La tormenta había pasado.
Pero no del todo.
El aire seguía húmedo.
Pesado.
Como si algo se hubiera quedado flotando incluso después de la lluvia.
Aun así…
Dentro de la casa, todo había vuelto a la normalidad.
O al menos…
A su versión de normalidad.
—No —dije, cruzándome de brazos.
—Sí —respondió Azumi de inmediato, sin ceder un centímetro.
—No.
—Sí.
—No.
—Aris… —intervino mi madre con calma, aunque su tono ya advertía paciencia limitada.
—¡Que no! —insistí, mirándola.
Jared, apoyado contra la pared, dejó escapar una risa baja.
—Nunca pensé que elegir un nombre sería más complicado que entrenarte —comentó con diversión.
—Entrenarme al menos tiene sentido —murmuré.
Azumi chasqueó la lengua.
—Tu opinión importa, quieras o no —añadió, cruzándose de brazos—. Eres el hermano mayor.
—Exacto —respondí—. Y como hermano mayor, digo que no.
Shizuka permanecía a un lado, en silencio, observando la escena sin intervenir.
Como siempre.
Mi madre, sentada en la cama, sostenía a la bebé con cuidado.
Tranquila.
Ajena al pequeño caos que la rodeaba.
Eligak ya estaba allí.
Enroscada cerca de las piernas de mi madre, observándolo todo con esos ojos que parecían entender más de lo que deberían.
—A mí me gusta "Lyria" —insistió Azumi.
—Suena como nombre de elfa —repliqué sin pensarlo.
Azumi arqueó una ceja.
—¿Y?
—Y no es elfa.
—Yo tampoco soy completamente humana —añadió Azumi, sin apartar la mirada.
—Eso no ayuda.
—Claro que ayuda.
—No lo hace.
—Lo hace.
—No.
—Sí.
—Aris —intervino mi madre con calma.
—¿Qué?
Levanté la mirada.
Sus ojos violetas se posaron en mí con esa calma que siempre precedía a algo importante.
—Entonces propón algo tú —dijo con suavidad.
El silencio cayó de golpe.
Todos me miraron.
Incluso Shizuka.
—…
—Estamos esperando —añadió Azumi con una ligera sonrisa.
Bajé la mirada hacia mi hermana.
Estaba despierta.
Sus pequeños ojos fucsia se movían sin enfocar nada en particular.
Pero aun así…
Había algo en ellos.
Esa sensación.
Ese pulso suave que no terminaba de desaparecer.
Exhalé lentamente.
—…Eira.
La palabra salió sin esfuerzo.
Como si ya hubiera estado ahí.
Esperando.
—Eira… —repitió mi madre en voz baja, probando el nombre.
Jared inclinó ligeramente la cabeza.
—Suena bien —dijo con aprobación.
Azumi guardó silencio unos segundos antes de responder.
—…No está mal.
Lo cual, viniendo de ella, era básicamente un sí.
Shizuka cerró los ojos un instante.
—Es adecuado —añadió finalmente.
Miré a mi madre.
—¿Te gusta?
Elara bajó la mirada hacia la bebé.
Sonrió.
Suavemente.
—Sí… me gusta.
Acomodó la manta con cuidado.
—Eira.
La bebé hizo un pequeño sonido.
Casi como si respondiera.
—Entonces queda decidido —dijo Jared—. Eira Vancroft.
—Bienvenida, Eira —añadió Azumi, esta vez sin burla.
Bajé un poco la voz.
Inclinándome apenas.
—…Más te vale crecer rápido.
—¿Para qué? —preguntó Azumi, mirándome de reojo.
—Para que deje de verme como objetivo fácil.
—Eso no va a pasar —respondió con total seguridad.
—Déjame tener esperanza.
Un leve maullido llamó mi atención.
Miré de reojo.
Eligak ya estaba más cerca.
Había abandonado su lugar inicial sin que nadie lo notara y ahora observaba directamente a la bebé.
—Ni lo intentes —murmuré.
La gata parpadeó lentamente.
Ignorándome por completo.
Se acomodó con total naturalidad.
Como si ese fuera su sitio desde siempre.
La bebé hizo un pequeño sonido.
Y Eligak…
Simplemente la observó.
En silencio.
Como aceptándola.
Suspiré.
—…Genial.
Me crucé de brazos.
—Ahora somos uno más… y ella también.
Azumi soltó una pequeña risa.
—Te estás quedando sin protagonismo.
—Nunca lo tuve.
Jared negó con la cabeza, divertido.
Y por un momento…
Todo se sintió ligero.
Normal.
Como si la tormenta de la noche anterior no hubiera existido.
Pero aun así…
Mientras miraba a Eira…
Esa sensación seguía ahí.
Suave.
Tranquila.
Y completamente…
Fuera de lugar.
....
Más tarde ese mismo día, mi padre y Shizuka estaban en el patio, mirando el cielo.
El ambiente seguía extraño.
No había lluvia.
Pero tampoco calma.
—No fue una tormenta normal —dijo Shizuka finalmente.
Su voz era baja.
Pero firme.
Jared no respondió de inmediato.
Permanecía de pie, en el borde del patio, con los brazos cruzados y la mirada fija en el horizonte.
Pensativo.
—Hubo una pizca de hechicería en esa tormenta —respondió al fin.
Shizuka entrecerró ligeramente los ojos.
—Fue similar a lo que pasó en mi aldea… hace años —continuó ella—. Antes de que los monstruos y demonios la destruyeran, hubo una tormenta igual.
Jared exhaló por la nariz.
Molesto.
Pensando.
—Aquí no ha habido actividad demoníaca en años.
—Eso no significa que no pueda volver a haberla —respondió Shizuka sin dudar.
No hubo discusión.
Porque ambos sabían que era cierto.
—Además… —añadió ella, girando apenas el rostro— no era igual.
Jared la miró.
—¿A qué te refieres?
—Era más… débil.
—¿Débil?
—Sí. Como si estuviera lejos.
Hizo una breve pausa.
—O como si no se manifestara completamente.
El viento sopló otra vez.
Más frío.
—Eso no me gusta —murmuró Jared.
—A mí tampoco.
El silencio que siguió fue corto.
Pero más tenso.
—También hay algo más… —añadió Jared.
Shizuka frunció levemente el ceño.
—¿Qué cosa?
—Aris.
El nombre quedó suspendido en el aire.
—¿Qué pasa con él? —preguntó Shizuka.
Jared no apartó la mirada del cielo.
—Parece que también pudo notarlo.
Shizuka lo miró directamente.
—…¿Estás diciendo que puede percibir eso?
Jared dudó.
Solo un instante.
—No lo sé, Shizuka.
Bajó ligeramente la voz.
—No lo sé…
Shizuka desvió la mirada hacia la casa.
Donde Aris estaba.
—…Tiene casi 7 años.
—Lo sé.
—No debería estar en medio de esto.
—No lo está —respondió Jared con firmeza.
Shizuka negó levemente.
—Pero podría estarlo.
El silencio se volvió más pesado.
Más incómodo.
Jared cerró los ojos por un momento.
Exhaló.
—Hay algo más —añadió.
Shizuka volvió a mirarlo.
—Cuando Elara estaba en pleno parto… Aris me preguntó si no había sentido una especie de pulso.
Shizuka se tensó apenas.
—¿Un pulso?
—Sí… —murmuró Jared—. Pero cuando le pregunté a qué se refería… no dijo nada.
El viento volvió a soplar.
Arrastrando hojas secas por el suelo.
—¿Qué crees que pase por la mente de ese niño? —preguntó Shizuka en voz baja.
Jared guardó silencio unos segundos.
Pensando.
—No lo sé —dijo finalmente—. Pero sea lo que sea… me preocupa.
Shizuka no respondió.
—Shizuka —añadió Jared—. No diremos nada de esto.
Ella lo miró.
—¿Nada?
—Ni a Elara.
Shizuka desvió la mirada.
—Menos a ella.
El viento volvió.
Más suave.
Pero no más tranquilo.
—Por ahora… observamos —dijo Jared.
Shizuka asintió.
—Y si vuelve a pasar…
Jared no terminó la frase.
No hacía falta.
Ambos sabían lo que significaba.
Porque si esa sensación era real…
Entonces la tormenta de anoche…
No había sido el problema.
Había sido…
Una advertencia.
Lejos de allí…
Donde el bosque era más denso
y los caminos dejaban de ser seguros…
La aldea aún no entendía lo que estaba por pasar.
—¡Cierren las puertas!
El grito recorrió las calles de tierra.
—¡Rápido!
Hombres armados salieron al frente.
Espadas.
Lanzas.
Algunos…
Con manos temblorosas envueltas en luz tenue.
—¿Qué está pasando? —preguntó una mujer, sujetando a su hijo.
—No lo sé… pero algo viene.
Y entonces…
El bosque respondió.
Un rugido.
Profundo.
Antinatural.
Las hojas se sacudieron.
Las sombras se movieron.
Y salieron.
Criaturas.
Decenas.
Sus cuerpos deformes se arrastraban, saltaban, corrían en patrones erráticos.
Ojos brillando.
Mandíbulas abiertas.
—¡Ahora!
El primer hombre cargó.
Espada en alto.
Su arma brilló levemente.
Refuerzo mágico.
Impactó.
La hoja atravesó el cuello de la primera bestia.
Sangre.
Oscura.
Espesa.
Salpicó el suelo.
La criatura cayó.
Pero otra ya estaba encima.
—¡Cuidado!
Demasiado tarde.
Un zarpazo abrió su pecho.
El grito se ahogó en su garganta.
—¡No se detengan! —gritó otro.
Un círculo mágico se formó bajo sus pies.
Pequeño.
Inestable.
—¡Fuego!
Una llamarada estalló hacia el frente.
Golpeando a varias criaturas.
Quemándolas.
Haciéndolas retroceder.
—¡Funcionó!
Pero no por mucho.
Una de ellas salió entre las llamas.
Ardiendo.
Pero viva.
Saltó.
Y lo derribó.
Dientes.
Garras.
Sangre.
El caos explotó.
Espadas chocando.
Magia fallando.
Gritos.
Cuerpos cayendo.
Las bestias no luchaban como animales.
Se movían…
Coordinadas.
Como si obedecieran algo.
—¡Nos están rodeando!
—¡Retírense!
Pero ya era tarde.
Una lanza atravesó una criatura.
Otra mordió el brazo del portador.
Un hombre cayó de rodillas.
Otro intentó ayudarlo.
Ambos fueron arrastrados.
El suelo se tiñó.
Rojo.
El aire se llenó de hierro.
Y entonces…
Todo se detuvo.
De golpe.
Las criaturas congelaron sus movimientos.
No por miedo.
Por orden.
El bosque…
Se abrió.
Un paso.
Luego otro.
Una figura emergió.
Humana.
Casi.
Demasiado quieta.
Demasiado recta.
Los sobrevivientes retrocedieron.
Instintivamente.
—…No…
Uno de ellos dejó caer su espada.
—Por favor…
La figura no respondió.
Sus ojos recorrieron la aldea.
Lentos.
Fríos.
Evaluando.
Como si nada de eso tuviera valor.
Levantó ligeramente la mano.
Y las criaturas se tensaron.
Esperando.
—Busquen.
La orden cayó como una sentencia.
Y el infierno continuó.
Pero esta vez…
Sin resistencia real.
Las criaturas se dispersaron.
Entrando en casas.
Rompiendo puertas.
Arrastrando lo que encontraban.
Los gritos regresaron.
Más desesperados.
Más cortos.
Una mujer intentó huir con un niño en brazos.
No llegó lejos.
Una sombra cayó sobre ella.
Y luego…
Nada.
Un hombre cargó con su espada envuelta en luz.
—¡Muere!
Logró cortar a una criatura.
Una.
Dos.
Tres.
Por un instante…
Parecía posible.
Hasta que algo lo alcanzó por detrás.
Sus piernas cedieron.
Y no volvió a levantarse.
La magia seguía estallando.
Pequeña.
Desesperada.
Inútil.
Las llamas consumían casas.
El humo cubría el cielo.
Y en medio de todo…
La figura caminaba.
Sin prisa.
Observando.
Registrando.
Una criatura regresó.
Arrastrándose.
Se detuvo frente a él.
Sangre cubriendo su cuerpo.
—…Nada.
La figura inclinó apenas la cabeza.
—No está aquí.
No fue sorpresa.
Fue conclusión.
Giró levemente el rostro.
Mirando hacia la distancia.
Más allá del bosque.
—Pero está cerca…
El viento cambió.
Por un instante.
Las llamas se inclinaron.
Como si algo invisible respondiera.
—…Lo suficientemente cerca.
La criatura bajó la cabeza.
Esperando.
—Nos movemos.
Simple.
Directo.
Inevitable.
La figura dio media vuelta.
Las criaturas comenzaron a retirarse.
Una a una.
Dejando atrás el silencio.
El fuego.
La destrucción.
La aldea ardía.
Consumiéndose lentamente.
Sin testigos.
Sin memoria.
Sin futuro.
Y mientras las sombras desaparecían entre los árboles…
La figura avanzó.
Sin prisa.
Porque sabía…
Que tarde o temprano…
Encontraría lo que buscaba.
