Han pasado ya nueve meses desde la noticia del embarazo de Elara.
Mentiría si dijera que no estoy emocionado.
Pero la verdad es que hoy…
Es difícil pensar en eso.
El cielo estaba extrañamente gris.
No oscuro.
No tormentoso.
Solo… apagado.
Como si le hubieran quitado algo.
El aire se sentía pesado.
Denso.
Cada respiración parecía quedarse un segundo más en el pecho antes de salir.
No sabía por qué…
Pero algo en mi cuerpo me decía que las cosas estaban por cambiar.
Apreté los puños sin darme cuenta.
—Aris.
La voz de Azumi me sacó de mis pensamientos.
Giré apenas el rostro.
Estaba apoyada contra el marco de la puerta, observándome en silencio.
—¿Qué haces mirando por la ventana? —preguntó.
Volví la vista al cielo.
—No es nada… —respondí—. Solo que el día está extraño.
Hubo una pausa.
Azumi se acercó un poco más y también miró hacia afuera.
No dijo nada al principio. Solo observó.
—Parece que va a llover —murmuró finalmente.
Asentí levemente.
Pero no respondí.
Porque no era eso.
O al menos… no solo eso.
Desvié la mirada.
—¿Cómo está mamá?
Azumi tardó un segundo en contestar.
—Ya empezó.
Su tono era tranquilo.
Pero había algo detrás.
Algo más firme de lo habitual.
—Está por entrar en la etapa de parto.
Sentí cómo mi cuerpo se tensaba un poco.
No por miedo.
Por expectativa.
—Te sugiero que vayas con tu padre —añadió—. Te está buscando.
Asentí.
—Entendido.
Di un paso hacia la puerta.
Pero antes de salir…
Miré una vez más por la ventana.
El cielo seguía igual.
Inmóvil.
Pesado.
Silencioso.
Y, por alguna razón…
Eso me inquietaba más que cualquier tormenta.
Cerré la puerta tras de mí y avancé por el pasillo.
La casa estaba en silencio.
No un silencio vacío.
Uno contenido.
Como si todos estuvieran hablando en voz baja… incluso cuando no lo hacían.
Al girar en la esquina, lo vi.
Jared estaba de pie, cerca de la entrada principal.
Con los brazos cruzados.
Mirando hacia afuera.
No se movía.
Ni siquiera cuando mis pasos resonaron suavemente en el suelo.
—Llegas rápido —dijo sin girarse.
—Azumi me dijo que me buscabas.
—Hm.
Asintió apenas.
Pero no añadió nada más.
Seguí su mirada.
La puerta estaba entreabierta.
Desde ahí se podía ver el exterior.
El cielo seguía cubierto.
Gris.
Pesado.
El viento movía las hojas… pero sin ritmo.
Irregular.
Como si algo no encajara.
—Va a llover —dijo Jared de repente.
Su tono era casual.
Demasiado.
Lo miré.
—Eso dijo Azumi.
—Entonces hazle caso —respondió—. Hoy no es buen día para estar afuera.
Silencio.
Algo en su forma de hablar no encajaba.
No era lo que decía.
Era cómo lo decía.
Como si estuviera midiendo cada palabra antes de soltarla.
—No parece una lluvia normal —murmuré.
Jared finalmente giró el rostro hacia mí.
—Sigue siendo lluvia.
Directo.
Cortante.
Pero no agresivo.
Más bien…
Defensivo.
Sostuve su mirada unos segundos.
Luego desvié la vista hacia la puerta.
Una ráfaga de viento la empujó ligeramente.
Crujió.
—Deberías cerrarla —dije.
—Ahora lo hago.
Pero no se movió.
No de inmediato.
Sus ojos volvieron al exterior.
Observando.
Evaluando.
Como si esperara algo…
O confirmara algo que ya sabía.
—Tu madre ya empezó —añadió tras unos segundos.
Asentí.
—Azumi me dijo.
—Bien.
Esta vez sí se separó de la pared.
Cerró la puerta con firmeza.
El sonido del cierre retumbó más de lo normal.
—Quédate cerca —continuó—. No hagas ruido innecesario.
—¿Tan grave es?
—Es un parto.
No explicó más.
Pero su mirada…
No coincidía con sus palabras.
Caminó hacia el interior del pasillo, pasando a mi lado.
Se detuvo un instante.
—Y Aris…
—¿Sí?
Hizo una breve pausa.
Como si dudara.
—Pase lo que pase…
El silencio se tensó.
—No salgas.
Fruncí el ceño.
—¿Incluso si…?
—No salgas.
Esta vez fue más firme.
No dejó espacio a dudas.
Lo observé alejarse.
Sus pasos eran calmados.
Pero su espalda…
Estaba tensa.
Demasiado.
El silencio volvió a llenar el pasillo.
Más pesado que antes.
Miré hacia la puerta.
Cerrada.
Luego hacia las ventanas.
La luz que entraba…
Se había vuelto más tenue.
Más opaca.
Como si el cielo…
Se estuviera cerrando lentamente.
Apreté ligeramente la mandíbula.
—…No es solo lluvia.
No lo dije en voz alta.
Pero tampoco hacía falta.
El pasillo no estaba en silencio.
Nunca lo estuvo.
Desde dentro de la habitación se filtraban las voces.
Indicaciones.
Respiraciones entrecortadas.
El esfuerzo.
—Respira… otra vez… así, Elara.
La voz de Shizuka era firme. Controlada. Constante.
Elara respondió con un quejido.
Luego otro. Más fuerte.
Apreté los puños sin darme cuenta.
El sonido era… real.
Crudo.
No había nada elegante en ello.
Era dolor.
Era esfuerzo.
Era vida abriéndose paso.
Di unos pasos… y entonces me detuve.
Jared ya estaba ahí.
De pie frente a la puerta.
Inmóvil.
Con los brazos cruzados.
Esperando.
Me coloqué a su lado sin decir nada.
Por un momento… solo escuchamos.
—Ya casi… no te detengas…
Otro gemido.
Más alto.
Más intenso.
Mi respiración se sincronizó sin querer con ese ritmo.
Inhalar.
Exhalar.
Esperar.
Jared no se movía.
Pero podía notar la tensión en su postura.
—¿Cuánto falta…? —murmuré.
—Lo necesario —respondió sin mirarme.
Directo.
Como siempre.
Pero su voz… estaba más baja de lo normal.
El viento afuera golpeó levemente las ventanas.
Pero dentro… todo estaba concentrado en ese momento.
—¡Ahora!
El grito de Shizuka fue claro.
Directo.
Y entonces—
Lo sentí.
Un pulso.
Fruncí el ceño de inmediato.
Era…
Como una onda que se expandía desde la habitación.
No era presión.
No era peso.
Era…
Calma.
Una calma extraña.
Profunda.
Que contrastaba completamente con el esfuerzo que escuchaba.
Parpadeé.
No tenía sentido.
Giré apenas el rostro.
—…¿Sentiste eso? —pregunté.
Jared frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué cosa?
Lo miré fijo.
—Algo… como un pulso.
Silencio.
—No —respondió.
Sin dudar.
Mi ceño se frunció más.
Volví la mirada a la puerta.
Elara gritó.
Un último esfuerzo.
Y el pulso…
Se intensificó.
Por un instante—
Todo pareció detenerse.
Mi cuerpo.
El aire.
El sonido.
Y entonces—
Un llanto.
Claro.
Firme.
Vivo.
En el mismo instante en que lo escuché…
Ese pulso se expandió con fuerza.
Como una ola suave que me atravesó.
Más claro que nunca.
Más puro.
Más… tranquilo.
Mis hombros se relajaron.
Mi respiración se volvió ligera.
Mi mente…
Se vació.
Como si por un segundo…
Nada más importara.
—…
Parpadeé.
Confundido.
Porque no se sentía como nada de este mundo.
Era algo…
Que no sabía nombrar.
Y de repente—
Se apagó.
Sin transición.
Sin desvanecerse.
Simplemente…
Desapareció.
—…No puede ser…
—¿Qué pasa? —preguntó Jared, mirándome de reojo.
Negué levemente.
—Nada…
Pero no era cierto.
Jared guardo silencio por unos segundos hasta que
BOOM.
El trueno cayó encima de la casa.
Violento.
Cercano.
Las paredes vibraron.
El sonido me atravesó el pecho.
Di un paso atrás por instinto.
El viento golpeó la estructura con fuerza.
Las ventanas crujieron.
Y entonces—
La lluvia cayó.
De golpe.
Pesada.
Furiosa.
Como si el cielo hubiera estado conteniéndose… y finalmente se hubiera roto.
La brisa comenzó a colarse por las rendijas.
Un sonido agudo.
Constante.
Inquietante.
Miré hacia la ventana.
El cielo ya no estaba inmóvil.
Se movía.
Violento.
Caótico.
Como si algo hubiera cambiado en un instante.
Volví la mirada hacia la puerta.
Mi corazón latía más rápido.
No por miedo.
Por certeza.
—…No es coincidencia.
No lo dije en voz alta.
Pero lo supe.
Porque ese pulso…
Esa calma…
Y esta tormenta…
No podían ser cosas separadas.
Y si nadie más lo había sentido…
Entonces…
La puerta se abrió suavemente.
Interrumpiendo mis pensamientos.
Azumi apareció primero.
—Es una niña —dijo, con un tono más bajo de lo habitual—. Pueden pasar.
Jared no dudó.
Entró de inmediato.
Yo lo seguí.
Pero apenas crucé el umbral…
Lo sentí otra vez.
Débil.
Mucho más leve que antes.
Pero estaba ahí.
Ese pulso.
Mi mirada se fijó de inmediato.
Shizuka estaba junto a la cama, sosteniéndola con cuidado.
Envuelta.
Pequeña.
Elara descansaba, recostada, visiblemente agotada… pero sonriendo.
Una sonrisa tranquila.
Profunda.
—Aris… —murmuró.
Me acerqué despacio.
Pero mi atención…
No se apartaba de la bebé.
—Mamá…
Sus ojos violetas se posaron en mí.
—Ven… quiero que la veas.
Asentí apenas.
Di un paso más.
Y el pulso…
Se hizo un poco más claro.
No invadía.
No presionaba.
Solo… estaba.
Como una presencia.
Como algo que no necesitaba imponerse para existir.
Jared se detuvo a mi lado.
En silencio.
Observando.
—No parece gran cosa —comentó Azumi desde atrás—. Pensé que sería más ruidosa.
Elara soltó una leve risa.
—Dale unos días…
—Prefiero que no —respondió Azumi—. Ya con Aris es suficiente.
—Oye.
—¿Qué? Es verdad.
Jared dejó escapar una pequeña risa.
—Mientras no herede su carácter…
—Eso sí sería preocupante —añadió Azumi.
—Los estoy escuchando.
—Esa es la idea.
No respondí.
Porque no estaba realmente ahí.
Mi atención seguía atrapada en ella.
En esa sensación.
Shizuka dio un paso hacia mí.
—¿La quieres cargar?
Mi cuerpo se tensó levemente.
—¿Yo?
—Eres su hermano mayor.
Miré a Jared.
Luego a Elara.
Nadie se opuso.
Tragué saliva.
—…Está bien.
Extendí los brazos.
Con cuidado.
Shizuka la colocó en ellos.
Ligera.
Demasiado.
Como si no pesara nada.
Ajusté el agarre con torpeza… intentando no demostrarlo.
Y entonces—
El pulso.
Más claro.
Más cercano.
Mis ojos se abrieron apenas.
—…
Ahí estaba.
No era imaginación.
No era algo externo.
Venía de ella.
La miré.
De cerca.
Muy cerca.
Sus ojos se abrieron apenas.
Fucsia.
Un tono suave.
Natural.
Pero…
No era el color.
Era lo que había detrás.
Ese pulso.
Tranquilo.
Profundo.
Como si no alterara nada…
Pero aun así lo tocara todo.
Mi respiración se volvió más lenta.
Más estable.
Sin darme cuenta.
—Al menos el cabello lo heredó bien —murmuró Azumi.
—Eso sí —respondió Jared.
No escuché el resto.
Porque en ese momento…
Lo entendí.
Lo que había sentido afuera…
No había desaparecido.
Solo…
Se había concentrado.
—…Así que eras tú… —murmuré en voz baja.
—¿Dijiste algo? —preguntó Jared.
Negué levemente.
—Nada.
Pero no aparté la mirada.
Un pequeño mechón sobresalía entre las telas.
Del mismo tono que el de mi madre.
No hacía falta pensar demasiado.
—…Hola.
No sabía qué más decir.
Pero no hacía falta.
Porque por un momento…
Todo lo demás dejó de importar.
La tormenta.
El ruido.
El mundo.
Todo quedó en segundo plano.
Hasta que—
La puerta se abrió de golpe.
Un borrón oscuro cruzó el suelo.
—…No.
Eligak.
Saltó directo a la cama.
—¡Oye!
Se acomodó sin el menor respeto por el momento, enroscándose cerca de las sábanas.
Observando.
Como si también quisiera inspeccionarla.
—Ni se te ocurra… —murmuré, ajustando un poco el agarre.
Eligak me ignoró por completo.
Parpadeó.
Lentamente.
Luego miró a la bebé.
Y soltó un leve maullido.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Y entonces—
La bebé hizo un pequeño sonido.
Suave.
Casi como una respuesta.
Mis ojos se entrecerraron apenas.
—…Genial —suspiré—. Ya hizo su primer contacto.
Azumi soltó una risa.
—Parece que te reemplazaron rápido.
—No ayuda.
Jared negó con la cabeza.
—Esa gata no tiene remedio.
—Claro que lo tiene —respondí sin apartar la mirada—. Mantenerla lejos.
Eligak movió la cola.
Como si entendiera.
Y decidiera ignorarlo.
Suspiré.
Y volví a mirar a mi hermana.
El pulso seguía ahí.
Débil.
Constante.
Solo para mí.
—…La voy a proteger.
Mi voz fue baja.
Pero firme.
Hice una pequeña pausa.
Mirando de reojo a la gata.
—Sobre todo…
Mis ojos se entrecerraron un poco más.
—…de gatos endemoniados.
Silencio.
Medio segundo.
Y luego—
Risas.
Suaves.
Reales.
La tormenta seguía cayendo afuera.
Fuerte.
Constante.
Pero dentro…
El aire era distinto.
Más cálido.
Más tranquilo.
Más…
Correcto.
Bajé un poco la mirada.
Hacia ella.
Y esta vez…
No hubo duda.
Ese pulso.
Esa calma.
Esa extraña sensación que no podía nombrar…
No era algo externo.
No era el mundo.
Era ella.
Y por alguna razón…
Solo yo podía sentirlo.
Apreté levemente el agarre.
Con cuidado.
Con decisión.
—…No voy a fallar.
No lo dije para nadie más.
Solo para mí.
Solo para ella.
Y por primera vez…
No sonó como una promesa.
Sonó como un hecho.
