Cherreads

Chapter 1 - ¿DÓNDE ESTOY?

Cuando me encontré en la penumbra de aquel abismo infinito, lo primero que hice fue observar.

No había nada.

Y, sin embargo, no resultaba aterrador.

No sentía dolor.

No había rastro de las heridas que habían destrozado mi pecho.

Tampoco el peso del equipo táctico, ni el sabor metálico de la sangre.

Todo estaba… en calma.

Como si el universo entero hubiera contenido el aliento junto conmigo.

Di un paso.

Bajo mis pies había una superficie inexistente, invisible, pero firme. Caminé sin cuestionarlo demasiado. En ese momento, mi mente estaba más enfocada en entender que en reaccionar.

Entonces la vi.

Una luz.

Apenas un punto diminuto en medio de la nada absoluta.

Me acerqué.

Con cada paso, esa chispa crecía. No era cegadora, ni agresiva. Era cálida… casi acogedora. Una claridad que no iluminaba el entorno, sino que parecía llamarme directamente.

Y entonces, el silencio cambió.

Un susurro comenzó a formarse en el vacío.

Leve. Constante.

Como viento atravesando un bosque lejano… o el fluir de un río oculto.

Di otro paso.

Y me detuve.

No por decisión propia.

Mi cuerpo simplemente dejó de responder.

El espacio a mi alrededor se volvió rígido, como si la realidad se hubiera solidificado de golpe, atrapándome en medio de la nada.

Frente a mí, la luz comenzó a moverse.

No era un desplazamiento normal.

Danzaba.

Se retorcía con una agilidad antinatural, como si estuviera viva.

Y entonces…

Aparecieron más.

Primero unas pocas.

Luego decenas.

Después cientos.

En cuestión de segundos, el abismo se llenó de luces.

Miles. Millones.

Era como observar un cielo estrellado… pero al revés.

No estaban arriba.

Estaban en todas partes.

Mi mente, entrenada para analizar patrones, empezó a trabajar por instinto.

No eran iguales.

Había jerarquía.

La primera luz —la más grande— dominaba el espacio.

La Primordial.

A su alrededor, millones de luces más pequeñas formaban una red inmensa.

Pero algo rompía el patrón.

Una anomalía.

Había otra luz.

Más grande que todas las demás… excepto la primera.

Busqué más como ella.

No había.

Era única.

Sentí una conexión extraña con esa luz.

Instinto, quizás.

O algo más.

Pero esa sensación desapareció al instante.

La luz… empezó a cambiar.

Desde su interior, algo emergió.

No era luz.

Era oscuridad.

Pero no una simple ausencia.

Era un vacío que devoraba.

La transformación fue rápida. Violenta. Silenciosa.

La luz singular se retorció… y dejó de serlo.

Ahora era otra cosa.

Una entidad.

Una oscuridad viva.

Y entonces se movió.

Rápida.

Precisa.

Depredadora.

Se lanzó contra las otras luces.

Lo vi con claridad.

Cada contacto era una infección.

La oscuridad nacía dentro de ellas, consumiéndolas desde el núcleo.

En segundos, el equilibrio colapsó.

Una tercera parte del abismo fue tomada.

Y la guerra comenzó.

No hubo sonido.

No hubo gritos.

Pero lo sentí.

Era una batalla.

Las luces puras intentaban reagruparse, organizarse.

La oscuridad no.

Era caótica.

Impredecible.

Implacable.

Por primera vez, lo entendí.

Yo no era solo un observador.

Estaba en medio.

Si esa cosa me alcanzaba…

No habría regreso.

Mi instinto de capitán buscó opciones.

Cobertura.

Salida.

Cualquier ventaja táctica.

No había nada.

Solo podía mirar cómo el universo se rompía frente a mí.

Más y más luces caían.

La oscuridad se expandía.

Imparable.

Hasta que algo cambió.

Una luz.

Pequeña.

Casi insignificante.

Pero comenzó a arder.

Su brillo se transformó.

De blanco… a azul.

Un azul intenso.

Violento.

Vivo.

Se lanzó contra la oscuridad.

No tenía sentido.

Era mucho más débil.

Pero no retrocedió.

Resistió.

Y luego…

La empujó.

Con un estallido de energía, logró frenar el avance de la sombra, obligándola a retroceder hacia un extremo del abismo.

Una frontera nació.

Invisible.

Pero real.

Y con ella…

El equilibrio cambió para siempre.

La frontera se mantuvo.

Por un instante… todo quedó en equilibrio.

Las luces dejaron de moverse como antes. Ya no era una masa caótica sin orden. Algo había cambiado en su naturaleza.

Lo noté casi de inmediato.

Ya no eran solo tamaños.

Ahora… había diferencias más profundas.

Color.

Algunas luces comenzaron a transformarse.

Unas adquirieron un tono violeta, vibrando con una intensidad serena, como si ocultaran conocimiento imposible de medir.

Otras se tornaron doradas, brillando con una fuerza cálida y dominante, como pequeños soles en medio del vacío.

Muchas permanecieron blancas.

Puras.

Constantes.

El abismo, que antes era uniforme, ahora era un mosaico vivo.

Un sistema.

Un equilibrio.

Y en el centro de todo…

La Luz Primordial volvió a moverse.

Pero esta vez no era igual.

Su danza era más lenta.

Más… cuidadosa.

Como si estuviera creando algo distinto.

De su núcleo surgió una chispa.

Una sola.

Pequeña.

Más débil que cualquier otra luz existente.

Casi imperceptible.

No tenía el poder del azul.

Ni la presencia del dorado.

Ni la estabilidad del blanco.

Era… frágil.

Pero algo en ella llamó mi atención.

No por lo que era.

Sino por cómo era observada.

Toda la atención de la Luz Primordial estaba centrada en esa pequeña chispa.

Como si fuera… especial.

La chispa descendió.

Se alejó del centro.

Hasta detenerse en un rincón aislado del abismo.

Un lugar tranquilo.

Sin conflicto.

Sin presión.

La Luz Primordial la siguió.

No de forma invasiva.

Sino… protectora.

Y entonces…

Ocurrió de nuevo.

Otra chispa nació.

Un poco más brillante.

Pero igual de frágil.

Ahora eran dos.

Dos puntos diminutos en un océano de fuerzas incomprensibles.

Y aun así…

Todo el abismo parecía observarlas.

Como si fueran… importantes.

Como si su existencia cambiara algo.

Las dos pequeñas luces comenzaron a moverse.

Lentamente.

Con curiosidad.

Sin miedo.

Explorando.

Hasta que llegaron…

A la frontera.

El límite.

El lugar donde la luz y la oscuridad coexistían.

Sentí una tensión inmediata.

Algo iba a pasar.

La oscuridad reaccionó.

La Singularidad.

Se movió.

Rápida.

Directa.

Se lanzó hacia ellas.

No con furia…

Sino con intención.

Las envolvió.

Las devoró.

Desaparecieron.

Por un instante, pensé que había terminado.

Pero entonces…

Un destello.

Desde dentro de la oscuridad.

Volvieron.

Intactas.

La Singularidad lo intentó otra vez.

Y otra.

Y otra.

Las consumía.

Las destruía.

Las envolvía en esa negrura absoluta.

Pero siempre…

Siempre regresaban.

Su luz volvía.

Inalterable.

Inquebrantable.

Fue entonces cuando lo entendí.

No eran fuertes.

No eran poderosas.

Pero no podían ser destruidas.

Y eso… era más peligroso que cualquier poder.

Entonces ocurrió algo nuevo.

Algo que ninguna otra luz había hecho.

Se multiplicaron.

No como las demás.

No surgían por creación externa.

Se dividían.

Se replicaban.

Daban origen a más luces.

Iguales.

Frágiles.

Pero persistentes.

El rincón donde estaban comenzó a llenarse.

Una red.

Un sistema vivo.

Creciente.

Incontrolable.

Y en ese momento…

Lo supe.

Eran nosotros.

Humanidad.

Débiles ante la oscuridad.

Pero incapaces de desaparecer.

Capaces de caer… y levantarse.

De morir… y aún así dejar algo atrás.

Pero la oscuridad no se detuvo.

Cambió.

Ya no atacaba con fuerza.

Se movía distinto.

Más lento.

Más… inteligente.

La Singularidad comenzó a rodear a una de esas pequeñas luces.

No la tocaba.

No la consumía.

La influenciaba.

La confundía.

Vi cómo esa luz dudaba.

Vacilaba.

Y luego…

Se desvió.

Se acercó a otra de su misma especie.

Y entonces—

Impacto.

Violento.

Directo.

La luz golpeada…

Se apagó.

Sin retorno.

Sin resistencia.

Desapareció.

El abismo… reaccionó.

Ese fue el momento.

El primero.

El punto de quiebre.

El primer asesinato.

La Singularidad no dudó.

Se abalanzó sobre la luz agresora.

Ahora debilitada.

Y esta vez…

No hubo regreso.

No hubo resistencia.

La oscuridad la consumió por completo.

Y permaneció así.

Corrupta.

Perdida.

Para siempre.

Sentí algo en el pecho.

No era miedo.

Era… comprensión.

La humanidad no solo podía resistir la oscuridad.

También podía convertirse en ella.

La reacción fue inmediata.

La Luz Primordial… respondió.

No con calma.

No con paciencia.

Sino con una explosión de energía que hizo vibrar todo el abismo.

No era solo poder.

Era ira.

Era pérdida.

Era… juicio.

Las luces temblaron.

La frontera se tensó.

La oscuridad respondió también.

La Singularidad se agitó, expandiendo su influencia, como si se preparara para algo mucho más grande.

Una segunda guerra estaba por comenzar.

Pero esta vez…

No era solo supervivencia.

Era exterminio.

La luz ya no buscaba resistir.

Buscaba erradicar.

El equilibrio se rompía.

Ambos bandos se preparaban para colisionar.

Y entonces—

El abismo se desgarró.

No fue una explosión.

No fue un impacto.

Fue… una herida.

Una grieta gigantesca atravesó la realidad misma, como si algo desde fuera hubiera decidido intervenir.

De esa grieta…

Emergió.

La entidad.

No tenía forma definida.

No tenía luz.

Pero tampoco era oscuridad.

Su presencia no podía describirse.

No era un color.

No era una sombra.

Era algo más allá de todo eso.

Algo que mi mente… no podía procesar.

Pero mi instinto lo entendió.

No era parte del conflicto.

Era algo superior.

Algo que existía antes.

Y que existiría después.

Su sola presencia detuvo todo.

La Luz Primordial… se detuvo.

La Singularidad… también.

El abismo entero quedó en silencio.

Un silencio más profundo que cualquier otro.

La entidad extendió algo.

Un brazo.

Un filamento.

No lo sé.

Pero apuntó hacia el lugar donde las pequeñas luces habían caído.

No atacaba.

No protegía.

Observaba.

Evaluaba.

Y entonces lo sentí.

Su atención.

Sobre mí.

No había nadie más consciente allí.

Yo…

Era el único testigo.

El único que podía entender lo que estaba ocurriendo.

Un chasquido.

Seco.

Absoluto.

El sonido no viajó por el aire.

Se sintió.

En la existencia misma.

Y todo colapsó.

Las luces.

La oscuridad.

El orden.

Todo se mezcló.

Se deformó.

Se convirtió en un remolino imposible.

Un torbellino de energía que devoraba toda estructura.

Hasta que—

Blanco.

Todo se volvió blanco.

Un vacío diferente.

Cegador.

Puro.

Y en ese instante…

Volví a moverme.

Mi cuerpo respondió.

Mis manos.

Mis piernas.

Todo volvió.

Pero no había suelo.

No había dirección.

Solo ese blanco infinito.

Di un paso.

Y entonces lo sentí.

No era miedo.

Era algo más pesado.

Más profundo.

Juicio.

Me giré lentamente.

La entidad estaba allí.

Frente a mí.

Sin forma.

Sin rostro.

Pero sabía que me estaba mirando.

No observaba mi cuerpo.

Ni mis heridas.

Ni mi uniforme.

Veía más allá.

Cada decisión.

Cada muerte.

Cada sacrificio.

Todo lo que fui.

Todo lo que hice.

Era como si estuviera leyendo mi alma.

Buscando algo.

Evaluando.

Entonces habló.

Pero no fue un sonido.

No fue una voz.

Fueron conceptos.

Ideas.

Insertadas directamente en mi mente.

Un lenguaje que no podía comprender.

Pero que, de alguna forma…

Sabía que era importante.

Intenté entender.

No pude.

Era demasiado.

Demasiado antiguo.

Demasiado… absoluto.

A mi espalda, el caos volvió.

El remolino.

Las luces y la oscuridad reconstruyéndose.

Preparándose para continuar la guerra.

Pero no importaba.

Porque la entidad ya había decidido algo.

Se movió.

O algo equivalente a moverse.

Extendió lo que parecía una mano.

Y tocó mi frente.

En ese instante—

Luz.

No como antes.

No externa.

Interna.

Sentí cómo algo dentro de mí se rompía.

Y al mismo tiempo…

Se reconstruía.

Cada recuerdo.

Cada experiencia.

Cada parte de mí…

Era desarmada.

Reorganizada.

Reescrita.

No dolía.

Pero era insoportable.

Era como dejar de ser yo…

Para convertirme en algo más.

Mi cuerpo…

Mi verdadero cuerpo…

El que quedó en el helicóptero…

Se sintió distante.

Irrelevante.

Como una cáscara abandonada.

Y entonces…

El espacio cambió.

La luz se estiró.

Se convirtió en un túnel.

Un conducto.

Un camino.

Sentí una fuerza.

Imposible de resistir.

Me arrastraba.

Me alejaba de todo.

De la entidad.

De la guerra.

Del abismo.

Y entonces—

Oscuridad.

Silencio.

Y después…

Luz.

Abrí los ojos.

Todo estaba borroso.

Pesado.

Lento.

Pero diferente.

No había abismo.

No había entidades.

Había… un mundo.

Real.

Sólido.

Lo primero que enfoqué fue el techo.

Madera.

Vigas gruesas.

Oscuras.

Nada que ver con concreto.

Ni metal.

Ni guerra.

Olía a resina.

A humo.

A algo… vivo.

Parpadeé.

Respiré.

Y una sola pregunta cruzó mi mente:

…¿Dónde estoy?

More Chapters