—Capitán —la voz del piloto resonó por el comunicador, firme, aunque cargada de una tensión difícil de ignorar—, hemos llegado al punto de inserción. A partir de aquí, deberán continuar en salto libre y después a pie. Buena suerte allá abajo.
—Recibido, Halcón —respondí, ajustando la máscara de oxígeno con un movimiento automático.
La rampa de la cabina comenzó a abrirse con un quejido hidráulico. Poco a poco, la oscuridad del Amazonas se reveló ante nosotros: un abismo verde, profundo e impenetrable, donde la luz apenas lograba sobrevivir.
El viento irrumpió en la cabina con violencia, golpeando el rostro y arrastrando consigo la humedad espesa de la selva. No era solo aire. Era un recordatorio.
Ya no había vuelta atrás.
Me puse de pie, sintiendo el peso del paracaídas y el equipo táctico asentarse sobre mis hombros como una segunda piel. Giré ligeramente el cuello y observé a mi unidad.
Doce hombres.
Doce sombras.
Todos en posición, silenciosos, concentrados, recortados por la tenue luz roja del interior de la nave.
Elizabeth se acercó a mí.
Por un instante, el rugido del viento pareció desvanecerse cuando nuestras miradas se encontraron. No hubo palabras, ni gestos innecesarios.
No era una despedida.
Era una promesa.
Asentí levemente y volví la vista al frente. Elevé el puño para que todos pudieran verme.
—Aquí en la tierra como en las estrellas, juntos hasta la adversidad… —mi voz se impuso al estruendo del helicóptero—. ¡AD ASTRA, SOMBRAS!
—¡SOMBRAS! —respondieron al unísono, con un rugido que atravesó la noche.
Sin dudarlo, me lancé al vacío.
El mundo desapareció.
Durante unos segundos, solo existieron la caída, el viento y el silencio gélido de la altura. Mi cuerpo se estabilizó de forma automática, entrenado para convertir el caos en control.
Uno a uno, mis hombres saltaron detrás de mí, convirtiéndose en siluetas oscuras que se hundían en la inmensidad del Amazonas.
El altímetro marcó el momento exacto.
Activé el paracaídas.
El tirón fue seco, brutal, devolviéndome de golpe a la realidad. La selva se extendía bajo mis pies como un océano inmóvil, oscuro y silencioso… demasiado silencioso.
Fruncí el ceño.
Algo no encajaba.
El impacto contra el suelo fue seco, amortiguado por la densa vegetación que cubría la selva como un manto vivo. Flexioné las rodillas al tocar tierra, absorbiendo la fuerza del descenso, y en cuanto recuperé el equilibrio, liberé el arnés del paracaídas con movimientos precisos.
Lo oculté rápidamente bajo hojas y ramas, asegurándome de no dejar rastro.
En menos de cinco segundos, ya tenía el fusil en las manos.
El aire era distinto allí abajo.
Más pesado.
Más denso.
Se pegaba a la piel como si quisiera advertirte algo.
—Verificación de equipo y estado —ordené por el canal interno, bajando la voz a un susurro controlado.
—Sombra 2 en posición y lista —respondió Elizabeth con claridad.
—Sombra 3 listo.
—Sombra 4 listo.
Las voces fueron llegando una a una, sin interferencias, sin fallos.
Doce sombras.
Doce latidos sincronizados.
Nadie herido. Nadie fuera de posición.
Hice una señal con la mano.
Avanzamos.
Nos movíamos con rapidez, pero sin ruido. Cada paso era calculado; cada desplazamiento, una coreografía aprendida tras años de operaciones en entornos hostiles. La selva nos rodeaba con su inmensidad, árboles gigantescos elevándose como columnas naturales que bloqueaban la luz y deformaban las sombras.
Pero algo… no estaba bien.
A cada metro que avanzábamos, la sensación se hacía más evidente.
El silencio.
No era un silencio normal.
No era el típico comportamiento de la fauna ante la presencia de depredadores.
Era… ausencia.
Elizabeth, a mi flanco izquierdo, levantó dos dedos y luego señaló el entorno.
Lo sé.
Le respondí con un leve gesto.
Yo también lo sentía.
Seguimos avanzando.
Tres kilómetros en línea casi perfecta, guiados por coordenadas exactas. El tiempo y la distancia estaban medidos con precisión quirúrgica, pero aun así… algo no cuadraba.
Cuando finalmente llegamos al punto indicado, me detuve en seco.
Frente a nosotros, donde debía existir un campamento guerrillero activo, solo había un claro vacío.
Oscuro.
Inerte.
Ni una luz.
Ni una hoguera.
Ni un solo sonido.
—Esto no me gusta —murmuré, más para mí que para el equipo.
—Capitán, esto no es normal —añadió Diego. Su voz llegó con un leve tono metálico, casi imperceptible, pero suficiente para activar mis alarmas—. La señal presenta pequeñas interferencias.
Miré alrededor.
El suelo no mostraba huellas recientes.
No había basura, ni restos, ni indicios de actividad humana.
Era como si el lugar hubiera sido… borrado.
—Procedan con precaución —ordené, levantando el puño y desplegando la formación—. Cubran todos los ángulos. Nadie baja la guardia.
El equipo se abrió en abanico, moviéndose entre las sombras con precisión absoluta.
Me tomé un segundo.
Solo uno.
Desde que me enlisté a los diecisiete años y ascendí hasta capitán, había visto todo tipo de escenarios: emboscadas, territorios hostiles, zonas contaminadas, operaciones encubiertas… pero nunca algo así.
Ni siquiera en misiones clasificadas.
La selva siempre tenía sonido.
Siempre.
Insectos. Viento. Vida.
Pero aquí…
Nada.
Ni siquiera nuestras propias respiraciones parecían existir.
Sentí un leve escalofrío recorrerme la espalda.
Elizabeth se posicionó a mi lado, su arma apuntando hacia el vacío del claro. Sus ojos reflejaban exactamente lo que yo estaba pensando.
¿Dónde está todo el mundo?
Iniciamos el barrido.
Formación de diamante. Lenta. Metódica.
Cada metro cubierto.
Cada sombra analizada.
Nada.
Miré mi reloj.
02:30 — despegue.
03:00 — inserción.
03:20 — llegada al objetivo.
Y ahora…
03:30.
Diez minutos.
Diez minutos en un lugar donde no debería haber silencio.
El peso de esa ausencia empezaba a sentirse físico, como si la gravedad se hubiera incrementado sin previo aviso.
¿Cómo era posible?
¿Cómo desaparece un campamento entero… sin dejar rastro?
Fue entonces cuando la voz de Diego rompió el vacío.
—¡Capitán, a sus seis!
Giré de inmediato, encuadrando el fusil en la dirección indicada.
El puntero láser señalaba entre la maleza.
Allí.
Entre raíces gruesas y retorcidas de un árbol gigantesco…
Había algo.
No era natural.
Había una geometría demasiado perfecta en ese espacio.
Hice una señal silenciosa.
Avance táctico.
El equipo respondió sin dudar.
Nos movimos como una sola entidad, rodeando el área con pasos controlados, asegurando cada ángulo antes de acercarnos.
Al retirar la vegetación…
La confirmación fue inmediata.
Metal.
Una superficie lisa, fría, perfectamente integrada al entorno.
Una puerta.
Blindada.
Oculta con una precisión que solo alguien altamente entrenado podría detectar.
Sombra 5 avanzó al frente, desplegando su equipo.
—Revisando firmas… presión… cables…
El silencio volvió a cerrarse sobre nosotros.
—Negativo —susurró finalmente—. No hay trampas visibles. Sin explosivos. Sin sensores activos.
Lo miré un segundo.
Asentí.
—Procede.
El mecanismo se activó con un clic sordo que, en ese silencio absoluto, sonó como un disparo.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Un aire frío emergió desde el interior.
No era natural.
Olía a concreto, metal… y algo más difícil de identificar.
Frente a nosotros, unas escaleras descendían hacia la oscuridad.
Profundas.
Silenciosas.
Como si el mundo terminara allí abajo.
Y algo nos estuviera esperando.
El estallido fue inmediato.
El suelo se sacudió bajo mis botas y una onda de choque me lanzó contra el muro con violencia.
—¡EMBOSCADA! —rugió una voz por el comunicador.
El mundo se llenó de ruido.
Disparos.
Explosiones.
El pasillo se convirtió en un infierno en cuestión de segundos.
—¡Fuego de supresión! —ordené, incorporándome mientras levantaba el fusil.
Las ráfagas iluminaron la oscuridad. El enemigo emergía desde la entrada, como sombras arrancadas de la nada, avanzando entre el humo y los destellos.
—¡Cubran a Victoria y a los niños! —grité.
Elizabeth se posicionó a mi lado, su arma escupiendo fuego con una precisión quirúrgica. Cada disparo era limpio. Eficiente.
Mortal.
Las paredes vibraban con cada impacto. Fragmentos de concreto saltaban en todas direcciones, cortando el aire como metralla improvisada.
—¡Granadas de humo! —ordené.
Dos cilindros rodaron por el suelo y comenzaron a liberar una nube densa que cubrió el pasillo.
—¡Nos movemos! ¡Rompemos su línea!
No podíamos quedarnos.
Ese lugar se iba a convertir en nuestra tumba.
Avanzamos.
El combate se volvió cercano. Brutal.
Apenas unos metros de distancia.
Al llegar a la base de las escaleras, dos enemigos intentaron bloquear el paso.
No tuvieron oportunidad.
Un golpe de culata.
Dos disparos.
Seguimos subiendo.
Cada escalón se sentía como una victoria arrancada a la fuerza.
—¡Suban, suban! —gritó Diego desde atrás, cargando a uno de los niños mientras disparaba con la otra mano.
El ascenso fue caótico, pero imparable.
Estábamos entrenados para esto.
Para avanzar incluso cuando todo se derrumba.
Emergimos de nuevo en la selva.
El contraste fue brutal.
El silencio antinatural seguía allí…
Pero ahora estaba roto por la guerra.
—¡Al punto de extracción! —ordené.
Corrimos.
Las balas cortaban el aire a nuestro alrededor, atravesando hojas, ramas, todo.
Entonces—
El sonido de las aspas.
El helicóptero.
—¡Aquí Halcón! ¡Entramos en caliente! —la voz llegó entre interferencias—. ¡No puedo mantener posición mucho tiempo!
La nave descendió entre los árboles, desafiando toda lógica.
La compuerta se abrió.
El copiloto ya estaba disparando para cubrirnos.
—¡Suban a los niños primero!
Uno a uno, los pasaron.
Sin resistencia.
Sin reacción.
Como si no estuvieran conscientes.
—¡Vamos, vamos!
—¡Bravo adentro!
—¡Charlie adentro!
—¡Elizabeth, sube! —le ordené.
Ella dudó un segundo.
Solo uno.
Pero obedeció.
Se giró hacia mí desde la compuerta.
—¡Capitán!
Solo quedaba yo.
Di un paso hacia el helicóptero…
Y entonces lo vi.
Un destello.
Entre la maleza.
Me giré.
Un hombre.
Arrodillado.
Un lanzamisiles apoyado en el hombro.
Apuntando directamente al helicóptero.
Al equipo.
A ella.
No lo pensé.
Salté hacia atrás.
Le di ángulo.
Disparé.
Tres ráfagas.
El enemigo cayó.
Pero su dedo ya había presionado el gatillo.
El proyectil salió.
La explosión ocurrió a pocos metros.
La onda de choque me lanzó por los aires.
Sentí el impacto antes que el dolor.
Luego…
Calor.
Sangre.
Mi cuerpo golpeó el suelo con fuerza.
Por un instante, todo se volvió blanco.
Pero me levanté.
No podía caer.
No ahí.
No todavía.
Miré el helicóptero.
Elizabeth estaba allí.
Esperando.
Corrí.
Cada paso era más pesado que el anterior. El aire quemaba los pulmones. La sangre empapaba el uniforme.
Pero seguí.
—¡DAME LA MANO! —gritó Diego, extendiéndose desde la compuerta.
Salté.
Sentí su agarre.
Firme.
Real.
Por un segundo…
Estuve a salvo.
Entonces—
Tac.
Tac.
Tac.
Tres disparos.
Secos.
Perfectos.
El primero me atravesó la pierna.
El segundo destrozó mi hombro.
El tercero…
El tercero cruzó mi pecho.
Todo se detuvo.
El sonido desapareció.
El mundo entró en silencio.
Vi a Elizabeth.
Su rostro deformado en un grito que no podía escuchar.
Vi a Diego.
Apretando los dientes.
Intentando jalarme.
Vi a mi equipo.
Disparando.
Luchando.
Pero todo se sentía lejano.
Como si ya no perteneciera a ese momento.
Finalmente, lograron meterme dentro del helicóptero.
Caí.
El metal frío recibió mi cuerpo.
Las voces volvieron.
Distorsionadas.
Lejanas.
—Eduardo… —la voz de Elizabeth temblaba—. Por favor…
Sentí sus manos.
Su calor.
Intenté hablar.
Decirle que lo logramos.
Que los niños estaban a salvo.
Que todo había valido la pena.
Pero no pude.
Mi cuerpo ya no respondía.
Victoria trabajaba sobre mí, desesperada.
Presión.
Órdenes.
Movimiento.
Todo inútil.
El mundo empezó a desvanecerse.
El dolor desapareció.
El ruido también.
Solo quedó una calma extraña.
Pesada.
Seductora.
Hasta que todo se volvió negro.
Entonces…
En la nada…
Un sonido.
Claro.
Preciso.
Inevitable.
Tik… tak…
Tik… tak…
El tiempo volvía a moverse.
Pero yo…
Ya no estaba en el helicóptero.
No estaba en la selva.
No estaba en ningún lugar.
Solo existía la oscuridad.
Un vacío infinito.
Sin suelo.
Sin cielo.
Sin fin.
