Mis sentidos regresaron uno a uno.
Como sistemas reiniciándose después de un fallo crítico.
Primero, el aire.
Denso.
Húmedo.
Distinto.
Luego, el sonido.
Un fuego crepitando cerca… y aves. Pero no eran las de la selva. Sus cantos eran más suaves, más… extraños.
Después, el tacto.
Una tela áspera contra mi piel.
Y finalmente…
El peso.
Mi propio cuerpo.
Pesado. Torpe. Como si estuviera usando una armadura que no me pertenecía.
Frente a mí, dos figuras tomaron forma.
Mujeres.
Sus rostros estaban marcados por el cansancio. Ojeras profundas, miradas tensas… como si llevaran días sin dormir.
Vestían ropas simples. Nada táctico. Nada moderno.
Nada que reconociera.
Hablaban entre ellas.
Pero no entendía una sola palabra.
Era como escuchar un río.
Sonidos fluidos… sin significado.
Una de ellas notó que mis ojos estaban abiertos.
Se llevó las manos a la boca.
Sorpresa.
La otra reaccionó de inmediato.
Se inclinó sobre mí y colocó su mano en mi frente.
Fría.
Suave.
«¿Qué pasó…?»
Intenté hablar.
Nada.
Solo un sonido seco.
Roto.
Inútil.
Mi garganta no respondía.
—Cálmate —me ordené—. Respira. Analiza.
Cerré los ojos.
Bloqueé el entorno.
Me concentré en lo importante.
Mi estado.
Si todo lo anterior —el abismo, las luces— había sido una alucinación, entonces esto debía tener una explicación médica.
Anestesia.
Trauma severo.
Shock.
Mi cuerpo debía estar saturado de sedantes.
Eso explicaba la pesadez.
La lentitud.
La desconexión.
«¿Cuánto tiempo estuve inconsciente…?»
Si habían sido días…
Atrofia muscular.
Pérdida de reflejos.
Debilidad general.
Nada fuera de lo esperado.
Intenté mover la mano derecha.
Respondió.
Lenta.
Torpe.
Pero respondió.
Luego intenté mover los pies.
Un espasmo recorrió mi pierna.
No era dolor real.
Era… un eco.
El recuerdo del impacto.
El disparo.
Mi cuerpo reaccionó como si aún estuviera ahí, como si la herida siguiera abierta.
Pero no lo estaba.
Aun así, eso confirmaba algo importante.
La conexión seguía intacta.
Mi mente…
Seguía funcionando.
Abrí los ojos nuevamente.
Analicé el entorno con más detalle.
No había monitores.
No había máquinas.
No había ese olor químico de hospital.
Lo que había…
Era humo.
Hierbas.
Tierra.
Eso no encajaba.
Nada encajaba.
Las mujeres seguían hablando.
Incluso reían.
Como si todo fuera normal.
«¿Qué están diciendo…?»
Intenté leerlas.
Lenguaje corporal.
Intención.
Amenaza.
Nada.
No había hostilidad.
Solo…
Calma.
Entonces lo vi.
De verdad.
Las observé bien.
Y todo se rompió.
La mujer mayor…
No podía tener más de veinte años.
Su cabello era blanco.
Pero no por edad.
Era natural.
Puro.
Como nieve intacta.
Sus ojos…
Fucsia.
Brillantes.
Profundos.
Imposibles.
No eran ojos humanos.
La otra…
Más joven.
Quince, quizás.
Cabello dorado.
No rubio común.
Dorado.
Como si reflejara la luz.
Y sus ojos…
Celestes.
Demasiado claros.
Demasiado perfectos.
No había cicatrices.
No había desgaste.
No había imperfecciones.
Eran…
Irreales.
Sentí un vacío en el estómago.
Esto no era genética.
Esto no era geografía.
Esto no era la Tierra.
«No… sigo sedado…»
Me aferré a eso.
Era lo único lógico.
Mi mente estaba compensando.
Creando imágenes.
Distorsionando la realidad.
—Elizabeth está afuera —me dije—
—Diego sigue vivo—
—Solo pide el informe—
Respiré.
Me estabilicé.
Necesitaba control.
Extendí la mano.
Directo hacia la mujer de cabello blanco.
Quería sujetarla.
Anclarme.
Exigir respuestas.
Pero…
Me detuve.
Mi mano…
No era mi mano.
Pequeña.
Suave.
Sin cicatrices.
Sin historia.
Una mano…
De bebé.
El mundo se congeló.
Intenté tocar mi rostro.
Movimientos torpes.
Descoordinados.
Como si no supiera usar mi propio cuerpo.
Mis dedos tocaron mi piel.
Lisa.
Blanda.
Sin edad.
Sin vida vivida.
—¿Qué…?
El grito no salió.
Solo un llanto.
Agudo.
Débil.
Desesperado.
La mujer sonrió.
Me tomó.
Me acunó contra su pecho.
Como si fuera…
Un niño.
La otra se acercó.
Riendo.
Jugando con mi mano.
Yo…
No podía hacer nada.
Mi mente…
Seguía intacta.
Pero mi cuerpo…
No.
No era mío.
No era el de un soldado.
No era el de un hombre.
Era un envase.
Nuevo.
Vacío.
Inútil.
El pánico llegó.
No miedo.
Pánico real.
Mi equipo.
Mi esposa.
Mi misión.
Todo…
Desaparecido.
No había extracción.
No había hospital.
No había regreso.
La luz…
No me salvó.
Me reinició.
Giré la cabeza.
La ventana.
El sol cayendo.
Y en el reflejo…
Lo vi.
Un bebé.
Ojos oscuros.
Pero no vacíos.
Fríos.
Analíticos.
Míos.
En ese momento…
Todo encajó.
El abismo.
La entidad.
El juicio.
El túnel.
No fue un sueño.
No fue una alucinación.
Morí.
Allá abajo.
En la selva.
Cumplí la misión.
Y ahora…
Renací.
En otro mundo.
Me quedé inmóvil durante varios minutos.
No por debilidad… sino porque mi mente simplemente no podía procesar lo que estaba pasando.
Sentía el peso de mi nuevo cuerpo, pequeño, frágil, completamente ajeno a todo lo que yo era. Cada respiración era distinta, más corta, más superficial. Incluso el latido de mi corazón sonaba diferente, como si perteneciera a otra persona.
Frente a mí, las dos mujeres seguían hablando entre ellas.
Sus voces eran rápidas, suaves, casi musicales… pero incomprensibles.
No entendía ni una sola palabra.
Y eso, por sí solo, ya era suficiente para encender todas mis alarmas.
Sus expresiones habían cambiado.
Hace un momento estaban felices… ahora había preocupación.
Me observaban.
Demasiado.
Pero mi mente no estaba con ellas.
Estaba en otro lugar.
En otro tiempo.
En otra vida.
El Capitán Eduardo… ya no existía.
La idea llegó sin aviso, como un disparo limpio al pecho.
No había dolor físico… pero el impacto fue peor que cualquier herida de bala.
«Elizabeth…»
Su nombre apareció en mi mente como un eco.
Y con él, todo lo demás.
Su sonrisa después de una misión.
El peso de su mirada cuando algo no le gustaba.
Su voz dándome órdenes cuando yo dudaba.
Mi equipo.
Diego.
Victoria.
Las SOMBRAS.
Todos ellos…
Desaparecidos.
No muertos… no derrotados…
Simplemente fuera de mi alcance.
Para siempre.
Algo dentro de mí se rompió.
Y lloré.
No fue un llanto cualquiera.
No fue el llanto instintivo de un recién nacido.
Fue el desahogo de un hombre que lo perdió absolutamente todo.
Mi pequeño cuerpo temblaba mientras los sollozos escapaban sin control. Cada respiración se volvía irregular, desesperada, como si intentara aferrarme a un mundo que ya no existía.
«¿Hay alguna forma…?»
La idea surgió débil, casi absurda.
«¿Alguna posibilidad de volver?»
¿Un error?
¿Una falla?
¿Un camino de regreso?
Pero en el fondo… ya sabía la respuesta.
No la había.
La mujer de cabello blanco reaccionó de inmediato.
Me tomó en brazos con una delicadeza que contrastaba completamente con mi estado interno. Me sostuvo contra su pecho, balanceándome suavemente mientras tarareaba una melodía tranquila.
Intentaba calmarme.
Intentaba protegerme.
Pero no entendía.
No podía entender.
Para ella… yo solo era un bebé llorando.
Para mí… este era un funeral.
Poco a poco, el llanto se fue apagando.
No porque el dolor desapareciera…
Sino porque simplemente… ya no tenía fuerzas.
Entonces—
La puerta se abrió de golpe.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Alerta inmediata.
Una figura masculina entró con pasos firmes.
No necesitaba entender su idioma para leerlo.
Su energía lo decía todo.
Alegría.
Alivio.
Orgullo.
Sus ojos fueron directamente hacia la mujer de cabello blanco.
La forma en que la miró…
No dejaba dudas.
Eran pareja.
Mi análisis fue instantáneo.
«Padres.»
Se acercó.
Era alto. Fuerte. De hombros anchos.
Cabello negro.
Ojos grises.
Pero lo más importante no era su apariencia…
Era cómo se movía.
Eficiente.
Preciso.
Sin movimientos innecesarios.
Mis instintos lo reconocieron al instante.
«Este hombre… es un combatiente.»
Sus manos lo confirmaban.
Callos.
Fuerza.
Experiencia.
Se inclinó sobre mí.
Sentí su mano sobre mi cabeza.
Pesada.
Torpe.
Pero… sincera.
Entonces habló.
Una sola palabra.
Grave. Clara.
—Aris…
Silencio.
La palabra se repitió en mi mente.
«Aris…»
Otra vez.
—Aris…
Las mujeres también la dijeron.
Varias veces.
Lo entendí.
«Ese… soy yo.»
No hubo rechazo.
No hubo negación.
Solo… aceptación.
Fría.
Directa.
Como recibir una nueva identidad en una misión.
«Capitán Eduardo… eliminado.»
«Nueva designación: Aris.»
Mi nuevo padre me levantó sin esfuerzo.
El movimiento fue brusco.
Demasiado rápido para este cuerpo.
Mi visión giró.
El mundo se desordenó.
«¡Oye—!»
Pero no podía hablar.
Solo sentir.
Me alzó hacia la ventana, riendo.
Orgulloso.
Como si estuviera mostrando su mayor logro al mundo.
Y entonces—
—¡Miau!
Todo cambió.
Su reacción fue instantánea.
Giró.
Rápido.
Demasiado rápido.
Mi equilibrio colapsó.
El mundo dio vueltas.
Techo.
Luz.
Sombras.
Rostros.
Todo mezclado.
«¡Más despacio…!»
Cuando logré recuperar el enfoque…
Lo vi.
Un gato.
Pelaje negro absoluto.
Ojos dorados.
Brillantes.
Inteligentes.
Demasiado inteligentes.
Estaba junto a la ventana.
Observándonos.
Pero lo extraño…
No era el gato.
Era mi padre.
Se detuvo.
Lo miró.
Fijo.
Silencio.
Un intercambio.
Sin palabras.
Como si ambos…
Se entendieran.
Y en ese momento—
Sentí algo.
Algo no encajaba.
El silencio duró apenas unos segundos.
Pero para mí… fue suficiente.
Mi padre no apartó la mirada del gato.
Y el gato… no apartó la mirada de mí.
No era una simple mascota.
Eso lo supe al instante.
Había algo en su postura.
En la forma en que se mantenía completamente inmóvil.
En cómo sus ojos dorados no reflejaban curiosidad… sino evaluación.
Como si estuviera analizando.
Midiendo.
Juzgando.
Finalmente, mi padre relajó los hombros.
No del todo.
Pero lo suficiente.
Bajó la guardia… parcialmente.
La mujer de cabello blanco soltó una pequeña risa, como si la situación fuera completamente normal.
La chica rubia se acercó al gato y empezó a acariciarlo con confianza.
Demasiada confianza.
Eso no cuadraba.
Si ese animal generaba una reacción instintiva de alerta en un hombre como él…
No podía ser algo inofensivo.
Mi padre volvió a moverse.
Esta vez más lento.
Más controlado.
Me bajó con cuidado y me devolvió a los brazos de la mujer.
Mi madre.
El gato saltó desde la ventana.
Cayó sin hacer ruido.
Elegante.
Preciso.
Caminó hacia nosotros.
Paso a paso.
Sin prisa.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Una tensión automática recorrió cada músculo.
Instinto de combate.
Ridículo… en este cuerpo.
Pero real.
El gato se detuvo justo frente a mí.
Apenas a unos centímetros de mi mano.
Y entonces—
Me miró.
Directamente.
No a mis ojos de bebé.
No a este cuerpo.
A mí.
Lo sentí.
Con total claridad.
Ese animal… sabía.
El aire se volvió pesado.
Denso.
Por un segundo, volví a sentir algo parecido a lo que experimenté en el abismo.
Esa sensación de ser observado… más allá de lo físico.
El gato inclinó ligeramente la cabeza.
Como si confirmara algo.
Luego—
Ronroneó.
Pero no fue un sonido normal.
Vibró.
Lo sentí en el pecho.
En los huesos.
Como una frecuencia.
Un mensaje sin palabras.
"Te veo."
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Y entonces… se alejó.
Como si nada.
Saltó hacia la cama y se acomodó, cerrando los ojos con total tranquilidad.
Pero ya era tarde.
Mi mente estaba completamente alerta.
«Este mundo… no es normal.»
La mujer de cabello blanco volvió a mirarme.
Esta vez con más calma.
Más… decisión.
Sus ojos fucsia se suavizaron.
Y entonces entendí algo antes de que pasara.
Instinto.
Biología.
Supervivencia.
Sus manos se movieron hacia su ropa.
Y empezó a desabrocharla.
Silencio.
Mi mente… se congeló.
«…No.»
Un segundo.
«No, no, no.»
Dos segundos.
«Espera.»
Tres.
«Podemos hablar esto.»
Pero no.
No había negociación posible.
La lógica adulta se estrelló contra la realidad biológica.
Me acercó a su pecho.
Y todo ocurrió demasiado rápido.
«¡ALTO!»
Grité en mi mente.
«¡Soy un oficial del ejército!»
«¡He sobrevivido a emboscadas, bombardeos y misiones suicidas!»
«¡Esto va en contra de toda mi dignidad operacional!»
Pero mi cuerpo…
No estaba de acuerdo.
En cuanto el instinto detectó alimento—
Reaccionó.
Automático.
Imparable.
Mi boca se abrió.
Y perdí.
Completamente.
Fue la derrota más humillante de toda mi vida.
Cerré los ojos con fuerza.
Intentando escapar mentalmente.
«Esto es una simulación.»
«Sí… eso es.»
«Entrenamiento extremo.»
«Control psicológico.»
Mentiras.
Todas.
A lo lejos, escuché la risa de mi padre.
Grave.
Orgullosa.
Perfecto.
Mi "heredero" tenía buen apetito.
Excelente.
El gato, desde la cama…
Volvió a ronronear.
Lo juro.
Sonó como si se estuviera burlando.
«Algún día…»
Pensé, derrotado.
«Algún día aprenderé a usar una cuchara…»
«Y cuando eso pase…»
«Esto no volverá a ocurrir.»
El cansancio empezó a golpear.
Fuerte.
Mi mente se volvió lenta.
Pesada.
Pero antes de rendirme—
Una imagen apareció.
Elizabeth.
De pie.
A mi lado.
Mirándome.
Con esa expresión.
Esa que significaba problemas.
«…¿En serio?»
Su voz en mi cabeza.
Fría.
Filosa.
«¿Este es el gran Capitán Eduardo?»
Silencio.
«¿Disfrutando de la cena?»
Sentí algo romperse dentro de mí.
Pero esta vez…
No fue dolor.
Fue…
Risa.
Una risa débil.
Torpe.
Descoordinada.
Mi cuerpo de bebé no supo cómo expresarla.
Se convirtió en un sonido extraño.
A medio camino entre un sollozo y una carcajada.
Mi madre se tensó.
Confundida.
Mi padre dijo algo desde el fondo.
Algo que sonó a orgullo.
Pero yo ya no estaba ahí.
Esa risa…
Fue lo último que quedaba de mí.
Del Capitán.
De Eduardo.
El sueño me arrastró.
Sin resistencia.
Y antes de desaparecer por completo…
Solo pensé una cosa.
«No importa dónde esté…»
«No importa qué sea ahora…»
«Voy a sobrevivir.»
Oscuridad.
Silencio.
Y luego—
Nada.
Conciencia.
No desperté de golpe.
No hubo sobresalto.
No hubo pánico.
Fue… gradual.
Como si mi mente emergiera lentamente desde el fondo de un lago profundo.
Lo primero que sentí fue el calor.
Un calor suave.
Constante.
Luego el sonido.
Crack… crack…
Madera ardiendo.
Abrí los ojos.
El mundo seguía ahí.
No era un sueño.
El techo de madera.
Las vigas oscuras.
La luz anaranjada del fuego reflejándose en las paredes.
Todo… seguía igual.
Exhalé lentamente.
O al menos, lo intenté.
«Confirmado.»
«Esto es real.»
No hubo negación esta vez.
No hubo resistencia.
Solo aceptación.
Giré ligeramente la cabeza.
El movimiento fue torpe… pero mejor que antes.
Progreso.
La habitación estaba en calma.
La mujer de cabello blanco —mi madre— dormía apoyada contra la pared, con una manta cubriéndola parcialmente. Su respiración era lenta, pesada. Había agotamiento en cada línea de su rostro.
La chica rubia no estaba.
Mi padre… tampoco.
Pero él sí.
El gato.
Seguía ahí.
En el mismo lugar.
Observándome.
Sus ojos dorados brillaban con la misma intensidad que antes.
No dormía.
No descansaba.
Vigilaba.
«¿Qué eres…?»
La pregunta cruzó mi mente sin filtro.
El gato parpadeó.
Lento.
Como si hubiera escuchado.
Apartó la mirada.
Pero no se fue.
Desvié la atención.
Prioridades.
Situación actual:
• Cuerpo: recién nacido
• Movilidad: limitada
• Comunicación: nula
• Entorno: desconocido
• Tecnología: inexistente (visible)
• Idioma: incomprensible
Conclusión:
«Total vulnerabilidad.»
Nunca en mi vida había estado en una posición tan desventajosa.
Ni en emboscadas.
Ni en territorio enemigo.
Ni rodeado.
Esto… era peor.
Porque no tenía control.
Y sin control…
No hay estrategia.
Cerré los ojos un momento.
«Entonces se construye.»
Nuevo objetivo:
Sobrevivir.
Aprender.
Adaptarse.
Desde cero.
Pasaron unos minutos.
Tal vez más.
El tiempo era… difícil de medir.
Pero algo cambió.
Mis sentidos.
Comenzaron a afinarse.
Podía distinguir mejor los sonidos.
El fuego.
El viento entrando por la ventana.
Algo moviéndose afuera.
Animales.
Pero no como los de la selva.
Diferentes.
Más… limpios.
Abrí los ojos de nuevo.
Y esta vez…
Observé de verdad.
Las paredes no eran improvisadas.
La madera estaba trabajada.
Cortada con precisión.
Las telas…
Eran gruesas.
Artesanales.
No había plástico.
No había metal moderno.
No había electricidad.
Pero tampoco era primitivo.
Era… organizado.
«Nivel tecnológico… bajo.»
«Pero estable.»
Mi mirada se movió hacia la ventana.
Afuera—
El cielo.
No era como el que recordaba.
Las estrellas…
Había demasiadas.
Y algunas…
No estaban donde deberían.
Silencio.
«Confirmado.»
«No es la Tierra.»
No sentí miedo.
Solo… claridad.
Un leve movimiento me sacó del análisis.
Mi madre.
Se había despertado.
Sus ojos se posaron en mí inmediatamente.
Y algo en su expresión cambió.
Alivio.
Sonrió.
Se acercó lentamente.
Sus movimientos eran suaves.
Cuidadosos.
Como si temiera romperme.
Se sentó a mi lado.
Y habló.
Otra vez.
Ese idioma.
Pero esta vez…
No sonaba tan ajeno.
No entendía las palabras.
Pero…
El tono.
La intención.
La emoción.
Eso sí lo entendía.
Era… cariño.
Protección.
Familia.
Se inclinó.
Apoyó su frente contra la mía.
Cálida.
Real.
Mi cuerpo reaccionó.
No como soldado.
Como humano.
Y por primera vez desde que desperté…
No pensé en la guerra.
No pensé en la muerte.
No pensé en Elizabeth.
Solo…
Respiré.
El gato, desde su rincón…
Abrió los ojos.
Y observó.
En silencio.
Como si supiera…
Que algo acababa de empezar.
