Cherreads

Chapter 62 - Capitulo 61

[Eiren]

El sonido de mis pasos, torpes y arrastrados, resonaba suavemente en el mármol del pasillo. El eco se mezclaba con las voces de mis hermanos, que hablaban sin parar, llenando el aire con la calidez que no había sentido en meses, quizás años.

—Cuando llegamos aquí, todo era tan grande —empezó Miriel, con los ojos bien abiertos, mirando a su alrededor como si aún le impresionara la residencia—. ¡Y los sirvientes son tantos! Algunos hasta se asustaban cuando corríamos por los pasillos.

Alenya rió, casi tropezando mientras seguía sosteniéndome.

—No "corríamos", tú corrías, y yo trataba de alcanzarte antes de que te regañaran.

—¡No es cierto! —replicó ella inflando las mejillas—. La duquesa dijo que los jardines eran para jugar, así que técnicamente no rompí ninguna regla.

Niva soltó una risita—. Ella no parece estar acostumbrada a que los niños... "exploren" tanto.

Alenya bufó con una sonrisa—. Dilo como es, Miriel: no está acostumbrada al caos.

Reí suavemente, aunque todavía sentía las piernas débiles.

—Me sorprende que no hayan derrumbado media residencia.

Niva me miró ofendida.

—¡Eh! Nos portamos bien… la mayoría del tiempo.

Isen no pudo contenerse y soltó una carcajada.

—Eso no incluye la vez que casi incendiaste el taller de alquimia.

—¡Fue un accidente! —dijo Niva rápidamente, mirando hacia otro lado.

—¿Un accidente con fuego? —pregunté levantando una ceja.

—Ehh… —murmuró Niva con una sonrisa nerviosa—. Tal vez.

Las risas llenaron el pasillo. Por un momento, el peso en mi pecho se aligeró. Escuchar sus voces, tan llenas de vida, me hacía sentir que el tiempo perdido no era tan irrecuperable.

Después de un rato, me animé a preguntar, con algo de cautela:

—Y… ¿qué hay de nuestros padres? ¿Cómo han estado?

Alenya fue la primera en responder, caminando justo delante de nosotros.

—Bueno… papá y el duque se han estado conociendo. Hablan, cenan juntos a veces. No tienen mucho en común, claro: uno es noble, el otro plebeyo; uno es mago, el otro no… —dijo encogiéndose de hombros con una sonrisa—. Pero comparten un mismo tormento.

La miré con una ceja levantada.

—¿Tormento?

—Sí —dijo con un tono sarcástico—. Dos esposas intensas.

Miriel soltó una risita.

—Al menos comparten eso. A veces se ríen de lo parecidas que son… cuando no están intentando corregirse mutuamente.

Negué con la cabeza, sin poder evitar sonreír.

—Eso sí que quiero verlo.

Mientras seguíamos avanzando, un grupo de doncellas apareció al final del pasillo. Al vernos, se quedaron completamente quietas. Una de ellas dejó caer una bandeja, el sonido metálico retumbó por todo el corredor.

—Oh… por los dioses… —susurró una—. Es él… ¡es el joven maestro Neyreth!

Sus ojos se abrieron de par en par, y de inmediato, todas se inclinaron profundamente, casi al unísono.

Me quedé quieto, incómodo.

—Joven… ¿maestro? —repetí en voz baja.

Isen sonrió con cierto orgullo.

—El tema de que seguías vivo se expandió rápido —explicó Niva, divertida—. Dicen que fue lo más hablado en la residencia durante semanas. Algunos nunca te habían visto, pero todos habían oído historias.

—¿Historias? —pregunté, arqueando una ceja.

—Sí —intervino Alenya—. Que salvaste vidas, que enfrentaste monstruos, que desapareciste después de una batalla. Algunos dicen incluso que luchaste contra un dragón.

El dragón-lobo detrás de mí dejó escapar un resoplido grave, como si se burlara.

—Bueno —dije sonriendo con ironía—, eso último… no está tan alejado de la verdad.

Seguimos avanzando entre reverencias y murmullos. Los guardias también se detenían al vernos, llevándose la mano al pecho y bajando la cabeza. Sentí una mezcla de orgullo y desorientación; nunca me había visto como alguien digno de ese tipo de respeto.

Hasta que, finalmente, llegamos ante una enorme puerta doble, adornada con filigranas doradas y grabados de los dos escudos familiares entrelazados.

Isen se detuvo y me miró con una sonrisa nerviosa.

—Aquí está el comedor.

Sentí que el corazón me latía con fuerza.

Miriel avanzó, golpeó suavemente la puerta y la entreabrió. Asomó la cabeza, dijo algo que no pude oír, y luego regresó hacia nosotros con una sonrisa temblorosa.

—Entren —dijo en voz baja—. Es momento de que los veas.

Alenya y Miriel tomaron cada una una de las puertas, empujándolas lentamente. Las bisagras chirriaron apenas, y una luz cálida, dorada, nos envolvió.

El olor del pan recién horneado y el sonido de las conversaciones llenaban el aire, hasta que el primer rostro se giró. Luego otro. Y otro.

Me quedé congelado.

Frente a mí, sentados en una mesa larga, estaban mamá Liana, papá Roderic y Joren.

Sus ojos se abrieron como platos, pero antes de que pudieran moverse, vi a mamá levantar una mano y negar suavemente con la cabeza, conteniendo las lágrimas.

Detrás de ellos…

Mi respiración se detuvo.

Dos figuras más estaban sentadas al otro extremo de la mesa.

Cabellos plateados, ojos celestes. Una mujer de porte elegante, con una mirada llena de un amor que dolía solo con verla. A su lado, un hombre con la misma expresión, la misma fuerza en los rasgos. Y junto a ellos, una joven de cabello largo y rostro sereno, tan parecida a mí que dolía mirarla.

Mi mente tardó unos segundos en reconocer lo imposible.

Alenya y Miriel se hicieron a un lado. Niva e Isen me soltaron despacio, observando con los ojos llenos de emoción.

La mujer de cabello plateado se levantó lentamente. Su silla se deslizó hacia atrás con un sonido seco.

Su voz tembló, pero supe en el instante que la escuché quién era.

—Neyreth… —dijo, llevándose las manos a los labios—. Mi niño…

Sentí que el aire se me escapaba del pecho.

Dio un paso, y luego otro, hasta quedar frente a mí. Extendió la mano, temblorosa, y la posó sobre mi mejilla. El calor de su piel… el mismo de los recuerdos difusos que a veces aparecían en mis sueños.

Y detrás de ella, el hombre, mi padre biológico, se levantó también, con los ojos brillando.

—Hijo… —dijo con una voz grave y quebrada—. Por los dioses… estás despierto.

No pude responder.

Todo en mí se quebró.

Mis rodillas temblaron, la garganta se cerró.

Intenté decir algo, cualquier cosa, pero solo logré murmurar:

—Yo…

Liana, mi madre adoptiva, observaba la escena con los ojos húmedos. Sostuvo la mano de Roderic, que estaba al borde de levantarse, pero ella negó suavemente con la cabeza.

Y yo solo seguía ahí, mirando a las dos mujeres que me dieron la vida.

Una por sangre.

La otra por amor.

Y en medio de ese torbellino, la joven de cabello plateado, Sivelle, se acercó, con los ojos llenos de lágrimas, murmurando apenas:

—Bienvenido a casa, hermano.

Entonces todo el aire que había estado conteniendo se rompió dentro de mí.

Y sin poder evitarlo, caí de rodillas.

No supe si era alivio, culpa, amor, confusión o todo al mismo tiempo.

Su rostro estaba frente al mío.

La duquesa… mi madre.

Sus dedos temblaban mientras me sostenía el rostro con ambas manos, como si temiera que, si me soltaba, yo desaparecería.

Sus ojos celestes estaban inundados; las lágrimas le caían por las mejillas sin que hiciera intento alguno por detenerlas.

Su voz, cuando al fin habló, no era la de una noble distante ni la de una duquesa con porte. Era la voz quebrada de una madre que acababa de recuperar un milagro.

—Dioses… —susurró, acariciando mi mejilla con los pulgares, mirándome con desesperación—. No puedo creerlo… no puedo…

Sus manos me recorrieron el rostro, bajando por mi mandíbula, tocando cada línea, cada cicatriz, como si intentara reconocerme con las yemas de los dedos.

—Neyreth… —repitió mi nombre, apenas un hilo de voz—. Mi pequeño Neyreth…

Sentí que el aire se hacía denso, imposible de respirar. Intenté decir algo, pero ella habló antes, entre sollozos.

—Te busqué. —Su voz se quebró con fuerza—. Te busqué durante meses, años… mandé tropas, magos, exploradores… envié avisos a todas las regiones. Revisé cada pueblo, cada ruina, cada lugar que dijeron que había sido atacado.

Apretó más mi rostro entre sus manos, su mirada fija en mis ojos.

—Cada noche… —susurró—. Cada noche rezaba, rogaba… aunque ya nadie me escuchaba. Rogaba que siguieras vivo. Y cuando el tiempo pasó y no hallábamos nada… pensé que había perdido la razón. Que te había perdido para siempre.

Su respiración se hizo entrecortada.

—Y cuando me dijeron que… —tragó saliva, su voz quebrándose más—, que habían encontrado rastros tuyos, que aún vivías… sentí que el mundo volvía a tener color. Pero cuando llegué, cuando por fin te tuve cerca, cuando vi tu cuerpo inmóvil…

Su voz se volvió un gemido ahogado. Se apartó apenas unos centímetros, pero no me soltó.

—¿Sabes lo que se siente ver a tu hijo frente a ti y no poder escucharlo respirar bien? ¿No poder saber si te reconocerá cuando despierte? ¿Si… si despertará siquiera?

Mis labios se movieron, pero no pude pronunciar palabra.

—¿Sabes lo que fue… verte ahí, día tras día, tan pálido, tan quieto? —continuó, su voz ahora entre sollozos furiosos—. Cada amanecer venía, te hablaba, te contaba cosas, te leía cartas, te decía lo mucho que te amaba… y tú… tú seguías dormido, como si el mundo te hubiera dejado atrás otra vez.

Su respiración se agitó. Las lágrimas caían sin detenerse.

—¿Acaso sabes la desesperación que sentí cuando pasó una semana? ¿Dos? ¿Tres? ¿Y el médico decía que tal vez… tal vez no volverías a despertar?

Su voz se quebró por completo.

—Creí… —susurró con un temblor que me desgarró por dentro—. Creí que los dioses eran crueles. Que me lo habían devuelto solo para quitármelo otra vez.

No pude resistirlo. La abracé.

Con fuerza. Con desesperación.

Ella se aferró a mí con igual intensidad, su cuerpo temblando, su rostro escondido en mi cuello.

Sus sollozos eran un torrente, un peso que llevaba demasiado tiempo conteniéndose.

—Te soñé tantas veces… —murmuró contra mi hombro—. Soñaba que corrías por los pasillos, que reías, que me decías que querías aprender magia.

La escuchaba temblar, cada palabra era un puñal en el pecho.

—Soñaba que venías corriendo, lleno de nieve, gritando que habías hecho un muñeco. Que querías que lo viera. —Rió brevemente entre lágrimas, una risa que se rompió enseguida—. Y cuando despertaba… solo encontraba la cama vacía.

—Madre… —logré decir por fin, con la voz ahogada.

Ella me apartó apenas, lo suficiente para mirarme de nuevo.

—Diez años —dijo, su voz entre la rabia y el amor—. Diez malditos años pensando que estabas muerto. Diez años sin saber si sufriste, si tuviste frío, si alguien te abrazó cuando llorabas.

Sus dedos se deslizaron por mi cabello, peinándolo hacia atrás.

—¿Sabes lo que es vivir con el miedo de no recordar bien tu voz? De no poder recordar cómo era tu risa sin sentir culpa… porque podía olvidarte del todo.

Sus lágrimas cayeron sobre mis mejillas, y sin saber cómo, las mías se unieron a las suyas.

—Y entonces te encuentro así —continuó, con un suspiro entrecortado—, con esas cicatrices, con esa mirada tan diferente… pero aún eres tú.

Su tono cambió; la furia se fue apagando, dejando solo ternura, un amor tan grande que dolía mirarlo.

—Mírate… —susurró con una sonrisa temblorosa—. Estás enorme.

Soltó una pequeña risa mientras me sostenía las mejillas.

—Ya no eres el niño de nueve años que no podía dormir sin su manta.

Intenté sonreír, pero se me quebró la voz.

—Supongo que… crecí un poco.

—"Un poco"… —repitió ella entre risas y lágrimas—. Si vieras lo alto que estás… apenas puedo alcanzarte la cara sin alzarme de puntillas.

Me abrazó otra vez, esta vez con más calma.

—Neyreth… mi pequeño Neyreth. —Su voz se volvió un susurro, tan suave que apenas se oía—. No me importa lo que haya pasado, ni lo que hayas hecho, ni a cuántas sombras tuviste que enfrentarte. Estás aquí. Estás vivo. Eso es todo lo que necesito.

Sus dedos se hundieron en mi cabello, acariciando con ternura cada mechón.

—Y aunque hayas cambiado, aunque ahora te llamen Eiren… para mí siempre serás mi hijo.

Me quedé quieto, sintiendo cómo me temblaban las manos, cómo el pecho me ardía.

—Madre… —murmuré con voz quebrada—. Lo siento.

Ella me miró con sorpresa.

—¿Por qué pides perdón?

Tragué saliva, intentando encontrar las palabras.

—Por no haber regresado antes. Por haberme perdido tanto tiempo. Por haberte hecho pasar por todo esto.

Ella negó suavemente con la cabeza, acariciando mi rostro con ternura.

—No, amor mío… no tienes que disculparte. El mundo te arrancó de mis brazos, no tú.

Sus lágrimas seguían cayendo, pero su voz era dulce, llena de consuelo.

—Eres todo lo que me queda de esos años oscuros. Y ahora que estás aquí… juro que no dejaré que te alejes de nuevo.

Me rodeó el rostro otra vez con ambas manos, mirándome con un amor que desbordaba en cada palabra.

—Si supieras cuántas veces me quedé dormida a tu lado, tomándote la mano, rogando que movieras un dedo. Cuántas veces creí ver que respirabas un poco más fuerte y corría a llamar al médico… y él solo decía que seguías igual.

Suspiró, temblando.

—Pero no me importó. Porque aunque durmieras, yo sabía que estabas ahí. Y eso bastaba.

Su frente se apoyó contra la mía.

—Neyreth… te amo. Siempre te he amado. Nunca dejé de hacerlo.

Y por primera vez en mucho, mucho tiempo… me permití llorar.

Llorar como cuando era niño.

Llorar por todo lo que había perdido, y por todo lo que, milagrosamente, aún me quedaba.

La abracé, fuerte.

Tanto que temí romperla.

Y entre sollozos y risas temblorosas, ella volvió a susurrar, casi riendo entre lágrimas:

—Mírate, mi pequeño… mi gigante. Qué clase de madre tiene que mirar hacia arriba para hablar con su hijo…

Reí débilmente contra su hombro.

Y en ese momento, no importaron los años perdidos, ni las cicatrices, ni las sombras del pasado.

Solo importaba eso:

El calor de su abrazo y su voz repitiendo mi nombre.

Sentí algo rozar mi cabello, suave primero… luego con un leve temblor.

No fue difícil reconocer esa mano: era grande, áspera por el tiempo y el peso de la espada, pero cálida.

Me quedé quieto, apenas respirando.

Mi madre seguía con las manos en mi rostro, llorando aún, cuando vi el movimiento sobre su hombro.

Mi vista se alzó, y ahí estaba él.

Mi padre.

Su cabello plateado estaba un poco despeinado, como si hubiera corrido. Su sonrisa temblaba tanto que por un momento pensé que iba a romperse en llanto.

Sus ojos… dioses, sus ojos celestes eran idénticos a los míos.

Y estaban rojos, llenos de lágrimas contenidas que caían sin permiso.

Él dio un paso más.

Luego otro.

Y sin decir palabra, se arrodilló frente a mí y a mi madre, hasta quedar a nuestra altura.

Su respiración era pesada, irregular, como si no creyera que lo que veía fuera real.

—Neyreth… —su voz se quebró apenas pronunció mi nombre—. Por los cielos… mírate.

—P-papá… —susurré, sin saber si sonreír o llorar.

Él intentó reír, pero lo que salió fue un sollozo mal contenido.

Sus manos se movieron, dudando, hasta posar una sobre mi mejilla y otra en mi hombro.

Noté cómo le temblaban los dedos.

—Estás aquí… —murmuró—. Estás aquí, hijo mío… Tantos años buscándote. Tantos malditos años pensando que te habían arrebatado de nosotros para siempre…

Sus palabras se quebraban entre una sonrisa y un llanto que no podía contener.

Su voz, grave pero frágil, parecía cargada de todo el peso del tiempo perdido.

—Cuando recibí la noticia del ataque —dijo, bajando la mirada—, creí que era un error. Quise ir, quise reunir a mis hombres y buscarte. Pero… —apretó los puños, con los nudillos blancos—, ya era tarde.

Sentí su culpa en cada palabra.

Mi madre le sujetó el brazo, intentando calmarlo, pero él negó con la cabeza.

—Te fallé —dijo con la voz temblorosa—. Te fallé a ti, y a tu madre. Debería haber estado allí. Debería haber estado para protegerlos. Pero no lo hice…

—No, padre —le interrumpí, tomándole las manos—. No fue culpa suya.

—Claro que lo fue —replicó enseguida, con un tono más fuerte, más roto—. Yo era el responsable. Era mi deber mantenerlos a salvo, y en vez de eso… tuve que enterrar la idea de que mi hijo vivía, sin siquiera haber visto su cuerpo.

Cerró los ojos y las lágrimas comenzaron a caer sin control.

Su frente tocó la mía, y por primera vez sentí el calor real de un padre que había sufrido por años sin poder hacer nada.

—Dioses… —susurró, casi riendo entre lágrimas—. Nunca dejé de verte en mis sueños. Siempre eras ese niño que corría detrás de tu hermana mayor, riendo… y ahora… mírate. Tan alto… tan distinto. Tantos años robados…

—Papá… —dije otra vez, con un nudo en la garganta.

Él me miró de nuevo, con una sonrisa temblorosa.

—Eres fuerte, hijo mío. Más de lo que jamás imaginé. Y aún así… —hizo una pausa, bajando la cabeza mientras reía con tristeza—, me duele pensar en todo lo que no pude enseñarte, en todo lo que debí decirte cuando eras un niño…

Su voz se apagó.

Mi madre lo abrazó por los hombros, hundiendo su rostro en su cuello.

Y entonces él me abrazó también.

No fue un abrazo controlado, ni elegante como los que la nobleza enseña. Fue desesperado, crudo, con fuerza y ternura.

Sentí su pecho temblar contra el mío, sus sollozos contenerse por orgullo y romperse igual.

—Te buscamos por años, Neyreth —dijo él entre jadeos—. No hubo lugar al que no mandara hombres, no hubo bosque que no recorrí yo mismo. Y cuando todo apuntaba a que ya no estabas en este mundo… tu madre se negaba a aceptarlo.

Mi madre rió suavemente entre lágrimas.

—Y me llamaban loca por creerlo —añadió—, pero nunca dejé de sentirlo. Cada vez que el viento soplaba hacia el norte, cada vez que soñaba con ti de niño, sabía que seguías respirando en alguna parte… Y mira… —tomó mi rostro de nuevo, llorando y sonriendo a la vez—, aquí estás. Vivo.

No supe qué responder.

Solo pude cerrar los ojos y dejar que ambos me rodearan.

Mis padres.

Los dos.

Por fin juntos, por fin completos.

Y en medio de ese abrazo, sentí algo más fuerte que la nostalgia o el dolor.

Una promesa muda.

De que, sin importar cuántos años hubieran pasado o qué nombres hubiera tenido,yo siempre sería su hijo.

Neyreth.

El hijo que regresó de entre la muerte.

More Chapters