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Chapter 10 - "PROMESAS ENTRE MADERAS"

La tensión en el patio de la casa Vancroft era real.

No era una simple sensación incómoda… era presión.

Densa. Invisible. Como si el aire mismo se negara a fluir con normalidad.

El suelo de tierra seca crujía bajo nuestros pies, marcado por huellas, giros y arrastres de entrenamientos pasados. Aun así, lo que ocurría ahora… no tenía nada de cotidiano.

Jared estaba frente a mí.

Erguido. Estable. Silencioso.

Sostenía su espada de madera como si fuera parte de su cuerpo, sin rigidez, sin esfuerzo. No había tensión visible en él… y aun así, su sola presencia imponía.

Yo sujetaba la mía.

Más corta. Más ligera.

Pero no menos peligrosa.

Mi guardia estaba baja.

No por descuido.

Por cálculo.

Respiré lento.

Controlando el ritmo.

No el del combate… el mío.

Noté el cambio.

Sus pulmones se expandieron.

Exhaló.

Y entonces—

Desapareció.

—…mierda.

No era velocidad.

Era refuerzo interno.

Para cualquiera, Jared simplemente había dejado de estar ahí… como si hubiera cruzado el espacio en un instante.

Pero yo no reaccioné con la vista.

Reaccioné con el cuerpo.

El aire cambió.

La presión se desplazó.

El suelo vibró apenas.

Derecha.

Giré en el último instante.

El choque fue imperfecto.

Mi espada interceptó la suya en ángulo, desviando la trayectoria en lugar de detenerla. La madera crujió bajo la fuerza, y la vibración subió por mis brazos.

Cerca.

Demasiado cerca.

Pero suficiente.

—…ya veo —murmuró Jared, retrocediendo apenas medio paso.

No era sorpresa.

Era evaluación.

Tomé aire.

Y avancé.

No podía usar maná.

No podía desaparecer.

Pero tampoco lo necesitaba.

En mi vida anterior, el combate no se basaba en energía… sino en eficiencia.

Kung Fu para el flujo.

Taekwondo para la explosividad.

Capoeira para romper patrones.

Boxeo para cerrar distancia.

Y sobre todo…

Parkour.

Porque el entorno no es un escenario.

Es una herramienta.

Para él, este patio era un espacio abierto.

Para mí…

Era un mapa.

Entré en su rango con pasos cortos, rítmicos.

Mi guardia cambió.

Una vez.

Dos.

Tres.

Rompí mi propio patrón antes de que pudiera ser leído.

Avancé.

Amagué alto.

Cambié a bajo.

Giré.

Entré desde un ángulo muerto.

Mi cuerpo no seguía una escuela.

Seguía lógica.

Una que este mundo no conocía.

Jared bloqueó.

Pero tarde.

Mi espada rozó su costado.

No fue un golpe limpio.

Pero fue contacto.

Silencio.

Por una fracción de segundo.

—…interesante.

No esperé.

Presioné.

Aumenté el ritmo.

Ataqué sin secuencia fija. Golpes cortos, cambios de nivel, giros que no encajaban entre sí. No había forma de predecir el siguiente movimiento… porque ni siquiera pertenecían al mismo sistema.

Capoeira rompía el eje.

Boxeo cerraba.

Taekwondo abría espacio.

Kung Fu encadenaba.

Todo junto.

Todo al mismo tiempo.

Jared retrocedió.

Un paso.

Luego otro.

No por falta de capacidad.

Sino porque no había patrón que leer.

—Esto no es esgrima… —murmuró, desviando un golpe por milímetros.

Volví a entrar.

Esta vez más profundo.

Error.

Mi pie no encontró el apoyo correcto.

Un fallo mínimo.

Pero suficiente.

Jared reaccionó.

No con velocidad.

Con precisión.

Su espada interceptó la mía y la desvió con un giro seco. Su hombro avanzó, rompiendo mi espacio, y su rodilla amagó un impacto directo.

Tuve que soltar distancia.

Forzado.

Respiré más fuerte.

Mis músculos empezaban a resentirlo.

Pero sonreí.

—¿Qué pasa? —dije, ajustando mi postura—. ¿No puedes leerlo?

Jared no respondió de inmediato.

Me observó.

De verdad esta vez.

No como a un niño.

Como a un problema.

Y eso…

Eso era lo que quería.

Avancé otra vez.

Más rápido.

Más agresivo.

Esta vez no busqué técnica.

Busqué ruptura.

Salté sobre un barril, cambié dirección en el aire y caí desde un ángulo imposible, girando el cuerpo para convertir la caída en un ataque descendente.

Mi espada bajó.

Directa.

Sin aviso.

Sin patrón.

Y por primera vez…

Jared tuvo que bloquear de frente.

El impacto resonó seco.

Fuerte.

Real.

—¿Qué clase de movimientos son esos? —preguntó Jared, frunciendo ligeramente el ceño mientras retrocedía medio paso—. Nunca había visto algo así en toda mi vida como guerrero.

Solté una risa corta.

No arrogante…

Pero sí inevitable.

—Sorprendido, viejo.

Y volví a atacar.

No le di tiempo a procesarlo.

Entré de nuevo en su rango, rompiendo el ritmo que apenas comenzaba a reconstruir. Amagué con un golpe recto, cambié a un giro bajo, usé el impulso para desplazarme lateralmente y reaparecer en su flanco.

Mi cuerpo ya no pensaba.

Ejecutaba.

Todo lo que había construido… todo lo que había forzado durante años… estaba ahí, fluyendo sin detenerse.

Porque no tenía otra opción.

Desde hace tres años… desde aquel incidente en la biblioteca…

Todo cambió.

El recuerdo no era borroso.

Era claro.

Demasiado claro.

El dolor.

La energía.

Las miradas.

Y después…

La sentencia.

No podía usar magia.

Mis planes…

Todos.

Se vinieron abajo.

Pero detenerme nunca fue una opción.

Así que hice lo único que podía hacer.

Entrené.

Día tras día.

Sin descanso.

Flexiones hasta que los brazos dejaban de responder.

Sentadillas hasta que las piernas temblaban.

Abdominales hasta sentir que el cuerpo se rompía desde dentro.

Ejercicios militares.

De los que no perdonan.

De los que no están hechos para un niño.

No importaba.

El dolor era constante.

Pero también lo era mi decisión.

Si este mundo no me permitía defenderme con magia…

Entonces lo haría con mi cuerpo.

Con mis manos.

Con cada fibra que pudiera desarrollar.

Y cuando no entrenaba…

Observaba.

A Jared.

Cada movimiento.

Cada ajuste.

Cada error… y cada acierto.

Guardaba todo.

Analizaba.

Descomponía.

Y luego…

Reconstruía.

A mi manera.

Durante dos años.

Solo.

Sin guía.

Sin correcciones.

Solo ensayo… y error.

Mucho error.

Hasta que un día…

Me vio.

Hace un año.

Para él, probablemente fue casualidad.

Para mí…

Fue inevitable.

Recuerdo su mirada.

No de sorpresa.

De interés.

Y luego…

La propuesta.

Entrenarme.

Pero esa noticia…

No le gustó en absoluto a Elara.

—¡No, Jared! —su voz aún la recordaba con claridad, firme, cortante—. ¡No después de lo que pasó!

—No voy a usar magia con él —respondió él con calma—. Solo entrenamiento físico.

—¡Ese es precisamente el problema! —replicó ella, dando un paso al frente—. ¡Aris no es un adulto! ¡Su cuerpo no está listo para ese tipo de carga!

Yo estaba ahí.

Escuchando.

En silencio.

—Entonces lo estará —dijo Jared.

Sin alzar la voz.

Pero sin ceder.

Elara apretó los puños.

—No entiendes… —su tono bajó, pero no perdió firmeza—. Aris no es como los demás niños, Jared. Siempre está yendo un paso más allá de lo que debería.

—Lo sé.

—Entonces también sabes que no necesita que lo empujen más —añadió ella, cruzándose de brazos—. Él solo ya se exige demasiado.

Jared guardó silencio unos segundos.

—Precisamente por eso —respondió al final—. Prefiero estar ahí cuando lo haga.

Elara no contestó de inmediato.

Su mirada se desvió hacia mí.

No con duda…

Con preocupación.

Pero tampoco volvió a oponerse.

El sonido seco de la madera me devolvió al presente.

Mi espada chocó contra la de Jared otra vez.

El impacto recorrió mi brazo.

Seguí.

Sin detenerme.

Desde entonces entreno con mi padre todos los días… y cuando estoy solo, repaso cada movimiento. Ensayo. Corrijo. Ajusto. Refino.

Hasta llevarlo al límite.

Hasta que deje de ser una técnica… y se convierta en instinto.

Porque, sea como sea…

Este mundo no va a detenerme.

No a mí.

Avancé otra vez, rompiendo el ritmo como ya era costumbre, pero esta vez…

Algo cambió.

Jared no retrocedió.

No bloqueó de la misma forma.

Esperó.

Leí tarde.

Muy tarde.

Mi pie cayó en el ángulo incorrecto.

Y en ese instante—

Se movió.

Su espada desvió la mía con precisión mínima, lo justo para abrir un espacio que yo mismo había creado.

Y lo aprovechó.

El golpe impactó en mis costillas.

Seco.

Controlado.

Pero real.

El aire se me escapó de golpe.

Mi cuerpo reaccionó tarde, doblándose apenas mientras retrocedía un paso.

Dolía.

Mucho más de lo que quería admitir.

Apreté los dientes, forzando a mis piernas a mantenerse firmes.

Jared bajó la espada.

No atacó de nuevo.

—Tienes una técnica de movimientos muy raros, hijo —dijo finalmente, observándome con atención—. Pero aún te falta desarrollarla.

Enderecé el cuerpo como pude.

Respirando con dificultad.

—Estoy seguro de que cuando lo hagas… —continuó— lograrás estar al nivel de un mago interno sin necesidad de reforzar tu cuerpo.

Silencio.

Dejó escapar una leve exhalación.

—Y la verdad… eso me aterra.

Lo dijo con una mezcla extraña.

Orgullo.

Y algo más.

Algo que no era tan fácil de nombrar.

—Nunca en mi vida pensé que alguien podría llegar tan lejos sin magia.

Solté una pequeña risa.

—No soy cualquiera, viejo —respondí, recuperando la postura—. Soy tu hijo… soy un Vancroft.

Apreté la empuñadura.

—Y algún día tendré que protegerlos.

Jared no respondió de inmediato.

Se quedó en silencio.

Observándome.

Como si estuviera midiendo el peso real de esas palabras.

—Son palabras mayores para alguien de tu edad… —dijo al final.

Su tono no era duro.

Pero tampoco ligero.

—Solo espero que entiendas lo que estás diciendo.

No respondí.

Solo sonreí.

Y en ese momento—

—¡Chicos!

La voz de mi madre rompió la tensión desde la entrada.

Ambos giramos apenas.

Elara estaba apoyada en el marco de la puerta, con esa mezcla de firmeza y calidez que siempre la caracterizaba.

—Shizuka preparó pan —añadió—. Vengan a comer.

Miré a Jared.

Él soltó el aire.

—Ya fue mucho por hoy.

No discutí.

Pero tampoco bajé la guardia de inmediato.

Mi cuerpo seguía tenso.

Como si el combate aún no hubiera terminado del todo.

Y, en el fondo…

Sabía que no lo había hecho.

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