Cherreads

Chapter 18 - Capitulo 17

Alice.

Salí del café con el vaso aún tibio entre las manos. El sonido de la campanilla sobre la puerta me siguió un segundo antes de perderse entre el murmullo de la calle. Afuera, el aire era distinto, más frío, más real. Caminé unos pasos y, casi sin querer, volteé hacia la ventana.

Grace seguía ahí.

Nuestros ojos se encontraron otra vez y levanté la mano en un gesto breve, torpe. Ella sonrió y me devolvió el saludo, levantando un poco su vaso. No dijimos nada. No hacía falta.

Seguí caminando.

Apenas doblé la esquina, apreté la mandíbula.

—¿Qué diablos hice? —murmuré para mí misma.

Mis pasos se volvieron más rápidos, retomando el ritmo del ejercicio, pero mi cabeza iba mucho más rápido que mi cuerpo.

—¿Qué diablos hice…?

Se suponía que no debía interactuar con ellos.

No así.

No de esta forma.

El plan siempre había sido simple: observar desde lejos. Verlos. Confirmar que estaban bien. Nada más. No sentarme a tomar café con ella. No reírme. No hablar de mi vida. No aceptar, ni siquiera considerar ir a su casa.

Pasé una calle casi sin darme cuenta.

—Maldita sea…

Me llevé la mano al pómulo, rozándolo con cuidado. Aún dolía. Y aún se notaba, aunque intentara convencerme de lo contrario.

Si no fuera por ese maldito moretón…

Si no me hubiera puesto maquillaje para cubrirlo.

Si no me hubiera visto rara, torpe, diferente.

Nada de esto habría pasado.

No me habría sentado.

No habría hablado con ella casi una hora.

No habría escuchado su voz tan de cerca, ni visto sus gestos, ni esa manera suya de sostener el café.

—No debí hacerlo —susurré, casi con rabia.

Continué trotando, el asfalto marcando el ritmo bajo mis zapatillas.

Y ahora… ahora parecía que iba a cenar con ellos.

Con las personas que, aunque no lo supieran, eran literalmente mi familia biológica.

Tragué saliva.

—Esto es una pésima idea.

Mi respiración se volvió más pesada, no solo por el ejercicio. Pensé en Lily, en su sonrisa, en la forma en que me miraba en clase. Pensé en Luke, en lo poco que sabía de él. Pensé en Grace. En sus preguntas. En su manera de escuchar.

—No puedo —me dije—. No debo.

El celular vibró en el bolsillo interno de la chamarra.

Una vez.

Corta. Precisa.

Ese tipo de vibración que no es casualidad ni error.

Me detuve en seco bajo un árbol, el ruido de la ciudad pasando a mi alrededor como si yo estuviera dentro de una burbuja. Saqué el teléfono sin mirar la pantalla. Ya sabía quién era.

—Habla —dije al contestar.

—Siempre tan cariñosa —respondió Santiago al otro lado—. Buenas tardes para ti también.

Exhalé despacio.

—¿Qué pasó ahora?

Hubo un breve silencio. El tipo de silencio que él usaba cuando lo que iba a decir no era pequeño.

—Encontré a dos —dijo por fin.

Mi espalda se tensó al instante.

—¿Dos qué?

—Dos personas que trabajaron con O'Connor.

Cerré los ojos un segundo.

—¿Estás seguro?

—Tan seguro como se puede estar cuando sigues rastros que alguien quiso borrar hace años. Pero sí. Son ellos.

Abrí los ojos y miré la calle frente a mí. Gente caminando. Un niño jalando la mano de su madre. Un repartidor en bicicleta esquivando autos.

Vida normal.

—¿Dónde están? —pregunté.

—Fuera del país —dijo—. Tal como te informé hace una semana.

Apreté el teléfono.

—Dijiste que no tenías pistas claras.

—No las tenía —admitió—. Ahora sí.

Me moví para apoyarme contra el tronco del árbol.

—Habla.

—Cada uno en un lugar distinto. Continentes distintos, de hecho. Uno en Europa del Este. La otra en Sudamérica. Y ahí está lo interesante. No se conocen. O al menos no mantienen contacto desde hace años.

Fruncí el ceño.

—¿Y están escondidos?

Santiago soltó una risa corta, incrédula.

—No. Y eso es lo más raro de todo.

—Explícate.

—Viven como si nada —continuó—. Trabajan, salen, hacen compras, tienen redes sociales activas. Nada de identidades falsas recientes. Nada de paranoia. Caminan por la calle como si nadie los estuviera buscando.

Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

—Eso no es normal.

—Exacto —respondió—. No se esconden porque no creen que deban hacerlo.

Miré a mi alrededor otra vez.

—Entonces la policía no tiene idea de que existieron —dije.

—O no tiene pruebas —corrigió—. O alguien se encargó de que no quedaran.

Mi mandíbula se tensó.

—La explosión.

—Ajá —confirmó—. El hospital. Los archivos. Todo lo que O'Connor tocó.

—O'Connor fue el sacrificio perfecto —murmuré—. El único nombre. El único culpable.

—Y el único muerto —añadió Santiago—. Los demás quedaron fuera del radar.

Guardé silencio unos segundos.

—No serían tan idiotas como para dejar rastros —dije finalmente—. Un trabajo así no se hace sin limpiar todo.

—Eso mismo pensé —respondió—. O nunca hubo pruebas… o las borraron tan bien que es como si nunca hubieran existido.

—Helix —dije.

—O alguien igual de grande —respondió él—. O más.

Apoyé la cabeza contra el árbol, cerrando los ojos.

—Tiene sentido —admití—. Si nadie los persigue, viven tranquilos.

—Demasiado tranquilos —añadió—. Eso es lo que me inquieta.

Abrí los ojos.

—¿Qué sabes de sus vidas actuales?

—Lo básico por ahora —dijo—. Uno trabaja en logística médica. La otra en una fundación "humanitaria".

Solté una risa seca.

—Por supuesto.

—Sí —coincidió—. Ironía pura.

—Necesito más —dije—. Mucho más.

—Eso suponía.

—Quiero saber a quién le entregaban a esos bebés —continué—. Quién los recibía. A dónde los llevaban. Quién firmaba. Quién pagaba.

—Alice…

—Y cómo diablos —interrumpí— podían declarar bebés muertos y tener otros listos para intercambiar en cuestión de minutos.

Santiago no respondió de inmediato.

—Eso no es improvisado —añadí—. Eso es un sistema.

—Lo sé —dijo al fin—. Y no es pequeño.

—Por eso tienes que seguir —le ordené—. Investiga todo antes de que alguien más los encuentre.

—¿Alguien como Helix? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

—Helix —confirmé—. O terceros. Policía, agencias, lo que sea. Si los localizan antes que nosotros, los van a callar… o los van a desaparecer para interrogarlos.

—Y tú quieres llegar primero.

—Yo necesito llegar primero —corregí—. No para matarlos.

Santiago guardó silencio.

—Quiero información —continué—. Nada más. Por ahora.

—Eso suena optimista viniendo de ti.

—Suena realista —respondí—. Muertos no sirven. Callados sí.

—Entendido —dijo tras un momento—. Seguiré rastreando. Sin levantar ruido.

—Bien —dije—. No te acerques. No aún.

—No pensaba hacerlo —aseguró—. Ellos creen que el pasado está enterrado.

—Entonces dejemos que sigan creyéndolo —respondí—. Un poco más.

—Te aviso en cuanto tenga algo concreto.

—Hazlo —dije—. Y Santiago…

—¿Sí?

—Si notas cualquier movimiento extraño —añadí—. Si dejan de ser "normales".

—Te llamo de inmediato.

Colgué sin despedirme.

Guardé el celular y retomé la caminata, esta vez más despacio.

Dos personas.

Vivas.

Libres.

Caminando por el mundo como si nunca hubieran tocado una cuna que no les pertenecía.

Como si nunca hubieran entregado bebés muertos envueltos en mentiras.

Como si nunca hubieran participado en algo que destruyó familias enteras.

Apreté los puños dentro de los bolsillos.

—Ya los encontraré —murmuré.

Y esta vez, no era una promesa impulsiva.

Era solo una cuestión de tiempo.

****

Ethan Hale

Una semana.

Eso era todo lo que había pasado desde la explosión, y aun así el lugar seguía oliendo a metal quemado y a algo más difícil de nombrar. No era humo. Era la sensación de que alguien había querido borrar una historia a la fuerza.

—No fue un accidente —dije, rompiendo el silencio.

A mi lado, Mara Levin no levantó la vista del archivo digital en su tableta. Sus dedos se movían con precisión, ampliando imágenes, superponiendo capas de información.

—No —respondió—. Un accidente no hace esto.

La pantalla mostró el plano del hospital. Área administrativa. Jefaturas. Archivos físicos y servidores secundarios.

El corazón del lugar.

—Explosivo de carga dirigida —continué—. Colocado con intención. No para destruir el edificio… para destruir lo que había dentro.

Mara asintió.

—Y a quienes estaban ahí.

Tres cuerpos.

Calcinados.

Irreconocibles.

—Según las cámaras eran técnicos —añadí—. Eso es lo que dice el informe oficial.

—Las cámaras que sobrevivieron —corrigió ella—. Y aun así, las imágenes están incompletas.

Me apoyé en la mesa, cruzando los brazos.

—Porque alguien entró al sistema.

Mara levantó la vista al fin.

—Dos veces.

—¿Dos?

—Sí —dijo—. Una intrusión para borrar identidades. Nombres, turnos, accesos. Y otra distinta… más limpia.

Deslizó una imagen hacia mí.

—Esta —continuó— abrió la puerta del área administrativa.

Miré el registro.

Acceso por tarjeta llave.

Hora exacta.

—Ese sector no se abre sin autorización de alto nivel —murmuré.

—O sin una tarjeta clonada —respondió—. O sin alguien que sepa exactamente cómo funciona el sistema.

Me enderecé.

—O'Connor.

—O alguien que trabajó con él —dijo Mara—. Durante mucho tiempo.

El nombre flotó entre nosotros como una sombra vieja.

Dr. Samuel O'Connor.

Décadas de trabajo.

Décadas de silencios.

—Su carta de suicidio fue precisa —dije—. Confesó el intercambio de bebés vivos por muertos.

—Pero no dio nombres —añadió ella—. No dijo a quiénes entregaba a esos niños. Ni quiénes lo ayudaban.

—Y ahora alguien está asegurándose de que nadie pueda reconstruirlo.

Mara cambió la imagen.

Una pared ennegrecida.

—Esto no encaja con el resto —dijo.

—¿La sangre?

—Los rastros —corrigió—. Aquí. Y aquí.

Señaló zonas donde el fuego no había sido lo suficientemente intenso.

—Hay marcas de limpieza —continuó—. Alguien intentó borrar su propia sangre.

—Una cuarta persona —dije.

—Sí —confirmó—. Herida. No mortal. Lo suficiente para sangrar… y huir.

Exhalé despacio.

—Y aun así no pudimos analizar nada.

—Contaminación total —dijo—. Polvo. Fuego. Agua de los bomberos.

—El desastre le ayudó —murmuré—. Demasiado conveniente.

Mara cerró el archivo.

—Esto no fue solo para tapar a O'Connor, Ethan.

—Lo sé.

—Fue para proteger algo que seguía activo.

Levanté la mirada.

—O a alguien.

Hubo un silencio tenso.

—¿Quién más está asignado al caso? —pregunté.

—Oficialmente —respondió—,la División de Crímenes Sistémicos y nosotros, la Unidad Central de Delitos Mayores.

—¿Extraoficialmente?

Mara dudó un segundo.

—Hay presión para cerrarlo rápido.

—Siempre la hay.

—No esta vez —dijo—. Esta es distinta. Como si alguien no quisiera respuestas… sino olvido.

Me pasé la mano por la cara.

—Tres cuerpos sin nombre —enumeré—. Un acceso no autorizado. Un intruso herido. Archivos borrados. Y un médico muerto que decidió hablar… demasiado tarde.

—Y bebés —añadió ella en voz baja—. No lo olvides.

No lo olvidaba.

—¿Qué crees que pasó esa tarde? —pregunté.

Mara se cruzó de brazos.

—Creo que alguien entró a borrar lo que quedaba de O'Connor —dijo—. Y se encontró con algo que no esperaba.

—¿Los técnicos?

—No —negó—. Esos eran daños colaterales.

—Entonces…

—Creo que había alguien más ahí —continuó—. Alguien que también sabía demasiado. Y cuando las cosas se salieron de control…

—Decidieron quemarlo todo.

Mara me miró fijamente.

—Y aun así, fallaron.

—Porque la sangre quedó.

—Porque las intrusiones quedaron registradas —añadí—. Porque alguien se movió demasiado rápido.

Me incorporé.

—Esto no se detuvo con la muerte de O'Connor.

—No —coincidió—. Solo cambió de forma.

Tomé mi abrigo.

—Entonces seguimos.

—¿A dónde? —preguntó.

—A donde no quieren que vayamos —respondí—. Registros antiguos. Hospitales cerrados. Fundaciones. Agencias de adopción.

—Eso es una red enorme.

—O'Connor trabajó décadas —dije—. Nadie hace eso solo.

—Esto puede sonar tonto —dijo Mara mientras caminábamos por el pasillo aún acordonado—, pero… ¿y si quien causó la explosión no fue parte de ninguna red?

Me detuve.

—¿Cómo que no fue parte de ninguna red?

Ella se encogió ligeramente de hombros.

—Una familia —dijo—. Alguien que fue víctima de O'Connor. Alguien que perdió a un hijo… o lo perdió sin saberlo. Rabia acumulada. Décadas. Y un día decide borrar todo.

La miré un segundo más de lo necesario.

—Lo dudo —respondí al final.

—¿Por qué?

—Porque la rabia no piensa así —dije—. La rabia va directo al objetivo.

—¿O'Connor ya estaba muerto —señaló.

—Exacto —asentí—. Si hubiera sido venganza, habrían ido por su familia. Su casa. Sus bienes. Su nombre.

—O por el hospital completo.

—O por todo el maldito lugar —añadí—. No por un solo piso.

Mara frunció el ceño.

—¿Crees que fue demasiado… quirúrgico?

—Creo que fue frío —respondí—. Calculado. Esto no fue "me hicieron daño". Fue "esto tiene que desaparecer".

Caminamos unos pasos más en silencio.

—Aun así —dijo ella—, algo no me cuadra.

—¿Qué cosa?

—Si el objetivo era borrar archivos… ¿por qué usar técnicos?

—Acceso —respondí—. Rutina. Invisibilidad.

—Sí, pero… —se detuvo—. ¿Por qué tres? ¿Por qué no uno?

Pensé en eso.

—Redundancia —dije—. Si uno falla, otro continúa.

—O control —añadió—. Alguien vigilando a los otros.

Le lancé una mirada.

—¿Estás diciendo que los técnicos no sabían exactamente qué estaban haciendo?

—Estoy diciendo que tal vez no sabían todo —respondió—. O que solo eran una parte del plan.

—Y aun así murieron.

—Exacto.

Llegamos al extremo del pasillo, donde la estructura se volvía negra y retorcida.

—Hay otra cosa —dijo Mara, bajando la voz—. La persona herida.

—La cuarta —asentí.

—No encaja con el perfil de quien puso la bomba.

—Coincido.

—Quien instala un explosivo así no se queda lo suficiente para sangrar en las paredes —continuó—. Entra. Coloca. Se va.

—Entonces…

—Entonces esa persona no vino a detonar nada —dijo—. Vino por otra cosa.

Me crucé de brazos.

—¿Qué?

—No lo sé —admitió—. Información. Un objeto. Un archivo físico que no estaba digitalizado.

—O a alguien.

Mara me miró con atención.

—Eso implicaría que había una tercera agenda en juego.

—O una cuarta —corregí—. Porque tenemos: O'Connor. La red. Quien puso la bomba. Y ahora… esta persona.

—Independiente —dijo ella.

—O creyéndose independiente —respondí—. Nadie entra a un lugar así por casualidad.

Mara suspiró.

—Podría ser alguien ajeno a quienes mandaron a los técnicos.

—Y ajeno a quien planeó la explosión —añadí—. Alguien que aprovechó el caos.

—O que lo provocó para cubrir su propia entrada.

Me quedé callado un momento.

—¿Y si esa persona no quería borrar nada? —dije.

—¿Entonces?

—¿Y si quería recuperar algo?

Mara abrió los ojos un poco más.

—Eso explicaría por qué intentó borrar su sangre —dijo lentamente—. No quería que supieran que estuvo ahí.

—Y explica por qué no intentó huir limpio —añadí—. Algo salió mal.

—O se encontró con alguien.

—Los técnicos.

—O alguien más.

Mara se apoyó contra la pared, pensativa.

—¿Y si esa persona también fue una víctima de O'Connor?

—Eso no la convierte en la autora del atentado —respondí—. Pero sí en alguien con motivos para entrar.

—Motivos personales.

—Respuestas —dije—. O confirmaciones.

—O la prueba de que su vida fue una mentira.

Nos miramos.

—Entonces tenemos que identificarla —dije.

—Sin nombre.

—Sin rostro.

—Sin ADN —añadió ella—. Al menos no uno limpio.

—Pero con patrones —respondí—. Movimientos. Accesos. Tiempo de permanencia.

Mara asintió.

—Y con heridas —dijo—. Esa persona salió lastimada.

—Eso es una ventaja.

—Si busca atención médica, dejará rastro.

—Y si no —añadí—, significa que está acostumbrada a tratarse sola.

Mara me miró con algo de inquietud.

—Eso no es buena señal.

—No —coincidí—. Pero sí es una pista.

Caminamos de nuevo.

—Entonces descartamos la venganza directa —resumió ella—. No fue una familia furiosa.

—Fue alguien que sabía exactamente qué tocar —dije—. Y qué no.

—Y alguien más que entró por su cuenta.

—Alguien que no estaba en el plan original.

—O que tenía su propio plan.

Me detuve antes de salir del área acordonada.

—Quienquiera que sea —dije—, no vino a destruir el hospital.

—Vino a borrar una historia —añadió Mara.

—O a recuperarla.

El silencio cayó entre nosotros.

—Y eso —continué— es lo que más me preocupa.

—¿Por qué?

La miré.

—Porque quien busca respuestas así… no se detiene cuando las encuentra.

Mara no respondió.

No hacía falta.

More Chapters