Capítulo 8: Esperanza.
El señor Han comprendía honestamente los pensamientos de los demás habitantes del pueblo. No era algo que le gustara o que hubiera deseado saber, pero el salario de 120 monedas de cobre era sencillamente demasiado tentador para ignorar la oferta, por increíble que le pareciera.
Como antiguo profesor de la ciudad de Sedena, él era de hecho la única persona letrada en el pueblo actualmente. La gran mayoría se había marchado hacía mucho tiempo, ya fuera por las oleadas de ladrones o sucumbiendo al frío tras el invierno. Siendo sincero, solo se quedaba por ser el lugar donde había nacido y deseaba ser enterrado al menos junto a sus padres y hermanos.
Después de todo, un profesor sin niños a quienes enseñar era básicamente inútil. Sin embargo, si la gente apenas podía permitirse comer, no podían costear una escuela para sus hijos. Por ello, vivía de la caridad que le mostraban los aldeanos. Pero ahora, con un trabajo de verdad, no pudo evitar albergar la esperanza de que finalmente podría tener una vida digna.
Con ese pensamiento en mente, simplemente se dirigió al castillo a primera hora de la mañana. Después de todo, hoy era el único que se presentaría y, por lo tanto, necesitaba causar una buena impresión.
De vuelta en el castillo, Rose esperaba de pie la llegada de los postulantes para las entrevistas. Por supuesto, no esperaba una gran afluencia; después de todo, el pueblo apenas podía subsistir. Sin embargo, al ver que solo se presentaba una persona, dejó escapar un suspiro. Realmente había dividido las entrevistas en varios días pensando que sería necesario.
sin embargo la historia de Desmond Thomas Doss le enseño que un solo hombre era capaz de marcar la diferencia. no por nada su padre respetaba al hombre más que a varios de los mejores generales del imperio.
Al ver al anciano, no lo despidió de inmediato; al contrario, le permitió la entrada y lo acompañó al despacho del castillo. —Supongo que viene por el puesto de oficinista —preguntó, más por cumplir con la formalidad que por verdadera necesidad.
—Sí, sí... —respondió el hombre con evidente nerviosismo. No era como si Rose pudiera culparlo; incluso sus propios hermanos sentían algo de temor al estar frente a él debido a su mirada, y el señor Han se encontraba ahora ante quien era, básicamente, el rey absoluto de la ciudad.
No es necesario que esté nervioso. Por favor, tome asiento —dijo, señalando el asiento frente a su escritorio.
Esperó a que el hombre mayor se sentara antes de continuar—. Básicamente, su trabajo consistiría en ayudarme a gestionar los asuntos administrativos de la ciudad y el territorio correspondiente a la baronía. —Fue directo al grano, aunque su tono sonó un poco brusco.
—Comprendo —dijo el señor Han. Podía hacerlo, no solo sabía leer, sino que también era bueno con las cuentas.
—No he tenido tiempo de leer todos los libros, y hace poco me enteré de los problemas que enfrentaremos con la llegada del otoño. ¿Podría, entonces, ponerme al tanto de la situación de la ciudad? —pidió con calma.
El hombre asintió y procedió a detallar, en términos generales, lo que sabía sobre la situación del pueblo. A medida que compartía más información, su irritación aumentaba, tanto que sintió un intenso deseo de encontrar a ese sociópata de Carter y apuñalarlo una y otra vez en el corazón hasta convertirlo en poco más que un maldito filete.
Su percepción inicial de la ciudad como el barrio más marginal resultó ser esencialmente correcta. No solo era la ciudad más pobre de todo el continente (aunque reconocía que la medición era subjetiva), sino que además funcionaba como un campo de refugiados con una carga impositiva tan alta que incluso una dictadura absolutista comunista del tercer mundo parecería un paraíso fiscal en comparación.
Aunque no los menciono todos, uno de los impuestos más absurdos era el de entrada y salida de la ciudad. No se trataba del impuesto para comerciantes, que resultaba lógico como forma de regular el comercio y evitar el exceso de mercados; sino que, literalmente, se cobraba a la gente cada vez que entraba y salía de la ciudad.
No le sorprendió, entonces, que la mayoría prefiriera pernoctar en los campos de cultivo antes que regresar a la ciudad.
Además, los impuestos eran excesivos. ¡¿Quién en su sano juicio cobraba un impuesto por nacer o por casarse?! Ni siquiera la Santa Inquisición había sido tan despiadada, y eso que su padre le había narrado historias de terror espantosas sobre ese culto religioso.
El temblor visible en el cuerpo de Rose contagió el miedo al señor Han, quien sintió el arrepentimiento de haber acudido a solicitar el empleo. Su verdadero deseo era no encargarse de la recaudación de esos impuestos. De verse obligado a hacerlo, renunciaría de inmediato; de lo contrario, juró que haría pasar por el mismo terror que él experimentaba mes a mes a sus amigos y a todas las personas que lo habían apoyado hasta sus cincuenta años.
—Voy a matar a Carter cuando lo vea —dijo finalmente, exhalando un suspiro de resignación. Luego miró al anciano tembloroso que tenía enfrente. —Solo cobraremos los diez impuestos que aprueba el Imperio del Sol Naciente; en este momento no tengo la lista exacta, pero anularemos todos los demás.
—¿Eh? —fue lo único que pudo articular el anciano, con los ojos abiertos por la incredulidad.
Rose, sin responder a la pregunta no formulada, simplemente extrajo otro trozo de pergamino de su escritorio y comenzó a escribir rápidamente. Era, esencialmente, una notificación real de la eliminación de los impuestos abusivos. Una vez finalizado, tomó otro documento mucho más formal y conciso en el que certificaba al señor Han como el nuevo administrador de la ciudad de Sedena.
—Tome, lea esto en la plaza pública. Puede comenzar a trabajar desde mañana; empezará ayudándome a cuadrar las cuentas mientras yo realizo las entrevistas de trabajo.
El anciano había tenido originalmente la intención de pedir un pequeño adelanto de su sueldo para comprar comida. Sin embargo, ante la honestidad del hombre frente a él, quien en efecto había escrito de su puño y letra sobre los impuestos abusivos que acabaron con todo, solo pudo asentir, tomar el pergamino con sus manos temblorosas y salir de la oficina.
[Olvidaste darle un adelanto, genio] comentó Desmos con sequedad.
"No estoy de humor, Des," se quejó Rose en su mente.
Su intención original era darles un pequeño adelanto para que pudieran abastecerse para la semana y así recuperar algo de fuerza. Después de todo, era prácticamente imposible luchar o incluso trabajar con el estómago vacío. Sin embargo, al enterarse de la cantidad tan absurda de impuestos, lo olvidó por completo.
—¿El Imperio del Sol Naciente realmente existe? —preguntó una voz femenina.
Rose levantó la vista, sorprendida al ver a Mina aparecer de la nada a su lado.
—¿Cómo es que tú...? —intentó preguntar Rose, pero decidió ignorar la pregunta. Después de todo, Mina era una teriantropo felina, y esos malditos gatos eran increíblemente sigilosos.
—¿El imperio existe? —preguntó Mina de nuevo.
—Príncipe heredero Rose, hijo del gran unificador, a tus servicios —dijo Rose, quien le habría hecho una reverencia a la chica de haber estado de humor.
—¿Por qué no nos ayudaron? —insistió Mina. No había pasado por alto que él era el príncipe de ojos de plata del que su madre le había hablado. Sin embargo, para ella, que había crecido con esos cuentos de hadas sobre el reino perfecto más allá del mar, donde los reyes cuidaban y amaban a su pueblo, enterarse de que los habían ignorado durante veinte años fue un golpe demoledor a todas sus creencias.
Después de todo, desde niña había padecido hambre, mientras que la gente al otro lado del mar disfrutaba de la paz y prosperidad que les brindó el Gran Unificador.
—Nací al final de las guerras de unificación, no soy mucho mayor que tú, saca las cuentas —dijo Rose secamente.
Honestamente, Rose podría haberla consolado, pero una vez más, no tenía el humor ni la paciencia para confortar a una niña cuyo héroe de la infancia había caído de su pedestal. Su padre, aunque ella lo amaba, no era perfecto; de hecho, era un genocida. Las historias simplemente magnificaron sus logros, ignorando sus defectos. Sin embargo, él se había asegurado de que sus hijos conocieran la verdadera historia, pues solo al saberla podrían estar preparados para el futuro.
Mina, sin decir una palabra más, simplemente giró sobre sí misma y se fue.
Al regresar, el señor Han seguía completamente desconcertado al llegar al centro de la ciudad. Una vez allí, la gente del pueblo que lo había visto partir al palacio para solicitar el puesto de burócrata no pudo evitar rodearlo, especialmente al notar que llevaba un pergamino en las manos.
—Señor Han, ¿qué sucedió? ¿El empleo es real? —preguntó una joven con verdadera preocupación. Después de todo, no quería que su padre y su hermano mayor terminaran siendo esclavizados por un noble sin escrúpulos.
Inmediatamente, más preguntas como esa llegaron a los oídos del anciano, quien aún estaba muy conmovido.
—Por favor, guarden silencio —pidió él en un susurro apenas audible, demasiado afectado para poder alzar la voz.
Aun así, todos lo escucharon y se callaron de inmediato, sin entender por qué el hombre que siempre había sido el defensor más enérgico del pueblo había perdido toda su vitalidad.
—Las cosas han cambiado este año, de verdad. Los dioses por fin nos han sonreído con la fortuna —dijo el hombre, alzando el pergamino lentamente entre sus manos, casi temiendo que desapareciera y todo fuera solo un sueño.
Finalmente, al desenrollar el pergamino, comenzó a leer en voz alta:
"Por decreto de mi padre, el Gran Emperador del Imperio del Sol Naciente, yo, el Príncipe Heredero Rose, por medio de mi vocero real, proclamo: Desde este día, la ciudad y baronía de Sedena quedan oficialmente incorporadas al vasto y próspero Imperio del Sol Naciente. En consecuencia, todos los impuestos ilegales previamente establecidos por los antiguos barones quedan totalmente anulados, y solo se cobrarán las contribuciones aprobadas por el Gran Imperio, del cual ahora forman parte oficial."
Naturalmente, la gente reaccionó con absoluta incredulidad a esas palabras, algunos de los hombres más rudos incluso luchando contra las lágrimas que amenazaban con desbordarse.
—Señor Han, por favor, léalo de nuevo... ¿Está seguro de que no... de que todo... ellos... ellos finalmente vinieron? —dijo la misma joven del principio, con total incredulidad.
El señor Han, sin pronunciar palabra, procedió a leer nuevamente el decreto real, palabra por palabra. No podía recriminarlos por su escepticismo; después de todo, durante casi veinte años habían aguardado en vano la ayuda prometida desde las tierras de ultramar. Habían creído en los cuentos de hadas sobre el gran imperio, aferrándose a la esperanza de que algún día vendrían a rescatarlos.
Naturalmente, al terminar la lectura, muchos no pudieron evitar caer al suelo, sollozando, abrumados por diversas emociones. Lloraban por sus pérdidas: padres, madres, hijos, hermanos... Maldecían y agradecían a partes iguales. Si el Príncipe del Sol Naciente realmente había venido a salvarlos, entonces, por fin, podían permitirse recuperar algo que habían perdido hace mucho tiempo:
La esperanza.
Fin del capítulo.
