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Chapter 12 - "LOS LAZOS QUE ELEGIMOS"

—Un hermanito… eh.

La palabra salió en un susurro apenas audible dentro de mi habitación.

Me dejé caer sobre la cama, mirando el techo sin realmente verlo.

La noticia…

Me había emocionado más de lo que esperaba.

A decir verdad…

Demasiado.

Pero…

Cerré los ojos lentamente.

Aunque ahora estuviera aquí…

Aunque estuviera construyendo una vida con una familia que nunca tuve…

Había algo que no podía ignorar.

Algo que seguía ahí.

Pesando.

—Elizabeth… —murmuré.

Levanté la mano hacia el techo, como si pudiera alcanzar algo que ya no estaba.

Mis dedos se cerraron lentamente.

Vacío.

Mis sueños de volver a verla…

Se habían desvanecido ese día.

En la biblioteca.

Fruncí el ceño.

—¿Qué fue esa energía…?

La pregunta volvió.

Como siempre.

Sin respuesta.

Exhalé con fuerza.

—…suficiente.

Me incorporé.

Era hora de entrenar.

El aire de la mañana era frío.

Seco.

Perfecto para moverse.

Cuando llegué al patio de entrenamiento, ya estaban ahí.

Jared.

Y Azumi.

—Llegas tarde, Aris —dijo mi padre, sin girarse.

Caminé hacia ellos sin prisa.

—Fueron unos segundos.

—En combate, unos segundos te matan.

—Aquí no estamos en combate.

—Siempre estamos en combate.

No respondí.

Solo avancé.

Me acerqué a Azumi.

Ella muchas veces entrenaba con nosotros…

Pero no siempre.

A veces solo observaba.

Otras veces se unía.

Y cuando lo hacía…

Se notaba.

Su forma de moverse era distinta.

Más ligera.

Más limpia.

No tan directa como la de Jared.

Pero tampoco débil.

Era… precisa.

Como si cada movimiento estuviera pensado antes de ejecutarse.

—Espero que hayas podido dormir después de la noticia de ayer —dijo, sin dejar de estirar los brazos.

La miré de reojo.

—Dormí.

—No es lo mismo.

—Es suficiente.

Azumi soltó una pequeña risa.

—Sigues siendo raro.

—Y tú sigues hablando demasiado.

—Al menos yo no me quedo mirando el techo como si estuviera resolviendo el mundo.

No respondí.

Pero eso fue suficiente para que sonriera.

—¿Te preocupa? —añadió esta vez, bajando un poco el tono.

Miré al frente.

—No.

Hice una pausa.

—Solo… es algo nuevo.

Azumi asintió, comprendiendo más de lo que decía en voz alta.

—Bueno —murmuró—, entonces tendrás que acostumbrarte.

—No tengo problema con eso.

—Ya veremos.

—Dejen de hablar —interrumpió Jared finalmente, girándose hacia nosotros—. Si tienen energía para conversar, la tienen para entrenar.

Tomé la espada de madera.

Sentí el peso acomodarse en mi mano.

Familiar.

—Azumi —añadió Jared—, hoy entras tú también.

Ella sonrió levemente.

—Como quieras.

Estuvimos toda la tarde en el patio intercambiando estocadas. Al terminar, Shizuka ya nos tenía una limonada, como todos los días.

Busqué a Azumi.

Siempre me gustaba hablar con ella… a pesar de todo.

Azumi estaba sentada sobre una roca baja, con las piernas recogidas y la mirada perdida en el horizonte. Su cabello, ligeramente agitado por la brisa, dejaba entrever la punta de sus orejas… esas que normalmente ocultaba con tanto cuidado.

No parecía haberse dado cuenta de mi presencia.

O tal vez…

Simplemente no le importó.

—¿Te vas a quedar ahí espiando… o vas a decir algo? —dijo sin girarse.

Solté una pequeña risa.

—Espiar implica intención. Yo solo pasaba por aquí.

—Claro… —respondió, en un tono que dejaba claro que no me creía.

Me acerqué sin prisa y me senté a su lado, imitando su postura.

Durante unos segundos, ninguno dijo nada.

No era incómodo.

Pero tampoco era ligero.

—¿Extrañas tu hogar? —pregunté al final.

Directo.

Sin rodeos.

Azumi no respondió de inmediato.

Sus dedos jugaron con una pequeña hoja que había recogido del suelo.

—Todos los días —dijo finalmente.

Su voz no tembló.

Pero tampoco estaba firme.

—Entonces… ¿por qué no te vas?

La pregunta salió sola.

Y, en cuanto lo hizo, supe que era más compleja de lo que parecía.

Azumi sonrió levemente.

Pero no era una sonrisa feliz.

—Porque no es tan simple, Aris.

Giró el rostro hacia mí.

Sus ojos… eran distintos en ese momento.

Más profundos.

Más cansados.

—Mi hogar ya no es el mismo lugar al que quiero volver.

Fruncí el ceño.

—No entiendo.

—Antes… mi hogar eran mis padres, mi gente, mi bosque —explicó—. Ahora… no sé si siguen vivos. No sé si ese lugar sigue siendo seguro. No sé si… yo sigo perteneciendo allí.

Guardé silencio.

No tenía una respuesta lógica para eso.

—Y además —continuó, desviando la mirada otra vez—… aquí también encontré algo.

—¿Mi familia?

Asintió suavemente.

—Tu madre… tu padre… Shizuka…

Hizo una pequeña pausa.

—Tú.

Parpadeé.

Eso no me lo esperaba.

—No te emociones —añadió con una leve sonrisa—. Solo eres menos molesto que el resto.

—Vaya, qué honor.

—De nada.

El silencio volvió.

Pero esta vez era distinto.

Más cercano.

—¿Te odian? —pregunté de repente.

Azumi me miró, confundida.

—¿Quiénes?

—Los humanos… allá afuera.

Su expresión cambió.

No a tristeza.

A algo más frío.

—No todos.

—Pero sí muchos.

No fue una pregunta.

Ella no respondió con palabras.

No hacía falta.

—Si te encontraran… —continué— ¿intentarían hacerte lo mismo otra vez?

Azumi sostuvo mi mirada.

Y esta vez…

No hubo suavidad en sus ojos.

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

Clara.

Real.

Apreté los puños sin darme cuenta.

—Entonces es simple.

—¿Simple?

—Sí —dije, mirándola fijamente—. Si vuelven a intentarlo…

Hice una pequeña pausa.

No por duda.

Sino porque sabía exactamente lo que iba a decir.

—No lo van a lograr.

Azumi se quedó en silencio.

Observándome.

Como si intentara descifrar si hablaba en serio.

—Aris… —murmuró— tú no puedes usar magia.

—Lo sé.

—Ellos sí.

—Lo sé.

—Y aun así dices eso.

—Sí.

No había ironía.

No había arrogancia.

Solo…

Decisión.

Azumi bajó la mirada por un momento.

Y luego…

Sonrió.

Pero esta vez…

De verdad.

—Eres raro.

—Me lo dicen mucho.

—Y terco.

—También.

—Y aun así…

Levantó la mirada otra vez.

—Gracias.

No respondí.

—Sé que algún día te convertirás en alguien fuerte, a pesar de tu carencia —continuó—. Pero también sé que no lo harás por mí.

Hizo una pequeña pausa.

—Lo harás por tu familia… en especial por ese hermano que esperas.

Guardé silencio mientras la miraba.

—Cuando te observo —añadió— veo en ti una determinación… y una madurez que no le pertenecen a alguien de tu edad.

Exhalé suavemente.

—No todos a mi edad pasan por lo que pase yo a los tres años.

Desvié la mirada un instante.

—Algunos simplemente mueren.

Hice una pausa.

—Otros crecen con heridas que ni siquiera recuerdan de dónde vienen.

Cerré la mano lentamente.

—Y a otros…

Volví a mirarla.

—Solo nos queda avanzar.

—Y superar los obstáculos.

—Pero más allá de eso… —añadí, bajando un poco la voz— pase lo que pase, tú también eres parte de mi familia, Azumi.

Hice una pequeña pausa antes de continuar.

—Y no solo tú… Shizuka también.

Le sostuve la mirada, sin dudar.

—Puede que no lleven nuestro apellido… pero para mí, ustedes siempre serán Vancroft.

Azumi no respondió de inmediato.

Se quedó mirándome.

Fija.

Como si intentara comprobar si realmente hablaba en serio.

El viento volvió a moverse entre nosotros, levantando ligeramente su cabello… dejando al descubierto sus orejas sin que ella hiciera el intento de ocultarlas esta vez.

Sus dedos se tensaron levemente sobre la tela de su ropa.

—No digas cosas tan fácilmente… —murmuró al final.

Pero su voz…

No tenía fuerza para ser un reproche.

Bajó la mirada.

—Ser parte de una familia no es algo que se diga y ya.

Silencio.

Respiró hondo.

—Es algo que se pierde… una sola vez.

Ahí estaba.

No enojo.

No rechazo.

Miedo.

Levantó la vista otra vez, más despacio.

Sus ojos ya no estaban fríos.

—Y cuando eso pasa… —continuó— no siempre se puede volver a confiar en algo así.

No me moví.

No aparté la mirada.

—Entonces no lo hagas ahora.

Azumi parpadeó, sorprendida.

—No tienes que creerme hoy… ni mañana.

Di un leve encogimiento de hombros.

—Pero me tendrás aquí igual.

Hice una pausa.

—Así que… tómate el tiempo que necesites.

El silencio volvió.

Pero esta vez…

No era distancia.

Azumi cerró los ojos por un segundo.

Y cuando los abrió…

No dijo "gracias".

No sonrió.

Pero su expresión…

Se suavizó.

Apenas.

—De verdad eres raro… —murmuró.

Pero esta vez…

No sonó como una burla.

Azumi se levantó, sacudiendo suavemente su ropa.

—Vamos, es hora de almorzar. Ya sabes cómo se pone tu madre cuando llegas tarde.

Sonreí.

—Voy, voy…

Caminamos de regreso sin prisa. El olor a comida llegó antes que nosotros.

Al entrar a la cocina, Shizuka ya tenía todo preparado. La mesa estaba perfectamente ordenada, como siempre. Mi madre estaba junto a ella, terminando de servir.

—Aris, querido, ¿cómo te fue en tu entrenamiento? —preguntó con una sonrisa.

—Excelente, mamá… aunque el viejo hoy se pasó —respondí dejándome caer en mi asiento—. Y Azumi me la puso difícil también.

La señalé sin mirarla.

—Fue una pelea injusta. Dos contra un alma inocente como la mía.

—¿Inocente? —repitió Azumi, arqueando una ceja.

—Completamente.

—Claro… inocente y tramposo —añadió Shizuka mientras dejaba un vaso frente a mí.

—Estratega —corregí con orgullo.

Jared soltó una risa baja desde su lugar.

—Si eso te hace dormir mejor por las noches, hijo…

—Me hace ganar, que es lo importante.

—Apenas sobrevives —remató Azumi.

—Detalles.

Tomé el tenedor con decisión, listo para empezar. Después de todo ese entrenamiento, sentía que podía comerme una vaca entera.

Pinché un buen trozo de comida…

Y justo cuando lo llevaba a la boca—

Desapareció.

Parpadeé.

Mi tenedor estaba… vacío.

—…

Bajé la mirada lentamente.

Ahí estaba.

Eligak.

Sentada sobre la mesa.

Con MI comida en la boca.

—…otra vez no —murmuré.

La gata me sostuvo la mirada… completamente tranquila… mientras masticaba.

—¡Oye! ¡Eso era mío!

Estiré la mano—

Demasiado tarde.

Saltó hacia atrás con una agilidad insultante, aterrizando fuera de mi alcance.

—¡Shizuka! ¡Está pasando otra vez!

—Aris, si no puedes defender tu plato… —dijo Jared sin levantar la mirada— no mereces comerlo.

—¡No puedes decir eso en serio!

—Es la ley de la supervivencia —añadió Azumi, claramente disfrutando la escena.

—¡Es una gata!

—Y va ganando —remató.

Intenté tomar otro bocado, más rápido esta vez.

Error.

Una sombra borrosa.

Y de nuevo—

Nada.

Giré la cabeza justo a tiempo para verla huir con mi comida como si fuera un trofeo de guerra.

—¡Esto es personal!

La persecución duró unos segundos ridículamente inútiles antes de que me detuviera, derrotado.

Volví a mi asiento.

En silencio.

Con el plato… sospechosamente más vacío de lo que debería.

—…

Suspiré.

—Algún día… voy a ganar.

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