Ya tengo seis años.
Y, siendo honesto… he visto muy poco del mundo exterior.
La casa Vancroft y sus alrededores se han convertido en todo mi universo. Más allá de los muros, solo hay bosque… senderos largos… y silencio. Un silencio que, al principio, pensé que era paz.
Ahora sé que no lo es.
Es distancia.
Según tengo entendido, la razón por la que vivimos tan apartados de cualquier ciudad no es casualidad… ni capricho.
Es una decisión.
Una que nace del miedo.
O más bien… del rechazo hacia lo que el mundo se ha convertido.
La humanidad, incluso ahora, sigue en conflicto con las demás razas.
No es una guerra abierta como las de las historias antiguas… es peor.
Es odio.
Un odio silencioso, constante, que se filtra en cada aspecto de la vida.
Discriminación.
Segregación.
Dominio.
Mi familia no forma parte de eso.
Ellos creen en algo distinto.
Una doctrina que, en este mundo… casi parece una locura.
Creen que todas las razas deberían coexistir.
Que la diferencia no es corrupción… sino evolución.
Y por eso vivimos aquí.
Lejos.
Para que ese odio no nos alcance.
Para que no nos consuma.
Pero incluso así… la realidad logra filtrarse.
Lo más grave no es la discriminación.
Es lo que viene después.
En las ciudades, según lo que he logrado entender… no es raro ver elfos, enanos o semihumanos convertidos en esclavos.
Propiedad.
Algunos usados para trabajos pesados.
Otros… para labores domésticas.
Y otros…
Prefiero no pensarlo demasiado.
Este mundo…
Está dañado.
Muy dañado.
Y lo peor es que no es una amenaza lejana.
Está más cerca de lo que pensé.
Porque durante mucho tiempo… no lo supe.
Pero Azumi…
No es humana.
Ahora tiene dieciséis años.
Y es una elfa.
Siempre llevaba sus orejas tapadas.
Y cuando lo descubrí, muchas cosas empezaron a encajar.
Su forma de moverse.
Su conexión con la naturaleza.
E incluso ciertos gestos que nunca había logrado comprender del todo.
Pero lo que más me sorprendió… no fue eso.
Fue su historia.
Azumi no está aquí como sirvienta.
Ni como protegida.
Está aquí…
Por elección.
Y por deuda.
Una noche, cuando finalmente logramos hablar a solas, me lo contó.
Sin adornos.
Sin dramatismo innecesario.
Muchos humanos se adentran en territorios élficos.
No como exploradores.
Ni como diplomáticos.
Sino como cazadores.
Ella fue una de las víctimas.
Separada de sus padres.
Arrancada de su hogar.
Convertida en mercancía.
Cuando ya había perdido toda esperanza…
Se cruzó con mis padres.
En ese entonces… aún eran aventureros.
Y, por alguna razón…
Decidieron intervenir.
La rescataron.
Pero no pudieron devolverla a su hogar.
El reino de Himal-gar no es un lugar al que se pueda entrar y salir sin consecuencias.
El camino está lleno de monstruos.
De demonios.
Y de algo incluso peor…
Otros humanos.
Otras razas.
Porque en este mundo…
La crueldad no tiene un solo rostro.
Más sin embargo, hoy me encontraba en mi habitación.
Solo.
Como casi siempre.
El aire estaba cargado, denso, impregnado del esfuerzo de mi rutina. El suelo aún guardaba el eco de cada repetición, cada impacto, cada respiración forzada.
Flexiones.
Sentadillas.
Golpes al aire.
Hasta el límite.
Hasta que el cuerpo deja de responder… y aun así lo obligas a seguir.
Al terminar, me quedé unos segundos inclinado, apoyando las manos sobre las rodillas, regulando la respiración.
Lento.
Controlado.
Luego me incorporé.
Y me miré al espejo.
Mi reflejo… ya no era el de un niño común.
Las marcas estaban ahí.
Cruzando mi torso, mis brazos…
Cicatrices irregulares.
Quemaduras que nunca sanaron del todo.
Recuerdos grabados en la piel.
Pasé la mano por una de ellas.
Rugosa.
Real.
Debo admitirlo…
Me quedan bien.
Una leve sonrisa se dibujó en mi rostro.
—Se me ven atractivas.
****
—Eso es… bastante raro.
La voz me atravesó como un golpe.
Di un brinco instintivo, girando sobre mí mismo.
—¡Mierda!
Azumi estaba apoyada contra la pared, con los brazos cruzados, mirándome… con esa expresión entre diversión y juicio.
—¿Cuánto llevas ahí? —pregunté, frunciendo el ceño.
—Lo suficiente —respondió sin inmutarse.
Entrecerré los ojos.
—Eso no responde nada.
—Responde lo necesario dijo.
Suspiré.
—Genial… ahora también tengo audiencia.
Azumi soltó una pequeña risa, separándose de la pared.
—Tranquilo, no vine a admirar tu "narcisismo post-entrenamiento".
—Lástima, ya estaba cobrando entrada.
—Te pagarían por vestirte, no por lo contrario, respondió
—Qué cruel.
Se detuvo frente a mí, cruzando los brazos otra vez, pero esta vez su expresión cambió ligeramente.
Más seria.
—Tu madre te está llamando.
Mi sonrisa desapareció un poco.
—¿Pasó algo?
Azumi dudó un segundo.
—Dijo que es… una noticia importante.
La miré fijo.
Intentando leer entre líneas.
—¿Importante cómo?
—No lo sé —respondió—. Pero Shizuka también está con ella… y tu padre ya llegó.
Eso…
No era normal.
Fruncí ligeramente el ceño.
—Entonces no es algo pequeño.
—No.
El ambiente cambió.
De golpe.
—¿Vienes? —preguntó Azumi, girándose hacia la puerta.
Me quedé un segundo más frente al espejo.
Mirando mi reflejo.
Las cicatrices.
Mi cuerpo.
Mi progreso.
Y, sin saber por qué…
Sentí que algo estaba a punto de cambiar.
—Sí… ya voy.
Tomé una tela ligera y me la puse por encima, cubriéndome lo justo.
Luego caminé hacia la puerta.
Azumi ya estaba esperándome afuera.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Pero mientras avanzábamos por el pasillo…
Podía sentirlo.
Ese tipo de silencio…
Que anuncia algo importante.
Al llegar a la sala…
Todos estaban ahí.
Esperando.
Mi padre, de pie junto a la mesa, con los brazos cruzados. Shizuka a un lado, recta como siempre, aunque su expresión tenía un leve matiz de curiosidad. Azumi se quedó cerca de la pared, en silencio.
Y en el centro…
Mi madre.
—Hola, madre… ¿me esperaban?
Elara giró hacia mí de inmediato.
Y sonrió.
No era su sonrisa habitual.
Era… más cálida.
Más brillante.
—Aris, mi pequeño… por favor, siéntate —dijo con suavidad.
Parpadeé.
Eso no era normal.
Pero obedecí.
Tomé asiento, sin apartar la mirada de ella.
—¿Qué pasó, madre? —pregunté—. Te noto… muy feliz.
Elara no respondió de inmediato.
Sus manos se entrelazaron frente a ella.
Respiró hondo.
Como si estuviera conteniendo algo que no podía seguir guardando.
El silencio en la sala se volvió denso.
Expectante.
—Muy bien… familia —continuó al fin, mirando a cada uno de nosotros.
Incluso Shizuka se tensó ligeramente.
—La familia Vancroft… muy pronto le dará la bienvenida a un nuevo integrante.
…
El tiempo pareció detenerse un segundo.
—¿Eh?
La voz salió al mismo tiempo.
—¿Eh?
Giré la cabeza.
Mi padre estaba igual de confundido que yo.
—¿A qué te refieres, Elara? —preguntó Jared, frunciendo el ceño.
No parecía haberlo entendido.
O tal vez…
No quería asumirlo.
Elara lo miró.
Y entonces…
Sonrió aún más.
—Estoy embarazada.
Silencio.
Absoluto.
Por un instante, nadie dijo nada.
Ni siquiera el aire parecía moverse.
Los ojos de Jared se abrieron apenas.
Como si su mente estuviera procesando algo demasiado grande… demasiado rápido.
—…¿Embarazada? —repitió, casi en un susurro.
Elara asintió.
Lentamente.
Confirmándolo.
Haciéndolo real.
—Sí.
Fue suficiente.
Jared dio un paso al frente.
Luego otro.
Y, sin decir nada más, la abrazó.
Fuerte.
Como si necesitara asegurarse de que no era una ilusión.
Había emoción ahí.
Una que no solía mostrar.
Shizuka llevó una mano a su boca, sorprendida.
—Señora Elara… eso es…
No terminó la frase.
Pero su sonrisa lo decía todo.
Azumi, por su parte, parpadeó un par de veces, claramente descolocada… y luego sonrió también.
Una sonrisa pequeña.
Pero sincera.
Yo…
Me quedé en silencio.
Mirando la escena.
Procesando.
Un nuevo integrante.
Otro hijo.
Otro…
Vancroft.
Bajé la mirada por un segundo.
Pensando.
Analizando.
Y, por primera vez en mucho tiempo…
No fue una situación que pudiera resolver con lógica.
Porque esto…
No era una amenaza.
No era un problema.
Era…
Algo más.
Levanté la mirada otra vez.
Observando a mi familia.
Y sin darme cuenta…
Porque en mi vida anterior… la palabra hermano no significaba lo mismo.
Allá… no nacía.
Se forjaba.
En barro.
En pólvora.
En acero.
Entre órdenes gritadas, miradas silenciosas… y la certeza de que cualquiera podía no volver.
Nunca fue algo puro.
Nunca fue algo… como esto.
Por eso…
Nunca imaginé que viviría un momento así.
Y, aun así…
Se sentía bien.
Cerré los ojos por un instante.
Imaginando.
¿Sería una hermana…?
¿O un hermano?
—¿En qué piensas tanto? —preguntó Azumi, inclinándose un poco hacia mí.
Abrí los ojos.
—En que ahora tendré competencia —respondí.
Azumi alzó una ceja.
—¿Competencia?
—Sí —me encogí de hombros—. Tendré que asegurarme de seguir siendo el favorito.
—Nunca lo fuiste —intervino Shizuka con total naturalidad.
Giré a mirarla.
—Oye.
—Solo digo la verdad.
Azumi soltó una risa.
—Te bajaron del trono muy rápido.
—Qué familia tan leal…
—No te preocupes —añadió Azumi con una sonrisa ladeada—. Tal vez el nuevo integrante sea más agradable.
—Eso ya sería muy fácil.
—Aris —la voz de mi madre me hizo girar.
Elara me miraba con atención… con algo más profundo detrás de esa sonrisa.
—¿Estás feliz?
La pregunta fue directa.
La sostuve unos segundos.
Y esta vez…
No pensé.
—Sí.
Sin adornos.
Sin estrategia.
Solo verdad.
Elara suspiró suavemente, como si algo dentro de ella se acomodara.
—Serás un gran hermano.
—Primero que aprenda a no romperse las costillas entrenando —añadió Jared, cruzándose de brazos.
—Eso fue una vez —respondí.
—Esta semana —corrigió él.
—Detalles.
Jared negó con la cabeza, pero había una leve sonrisa en su rostro.
—Aris —continuó, esta vez más serio—. Esto no es un juego.
Lo miré.
—Lo sé.
—Un hermano menor no es alguien a quien "superar"… —dije con firmeza—. Es alguien a quien proteger.
Jared se quedó mirándome en silencio.
Fijo.
Como si intentara descifrar algo más allá de mis palabras.
Pasaron un par de segundos antes de que hablara.
—A veces dices cosas… que no son propias de un niño de tu edad —murmuró finalmente, cruzándose de brazos.
No respondí.
Pero tampoco aparté la mirada.
Esta vez…
No había duda en mí.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue firme.
Sólido.
Como si algo se hubiera establecido entre nosotros sin necesidad de decir más.
—Bueno, Aris… de hoy en adelante tendrás que compartir —mencionó Azumi, rompiendo el momento.
—¿Compartir qué? —pregunté, entrecerrando los ojos.
—Todo —respondió Shizuka con calma—. Espacio, atención… comida.
Fruncí el ceño de inmediato.
—¿La comida?
Negué con la cabeza.
—Pero si suficiente tengo con esa bola de pelos que me roba el desayuno cada mañana…
Azumi soltó una carcajada.
—Entonces ya tienes experiencia.
—No es lo mismo —repliqué—. Esa cosa actúa con intención criminal.
—Tal vez te está entrenando —dijo Jared con tono burlón.
—Entonces está haciendo un excelente trabajo.
Las risas llenaron la sala.
Incluso Elara rió suavemente, llevándose una mano al vientre.
Aún plano.
Pero ahora…
Lleno de significado.
Observé la escena en silencio.
Mi familia.
Mi realidad.
Y entonces…
Ese pensamiento volvió.
Elizabeth.
Dolió.
Como siempre.
Pero esta vez…
No me quebró.
Exhalé lentamente.
Si no puedo volver con ella…
Entonces…
Aquí ya tengo una familia.
Una que respira.
Que ríe.
Que me espera.
Apreté el puño con suavidad.
No con rabia.
Con decisión.
Debo hacerme más fuerte.
No por orgullo.
No por obsesión.
Sino por ellos.
Para protegerlos.
