó con un sonido bajo, constante.

Entonces el punto en mi pecho reaccionó.

No dolió.

Pero sentí como si se expandiera.

Abrí los ojos de inmediato y miré hacia abajo. El punto había crecido apenas un poco, casi imperceptible, pero lo suficiente como para notarlo. Su brillo seguía siendo suave, pero ahora parecía más… profundo. Más anclado.

Mi respiración se volvió más pesada.

No estaba perdiendo el control.

Pero estaba acercándome.

Y lo supe al instante.

Era suficiente.

Disolví la cuarta variación con cuidado, desactivando los nodos uno a uno, como si cerrara compuertas. La electricidad se apagó sin estallar, las chispas desaparecieron, y el aire volvió a quedarse quieto.

Me dejé caer sentado en la cama, apoyando los codos sobre las rodillas.

—No… —murmuré para mí mismo—. No hoy.

Apenas había despertado.

No cometería el mismo error que en el ala de entrenamiento.

No volvería a forzar algo que aún no entendía del todo.

Mi cuerpo había cambiado.

Mis nodos habían cambiado.

Y ese punto en mi pecho… definitivamente no era algo que pudiera ignorar.

Respiré hondo una vez más, cerrando los ojos.

Había tiempo.

Y esta vez, no iba a perderlo por imprudencia.

Volví la mirada hacia la ventana.

El jardín se veía tranquilo desde aquí arriba, demasiado incluso. Las hojas se mecían con el viento y la luz del sol caía sobre el césped como si nada hubiera pasado, como si el mundo no se hubiera detenido ni un segundo mientras yo dormía, mientras casi me rompía por dentro en ese lugar oscuro.

Pensé, sin poder evitarlo:

¿Cuánto tiempo llevo dormido ahora…?

Me incorporé con cuidado. Puse primero los pies en el suelo, esperando ese mareo habitual, ese vacío en el estómago que siempre llegaba cuando me levantaba demasiado rápido. Pero no llegó. Me sostuve un momento de la cama, probando mi equilibrio.

Nada.

Solo una ligera debilidad… normal.

—Bien… —murmuré, sorprendido.

Entonces escuché movimiento.

No venía de la puerta.

Venía de la ventana.

Fruncí el ceño y giré la cabeza justo a tiempo para ver una enorme sombra cruzar el marco. El dragón, en su forma de lobo, entró por la ventana de un salto limpio, silencioso para su tamaño, aterrizando dentro de la habitación con una facilidad absurda considerando que estábamos en un segundo piso.

Me quedé mirándolo, boquiabierto.

—¿Qué…? —alcancé a decir.

El lobo sacudió el cuerpo, como si el salto no hubiera sido nada, y me miró fijamente. Sus ojos brillaban con una mezcla extraña de alivio y… molestia.

Refunfuñó.

Un sonido grave, vibrante, casi como un gruñido contenido.

—Oye, oye, tranquilo —intenté decir, levantando las manos—. Estoy bien. Ya desperté.

La cola comenzó a moverse de un lado a otro, golpeando ligeramente el aire. Dio unos pasos hacia mí, bajando un poco la cabeza.

Y sin ninguna advertencia…

¡Paf!

Sentí un golpe seco en el brazo.

—¡Eh! —protesté.

¡Paf! ¡Paf!

Dos golpes más, esta vez en el hombro y el pecho, dados con sus enormes patas delanteras, controlados pero firmes, como si me estuviera reprendiendo.

—¡Oye! ¡Ya entendí! —dije retrocediendo un paso—. No fue mi intención…

El lobo volvió a refunfuñar, esta vez más fuerte, y levantó una pata para darme otro golpe.

—¡Ya, ya! —me cubrí instintivamente—. ¡Lo siento, ¿sí?! ¡No planeaba colapsar otra vez!

El sonido que hizo entonces no fue un gruñido.

Fue algo más… un bufido molesto, casi indignado.

Me miraba como si fuera un cachorro imprudente que se había lanzado a un río helado sin pensar. Sus orejas se movieron hacia atrás un instante y volvió a darme otro toque con la pata, esta vez en la pierna.

—De acuerdo —suspiré—. Me lo merezco.

El lobo se detuvo al fin. Se quedó frente a mí, sentado sobre las patas traseras, erguido, imponente. Su cola seguía moviéndose, pero más despacio ahora. Me observaba con atención, como evaluando si seguía siendo una mala idea dejarme solo.

—Estoy vivo —dije en voz baja—. Y… mejor que antes, creo.

Incliné un poco la cabeza.

—Gracias.

No respondió con palabras, claro. Pero sus ojos se suavizaron apenas. Cerró los ojos un segundo, respiró hondo, y cuando los abrió otra vez, dio un pequeño golpe con la cola contra el suelo.

Como si dijera:

"No vuelvas a hacer algo así."

Esbocé una sonrisa cansada.

—No prometo nada —murmuré—. Pero lo intentaré.

El lobo volvió a refunfuñar, esta vez más bajo, más tranquilo, y se acercó un poco más, lo suficiente para que su enorme presencia llenara la habitación.

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