Cherreads

Chapter 17 - Capitulo 16

Grace.

Sábado.

Normalmente los sábados eran ruido, risas, planes improvisados, Michael buscando las llaves mientras Luke y Lily discutían por quién iba adelante. Normalmente.

Hoy no.

Apagué el motor y me quedé un segundo con las manos sobre el volante, mirando la fachada de la cafetería como si no supiera exactamente qué hacía ahí. La gente entraba y salía con vasos de cartón en las manos, algunos riendo, otros revisando el celular, otros simplemente existiendo. Vida normal. Esa que hoy me parecía ajena.

—Solo un café —murmuré, más como una orden que como una decisión.

Bajé del auto y el aire frío me golpeó la cara. Caminé hasta la puerta, empujándola con el hombro. El timbre sonó, ese tintineo inútilmente alegre.

Adentro olía a pan recién horneado y a café fuerte. Demasiado reconfortante para cómo me sentía.

—Buenos días —dijo la chica detrás del mostrador sin mirarme demasiado—. ¿Qué te doy?

Abrí la boca y me quedé en blanco.

¿Qué me doy?

¿Un café no arregla nada, verdad?

—Un… café negro —dije al final—. Para llevar… no, mejor aquí.

Ella asintió, como si nada de eso importara.

—¿Chico, mediano o grande?

Pensé en decir "grande", pero me detuve.

—Mediano.

Me entregó el recibo y yo me moví hacia un lado, esperando. Me senté en una mesa cerca de la ventana. Desde ahí podía ver el estacionamiento, la calle, a la gente pasando sin saber nada de mí, de nosotros, de lo que habíamos hecho.

Mis dedos tamborilearon sobre la mesa.

No es ella.

La frase volvió, limpia, cruel, definitiva.

—Aquí tienes —dijo la chica, dejándome el café frente a mí.

—Gracias.

Soplé un poco antes de dar el primer sorbo. Estaba caliente. Demasiado. Me quemé la lengua y, por un segundo absurdo, casi me reí.

—Perfecto —murmuré—. Justo lo que faltaba.

Miré alrededor. Una pareja joven compartía un pan dulce. Un hombre mayor leía el periódico. Dos estudiantes discutían algo en voz baja. Nadie parecía cargar con el peso de una prueba de ADN fallida.

¿Por qué me afectó tanto?

No era mi hija. Nunca lo fue. Nunca lo sería.

Y aun así…

Apoyé la frente contra el borde del vaso.

—Mamá es una idiota —susurré, sin rabia esta vez, solo cansancio—. Y yo también por dejarme arrastrar.

Recordé la carta, el sobre, la manera en que mi mano tembló al leerla. Recordé el alivio mezclado con decepción. Qué clase de persona se siente así por algo así.

Le di otro sorbo al café, más despacio.

No es ella.

Pero tampoco era nada.

Saqué el celular del bolso por reflejo. Ningún mensaje nuevo. El grupo de padres en silencio. El nombre de la profesora Alice no aparecía en ninguna notificación, y aun así parecía ocupar todo el espacio de mi cabeza.

—Solo es una maestra —me dije en voz baja—. Eso es todo.

Lo repetí como si así fuera a hacerlo verdad.

Miré por la ventana otra vez. La puerta se abrió y entró más gente. El timbre volvió a sonar.

Respiré hondo.

Tal vez necesitaba esto. Estar sola. Pensar. O dejar de pensar.

No lo sabía todavía.

Pero no me levanté.

Todavía no.

Di otro sorbo al café cuando escuché la puerta abrirse otra vez. El timbre sonó, igual que antes. No levanté la vista de inmediato. No tenía motivo para hacerlo.

Hasta que lo sentí.

No sabría explicarlo de otra forma. Algo me obligó a alzar la cabeza.

Y ahí estaba.

La profesora Alice.

Ropa deportiva, una blusa de manga larga pegada al cuerpo, el cabello recogido de manera práctica, algunas hebras sueltas pegadas a la frente por el sudor. Se veía… real. Cansada. Viva. No como la imagen congelada en mi cabeza junto a una hoja quemándose.

Se acercó al mostrador. No escuché qué pidió. Solo vi cómo le daban el recibo y ella se giraba para buscar una mesa.

Nuestros ojos se encontraron.

Su expresión cambió de inmediato.

—Oh… —dijo, claramente sorprendida—. Señora Carter.

Sentí el estómago apretarse.

—Profesora Alice —respondí, poniéndome un poco más derecha en la silla—. Hola.

Se acercó despacio, como si no quisiera incomodar.

—No esperaba encontrarme con padres de mis alumnos un sábado —comentó con una pequeña sonrisa.

Solté una risa breve, sin humor.

—Créame… yo tampoco esperaba encontrarme con usted.

Hubo un segundo incómodo. Ella miró la silla frente a mí, dudando.

—¿Está… ocupada? —preguntó.

—No —respondí demasiado rápido—. Puede sentarse, si quiere. Su café aún no llega, ¿no?

Asintió.

—Sí, todavía no.

Se sentó frente a mí. De cerca era peor. O mejor. No lo sabía. El parecido que todos comentaban era evidente, aunque ahora… ahora dolía por razones que ella no conocía.

—¿Viene de hacer ejercicio? —pregunté, solo para llenar el silencio.

—Sí —respondió—. Voy a medio camino, en realidad. Paré solo por café.

—¿A medio camino? —arqueé una ceja—. Eso suena… disciplinado.

Ella rió suavemente.

—Mi cuerpo aún no está convencido —dijo—. La semana pasada estaba muriendo de dolor. Literalmente.

—Se le notaba —dije sin pensar.

Alice me miró, confundida.

—¿Perdón?

—Quiero decir… —me aclaré—, que mencionó en clase que le dolía todo. Los niños lo repitieron como si fuera el chisme del año.

Sonrió.

—Ah. Sí. Ellos no olvidan nada.

Bajó la mirada un segundo, estirando un poco los dedos, como si todavía le dolieran los músculos.

—Pero ya me estoy acostumbrando —continuó—. Es extraño. Mi cuerpo responde rápido cuando lo presionas… pero también se queja.

Tragué saliva.

—Supongo que eso es bueno —dije—. Adaptarse rápido.

—A veces —respondió ella, mirándome—. A veces solo significa que no tienes otra opción.

No supe qué contestar a eso.

El silencio volvió a instalarse, más pesado que antes.

—Lily está muy emocionada por lo de la feria de ciencias —dije al final—. No ha dejado de hablar de eso desde ayer.

Alice pareció relajarse un poco.

—Me alegra escuchar eso —respondió—. Es bueno que estén motivados. Es un grupo… intenso.

—Eso es una forma amable de decirlo.

—He aprendido a ser amable —dijo, sonriendo de lado.

El barista llamó su nombre.

—Ese debe ser el mío —dijo Alice, levantándose—. ¿Le molesta si me lo traigo y regreso? Si aún no se ha ido, claro.

Dudé.

Todo en mí gritaba que me levantara, que me fuera, que no siguiera sentada frente a la mujer que casi había sido algo imposible.

—No —respondí—. No me molesta.

Ella asintió y fue por su café. La observé caminar, notando cosas que no quería notar: cómo se movía con cuidado, cómo cargaba el peso del cuerpo de manera controlada, cómo parecía siempre alerta incluso en un lugar tan cotidiano.

Regresó y se sentó de nuevo.

—Gracias por esperar —dijo.

—Gracias por sentarse —respondí.

Nos miramos un segundo más de lo necesario.

—¿Todo está bien, señora Carter? —preguntó de pronto—. Si me permite decirlo… parece un poco cansada.

La pregunta me golpeó más fuerte de lo que esperaba.

—Sí —mentí—. Solo… fue una semana larga.

Ella asintió, como si entendiera demasiado bien.

—Las semanas largas tienden a quedarse contigo incluso cuando ya terminaron.

No respondí.

Di otro sorbo a mi café, sin dejar de mirarla.

Alice fue la que rompió el silencio esta vez. Dio un pequeño sorbo a su café y luego levantó la vista hacia mí, con una expresión genuina, nada invasiva.

—¿Cómo están las cosas en casa? —preguntó—. Lily menciona a veces que tiene un hermano mayor.

Sentí una leve tensión en el pecho, pero no era incómoda. Solo… sensible.

—Estamos bien —respondí—. Y sí, Lily tiene un hermano mayor. Luke.

—Ah —dijo Alice, acomodándose un poco en la silla—. ¿Cuántos años tiene?

—Recién cumplió dieciocho.

Sus cejas se alzaron con sorpresa.

—Entonces… —hizo una pausa, calculando— ¿él estudia en que preparatoria exactamente?

Asentí.

—Exactamente en la misma donde se realizará la feria de ciencias.

—Vaya —sonrió—. Entonces será interesante para él ver a su hermana paseando por su escuela.

—Más bien será interesante para Lily —reí—. Está convencida de que él sabe absolutamente todo lo que se va a presentar.

—Eso es peligroso —dijo Alice en tono divertido—. A esa edad, los hermanos mayores se convierten automáticamente en expertos universales.

—Luke no ayuda mucho a desmentirlo —admití—. Le sigue el juego.

Alice inclinó un poco la cabeza.

—¿Qué estudia? —preguntó—. Digo… si no es indiscreción.

—Ingeniería —respondí.

Sus ojos se abrieron un poco más.

—¿Ingeniería? —repitió—. Eso explica mucho.

—¿Mucho qué?

—La forma en que Lily razona algunas cosas —dijo—. Hace preguntas muy… estructuradas para su edad.

Sonreí, sin poder evitarlo.

—Eso es totalmente culpa de su hermano —dije—. Desde que Luke empezó con matemáticas avanzadas, ella se sienta a su lado "a estudiar" con él.

—¿Y él se lo permite?

—Más de lo que debería —respondí—. Aunque a veces se queja… pero nunca la corre.

Alice bajó la mirada un segundo, como si la imagen le hubiera parecido entrañable.

—Debe ser bonito —murmuró—. Tener a alguien así en casa.

La frase quedó flotando. No sonó triste exactamente, pero sí… distante.

—Lo es —dije con suavidad—. Aunque no siempre es perfecto.

Levantó la vista hacia mí.

—Nada lo es.

Dio otro sorbo a su café y luego frunció ligeramente el ceño, como si algo no terminara de cuadrarle.

—Perdone si la pregunta es tonta —dijo—, pero… ¿no debería Luke haberse graduado ya, si tiene dieciocho?

La pregunta fue natural, sin malicia.

—Sí —respondí—. Debería.

Alice no insistió de inmediato, lo cual agradecí.

—Pero… —añadí— perdió un año de preparatoria.

—¿Ah, sí? —dijo ella—. ¿Por…?

—Una situación familiar —contesté—. Nada académico.

Asintió despacio.

—Eso suele ser lo más pesado —comentó—. Lo que pasa fuera de la escuela termina afectando más que cualquier examen.

—Exactamente.

Se acomodó mejor en la silla.

—Entonces está en su último año, ¿no?

—Sí —confirmé—. Apenas empezó, claro, pero ya es su último tramo.

—Debe sentirse extraño —dijo Alice—. Estar un año "fuera de tiempo" con respecto a los demás.

Sentí un pequeño nudo en la garganta.

—Sí —admití—. A veces se siente así. Aunque no lo dice mucho.

—No suelen decirlo —respondió—. Pero se nota.

La miré con más atención.

—¿Usted… ha pasado por algo así? —pregunté antes de pensarlo demasiado.

Alice parpadeó, sorprendida.

—Algo parecido —dijo finalmente—. No en la escuela exactamente… pero sí en la vida.

—¿Atrasarse?

—O adelantarse demasiado —respondió—. Ambas cosas te dejan fuera de lugar.

Nos quedamos en silencio un momento, pero ya no era incómodo. Era… compartido.

—Lily habla mucho de usted —dije de pronto.

Alice sonrió, divertida.

—Eso puede ser bueno o muy malo.

—Generalmente bueno —respondí—. Dice que explica raro, pero que siempre entiende.

Rió.

—Me quedaré con eso.

—Y… —dudé— le tiene mucho cariño.

Su sonrisa se suavizó.

—Eso sí lo valoro —dijo—. Mucho.

La observé un segundo más.

No se sentía como una conversación entre una madre y la maestra de su hija.

Se sentía como dos mujeres hablando, sin etiquetas.

Y eso, por alguna razón, me inquietó… y me tranquilizó al mismo tiempo.

—¿Puedo… preguntar algo? —dije al fin, rompiendo el pequeño silencio que se había formado—. Si no es entrometido de mi parte.

Alice levantó la vista de inmediato.

—Para nada —respondió sin dudar—. De hecho sería… —pensó un segundo— la tercera o cuarta persona con la que realmente consolido una conversación desde que llegué.

Eso me tomó por sorpresa.

—Entonces… me siento halagada —dije—. Supongo que es un privilegio ser de las primeras.

Alice rió suavemente.

—Visto así, sí.

Y ahí estuvo.

Esa sonrisa.

No fue solo que sonriera… fue la forma. El gesto quedó unos segundos más de lo normal en su rostro, exactamente igual a como yo sonreía cuando era joven. No cuando intentaba ser educada, sino cuando algo me tomaba desprevenida.

Tragué saliva.

—Puedo preguntarte... —dije, ya sin tanta formalidad—. ¿Cómo fue tu vida en aquel lugar?

Alice ladeó la cabeza.

—¿Lugar u orfanato?

La pregunta me tensó un poco.

—No quise sonar tan mal —me apresuré a decir—. Yo…

—No pasa nada —me interrumpió con calma—. Lugar u orfanato, al final fue donde crecí.

Suspiró, apoyando la espalda en la silla.

—Me fue bien —dijo—. No perfecto, pero bien. Eran estrictos. Muchos niños, poco personal… y a veces, cuando el caos se salía de control, los cuidadores también lo hacían.

—¿Cómo así?

—Gritos, castigos —respondió—. No abuso constante ni nada así, pero sí… mucha presión. Algunos niños aprovechaban el desorden para hacer travesuras y eso empeoraba todo.

Asentí despacio.

—¿Y tú?

—No era de quedarme quieta —sonrió—. Pero tampoco era la más problemática. Como siempre había estudio dentro del orfanato, yo… hacía cosas por mi cuenta.

—¿Qué tipo de cosas?

—Leer más de lo que pedían. Aprender cosas que no estaban en el programa. Correr cuando debía caminar —dijo con una pequeña risa—. Supongo que siempre fui así.

Dudé un segundo.

—¿Puedo preguntar cuándo fuiste adoptada?

—Claro —respondió—. Cerca de los dieciséis.

Eso me sorprendió.

—¿Tan grande?

—Sí. Una mujer me adoptó. Viví con ella hasta los dieciocho.

—¿Y después?

—Ella decía que ese rincón del mundo era demasiado pequeño para mí —explicó—. Que debía irme, ser independiente.

—¿Y lo hiciste?

—Sí. Estudié, me gradué varios años adelantados… y empecé a moverme. Viajar. Aceptar trabajos aquí y allá.

—Como ahora —dije.

—Como ahora —asintió—. Cuando se acabe este contrato, me iré otra vez. A saber a dónde… a hacer quién sabe qué.

—¿Y tus padres biológicos? —pregunté con cuidado—. ¿Los conociste?

Alice no se tensó. Eso me sorprendió.

—Sí. Los conocí.

Esperé.

—Me dijeron que me dejaron voluntariamente —continuó—. No porque no me desearan… sino porque apenas podían mantenerse ellos mismos.

—Eso… —tragué saliva— debe haber sido difícil de escuchar.

—Fue extraño —corrigió—. Dijeron que varias veces fueron al orfanato… a verme desde lejos.

Mi pecho se apretó.

—¿Nunca se acercaron?

—No. Y tampoco tuvieron más hijos.

—¿Por qué?

—Según ellos, tener otros después de abandonarme habría sido cruel —respondió—. Luego nos separamos. Nunca los volví a ver.

No supe qué decir por un momento.

—El primer día de clases —dije finalmente— Lily comentó que habías tenido una vida difícil.

Alice sonrió, pero no con humor.

—Una parte de ella.

—También me dijo que buscabas a alguien del orfanato.

—Sí —asintió—. Un niño importante para mí.

—¿Lo encontraste?

—No. Volví una vez, pero el orfanato ya había cerrado. Solo supe que fue adoptado años después.

—¿Y dejaste de buscarlo?

—Sí —respondió con calma—. En algún punto entendí que no siempre hay respuestas.

Dudé, pero pregunté:

—¿Era… un novio?

Alice negó con la cabeza.

—No. Bueno… no exactamente. No mentiré diciendo que no lo quería, pero en ese tiempo los sentimientos eran… confusos.

—¿Confusos cómo?

—No sabía cómo llamarlos —explicó—. Tal vez era apego. Tal vez dependencia. Vivimos lo mismo. O tal vez sí fue amor… o algo parecido.

Se encogió de hombros.

—Incluso ahora no sabría ponerle nombre.

La miré con atención.

—¿Y ahora? —pregunté—. ¿Tienes novio… o novia? sin prejuicio, en esta época ya nadie sabe.

Lo dije sin rodeos.

Alice se rió.

—No tengo novio.

—¿Ni novia?

—No —respondió—. Y solo chicos, eso lo tengo claro.

—¿Estás conociendo a alguien?

—Tampoco.

Sonrió de nuevo, tranquila.

—Supongo que mi vida es bastante simple en ese aspecto.

La observé unos segundos más.

Simple no era la palabra que yo usaría.

Pero tampoco dije nada.

Porque, por alguna razón, hablar con ella ya no se sentía peligroso.

Se sentía… inevitable.

Cuando la miré con más atención, sin el filtro de la conversación amable, lo noté.

—Oye… —dije con cuidado—. ¿Traes maquillaje?

Alice parpadeó, sorprendida.

—¿Maquillaje? Sí… bueno, sí —admitió—. ¿Se nota mucho?

Incliné un poco la cabeza.

—Un poco. Más que nada en el pómulo. Está como… acumulado.

Ella soltó una pequeña risa incómoda.

—Eso explica muchas cosas.

—¿No sabes maquillarte?

—Para nada —dijo sin rodeos—. Nunca he sido de maquillarme, así que habilidades… cero.

—Entonces… ¿por qué hoy?

Alice se encogió de hombros, girando su vaso entre las manos.

—Intenté hacerlo —confesó—. Escuché por ahí que hay maquillaje que se mantiene incluso cuando sudas… y bueno —hizo un gesto vago—, soy maestra ahora. Pensé que sería bueno verme más… viva, supongo.

La palabra quedó flotando.

—¿Y aprovechaste que ibas a sudar para probarlo?

—Exacto —asintió—. Experimento fallido, al parecer.

Sonreí sin querer.

—Si quieres, puedo enseñarte.

Alice alzó las cejas.

—¿En serio?

—Sí. No soy de maquillajes ostentosos —aclaré—. Más bien ligeros. Nada exagerado.

—Eso suena… útil.

—Además —añadí sin pensar—, como Lily aún es pequeña, no le permito usar maquillaje. Así que enseñarte a ti sería como…

Me detuve en seco.

La frase murió antes de terminar.

Sentí un nudo en la garganta.

Alice me miró con una expresión extraña, difícil de leer.

—Lily mencionó algo el otro día —dijo con cuidado—. Dijo que tenía una hermana mayor.

Sentí cómo el café me quemaba la mano cuando apreté el vaso.

—¿Qué? —pregunté.

—Lo dijo cuando sus abuelas la fueron a dejar a la escuela —explicó—. La madre de Abi y Abi también lo escucharon.

Tragué saliva.

—Lo siento —añadió—. No pretendía…

Negué con la cabeza.

—No… está bien.

Miré mi café, como si ahí hubiera una respuesta.

—Hace veinticinco años —comencé—, mi esposo y yo tuvimos una hija.

Alice pareció tensarse, apenas perceptible, pero lo vi.

—Íbamos a llamarla Beatriz.

Los labios de Alice se separaron, como si quisiera decir algo, pero no lo hizo.

—Murió a los pocos minutos de nacer —continué—. Una falla cardíaca no detectada.

El silencio se volvió espeso.

—El hombre que la recibió… —mi voz tembló— fue el mismo que se suicidó dejando esa carta. El doctor del que todo el mundo habla ahora.

Alice apretó la mandíbula.

—No sé —seguí— si mi hija fue víctima de sus cosas. No sé si está viva en algún lugar del mundo… o si de verdad murió y nunca fue parte de eso.

Levanté la vista hacia ella.

—No lo sé.

Alice respiró hondo.

—No sé qué decir —murmuró—. No sabía esa parte.

Decía que no sabía, pero su expresión… decía algo más. Algo que no supe descifrar.

—Si me permites decir algo —añadió después de unos segundos.

Asentí.

—Ya sea que esté viva o no… —dijo con voz baja— intenta imaginar que sí.

La miré, confundida.

—Imaginar que está viva —continuó—. En alguna parte del mundo. Estudiando. Conociendo lugares. Personas.

Mis ojos ardieron.

—Tal vez no sabe su origen —prosiguió—, pero quizá está en algún rincón de este mundo intentando ser feliz.

Cerré los labios con fuerza.

—O quizá —añadió— siente que algo le falta. Algo que no sabe nombrar. Y algún día quiera encontrar eso.

Sacudí la cabeza, una risa amarga escapándoseme.

—Eso suena cruel —dije—. Como una broma de mal gusto.

—Lo sé —admitió—. Pero si fuera yo… haría eso.

Me miró directo a los ojos.

—No pensaría en una posible pérdida —dijo—. Pensaría en una posible vida.

El silencio volvió a caer entre nosotras.

No sabía por qué, pero sus palabras no dolían como deberían.

Dolían… distinto.

La miré unos segundos más, dejando que lo que había dicho se asentara entre nosotras.

Luego carraspeé suavemente, intentando devolver la conversación a algo más ligero… o al menos, a algo manejable.

—Entonces —dije, alzando un poco el vaso—, ¿qué piensas? ¿Te enseño a maquillarte o no?

Alice tomó un sorbo largo de su café, casi como si necesitara ese tiempo para pensar.

Cuando bajó el vaso, suspiró.

—No sería mala idea —admitió—. Definitivamente no sería mala idea.

Sonreí un poco.

—¿Pero…?

—Pero no sé si tú tengas tiempo —añadió—. No quiero ser una molestia.

Negué con la cabeza de inmediato.

—Trabajo desde casa —le expliqué—. Prácticamente me la paso ahí todo el día. Mi esposo trabaja fuera, mis hijos… —hice un gesto con la mano—, Luke vive más en la calle que en la casa y Lily suele estar en su habitación o en la sala.

Alice asintió, escuchando con atención.

—Así que tiempo tengo —continué—. La pregunta sería si tú lo tienes, con las clases y todo lo que haces después.

Alice ladeó la cabeza.

—La verdad… —dijo con honestidad— no hago mucho más que revisar trabajos y planear la siguiente clase.

—¿Nada más?

—Nada más —repitió—. Podría hacer tiempo entre semana o incluso los fines de semana. Claro… —sonrió un poco—, dependería de cuánto me tardes en enseñarme y de qué tan rápido aprenda.

—Eso lo veremos sobre la marcha —respondí, divertida.

Hubo un pequeño silencio, y entonces me atreví:

—¿Qué tal hoy?

Alice parpadeó.

—¿Hoy?

—Sí —asentí—. Si tienes tiempo, claro.

Ella pensó un segundo.

—Hago ejercicio unas dos horas al día —dijo— y hoy no tengo tareas por revisar.

Me miró.

—Así que… sí. Sí tengo tiempo.

—Perfecto —respondí, sintiendo una extraña emoción—. Entonces más tarde, cuando termine lo que estoy haciendo.

Alice sonrió de lado.

—Trato hecho.

Luego recordé algo importante.

—Antes de que se me olvide —añadí—, ¿eres alérgica a algo?

Alice frunció ligeramente el ceño.

—A las nueces —enumeró—, a la fresa… y a la pimienta.

Sentí un pequeño golpe en el pecho.

Esas alergias.

Las mismas.

Michael.

Luke.

Por un segundo me quedé tensa, demasiado tensa, pero me obligué a respirar y a no dejar que se notara.

—Bien —dije, retomando el hilo—. Lo tendré en cuenta.

Le di otro sorbo a mi café, y entonces, casi sin pensarlo demasiado, solté:

—Si ya vas a ir a casa en la tarde… ¿por qué no te quedas a cenar?

Alice se quedó quieta.

—Así —continué— aprovechan Michael y los niños para conocerte… no como la profesora Alice, sino como tú.

Ella parpadeó, claramente sorprendida.

—Yo… —empezó, pero se quedó en silencio.

—No es compromiso —me apresuré a decir—. Solo una invitación.

Alice bajó la mirada al café, pensativa.

—Tendría que pensarlo —dijo al final.

Levantó la vista y me miró de nuevo.

—Pero… no es un no.

Sonreí, un poco más de lo que pretendía.

—Con eso me basta.

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