Capítulo 10: Una buena amiga.
Tras casi doce horas en su hogar, Rose volvió a sus tierras en el continente de Badlands. Siendo un semidiós, consideró que podía permitirse pasar toda la noche trabajando en los planos para las defensas del pueblo.
Sin embargo, justo antes de que pudiera empezar con su tarea, alguien llamó a la puerta. Sabiendo que el señor Han no estaba en el castillo en ese momento, asumió que debía ser Mina. Honestamente, no esperaba que ella volviera a dirigirle la palabra después de que él había sido increíblemente grosero y había destruido lo que, según su entender, era un simple cuento de hadas para dormir a los niños pequeños.
Aun con dudas, se acercó a abrir la puerta y al hacerlo, confirmó que era Mina. Sus ojos violetas seguían cargados de aquella extraña mezcla de resentimiento y esperanza. Después de todo, él representaba un dilema para ella: era el hombre que había salvado su vida y le había devuelto la fe en la bondad humana, pero también era quien había destruido por completo sus ilusiones más inocentes.
—Llamé a la puerta varias veces y no respondiste. Pensé que habías muerto, —soltó la joven, intentando sonar indiferente, aunque la lucha que tenía en su cabeza en ese momento no le permitió disimular del todo.
—Si eso pasara, mi padre probablemente destruiría este continente —comentó Rose con sequedad.
Por mucho que lo quisiera, su padre tenía sus defectos; uno de ellos era ser un 'padre gallina' excesivamente sobreprotector. Al tío Zef le costó casi un año convencerlo de que Rose estaba preparado para esta misión.
—De todas formas, si decides quedarte, te enterarás... Padre me proporcionó un medio para ir y venir a Parnam. Fui a reabastecer mis suministros y a armarme hasta los dientes —explicó Rose. Él sabía que esto era una situación de ganar-ganar: si se quedaba, no diría nada, y si se iba y hablaba, en el mejor de los casos, los ladrones se asustarían lo suficiente del poder del imperio como para evitar Sedena.
Mina solo pudo emitir un leve gruñido ante aquella situación. Después de todo, la idea de que él hubiera pasado el día entero allí era particularmente dolorosa, especialmente porque se negaba a admitir que lo había estado buscando varias veces en el imperio que había anhelado ver con sus propios ojos desde niña. Sin embargo, al mismo tiempo, esto alimentaba una renuente esperanza en ella.
Antes de que pudiera pronunciar una palabra más, su estómago rugió de nuevo. Después de todo, su única comida había sido el arroz que él mismo le había dado el día anterior. Desde entonces, ella lo había estado vigilando... En realidad, no sabía por qué, solo necesitaba asegurarse de que él estuviera bien.
\[Él ya tiene ese complejo de adoración al héroe y el de damisela en apuros\] comentó Desmos con una sonrisa metafórica. En ese aspecto, le recordaba mucho a una de las esposas de Qin, aunque menos intensa y sin la habilidad de provocar huracanes con su llanto.
Eligiendo ignorar el comentario, Rose se limitó a observar cómo la joven se ruborizaba violentamente. No esperaba que la joven bajara sus defensas tan rápido, pero considerando lo que Desmos había dicho, era evidente que ella deseaba desesperadamente creer que él era el "príncipe azul" de los cuentos de su niñez, aquel que había venido a salvar el reino de la perdición inminente que se cernía sobre el continente.
—¿Quieres comer? —preguntó con amabilidad, y Mina asintió en respuesta.
Rose llevó a la joven al comedor sin necesidad de palabras. Tras hacerla esperar unos minutos, regresó de la cocina con un tazón de arroz blanco y trocitos de pechuga de pollo desmenuzados. Aunque el pollo no era su carne favorita, ya que se echaba a perder rápidamente sin refrigeración (solo superada por el pescado), Rose sabía que era la carne más suave y adecuada para el delicado estado estomacal de la joven.
—Procura no excederte; tu estómago ahora mismo debe ser del tamaño de una nuez —comentó Rose mientras le ponía el tazón delante.
Mina se limitó a mirar el arroz. Olfateó ligeramente los extraños trozos marrones que desprendían un olor muy agradable. No obstante, pronto tomó la cuchara que Rose le ofreció y probó una cucharada.
—Está insípido —se quejó Mina.
—La otra opción era que vomitaras hasta morir si le ponía sal —replicó Rose, poniendo los ojos en blanco. En serio, ese lugar no tenía médicos nutricionistas.
\[Voy a ignorar que acabas de ser completamente clasista\] —intervino Desmos, dándole otro golpe en la cabeza a su mejor amigo.
—El arroz de ayer estaba bueno —murmuró Mina, tomando tímidamente una segunda cucharada.
Rose se sentó tranquilamente en la silla frente a ella. —No lo estaba. Era tu primera comida en semanas, por lo que veo, y tu mente hizo que supiera a gloria —explicó. Honestamente, era como tratar con una niña pequeña, solo que completamente desarrollada y con una vestimenta que dejaba poco a la imaginación.
Sintiéndose como una niña regañada por su padre y sin más quejas, Mina continuó comiendo lentamente bajo la atenta mirada de Rose. Él no apartó en ningún momento la vista de la joven de cabello morado. A pesar de quejarse la mitad del tiempo de que la comida no sabía a nada, Mina terminó comiendo todo el plato.
—¿Estás llena? —preguntó Rose con calma, esperando que lo estuviera o que al menos tuviera la decencia de no pedir más. No porque no quisiera darle más comida, sino porque... bueno, no quería que se enfermara.
—Mucho —dijo Mina, asintiendo. Antes de ser capturada por los esclavistas, realmente habría comido muchísimo. Sin embargo, ahora sentía que con solo ese pequeño tazón, su estómago reventaría si comía un solo bocado más
—¿Tienes algún lugar a donde ir? —preguntó Rose, mirando a la joven que había permanecido en silencio tras su última pregunta.
—¿Qué? —preguntó Mina a su vez.
—Pregunté si tienes algún lugar a donde ir —repitió el joven príncipe. Después de todo, en solo veinte días ella no recuperaría la fuerza que había perdido, y si se marchaba, probablemente terminaría en una zanja.—Podrías quedarte aquí y ser una ciudadana oficial del imperio —ofreció amablemente.
Mina, incrédula, preguntó:
—¿Lo dices en serio?
—¿Por qué no lo estaría? —respondió Rose con su habitual calma.
—Pero... pero yo solo sé matar y robar —dijo Mina, pensativa. Para ella, era casi imposible que el Imperio, un lugar donde la paz era palpable y los niños reían y jugaban en prados verdes interminables, necesitara a una ladrona y asesina como ella.
—Hmph —fue todo lo que dijo el joven príncipe antes de que Desmos, una vez más, lo golpeara en la cabeza y le susurrara que no fuera insensible en ese momento.
—¿Qué tan fuerte eres? —preguntó él, más por curiosidad que por otra cosa. Como había señalado muchas veces, aunque era empático, consolar a las personas no se le daba muy bien.
—Podría pelear con veinte personas como tú al mismo tiempo —dijo Mina con seriedad. Aunque Rose era más alto que ella, la lanza ya lo había golpeado en la cabeza tres veces por lo que ella había visto. Dado que no sabía que la lanza tenía conciencia propia, supuso que Rose era un poco torpe.
—Voy a asumir que te refieres a alguien de mi altura y complexión —dijo Rose con sequedad mientras observaba a la joven. Ella, en realidad, no era consciente del verdadero poder que residía en su ser, un poder que seguía creciendo día a día debido a la cantidad insana de almas en pena que habitaban estas tierras.
Mina simplemente sostuvo la mirada sin expresar lo que realmente sentía; al fin y al cabo, no le diría que pensaba que era débil.
—Entonces, ¿te quedarás? —insistió Rose—. No te preocupes, no te obligaré a hacer nada que no quieras.
Aunque probablemente le pediría que matara a algunos ladrones y le ayudara a entrenar a la milicia, pero poco más.
Los ojos violetas de Mina se encontraron una vez más con la mirada plateada del príncipe que tenía enfrente. Después de un silencio, ella bajó la cabeza y habló en voz baja: "Si me alimentas, me quedaré, pero no puedes impedirme irme si así lo deseo."
[Genial, a tu madre le dará un ataque cuando se entere de esto,] comentó Desmos secamente. En esencia, la chica era, después de todo, una especie de perro callejero que juró proteger la vida del humano que le ofreció comida.
Rose solo pudo asentir, reconociendo que, en efecto, era algo que a su madre no le gustaría.
Fin del Capítulo
